lunes, 27 de febrero de 2017

Las tentaciones de Jesús (Mt 4,1-11)

1º domingo de Cuaresma – A. Evangelio
1 Entonces fue conducido Jesús al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. 2 Después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, sintió hambre. 3 Y acercándose el tentador le dijo:
—Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.
4 Él respondió:
—Escrito está:
No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.
5 Luego, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo. 6 Y le dijo:
—Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está:
Dará órdenes a sus ángeles sobre ti, para que te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.
7 Y le respondió Jesús:
—Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.
8 De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, 9 y le dijo:
—Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras.
10 Entonces le respondió Jesús:
—Apártate, Satanás, pues escrito está:
Al Señor tu Dios adorarás y solamente a Él darás culto.
11 Entonces le dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían.
Antes de comenzar su obra mesiánica y de promulgar la Nueva Ley en el Discurso de la Montaña, Jesús se prepara con oración y ayuno en el desierto. Moisés había procedido de modo semejante antes de promulgar, en nombre de Dios, la Antigua Ley del Sinaí (cfr Ex 34,28), y Elías había caminado cuarenta días en el desierto para llevar a cabo su misión de renovar el cumplimiento de la Ley (cfr 1 R 19,5-8). También la Iglesia nos invita a renovarnos interiormente con prácticas penitenciales durante los cuarenta días de la Cuaresma, para que «la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal» (Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Oración colecta). Cfr también nota a Lc 4,1-13.
Con el episodio de las tentaciones Mateo presenta a Jesús como el nuevo Israel, en contraste con el antiguo. Jesús es tentado, como lo fueron Moisés y el pueblo elegido en su peregrinar durante cuarenta años por el desierto. Los israelitas cayeron en la tentación: murmuraron contra Dios al sentir hambre (Ex 16,1ss.), exigieron un milagro cuando les faltó agua (Ex 17,1-7), adoraron al becerro de oro (Ex 32). Jesús, en cambio, vence la tentación y, al vencerla, manifiesta la manera que tiene de ser Me­sías: no como quien busca una exaltación personal, o un triunfo entre los hombres, sino con el cumplimiento abnegado de la voluntad de Dios manifestada en las Escrituras.
Las acciones de Jesús son también ejemplo para la vida de cada cristiano. Ante las dificultades y tentaciones, no debemos esperar en triunfos fáciles o en intervenciones inmediatas y aparatosas por parte de Dios; la confianza en el Señor y la oración, la gracia de Dios y la fortaleza, nos llevarán, como a Cristo, a la victoria: «Si el Señor permitió que le visitase el tentador, lo hizo para que tuviéramos nosotros, además de la fuerza de su socorro, la enseñanza de su ejemplo. (...) Venció a su adversario con las palabras de la Ley, no con el vigor de su brazo. (...) Triunfó sobre el enemigo mortal de los hombres no como Dios, sino como hombre. Ha combatido para enseñarnos a combatir en pos de Él. Ha vencido para que nosotros seamos vencedores de la misma manera» (S. León Magno, Sermo 39 de Quadragesima).