viernes, 18 de abril de 2014

Pasión de Jesucristo, según San Juan (Jn 18,1–19,42)

Viernes Santo – Evangelio
19,25 Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. 26 Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre:
—Mujer, aquí tienes a tu hijo.
27 Después le dice al discípulo:
—Aquí tienes a tu madre.
Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa.
28 Después de esto, como Jesús sabía que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo:
—Tengo sed.
29 Había por allí un vaso lleno de vinagre. Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. 30 Jesús, cuando probó el vinagre, dijo:
—Todo está consumado.
E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
El Evangelio de Juan presenta la pasión y muerte de Jesús como una glorificación. Con numerosos detalles destaca que en la pasión se realiza la suprema manifestación de Jesús como el Mesías Rey. Así, cuando dice «yo soy», los que van a prenderle retroceden y caen por tierra (18,5-8); ante Pilato se declara Rey (18,33-37; cfr 19,2-3.19-22) y, en todo momento, con actitud de serena majestad, manifiesta su pleno conocimiento y dominio de los acontecimientos (18,4; 19,28), en los que se cumple la voluntad del Padre (18,11; 19,30).
La pasión es, por otra parte, la hora en que culmina el odio de sus adversarios y del mundo hacia Jesús: la hora del poder de las tinieblas que alcanza incluso a sus discípulos, pues le abandonan o le niegan (18,25-27). Pero al pie de la cruz se da también la suprema confesión de fe en Él: la fe de la Santísima Virgen, a la que el Señor entrega como Madre de los hombres representados en el discípulo amado (19,25-27). Cristo es el nuevo Cordero Pascual, que con su muerte redentora quita el pecado del mundo (19,31-42; cfr 1,29.36). Junto con la sangre, del costado del Señor brota agua, símbolo del Bautismo y del Espíritu Santo prometido (cfr 7,37-39), es decir, brota la Iglesia.
18,1-12. Al otro lado del torrente Cedrón (v. 1) se encuentra lo que los sinópticos llaman Getsemaní. Es el primero de los cinco escenarios en los que acontecen los padecimientos de Jesús. Juan no recoge la oración del Señor en el huerto de los olivos, pero sí es el único que recuerda que los que van a prender a Jesús retroceden y caen en tierra ante sus palabras (vv. 4-6). El texto evoca el Salmo 56,10: «Retrocederán mis enemigos, el día en que yo invoque», y hace resplandecer la majestad de Cristo que se entrega voluntaria y libremente. «Si Él no lo hubiera permitido, nunca hubieran realizado su intento de apresarle, pero tampoco Él hubiera cumplido su misión. Ellos buscaban con odio al que querían matar; Jesús, en cambio, nos buscaba con amor queriendo morir» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 112,3).
Emociona contemplar a Jesús pendiente de la suerte de sus discípulos, cuando era Él quien corría peligro (v. 8). Había prometido que ninguno de los suyos se perdería, excepto Judas Iscariote (cfr 6,39; 17,12): aunque aquella promesa se refería más bien a preservarlos de la condenación eterna, el Señor se preocupa aquí también de la suerte inmediata de sus discípulos, que todavía no estaban preparados para afrontar el martirio.
Una vez más se manifiesta el temperamento impetuoso y la lealtad de Pedro que, con riesgo de su vida, defiende al Maestro (vv. 10-11). Pedro, sin embargo, no había entendido aún los planes salvíficos de Dios; sigue resistiéndose a la idea del sacrificio de Cristo, como ya lo había hecho en el momento del primer anuncio de la pasión (cfr Mt 16,21-22). Cristo no aceptó aquella defensa violenta (v. 11). Sus palabras aluden a la oración en el huerto (cfr Mt 26,39), en la que había aceptado libremente la voluntad del Padre, entregándose sin resistencia a llevar a cabo la Redención por la cruz. El pasaje nos enseña que hemos de acatar la voluntad de Dios con la docilidad y prontitud con que Jesús afronta la pasión.
18,13-27. El segundo escenario de la pasión es la casa de Anás. Jesús, que había «desatado» a Lázaro (11,44), es llevado atado. También Isaac fue «atado» antes de ser ofrecido en sacrificio (cfr Gn 22,9); y se dejó «atar» voluntariamente, prefigurando así la voluntariedad de Jesús para su sacrificio. En el interrogatorio (vv. 19-24), Jesús insiste en el carácter público y notorio de su predicación y de su conducta. Todo el pueblo ha podido escuchar sus palabras y contemplar sus milagros, de ahí que le hayan aclamado como Mesías. Los mismos pontífices habían vigilado su actividad en el Templo y en las sinagogas, pero, como no quieren ver, ni creer, atribuyen algo oculto y siniestro a los planes de Jesús.
Las negaciones de Pedro se narran con más brevedad que en los otros evangelios. No se habla aquí del arrepentimiento de Pedro, aunque se da por supuesto al mencionar el canto del gallo (v. 27): de la misma brevedad del relato se deduce que el suceso era muy conocido por los primeros cristianos. Después de la resurrección quedará patente el alcance del perdón de Jesús, que confirma a Pedro en su misión de guiar a toda la Iglesia (cfr 21,15-17). Aprendamos la lección: «En este torneo de amor no deben entristecernos las caídas, ni aun las caídas graves, si acudimos a Dios con dolor y buen propósito en el sacramento de la Penitencia. El cristiano no es un maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada. Jesucristo Nuestro Señor se conmueve tanto con la inocencia y la fidelidad de Juan y, después de la caída de Pedro, se enternece con su arrepentimiento. Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 75).
*18,28-19,16. El proceso ante Pilato tiene aquí mayor relieve y amplitud que en los sinópticos. Es el tercer escenario y como el centro de los cinco en los que se divide el relato de la pasión. El detalle con que se narra lo ocurrido en el pretorio destaca la majestad de Jesucristo como Rey mesiánico. Contrasta, a la vez, con el rechazo de los judíos.
El proceso se desarrolla en siete momentos, marcados por las salidas y entradas de Pilato en el pretorio. Primero (18,29-32), los judíos plantean de modo genérico la acusación: es un malhechor. Sigue en segundo lugar el diálogo de Pilato con Jesús (18,33-37), que culmina con la afirmación de Cristo: «Yo soy Rey». A continuación, tercer momento, Pilato intenta salvar al Señor (18,38-40), preguntando si quieren que suelte al «Rey de los judíos». El momento central, el cuarto, es la coronación de espinas, en la que los soldados saludan a Cristo en tono de burla como «Rey de los judíos» (19,1-3). Sigue como quinto momento la presentación del Señor como Ecce homo, coronado de espinas y con el manto de púrpura, y la acusación de los judíos de que Jesús se ha hecho Hijo de Dios (19,4-7). En sexto lugar, de nuevo Pilato, dentro del pretorio, dialoga con Jesús (19,8-12) e intenta averiguar algo más sobre su origen misterioso: ahora los judíos concentran su odio en una acusación directamente política: «El que se hace rey va contra el César» (19,12). Por último (19,13-16), Pilato señala a Jesús y dice: «Aquí está vuestro Rey» (19,14). La solemnidad del momento viene destacada por la indicación del lugar —el Litóstrotos—, del día —la Parasceve— y de la hora —hacia las doce del mediodía—. Los representantes de los judíos rechazan abiertamente a quien es el verdadero Rey anunciado por los profetas.
«Pretorio» (18,28.33; 19,9). Aquí debe entenderse como la residencia oficial del procurador o prefecto en Jerusalén. La residencia habitual de Pilato estaba en Cesarea Marítima, pero en las grandes solemnidades solía trasladarse a Jerusalén con un fuerte contingente de tropas para poder intervenir con eficacia si se producía algún motín. En Jerusalén, en los años de Cristo y siguientes, el procurador se alojaba en el Palacio de Herodes (en la parte occidental de la ciudad alta). Sin embargo, no se sabe con certeza si el «pretorio» que menciona San Juan hay que identificarlo con este palacio o con otro lugar de la ciudad.
18,28-40. Ante el sumo pontífice la acusación era religiosa (ser Hijo de Dios, cfr Mt 26,57-68). Ahora ante Pilato es de carácter político. Con ella quieren comprometer la autoridad del Imperio romano: Jesús, al declararse Mesías y Rey de los judíos, aparecía un revolucionario que conspiraba contra el César. A Pila­to no le incumbe intervenir en cuestiones religiosas, pero, como la acusación que le presentan contra Jesús afecta al orden público y político, su interrogatorio comienza obviamente con la averiguación de la denuncia fundamental: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» (v. 33).
Jesús, al contestar con una nueva pregunta, no rehúye la respuesta, sino que quiere, como siempre, dejar en claro el carácter espiritual de su misión. Realmente la respuesta no era fácil. Desde la perspectiva de un gentil, un rey de los judíos era sencillamente un conspirador contra el Imperio; y, desde la perspectiva de los judíos nacionalistas, el Rey Mesías era el libertador político-religioso que les conseguiría la independencia. La verdad del mesianismo de Cristo transciende por completo ambas concepciones, y es lo que Jesús explica al procurador (v. 36), aun sabiendo la enorme dificultad que entraña entender la verdadera naturaleza del Reino de Cristo. «Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 180). Éste es el sentido profundo de su realeza: su reino es «el reino de la Verdad y la Vida, el reino de la Santidad y la Gracia, el reino de la Justicia, el Amor y la Paz» (Misal Romano, Prefacio de la Misa de Cristo Rey). Cristo reina sobre aquellos que aceptan y viven la Verdad por Él revelada: el amor del Padre (3,16; 1 Jn 4,9).
19,1-3. Con este episodio, situado en el centro de la narración, se pone de relieve la realeza de Cristo sobre la que Pilato le acaba de interrogar, aunque aquellos soldados le aclamen como Rey de los judíos sólo de modo sarcástico. En Cristo revestido con las insignias reales se vislumbra, bajo aquella trágica parodia, la grandeza del Rey de Reyes, y se resalta que su Reino no es conforme a lo que los hombres piensan (18,36).
Los autores espirituales se han conmovido ante esta imagen de Cristo maltratado: «Mira cuál estaría aquel divino rostro: hinchado con los golpes, afeado con las salivas, rasguñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes reciente y fresca, y por otras fea y denegrecida. Y como el santo Cordero tenía las manos atadas, no podía con ellas limpiar los hilos de sangre que por los ojos corrían; y así estaban aquellas dos lumbreras del Cielo eclipsadas y casi ciegas y hechas un pedazo de carne. Finalmente, tal estaba su figura, que ya no parecía quien era, y aun apenas parecía hombre, sino un retablo de dolores pintado por mano de aquellos crueles pintores y de aquel mal presidente» (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo 24). La razón de tanto sufrimiento era la redención de nuestros pecados: «Los pecados, así los tuyos como los míos, como los de todo el mundo, fueron los verdugos que le ataron, y le azotaron, y le coronaron de espinas, y le pusieron en la Cruz. Por donde verás cuánta razón tienes aquí para sentir la grandeza y malicia de tus pecados» (ibidem 15).
19,4-16. Pilato reconoce la inocencia de Jesús. Éste no era un revolucionario político, como querían presentarle sus acusadores. Ya que el procurador no quería juzgar sobre asuntos religiosos (vv. 6-7; 18,31), las autoridades judías insisten en llevar la acusación al terreno político, aunque para ello deban traicionar su conciencia reconociendo al César como su verdadero rey (v. 15). Al oír Pilato que los judíos acusan a Jesús de haberse proclamado Hijo de Dios, aumenta su temor (v. 8). Las palabras de Pilato: «¿De dónde eres tú?» (v. 9), significan propiamente: «¿Quién eres tú?», de forma que pregunta a Jesús por el misterio de su Persona. Pero Jesús no le dio respuesta: «Aunque otras muchas veces Jesús respondió a quienes le interrogaban, las veces que, como en este caso, no quiso responder fue a causa de aquella semejanza con el cordero —como cordero ante sus trasquiladores... no abrió boca (Is 53,7)—, de tal forma que en su silencio no se tuviera como reo, sino como inocente» (S. Beda, In Ioannis Evangelium expositio, ad loc.).
La majestad de Cristo queda de nuevo subrayada por la respuesta de Jesús a Pilato sobre el origen divino de la autoridad (vv. 8-11). La enseñanza de Jesús lleva consigo que, consideradas las cosas en su verdad profunda, cuando en el lenguaje corriente (jurídico, político o social) se habla de la soberanía del rey o del pueblo, estos poderes no se pueden tomar como términos absolutos, sino relativos, subordinados a la soberanía absoluta de Dios: de ahí que ninguna ley humana pueda ser justa, y por tanto obligar en conciencia, si no está de acuerdo con la ley divina.
A pesar de que Pilato quiere liberar a Jesús (v. 12), el chantaje que urden las autoridades judías puede más que los sentimientos del procurador y éste transige con la condena. Es una tremenda llamada a no ceder en lo que no se puede ceder por el deseo de evitarse posibles dificultades.
«Litóstrotos» (v. 13). Literalmente significa «empedrado», «enlosado»; debía de ser, pues, una plaza o patio pavimentado con losas. El vocablo hebreo Gabbatá no es el equivalente exacto del griego Lithóstrotos, sino que significa «sitio elevado». Pero en la práctica designaba el mismo lugar. La localización de este «Litóstrotos» es incierta, por la duda, ya apuntada, acerca de dónde estaba el pretorio: (cfr nota a 18,28-19,26). Se llamaba «Parasceve» (v. 14) al día anterior al sábado y también al de la preparación de la Pascua. La hora sexta comienza al mediodía. Hacia esa hora se retiraba de las casas todo pan fermentado, se sustituía por el pan ácimo que se empleaba ya en la cena pascual (cfr Ex 12,15ss.) y se sacrificaba oficialmente en el Templo el cordero. San Juan hace notar que a esa hora condenaron a Jesús, y subraya así la coincidencia de la condena a muerte del Señor con el momento en que se inmolaba el cordero pascual (cfr 1,29). Esto hace suponer que Jesús y sus discípulos, siguiendo quizá un calendario que compartían algunos judíos, habían celebrado la cena de la Pascua, y por tanto la fiesta, un día antes de lo establecido por las autoridades judías de su tiempo. Los sinópticos, en cambio, pasan por alto ese detalle.
19,17-30. El nombre de Calvario o Calavera (v. 17) parece aludir a la forma de cráneo que tiene el lugar, una antigua cantera a las afueras de Jerusalén. Es el cuarto escenario del drama de la pasión. San Juan es el único de los evangelistas que dice claramente que Jesús llevó la cruz a cuestas. Los otros tres mencionan la ayuda de Simón de Cirene (Mt 27,32; Mc 15,21; Lc 23,26). Jesús camino del Calvario provoca a todo hombre a decidirse a favor o en contra de Él y de su cruz: «Marchaba, pues, Jesús hacia el lugar donde había de ser crucificado, llevando su cruz. Extraordinario espectáculo: (...) a los ojos de la impiedad, la burla de un rey que lleva por cetro el madero de su suplicio; a los ojos de la piedad, un rey que lleva la cruz para ser en ella clavado, cruz que había de brillar en la frente de los reyes; en ella había de ser despreciado a los ojos de los impíos, y en ella habían de gloriarse los corazones de los santos» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 117,3).
La escena de la crucifixión es como una recapitulación condensada de la vida y doctrina de Jesús. La túnica que los soldados no rasgan (v. 24) simboliza la unidad de la Iglesia, aquella unidad que Jesús había pedido al Padre en su oración sacerdotal (cfr 17,20-26). La presencia de la Santísima Virgen y del discípulo amado (vv. 25-27), junto con la sangre y el agua que brotan del costado de Cristo (v. 34), recuerdan las bodas de Caná (2,1-12), a la vez que simbolizan a la Iglesia y a los creyentes que se incorporan a ella por el Bautismo y la Eucaristía. La sed de Jesús (v. 28) trae a la memoria la escena del encuentro con la samaritana (cfr 4,7) y las palabras que había pronunciado durante la fiesta de los Tabernáculos (7,37), y muestra su deseo de salvar a todas las almas. Las palabras con las que entrega su espíritu (v. 30) manifiestan que Él muere realmente e insinúan también que entrega el Espíritu Santo, prometido en tantos momentos de su vida pública (cfr 14,26; 15,26; 16,7-14). Además, entrega también a su Madre como Madre de los discípulos, representados en el discípulo amado (vv. 25-27).
El «título» (v. 19) era el nombre técnico que en el derecho romano expresaba la causa de la condena. Solía inscribirse en una tablilla para conocimiento público y era resumen del acta oficial que se remitía a los archivos del tribunal del César. Por eso, cuando los pontífices judíos piden a Pilato que cambie las palabras de la inscripción (v. 21), el procurador se niega aduciendo que la sentencia ha sido ya dictada y ejecutada y, por tanto, no puede modificarse: ése es el sentido de las palabras: «Lo que he escrito, escrito está» (v. 22). Los cuatro evangelistas dan fe de este título, si bien sólo es Juan quien precisa que estaba escrito en varios idiomas. Proclama de esta manera la realeza universal de Cristo, ya que lo podían leer todos los que desde diversos países habían venido a celebrar la Pascua; así se confirman las palabras del Señor: «Yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo» (18,37).
Las palabras de Jesús a su Madre y al discípulo (vv. 25-27) revelan el amor filial de Jesús a la Santísima Virgen. Al declarar a María como Madre del discípulo amado, la introduce de un modo nuevo en la obra salvífica, que, en ese momento, queda culminada. Jesús establece así la maternidad espiritual de María. «La Santísima Virgen avanzó también en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (Jn 19,25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús, agonizante en la Cruz, como madre al discípulo» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 58).
Todos los cristianos, representados en el discípulo amado, somos hijos de María. «Entregándonos filialmente a María, el cristiano, como el Apóstol Juan, “acoge entre sus cosas propias” a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su “yo” humano y cristiano» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 45). «Juan, el discípulo amado de Jesús, recibe a María, la introduce en su casa, en su vida. Los autores espirituales han visto en esas palabras, que relata el Santo Evangelio, una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas. En cierto sentido, resulta casi superflua esa aclaración. María quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 140).
También el detalle de darle a beber vinagre (vv. 28-29) estaba predicho en el Antiguo Testamento: «Me daban hiel por comida, cuando tenía sed me escanciaban vinagre» (Sal 69,22). Esto no quiere decir que a Jesús le dieron vinagre para aumentar los tormentos; era costumbre ofrecer agua mezclada con vinagre a los crucificados para mitigar la sed. Además de la natural deshidratación que producía el suplicio de la cruz, se puede ver también en la sed de Jesús una manifestación de su deseo ardiente por cumplir la voluntad del Padre y salvar a todas las almas.
19,31-37. En la víspera de la Pascua se inmolaban oficialmente en el Templo los corderos pascuales a los que, según la Ley, no se podía romper ningún hueso (cfr Ex 12,46). La referencia a la Parasceve y el hecho de que no le quebraran las piernas (v. 33) subraya que Cristo es el verdadero Cordero Pascual que quita el pecado del mundo.
La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, de todos los sacramentos, y de la misma Iglesia. «Allí se abría la puerta de la vida, de donde manaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en la vida que es verdadera vida (...). Este segundo Adán se durmió en la cruz para que de allí le fuese formada una esposa que salió del costado del que dormía. ¡Oh muerte que da vida a los muertos! ¿Qué cosa más pura que esta sangre? ¿Qué herida más saludable que ésta?» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 120,2). Con otras palabras lo enseña el Concilio Vaticano II: «Su comienzo [de la Iglesia] y crecimiento están simbolizados en la sangre y en el agua que manaron del costado abierto de Cristo crucificado» (Lumen gentium, n. 3).
Termina el relato de la pasión (v. 37) con la cita de Za 12,10. Juan evoca con este texto profético la salvación realizada por Jesucristo que, clavado en la cruz, ha cumplido la promesa divina de redención.
19,38-42. El quinto escenario de la pasión es el sepulcro sin estrenar. El sacrificio del Señor comienza a producir sus frutos. Así, los que antes tuvieron miedo ahora se confiesan valientemente discípulos de Jesús, y cuidan de su Cuerpo muerto con extremada delicadeza y generosidad. Los Santos Padres han comentado con frecuencia el detalle del huerto en sentido místico. Suelen enseñar que Cristo, apresado en un huerto —el de los Olivos— y sepultado en un huerto —el del sepulcro—, nos ha redimido sobreabundantemente de aquel primer pecado cometido también en un huerto —el paraíso—. Del sepulcro nuevo comentan que, siendo el cuerpo de Jesús el único que fue depositado allí, no habría duda de que era Él quien había resucitado y no otro. Observa también San Agustín: «Así como en el seno de María Virgen ninguno fue concebido antes ni después de Él, así en este sepulcro nadie fue sepultado ni antes ni después de Él» (In Ioannis Evangelium 120,5).