martes, 22 de julio de 2014

El tesoro escondido (Mt 13,44-52)


17º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
44 El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.
45 Asimismo el Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas 46 y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.
47 Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge todo clase de cosas. 48 Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. 49 Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos 50 y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
51 ¿Habéis entendido todo esto?
—Sí —le respondieron.
52 Él les dijo:
—Por eso, todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.
Con las parábolas del tesoro escondido y de la perla (vv. 44-46) Jesús presenta el valor supremo del Reino de los Cielos y la actitud del hombre para alcanzarlo. Hay ligeras diferencias en la enseñanza de ambas: el tesoro significa la abundancia de dones; la perla, la belleza del Reino. El tesoro se presenta de improviso, la perla supone búsqueda. En todo caso, siempre se exige generosidad por parte del hombre porque Dios «nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo» (Sta. Teresa de Jesús, Camino de perfección 1,2). La vida en el Reino, en seguimiento de Cristo, es ardua, pero el fruto merece la pena: «El tesoro ha estado escondido porque debía ser también comprado el campo. En efecto, por el tesoro escondido en el campo, se entiende Cristo encarnado, que se encuentra gratuitamente. (...) Pero no hay otro modo de utilizar y poseer ese tesoro con el campo, si no es pagando, ya que no se pueden poseer las riquezas celestiales sin sacrificar el mundo» (S. Hilario de Poitiers, Commentarius in Mattheum 13,7).
Una idea semejante a la expuesta en la parábola de la cizaña se recoge bajo la imagen de la red barredera (vv. 47-50). El Reino de los Cielos, como la Iglesia, convoca a todos, aunque algunos no se muestren dignos: al final los ángeles separarán a los buenos de los malos. Es la misma idea que se expresa en la parábola de los invitados a las bodas (22,1-14), donde se invita a todos, «malos y buenos» (22,10), pero donde se dice explícitamente que hay que mostrarse digno para ser no sólo «llamado» sino también «elegido».
Los discípulos entienden al Señor (v. 51) y por eso se pueden convertir en los escribas del nuevo Israel (v. 52). Si comprenden a Cristo, las cosas antiguas —la Ley de Moisés— y las cosas nuevas —Jesús y la nueva Ley enseñada por Él— serán eficaces para su misión evangelizadora, porque Cristo «siempre es nuevo, porque siempre renueva la mente, y nunca se hace viejo, porque no se marchitará jamás» (S. Bernardo, In vigilia Nativitatis Domini, Sermo 6,6).