lunes, 11 de agosto de 2014

Los dones y la vocación de Dios son irrevocables (Rm 11,13-15.29-32)

20º domingo del Tiempo ordinario – A . 2ª lectura
13 Pero a vosotros, los gentiles, os digo: siendo yo, en efecto, apóstol de las gentes, hago honor a mi ministerio, 14 por si de alguna forma provoco celo a los de mi raza y salvo a algunos de ellos. 15 Porque si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su restauración sino una vida que surge de entre los muertos? 
29 Porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables. 30 Pues así como vosotros en otro tiempo fuisteis desobedientes a Dios, y ahora habéis alcanzado misericordia a causa de su desobediencia, 31 así también ellos ahora no han obedecido, para que vosotros alcancéis misericordia, a fin de que también ellos consigan la misericordia. 32 Porque Dios encerró a todos en la desobediencia, para tener misericordia de todos.
La conversión de los gentiles debe ser ocasión de celo para que los judíos también se conviertan. La vocación del pueblo judío como pueblo elegido es irrevocable (v. 29). A pesar de la desobediencia de algunos, Dios lo amará por siempre, según las promesas hechas a los patriarcas y los méritos que lograron con su correspondencia fiel (cfr Rm 9,4-5). Precisamente por ese amor inalterable de Dios es posible que «todo Israel» se salve. De ahí que Pablo entienda la conversión de los gentiles como una etapa en la misión del pueblo de Israel, pues estaba escrito que la promesa de Dios a Abrahán era para siempre: «Bendeciré a quienes te bendigan, y maldeciré a quienes te maldigan; en ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra» (Gn 12,3).