lunes, 21 de agosto de 2017

Las llaves del reino de los cielos (Mt 16,13-20)

21º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
13 Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó a preguntarles a sus discípulos:
—¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?
14 Ellos respondieron:
—Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas.
15 Él les dijo:
—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
16 Respondió Simón Pedro:
—Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
17 Jesús le respondió:
—Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18 Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. 19 Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos.
20 Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.
Según lo narra Mateo, este episodio se refiere a dos realidades distintas aunque estrechamente relacionadas: la confesión de fe de Pedro y la promesa del Primado.
Frente a todos aquellos que no han sabido descubrir quién es Jesús (v. 14; cfr 14,2; 16,2-4; etc.), Pedro confiesa claramente que Jesús es el Mesías prometido y que es el Hijo de Dios: «El Señor pregunta a sus Apóstoles qué es lo que los hombres opinan de Él, y en lo que coinciden sus respuestas reflejan la ambigüedad de la ignorancia humana. Pero, cuando urge qué es lo que piensan los mismos discípulos, el primero en confesar al Señor es aquel que también es primero en la dignidad apostólica» (S. León Magno, Sermo 4 in anniversario ordinationi suae 2-3). Pero esta confesión de Pedro no incluye sólo la misión de Jesús —ser el Mesías— sino su íntimo ser: Jesús es el Hijo de Dios. Ésta es la confesión completa de quién es Jesús, la misma que hacemos los cristianos unidos a Pedro. Pero esta confesión no se puede proferir sólo desde la experiencia humana, hay que hacerla desde la fe, que es gracia de Dios. Por eso, San León Magno, glosa así las palabras del Señor (v. 17): «Eres verdaderamente dichoso porque es mi Padre quien te lo ha revelado; la humana opinión no te ha inducido a error, sino que la revelación del cielo te ha iluminado, y no ha sido nadie de carne y hueso, sino que te lo ha enseñado Aquel de quien soy el Hijo único» (ibidem). Y por eso también, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, las palabras de la confesión de Pedro deben entenderse aquí en un sentido literal —no hay metáfora alguna al confesar a Jesús como Hijo de Dios—, ya que las pronuncia por revelación del Padre (cfr nn. 441-442).
Si esta confesión de Pedro es un don de Dios, no es menos gracia la que el Señor le promete ahora (vv. 18-19) —y que después le conferirá (cfr Jn 21,15-23 y nota)—, el poder de atar y desatar en la Iglesia fundada por Él: «Y añade: Ahora te digo yo, esto es: Del mismo modo que mi Padre te ha revelado mi divinidad, igualmente yo ahora te doy a conocer tu dignidad: Tú eres Pedro: Yo, que soy la piedra inviolable, la piedra angular que ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, yo, que soy el fundamento, fuera del cual nadie puede edificar, te digo a ti, Pedro, que eres también piedra, porque serás fortalecido por mi poder de tal forma que lo que me pertenece por propio poder sea común a ambos por tu participación conmigo. Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Sobre esta fortaleza —quiere decir— construiré el templo eterno y la sublimidad de mi Iglesia, que alcanzará el cielo y se levantará sobre la firmeza de la fe de Pedro» (S. León Magno, Sermo 4 in anniversario ordinationi suae 2-3).
En otro lugar del evangelio (18,18), se promete también a los discípulos el poder de atar y desatar (v. 19). Por eso, la tradición ha visto en Pedro también el signo de unidad en la Iglesia: «La prerrogativa de este poder se comunica también a los otros Apóstoles y se transmite a todos los obispos de la Iglesia, pero no en vano se encomienda a uno lo que se ordena a todos; de una forma especial se otorga esto a Pedro, porque la figura de Pedro se pone al frente de todos los pastores de la Iglesia» (ibidem).
Desde los comienzos, se ha entendido que este don a Pedro se transmite también a sus sucesores como Obispos de Roma. Es la doctrina del Primado que —junto con la infalibilidad del Romano Pontífice cuando habla ex cathedra— fue definida como dogma de fe en la Constitución Dogmática Pastor Aeternus del Concilio Vaticano I, y reafirmada en documentos posteriores: «El Obispo de la Iglesia Romana, en quien permanece la función que el Señor encomendó singularmente a Pedro, primero entre los Apóstoles, y que había de transmitirse a sus sucesores, es cabeza del colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra; el cual, por tanto, tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia y que puede siempre ejercer libremente» (Codex Iuris Canonici, can. 331; cfr Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 18).
Los santos han visto en el amor a la Iglesia y al Romano Pontífice un signo verdadero de amor a Cristo: «Quien sea desobediente al Cristo en la tierra, el cual está en lugar de Cristo en el cielo, no participará en el fruto de la sangre del Hijo de Dios» (S. Catalina de Siena, Epistolae 207).