lunes, 1 de diciembre de 2014

No tarda el Señor (2 Pe 3,8-14)

2º domingo de Adviento – B. 2ª lectura
8 Pero hay algo, queridísimos, que no debéis olvidar: que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. 9 No tarda el Señor en cumplir su promesa, como algunos piensan; más bien tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan. 10 Pero como un ladrón llegará el día del Señor. Entonces los cielos se desharán con estrépito, los elementos se disolverán abrasados, y lo mismo la tierra con lo que hay en ella.
11 Si todas estas cosas se van a destruir de ese modo, ¡cuánto más debéis llevar vosotros una conducta santa y piadosa, 12 mientras aguardáis y apresuráis la venida del día de Dios, cuando los cielos se disuelvan ardiendo y los elementos se derritan abrasados! 13 Nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habita la justicia.
14 Por lo tanto, queridísimos, a la espera de estos acontecimientos, esmeraos para que él os encuentre en paz, inmaculados e intachables.
El autor sagrado reprocha a los falsos maestros su falta de fe y enseña que las cosas no son iguales desde el comienzo. Acaba de decir que Dios llevó a cabo la creación con su Palabra y por ella envió el castigo del diluvio, provocando una profunda trans­formación en el universo (cf. 2 Pe 3,5-6). Por tanto, hay que creer que también por su Palabra la creación entera sufrirá el cambio pro­fundo que dé origen a «unos cielos nuevos y una tierra nueva» (cfr vv. 7.10; 3,12-13). Además, el tiempo es muy relativo frente a la eternidad de Dios (v. 8), y si Dios retrasa el momento final es por su misericordia, porque quiere que todos los hombres se salven (v. 9; cfr 1 Tm 2,4; Rm 11,22). Una cosa es cierta: hay que mantenerse vigilantes, porque el día del Señor vendrá sin previo aviso (v. 10; cfr Mc 13,32-36). «Como no sabemos el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor, que velemos constantemente para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena (cfr Hb 9,27), merezcamos entrar con Él a las bodas y ser contados entre los elegidos (cfr Mt 25,31-46), y no se nos mande, como a siervos malos y perezosos (cfr Mt 25,26), ir al fuego eterno (cfr Mt 25,41)» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 48).
La consideración del fin del mundo y de la Parusía del Señor fundamenta la exhortación moral de los vv. 11-14. «Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio Final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado. (...) La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1042-1043). El cristiano ha de aguardar esos hechos no con miedo, sino con esperanza (vv. 12-14). Al mismo tiempo esta espera no puede inducirle a desentenderse de las realidades humanas: «La espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 39).