miércoles, 26 de noviembre de 2014

¡Ojalá rasgaras los cielos y bajases! (Is 63,16b-17.19b; 64,2-7)

1º domingo de Adviento – B. 1ª lectura
16b ¡Tú eres nuestro Padre!
Aunque Abrahán ya no nos conozca,
e Israel nos ignore,
¡Tú, Señor, eres nuestro Padre,
nuestro Redentor!
Tu Nombre es eterno.
17 ¿Por qué, Señor, nos hiciste vagar fuera de tus caminos,
y endureciste nuestro corazón para que no te temiésemos?
¡Vuélvete, por amor a tus siervos,
a las tribus de tu heredad!
19b ¡Ojalá rasgaras los cielos y bajases!
Ante ti se estremecerían las montañas.
64,2 Cuando, haciendo prodigios que no aguardábamos,
descendiste, los montes se estremecieron ante Ti.
3 Nunca se oyó, ni oído escuchó,
ni ojo vio a un Dios fuera de Ti,
que haga tanto con quien espera en Él.
4 Tú sales al encuentro de quien se goza en hacer justicia,
de los que se acuerdan de tus caminos.
Te airaste, y nosotros pecamos contra ellos
por largo tiempo: ¿cómo podemos ser salvos?
5 Todos nosotros somos algo inmundo,
todas nuestras justicias son como paños de menstruación.
Todos estamos marchitos como hojarasca
y nuestras iniquidades nos arrastran como el viento.
6 No hay quien invoque tu Nombre,
quien se levante para serte fiel,
pues nos has escondido tu rostro
y nos has dejado en mano de nuestras iniquidades.
7 Pero ahora, Señor, Tú eres nuestro Padre;
nosotros, el barro, Tú nuestro alfarero,
y todos nosotros la obra de tus manos.
Por fin viene el Señor vencedor como Juez que castiga y premia. Al contemplar cercana su venida se eleva esta plegaria llena de confianza y esperanza.
Hay por dos veces (63,16 y 64,7) una interpelación apremiante a Dios, invocado como Padre de Israel. Es uno de los pasajes más elocuentes del Antiguo Testamento sobre la entrañable paternidad de Dios con su pueblo. El autor del poema espera confiadamente que el corazón paternal del Señor no quede insensible ante tantos sufrimientos de sus hijos, aunque hayan merecido castigo por su infidelidad (64,3-6). Las súplicas por el auxilio divino se vuelven dramáticas (63,17-19a), hasta terminar con la petición de un milagro portentoso (63,19b). La exposición de las calamidades que ha sufrido el pueblo continúa en 64,2-7 en el mismo tono que en 63,16-19: el profeta desarrolla los motivos para que Dios auxilie al pueblo de su heredad.
El grito ardoroso del profeta -¡Ojalá rasgaras los cielos y bajases!- (63,19b) sintetiza de modo admirable la paciente ­espera de Israel en las intervenciones salvadoras de Dios; y, en perspectiva mesiánica, asume las esperanzas depositadas en el Salvador esperado por el pueblo elegido a lo largo de su historia. También, de alguna manera, es el clamor de todo hombre que se dirige al Señor con la urgencia de que sus aspiraciones nobles no caigan en saco roto. Este Adviento de siglos, que en cierto modo revive en nuestros días, encuentra de nuevo su respuesta en el designio de Dios Padre, que envió a su Hijo, hecho Hombre, para que llevase a cabo nuestra Redención, y envió al Espíritu Santo para hacer a los hombres partícipes de su Amor.
Las palabras de Is 64,3 son evocadas por San Pablo para mostrar la sabiduría y el amor de Dios por cuantos le aman y el conjunto de dones futuros que superan la capacidad del hombre: «Según está escrito: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman» (1 Co 2,9). Ya que estos dones se alcanzan plenamente en la vida futura, también ha sido muy comentado en la espiritualidad cristiana para expresar la felicidad del cielo. Así lo haría por ejemplo San Roberto Belarmino: «¿Acaso no prometes además un premio a los que guardan tus mandamientos, más precioso que el oro fino, más dulce que la miel de un panal? Por cierto que sí, y un premio grandioso, como dice Santiago: La corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman. ¿Y qué es esta corona de la vida? Un bien superior a cuanto podamos pensar o desear, como dice San Pablo, citando al profeta Isaías: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman» (De ascensione mentis in Deum, Grado 1).