lunes, 1 de diciembre de 2014

Preparad el camino del Señor (Is 40,1-5.9-11)

2º domingo de Adviento – B. 1ª lectura
1 Consolad, consolad a mi pueblo,
—dice vuestro Dios—.
2 Hablad al corazón de Jerusalén y gritadle
que se ha cumplido su servidumbre,
y ha sido expiada su culpa,
que ha recibido de la mano del Señor
el doble por todos sus pecados.
3 Una voz grita: «En el desierto preparad el camino del Señor,
en la estepa haced una calzada recta para nuestro Dios.
4 Todo valle será rellenado,
y todo monte y colina allanados,
lo torcido será recto,
y lo escarpado, llano.
5 Entonces se revelará la gloria del Señor,
y toda carne a una la verá,
pues ha hablado la boca del Señor».
9 Súbete a un monte bien alto,
tú, la que traes buenas noticias a Sión;
alza con fuerza tu voz,
la que traes buenas noticias a Jerusalén,
grita sin temor.
Di a las ciudades de Judá:
«Aquí está vuestro Dios».
10 Mirad, el Señor Dios viene con poder,
y su brazo le somete todo.
Mirad que trae su recompensa,
y su premio va por delante.
11 Apacienta su rebaño como un pastor,
lo congrega con su brazo,
lleva los corderillos en su regazo,
y conduce con cuidado a las que están criando.
Se inicia aquí una sección del libro de Isaías (40,1 – 48,22) que tiene como referencia inmediata la vuelta de los desterrados de Babilonia, que es presentada como un «nuevo éxodo». Si el éxodo de Egipto es el prototipo de todas las intervenciones que ha hecho Dios en favor de su pueblo, ahora se habla de otro, que es «nuevo» porque el poder con el que actúa el Señor, Creador de todas las cosas, supera a lo manifestado en el antiguo. La noticia de la liberación inminente supone un gran consuelo para el pueblo. Así se dice desde el principio y se reitera en los oráculos que siguen. Por eso, esta parte del libro de Isaías suele denominarse «Libro de la Consolación», y ha sido entendida como figura y anticipo de la consolación que traerá Cristo: «La verdadera consolación, alivio y liberación de los males humanos es la Encarnación de nuestro Dios y Salvador» (Teodoreto de Ciro, Commentaria in Isaiam 40,3).
Con solemnidad, una voz anónima proclama el consuelo de parte del Señor (vv. 1-5). La misma voz pide al profeta que también él grite y pregone la perenne vitalidad de la palabra de Dios y su mensaje de la salvación (vv. 6-11).
Los oráculos se dirigen a los habitantes de Jerusalén deportados en Babilonia. Cuando se pronuncian han pasado ya varias décadas desde que ellos o sus padres fueron forzados a abandonar la ciudad santa. Tras ese tiempo de sufrimientos y separación, su culpa ha sido expiada con creces. Llega el momento de disponerse para emprender, con la ayuda del Señor, el camino de regreso. A lo largo de toda la sección se habla de ese viaje. La voz que habla en nombre del Señor infunde ánimos: no será un camino duro, sino que encontrarán un sendero despejado que los llevará ante la Gloria del Señor. Como en el éxodo de Egipto, en el «camino» de Babilonia hacia Jerusalén el poder de Dios se va a manifestar con prodigios. Las palabras de la voz misteriosa que invita a emprender la marcha avivan la esperanza de los que regresaban a la tierra prometida. Los cuatro Evangelios ven cumplidas estas palabras en el ministerio de Juan Bautista, que es la voz que grita en el desierto: «Preparad el camino del Señor» (cfr v. 3). En efecto, Juan, con su llamada a la conversión personal y al bautismo de penitencia, prepara el camino para encontrar a Jesús (cfr Mt 3,3; Mc 1,3; Lc 3,4; Jn 1,23), a quien los Evangelios confiesan como «el Señor» (cfr v. 3). Por su parte, Juan Bautista es el heraldo, el «precursor»: «Por este motivo, aquella voz manda preparar un camino para la Palabra de Dios, así como allanar sus obstáculos y asperezas, para que cuando venga nuestro Dios pueda caminar sin dificultad. Preparad un camino al Señor: se trata de la predicación evangélica y de la nueva consolación, con el deseo de que la salvación de Dios llegue a conocimiento de todos los hombres» (Eusebio de Cesarea, Commentaria in Isaiam 40,366). De ahí que, en la tradición cristiana, «Juan es “más que un profeta” (Lc 7,26). En él, el Espíritu Santo consuma el “hablar por los profetas”. Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías (cfr Mt 11,13-14). Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la “voz” del Consolador que llega (Jn 1,23; cfr Is 40,1-3)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 719).
En la segunda parte del oráculo, la voz anónima pide al profeta que hable en nombre del Señor (vv. 6-8). Los proyectos meramente humanos tienen una vigencia limitada, sólo la palabra de Dios permanece. Seguramente hay en esa voz una alusión al poder de Babilonia, que pasa como «flor silvestre» cuando «sopla el aliento del Señor», porque se había alzado contra la bondad de Dios. En el mensaje que ha de transmitir al pueblo se habla de confianza en el poder de Dios, que no llega para devastar sino para cuidar amorosamente y recompensar al pueblo que está a su cuidado (vv. 9-11). Aparece por primera vez la imagen del «rebaño» referida al pueblo de Dios, una de las varias figuras utilizadas en la Sagrada Escritura para expresar la atención amorosa de Dios a su pueblo (cfr Jr 23,3; Ez 34,1ss.; Sal 23,4) y que la tradición cristiana utiliza para exponer el misterio de la Iglesia: «La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo (Jn 10,1-10). Es también el rebaño cuyo pastor será el mismo Dios, como Él mismo anunció (cfr Is 40,11; Ez 34,11-31). Aunque son pastores humanos quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta; Él, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores (cfr Jn 10,11; 1 P 5,4), que dio su vida por las ovejas (cfr Jn 10,11-15)» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 6).