martes, 9 de diciembre de 2014

El Espíritu del Señor está sobre mí (Is 61,1-2a.10-11)

3º domingo de Adviento – B. 1ª lectura
1 El Espíritu del Señor Dios está sobre mí,
porque el Señor me ha ungido.
Me ha enviado para llevar la buena nueva a los pobres,
a vendar los corazones rotos,
anunciar la redención a los cautivos,
y a los prisioneros la libertad;
2a para anunciar el año de gracia del Señor.
10 Con gran contento gozo en el Señor,
y mi alma se alegra en mi Dios,
porque me ha vestido con ropaje de salvación,
me ha envuelto con manto de justicia,
como novio que se ciñe la diadema,
como novia que se adorna con sus joyas.
11 Como la tierra echa sus brotes,
como el huerto hace germinar sus semillas,
así, el Señor Dios hace germinar la justicia
y la alabanza ante todas las naciones.
Con estilo denso y conciso este oráculo presenta al mensajero escatológico hablando en un soliloquio. Es otro de los textos claves del libro de Isaías. No es difícil encontrar puntos de contacto con los cantos del siervo, en especial con el segundo (49,1-6). La efusión del Espíritu del Señor va unida a la unción, como en el caso del rey (cfr 11,2) y del siervo del Señor (42,1). Pero este mensajero es más que un rey, más que un profeta y más que el grupo de los que habiten la ciudad santa de los últimos tiempos. Su misión se reduce a una doble función como mensajero y como consolador. Como mensajero, a semejanza del legado real en tiempos de guerra, trae buenas noticias: anuncia la redención a los cautivos y la libertad a los prisioneros (cfr Jr 34,8.17). Su mensaje equivale a anunciar un nuevo orden de cosas donde no será necesaria la represión y reinará la concordia y el bienestar. El «año de gracia del Señor» (v. 2) es parecido al año jubilar (cfr Lv 25,8-19) o al año sabático (cfr Ex 21,2-11; Jr 34,14; Ez 46,17), en cuanto que es un día señalado por el Señor y distinto de los demás; pero propiamente indica el momento en que Dios se muestra especialmente benévolo y concede la salvación definitiva (cfr 49,8). Se denomina también «día de venganza», en cuanto que en ese día esencialmente cargado de bondad los impíos recibirán también su merecido.
Como consolador, venda los corazones rotos por la enfermedad o la desgracia, alienta a los que lloran y restaura a los que hacen duelo en Sión. Cuando quien consuela es el Señor o un mensajero suyo (cfr 40,1) se espera que vuelva a restablecer a su pueblo en el puesto y dignidad del principio, a renovar la Alianza quebrantada y a restaurar las instituciones desaparecidas, es decir, a establecer una situación nueva de plenitud de bienes.
La tradición judía en tiempos de Jesús reflejada en el targum o traducción aramea entiende que el heraldo aquí descrito debía ser un profeta (por ello antepone al oráculo la entradilla de: «Así dice el profeta»). De este modo cuando Jesús lee el texto en la sinagoga de Nazaret señala que ha llegado el momento de su cumplimiento y que Él es el profeta del que habla Isaías: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21). Enseña así que Él es el Mesías, constituido «Cristo» (Ungido) por el Espíritu Santo (cfr Is 11,2), también como el profeta que anuncia la salvación. A partir de ahí, la doctrina cristiana ha contemplado a Jesús como el Mensajero último enviado por el Espíritu Santo: «El profeta presenta al Mesías como aquél que viene por el Espíritu Santo, como aquél que posee la plenitud de este Espíritu en sí y, al mismo tiempo, para los demás, para Israel, para todas las naciones y para toda la humanidad. La plenitud del Espíritu de Dios está acompañada de múltiples dones, los de la salvación, destinados de modo particular a los pobres y a los que sufren, a todos los que abren su corazón a estos dones, a veces mediante las dolorosas experiencias de su propia existencia, pero ante todo con aquella disponibilidad interior que viene de la fe. Esto intuía el anciano Simeón, “hombre justo y piadoso” ya que “estaba en él el Espíritu Santo”, en el momento de la presentación de Jesús en el Templo, cuando descubría en él la “salvación preparada a la vista de todos los pueblos” a costa del gran sufrimiento, la Cruz, que habría de abrazar acompañado por su Madre. Esto intuía todavía mejor la Virgen María, que “había concebido del Espíritu Santo”, cuando meditaba en su corazón los “misterios” del Mesías al que estaba asociada» (Dominum et Vivificantem, n. 16).
Después de este importantísimo oráculo sobre el nuevo mensajero (vv. 1-3), el profeta canta las maravillas de la ciudad santa de Jerusalén, que, una vez restaurada después del destierro es un lugar donde se goza de una alegría comparable a la de los novios en sus desposorios, o a la del labriego que contempla una cosecha fecunda (vv. 10-11).
La novedad de los acontecimientos y detalles de la ciudad mira hacia horizontes definitivos, hacia la escatología, es decir, hacia la intervención definitiva y salvadora del Señor. En este contexto, las realidades nuevas significan realidades últimas y decisivas, y por tanto que han llegado a su plenitud. Ya que en el Nuevo Testamento la Iglesia es llamada construcción de Dios (1 Co 3,9), edificada sobre el fundamento de los Apóstoles (1 Co 3,11), la tradición cristiana ha visto en la Jerusalén renovada y exaltada una figura de la Iglesia que camina en este mundo y se manifestará en el momento final (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 756-757).