lunes, 13 de febrero de 2012

Voy a hacer nuevas todas las cosas (Is 43,18-19.21-22.24b-25)


7º domingo del Tiempo ordinario – B. 1ª lectura
18 «No recordaréis las cosas pasadas,
ni pensaréis en las cosas antiguas.
19 Mirad que voy a hacer cosas nuevas;
ya despuntan, ¿no os dais cuenta?
Voy a abrir camino en el desierto,
y ríos en la estepa.
21 El pueblo que formé para mí
proclamará mi alabanza.
22 Pero tú, Jacob, no me invocaste,
pues sentiste tedio de mí, Israel.
24b Me afligiste con tus pecados,
me agobiaste con tus culpas.
25Yo, Yo soy quien borra tus delitos por mí mismo,
y no recordaré tus pecados.
Este oráculo forma parte del núcleo doctrinal del «Libro de la Consolación» (40,1-48,22), en donde el éxodo de Egipto es el prototipo de todas las liberaciones realizadas por el Señor. De modo más inmediato apunta a la vuelta de los desterrados de Babilonia. Aunque lo acontecido en la salida de Egipto fue grandioso y digno de ser ponderado, se quedará corto ante un éxodo que será realmente «nuevo» porque su grandeza supera a todo lo antiguo (cfr vv. 18-19). El vaticinio está construido con esmero. Comienza reconociendo a Dios mediante una enumeración abigarrada de los títulos divinos tantas veces repetidos: Señor, Redentor, Santo de Israel, creador y Rey (vv. 14-15); sigue el anuncio del nuevo éxodo teniendo como modelo la tradición del antiguo, sin nombrarlo (vv. 16-21); recuerda luego las infidelidades del pueblo con dolor pero con serenidad (vv. 22-24); y termina confesando el perdón divino en un esquema procesal (vv. 25-28). Con esta técnica rebuscada destaca la iniciativa y el protagonismo de Dios en la historia del pueblo.
Las palabras del profeta infunden esperanza en un pronto regreso y dan fuerzas para afrontar la gran tarea de la reconstrucción religiosa de Israel. Pero en todos los momentos de la historia recuerdan también que el Señor nunca abandona a sus elegidos, y constantemente los invita a recomenzar en sus empeños de fidelidad con ardor renovado. Sólo es necesario que, acudiendo a la misericordia de Dios, reconozcan sus culpas. Por eso San Gregorio Magno  empleaba la referencia judicial del v. 26 como una imagen del examen de conciencia que lleva al reconocimiento de los pecados: «La conciencia acusa, la razón juzga, el temor ata, el dolor atormenta» (Moralia in Iob 25,7,12-13).