lunes, 2 de marzo de 2015

Predicamos a Cristo crucificado (1 Co 1,22-25)

3º domingo de Cuaresma – B. 2ª lectura
22 Porque los judíos piden signos, los griegos buscan sabiduría; 23 nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; 24 pero para los llamados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. 25 Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.
La sabiduría del mundo es la que se desvía de su recto fin y, en consecuencia, no alcanza a conocer a Dios (cfr Rm 1,19-25), bien porque sólo busca señales externas y sensibles, bien porque únicamente acepta argumentos racionales.
Los judíos buscan exclusivamente signos e intentan basar su fe en lo que perciben por los sentidos. Para ellos la cruz de Cristo es escándalo, es decir, obstáculo que imposibilita su acceso a las cosas divinas. Los griegos —se refiere San Pablo a los racionalistas de su época— se consideraban árbitros de la verdad y veían como necedad lo que no se basa en demostración irrefutable: «Para el mundo, es decir, para los prudentes del mundo, su sabiduría se hizo ceguera; no pudieron por ella conocer a Dios (...). Por tanto, como el mundo se ensoberbecía en la vanidad de sus dogmas, el Señor estableció la fe de los que habían de salvarse precisamente en lo que aparece indigno y necio, para que, fallando todas las presunciones humanas, sólo la gracia de Dios revelara lo que la inteligencia humana no puede comprehender» (S. León Magno, Sermo 5 De Nativitate).
Los corintios no han descubierto la verdadera sabiduría, que es la que se ha manifestado en la cruz. La cruz de Cristo es cátedra de sabiduría y de juicio, piedra de toque ante la cual los hombres toman postura: unos consideran que el mensaje de la cruz (literalmente «la palabra de la cruz») es una necedad: son los que se pierden (según la expresión original, «los que van camino de perderse»). Otros, en cambio, los que van camino de salvarse, descubren que la cruz es «fuerza de Dios», porque en ella el demonio y el pecado han sido vencidos. Por eso la Iglesia exhorta: «Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo» (Misal Romano, Celebración de la Pasión del Señor), y por eso también los santos han cantado las excelencias de la cruz: «¡Oh don preciosísimo de la cruz! ¡Qué aspecto tiene más esplendoroso! (...). Es un árbol que engendra la vida, sin ocasionar la muerte; que ilumina sin producir sombras; que introduce en el paraíso, sin expulsar a nadie de él; es un madero al que Cristo subió, como rey que monta en su cuadriga, para derrotar al diablo que detentaba el poder de la muerte, y librar al género humano de la esclavitud a que la tenía sometido el diablo. Este madero, en el que el Señor, cual valiente luchador en el combate, fue herido en sus divinas manos, pies y cos­tados, curó las huellas de pecado y las ­heridas que el pernicioso dragón había infligido a nuestra naturaleza (...). Aquella suprema sabiduría, que, por así decir, floreció en la cruz, puso de manifiesto la jactancia y la arrogante estupidez de la sabiduría mundana» (S. Teodoro Estudita, Oratio in adorationem crucis).
En la cruz se cumplen las palabras de Isaías (Is 29,14) que anuncian la incapacidad de los sabios y prudentes del mundo para penetrar la sabiduría divina de la cruz: «La predicación de la cruz de Cristo —señala Santo Tomás— contiene algo que según la sabiduría humana parece imposible, como que Dios muera, o que el omnipotente se someta a las manos de los violentos. También contiene cosas que parecen contrarias a la prudencia de este mundo, como que uno, pudiendo, no huya de las contrariedades» (Super 1 Corinthios, ad loc.).