lunes, 6 de julio de 2015

No soy profeta ni hijo de profeta (Am 7,12-15)

15º domingo del Tiempo ordinario – B. 1ª lectura
12 Amasías le dijo a Amós:
—Márchate, vidente. Huye a la tierra de Judá. Come allí tu pan y profetiza allí. 13 Pero no sigas profetizando en Betel, porque es santuario real y templo del reino.
14 Amós respondió a Amasías:
—Yo no soy profeta,
ni hijo de profeta;
sino ganadero y cultivador de sicomoros.
15 El Señor me tomó
de detrás del rebaño;
el Señor me mandó:
«Vete, profetiza a mi pueblo Israel».
El sacerdote Amasías, secuaz del rey Jeroboam, ve en Amós un profeta peligroso para el orden establecido en el reino del Norte: no le interesa entender el mensaje de Amós, que es una denuncia de las injusticias y falsedades en las que Amasías está implicado.
Amasías denomina a Amós «vidente», uno de los términos hebreos con que se llama a los profetas. Pero Amós no se considera a sí mismo un profeta al uso, un «hijo de profeta» (v. 14), esto es, perteneciente a un grupo o cofradía de profetas de los muchos que hubo en Israel, al menos desde los tiempos del rey Saúl (cfr 1 S 10,10-13; 19,20-24), ni es un profeta «de oficio», al servicio de la casa real. La respuesta de Amós es clara: es un nôqer, un ganadero o boyero y cultivador (bôles) de sicomoros. Pero el Señor le envió a «profetizar» a Israel (v. 15). Amós, pues, era un hombre corriente —ni profeta, ni sacerdote— que recibió de Dios un mensaje inesperado que debía proclamar.
La vocación, la llamada de Dios, es algo tan imperativo que nadie puede rehusar (cfr Am 3,8), pero, al mismo tiempo, da fuerza y sentido a la existencia: la conciencia de Amós le lleva a estar por encima de las instituciones —el Templo o el rey— porque se sabe enviado por el Señor. «La vocación divina nos da una misión, nos invita a participar en la tarea única de la Iglesia, para ser así testimonio de Cristo ante nuestros iguales los hombres y llevar todas las cosas hacia Dios. La vo­cación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada, y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 45).