lunes, 7 de septiembre de 2015

El valor del sufrimiento (Mc 8, 27-35)


24º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
27 Salió Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino comenzó a preguntar a sus discípulos:
—¿Quién dicen los hombres que soy yo?
28 Ellos le contestaron:
—Juan el Bautista. Y hay quienes dicen que Elías, y otros que uno de los profetas.
29 Entonces él les pregunta:
—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Le responde Pedro:
—Tú eres el Cristo.
30 Y les ordenó que no hablasen a nadie sobre esto.
31 Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar después de tres días.
32 Hablaba de esto claramente. Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle. 33 Pero él se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro y le dijo:
—¡Apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres.
34 Y llamando a la muchedumbre junto con sus discípulos, les dijo:
—Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. 35 Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.
Se recoge aquí uno de los momentos centrales de la relación de los discípulos con Jesús: la confesión de su mesianismo. El diálogo muestra hasta qué punto es importante la respuesta que da Pedro. En efecto, lo que los hombres piensan de Jesús es, humanamente, lo más grande que podía concebir un judío piadoso: un profeta, o el mismo ­Elías (cfr 9,11). Pero San Pedro con su respuesta no expresa una opinión, sino que hace una auténtica profesión de fe cuyo sentido explícito encontramos en Mt 16,16-17. La firmeza de la fe de Pedro, y de sus sucesores, es punto de apoyo para la confesión de fe de los creyentes: «Todo ello es fruto, queridos hermanos, de aquella confesión que, inspirada por el Padre en el corazón de Pedro, supera todas las incertidumbres de las opiniones humanas y alcanza la firmeza de la roca que nunca será cuarteada por ninguna violencia. En toda la Iglesia, Pedro confiesa diariamente: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, y toda lengua que confiesa al Señor está guiada por el magisterio de esta confesión» (S. León Magno, Sermo 3 in anniversario ordinationi suae).
Significativamente, el Señor no rechaza el título de «Cristo» que le da Pedro (v. 29), pero lo sustituye inmediatamente por el de «Hijo del Hombre» (8,31), indicando de esa manera que la confesión de Pedro es correcta pero incompleta. Jesús entiende su misión como Mesías desde la perspectiva de Dios, no desde la perspectiva de los hombres: «Conviene tener en cuenta que mientras el Señor dice de sí mismo que es el Hijo del Hombre, Natanael lo llama Hijo de Dios (Jn 1,49). (...) Y esto sucedió mediante un providencial equilibrio, puesto que debía presentarse la doble existencia del Mediador, Dios y Señor nuestro, como Dios Señor y como simple hombre: el Dios hombre ha dado solidez a la fragilidad humana, y el simple hombre ha añadido el poder de la divinidad que poseía: uno ha profesado su humildad, otro su grandeza» (S. Beda, Homiliae 1,17).
Tras la confesión de Pedro, cambia el horizonte del evangelio. Desde ahora, Jesús se dedica con mayor intensidad a la formación de sus discípulos mostrándoles la necesidad de su pasión para entrar en su gloria (8,31-9,13). Comienza la revelación de Jesús como Siervo sufriente. Es el camino de la cruz que Cristo aceptó para sí (cfr 8,31) y que cada cristiano debe recorrer (8,34).
Jesucristo inicia aquí una enseñanza particular a sus discípulos acerca del verdadero sentido de su misión: la salvación se realizará a través del sufrimiento y de la cruz, y, por eso, quien quiera seguirle tiene que estar dispuesto a la renuncia de sí mismo (8,34-38). El diálogo con Pedro (8,31-33) ilustra de manera concentrada la paradoja cristiana: a Pedro le cuesta comprender que el triunfo de Cristo sea realmente la cruz. Cristo le reprende abiertamente porque ese modo humano de ver las cosas es incompatible con el plan de Dios. También nosotros podemos quedarnos a menudo en una visión empequeñecida: «Hay en el ambiente una especie de miedo a la Cruz, a la Cruz del Señor. Y es que han empezado a llamar cruces a todas las cosas desagradables que suceden en la vida, y no saben llevarlas con sentido de hijos de Dios, con visión sobrenatural (...). En la Pasión, la Cruz dejó de ser símbolo de castigo para convertirse en señal de victoria. La Cruz es el emblema del Redentor: in quo est salus, vita et resurrectio nostra: allí está nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección» (S. Josemaría Escrivá, Via Crucis 2,5).
Las palabras de Jesús (8,34-35) debieron de parecer estremecedoras a quienes las escuchaban, pero dan la medida de lo que Cristo exige para seguirle: no un entusiasmo pasajero, ni una dedicación momentánea, sino la renuncia de sí mismo, el cargar cada uno con su cruz. Porque la meta que el Señor quiere para todos es la bienaventuranza. A la luz de la vida eterna es como se ha de valorar la vida presente que es transitoria, relativa, medio para conseguir la vida definitiva del Cielo: «Hay que amar al mundo, pero hay que anteponer al mundo a su creador. El mundo es bello, pero más hermoso es quien hizo el mundo. El mundo es suave y deleitable, pero mucho más deleitable es quien hizo el mundo. Por eso, hermanos amadísimos, trabajemos cuanto podamos para que ese amor al mundo no nos agobie, para que no pretendamos amar más a la criatura que a su creador. Dios nos ha dado las cosas terrenas para que le amemos a Él con todo el corazón, con toda el alma. (...) Lo mismo que nosotros amamos más a aquellos que parecen amarnos más a nosotros mismos que a nuestras cosas, así también hay que reconocer que Dios ama más a aquellos que estiman más la vida eterna que los dones terrenos» (S. Cesáreo de Arlés, Sermones 159,5-6).