lunes, 2 de noviembre de 2015

Cristo entró en el cielo para interceder por nosotros (Hb 9,24-28)

32º domingo del Tiempo ordinario – B. 2ª lectura
24 Porque Cristo no entró en un santuario hecho por mano de hombre —representación del verdadero—, sino en el mismo cielo, para interceder ahora ante Dios en favor nuestro. 25 No para ofrecerse muchas veces a sí mismo, como el sumo sacerdote que entra en el santuario todos los años con sangre ajena: 26 porque entonces hubiera debido padecer muchas veces desde la creación del mundo, y, en cambio, se ha manifestado ahora de una vez para siempre, en la plenitud de los tiempos, para destruir el pecado mediante el sacrificio de sí mismo. 27 Y así como está establecido que los hombres mueran una sola vez, y que después haya un juicio, 28 así también Cristo, que se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos, por segunda vez, sin relación ya con el pecado, se manifestará a los que le esperan para llevarlos a la salvación.
En la Antigua Ley tanto el sacrificio expiatorio como el ritual de una alianza exigían el derramamiento de sangre. El autor sagrado manifiesta que la mediación sacerdotal de Cristo es la única que puede lograr el perdón de los pecados y el acceso de los hombres a Dios, porque derramó su propia sangre para ratificar la Nueva Alianza (vv. 11-14), y así nos abrió con su cuerpo resucitado —el «Tabernáculo» (v. 11; cfr Jn 2,19-22)— las puertas del cielo. Enseña también que la muerte de Cristo es la última disposición de Dios: otorgar a los hombres la herencia del cielo (vv. 23-28).
En todo el pasaje se revela el poder redentor de la sangre de Cristo, ante la que nos debemos conmover, como se conmovieron los santos: «Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 7,4). «¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Em­pezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. (...) El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escon­dido y me alegro con la riqueza ha­llada» (S. Juan Crisóstomo, Catecheses ad illuminandos 3,16). Y Santa Catalina de Siena escribe: «Anégate en la sangre de Cristo crucificado; báñate en su sangre; sáciate con su sangre; embriágate con su sangre; vístete de su sangre; duélete de ti mismo en su sangre; alégrate en su sangre; crece y fortifícate en su sangre; pierde la debilidad y la ceguera en la sangre del Cordero inmaculado; y con su luz, corre como caballero viril, a buscar el honor de Dios, el bien de su santa Iglesia y la salud de las almas, en su sangre» (Cartas 333).
En el v. 24 se vuelve a insistir (cfr 7,25) cómo Cristo ejerce su sacerdocio desde el cielo «en favor nuestro»: «Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 667).
Los vv. 27-28 contemplan también tres ver­dades fundamentales de la fe cristiana acerca de los novísimos: 1) el decreto inmutable de la muerte, «una sola vez» (no hay reencarnación); 2) la existen­cia de un juicio que sigue inmediatamente a ella; 3) la segunda y gloriosa venida de Cristo. «La muerte es el fin de la pere­gri­nación terrena del hom­bre, del tiempo de gracia y de miseri­cordia, que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio di­vino y para decidir su último destino» (ibidem, n. 1013).
La expresión «sin relación ya con el pecado» (v. 28) quiere decir que en su segunda venida ya no tendrá que reparar el pecado ni sufrir por él como víctima.