lunes, 26 de diciembre de 2016

Jesús perdido en el Templo (Lc 2,41-52)


Domingo de la Sagrada Familia. C - Evangelio
41 Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. 42 Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. 43 Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo advirtiesen sus padres. 44 Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, 45 y al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. 46 Y al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. 47 Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas. 48 Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre:
—Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos.
49 Y él les dijo:
—¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?
50 Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.
51 Bajó con ellos, vino a Nazaret y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. 52 Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres.
Característico del Evangelio de la infancia es que apenas recoge obras o ­palabras de Jesús: aprendemos quién es Jesucristo de las acciones y palabras de los otros personajes de la narración. Este episodio viene a cambiar ese proceder. El ángel había proclamado la filiación divina de Jesús en el anuncio (1,35), poco después lo dirá también la voz del cielo en el Bautismo (3,22): en medio de los dos testimonios, Jesús mismo lo afirma ahora con sus palabras (v. 49): «El hallazgo de Jesús en el Templo es el único suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los años ocultos de Jesús. Jesús deja entrever en ello el misterio de su consagración total a una misión derivada de su filiación divina» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 534).
Los Ácimos y Pascua eran una de las tres fiestas en que los varones de Israel debían peregrinar al Templo de Jerusalén (Dt 16,16). La obligación no concernía a las mujeres y a los niños, aunque las familias piadosas solían llevarlos desde edad temprana. La pérdida de Jesús es explicable. Por entonces, Jerusalén solía triplicar su población en las fiestas de las peregrinaciones. Acostumbraban a ir en caravanas y en dos grupos, uno de hombres y otro de mujeres. Los niños podían ir indistintamente en cualquiera. Al hacer un alto en el camino, se reunían las familias: quizás entonces descubrieron que el Niño se había quedado en Jerusalén. El evangelista narra las circunstancias de ese viaje con sobriedad, porque quiere detenerse en el diálogo de Jesús con su Madre. En efecto, sus padres lo encuentran «escuchando y preguntando» a los doctores (v. 46), de tal manera que los presentes están «admirados de su sabiduría y de sus respuestas» (v. 47). Es un modo de preparar lo que se leerá a continuación: Jesús no es un niño cualquiera, ni siquiera un niño más sabio que los demás: es el Hijo de Dios. El diálogo de Jesús con su Madre sorprende por su aparente desapego, pero, para entenderlo, no hay que olvidar que la mentalidad semita es aficionada a los contrastes y a las antítesis. Jesús, como afirma San Ambrosio, «no les reprende porque le busquen como hijo, sino que les hace levantar los ojos de su espíritu para que vean lo que se debe a Aquel de quien es Hijo Eterno» (Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).
Lucas concluye los episodios de la infancia con un resumen de la vida de Jesús y María en esos años: tres cortas frases de una riqueza extraordinaria (vv. 51-52), y que son como un estribillo del Evangelio de la infancia (cfr 2,19.39-40).
Jesús «les estaba sujeto». En el episodio anterior, se mostraba a Jesús obediente a la voluntad del Padre (cfr 2,49); pero obedecer a Dios, para Jesús, es también obedecer a la voluntad de sus padres: «Cristo, a quien estaba sujeto el universo, se sujetó a los suyos» (S. Agustín, Sermones 51,19). Obedeciendo, a sus padres, Jesús «crecía» (v. 52). Si toda la vida de Cristo es Revelación del Padre, también «esos años ocultos del Señor no son algo sin significado, ni tampoco una simple preparación de los años que vendrían después: los de su vida pública. (...) Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor: (...) el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 20).
De María se dice que «guardaba todas estas cosas en el corazón» (v. 51). El término traducido por «cosas» también puede significar «palabras». De esa manera el evangelista enseña que en María no sólo se cumplió la palabra del Señor (1,38), sino que en Ella se anticipa lo que Jesucristo determina que es característica fundamental de la vida de sus discípulos: oír la palabra del Señor, guardarla y cumplirla (8,21; 11,28): «Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor; que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios. Porque si corporalmente no hay más que una Madre de Cristo, en cambio, por la fe, Cristo es el fruto de todos; pues toda alma recibe la Palabra de Dios, a condición de que, sin mancha y preservada de los vicios, guarde la castidad con una pureza intachable» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).