jueves, 7 de enero de 2016

Mira a mi siervo, a quien sostengo (Is 42,1-4.6-7)

Bautismo del Señor. 1ª lectura
1 Mira a mi siervo, a quien sostengo,
mi elegido, en quien se complace mi alma.
He puesto mi Espíritu sobre él:
llevará el derecho a las naciones.
2 No gritará, ni chillará,
no hará oír su voz en la calle.
3 No quebrará la caña cascada,
ni apagará el pabilo vacilante.
Dictará sentencia según la verdad.
4 No desfallecerá ni se doblará
hasta que establezca el derecho en la tierra.
Las islas esperarán su ley.
6 «Yo, el Señor, te he llamado en justicia,
te he tomado de la mano,
te he guardado y te he destinado
para alianza del pueblo,
para luz de las naciones,
7 para abrir los ojos de los ciegos,
para sacar de la prisión a los cautivos
y del calabozo a los que yacen en tinieblas.
El Señor, que ha manifestado su poder en la creación (Is 40,12-31) y que ha mostrado sus designios de salvación con los hechos realizados en la historia (Is 41,1-29), anuncia una nueva etapa en sus acciones para salvar a su pueblo. En esa tarea, desempeñará una función decisiva el «siervo del Señor», que de alguna forma asume en el texto profético el protagonismo en la manifestación y realización de los planes salvíficos. De él y de su misión se habla en cuatro pasajes distribuidos a lo largo de los caps. 42-55, que tal vez formaran parte en su origen de un único poema. Estos cuatro oráculos han sido designados habitualmente como los «Cantos del Siervo».
La mayoría de los exegetas ve en Is 42,1-9 el primer canto, o bien, la primera estrofa de este poema. Los otros tres pasajes son: Is 49,1-6; 50,4-11 y 52,13-53,12. Junto con una gran belleza poética, los cantos presentan difíciles cuestiones de estilo y de contenido. Han sido por ello prolijamente comentados.
Hoy en día se dan fundamentalmente tres explicaciones sobre la identidad del siervo. La primera considera que el siervo es un personaje individual: bien un rey de la casa de Judá, bien el mismo profeta, o, naturalmente, un Mesías futuro, que salvará a Israel. La segunda hipótesis interpreta la figura del siervo colectivamente: el siervo representa a Israel o a un grupo dentro de él. Una tercera hipótesis piensa que el siervo es presentado intencionadamente de forma ambigua, susceptible de ser interpretado de las dos maneras antes mencionadas: como un personaje del pueblo, pero que puede simbolizar a todo Israel.
Los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, sin entrar en la cuestión sobre la personalidad originaria del siervo, nos revelan el verdadero sentido del texto de Isaías. Ven en cada uno de los cuatro cantos una profecía que anuncia al Mesías y que se cumple en Jesucristo. Así pues, el siervo es el futuro Mesías, representado no como rey y conquistador, sino como un salvador que trabaja y sufre. Dios lo ha elegido y su misión se caracterizará por la mansedumbre, fidelidad y constancia que será coronada por el éxito.
En este primer canto (Is 42,1-9) la figura del «siervo» resulta ciertamente misteriosa: el v. 1 le da atributos excepcionales, universales, transcendentes. Los vv. 2-3a hablan de su acción humilde; pero inmediatamente (vv. 3b-7) anuncian su fortaleza hasta «establecer el derecho en la tierra», ser «la luz de las naciones, abrir los ojos de los ciegos y sacar de la prisión a los cautivos...». Todo ello lo podrá realizar «el siervo» porque el Señor «ha puesto su Espíritu sobre él» (v. 1), es decir, se trata de alguien que ha sido elegido por Dios y cuenta con el auxilio del Espíritu del Señor en su tarea de enseñar su Ley hasta los confines de la tierra. Así pues, estas palabras podrían estar expresando de algún modo la propia conciencia del profeta de estar llevando a cabo una tarea: proclamar la palabra de Dios, que él no ha buscado sino que le ha sido encomendada. Pero también pueden representar en el siervo a todo el pueblo de Israel (cfr 41,8): éste ha sido objeto de la elección divina para dar testimonio a todos los hombres, pacíficamente, de la Ley recibida del Señor
Los Evangelios han interpretado los rasgos característicos del siervo presentes en este primer canto como un vaticinio de la figura de Jesús, objeto de la más plena complacencia del Padre, que en la unidad del Espíritu Santo es verdaderamente luz para todas las naciones y liberador de todos los oprimidos. Así por ejemplo, en los relatos del Bautismo de Jesús en el Jordán y de la Transfiguración resuenan estos rasgos en la voz divina: «Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido» (Mt 3,17); «Éste es mi Hijo, el elegido, escuchadle» (Lc 9,35). Por otra parte, el Evangelio de Mateo, que tiene especial interés en señalar que en Jesús se han cumplido las Escrituras, cita explícitamente los vv. 2-4 de este oráculo de Isaías para mostrar que en Jesús se cumple la profecía del siervo, rechazado por los dirigentes del pueblo, cuyo magisterio amable y discreto había de traer al mundo la luz de la verdad (Mt 12,15-21). Y la misión de Jesús, como «siervo sufriente», que había comenzado con el Bautismo en el Jordán (cfr Mt 3,17), vuelve a mostrarla San Mateo al narrar la oposición que encuentra Jesús entre una parte de los dirigentes judíos, y volverá a señalarla de manera especial en su pasión y muerte (cfr Mt 27,30).
Por otra parte, la fórmula «luz de las naciones (o de las gentes)» del v. 6 parece tener un eco en lo que Jesús dice de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12; 9,5), y en el Benedictus de Zacarías (Lc 1,78-79). Evocación de las frases del v. 7 se encuentra en la respuesta de Jesús a los enviados de Juan Bautista al preguntarle si Él «es el que había de venir» (cfr Mt 11,4-6; Lc 7,18-22). Por eso dirá San Justino, comentando los vv. 6-7: «Todo esto, amigos, está dicho con relación a Cristo y a las naciones por Él iluminadas» (Dialogus cum Tryphone 122,2).
La Iglesia, en el Concilio Vaticano II, reconoce su responsabilidad de trabajar para que Cristo se manifieste verdaderamente como «luz de las naciones» (v. 6) en todo tiempo y lugar: «Cristo es la luz de los pueblos. Por eso este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas (cfr Mc 16,15)» (Lumen gentium, n.1).