lunes, 28 de marzo de 2016

Estuve muerto pero ahora estoy vivo (Ap 1,9-11a.12-13.17-19)

Domingo 2º de Pascua – C. 2ª lectura
9 Yo, Juan, vuestro hermano que comparte con vosotros la tribulación, el reino y la paciencia en Jesús, estuve en la isla que se llama Patmos, por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús. 10 Caí en éxtasis un domingo y oí detrás de mí una gran voz, como una trompeta, 11 que decía:
—Escribe en un libro lo que ves y envíaselo a las siete iglesias.
12 Me volví para ver quién me hablaba; y al volverme, vi siete candelabros de oro, 13 y en medio de los candelabros como un Hijo de hombre, vestido con una túnica hasta los pies, y ceñido el pecho con una banda de oro. 17 Al verle, caí a sus pies como muerto. Él, entonces, puso la mano derecha sobre mí, diciendo:
—¡No temas! Yo soy el primero y el último, 18 el que vive; estuve muerto pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del hades. 19 Escribe, por eso, lo que has visto, tanto lo presente como lo que va a suceder después.
La isla de Patmos era un lugar de prisión. El domingo (v. 10) es el día establecido por la Iglesia como sagrado desde la época apostólica —en lugar del sábado de la Ley Mosaica—, por ser el día en que resucitó Jesucristo. La escena de la visión tiene un colorido litúrgico, dejando entender que el autor recibe la visión durante la celebración de una liturgia dominical, y mostrando así que la liturgia de la tierra está unida a la del Cielo.
Se enumeran aquí las siete iglesias, que simbolizan a la Iglesia universal, y por eso las palabras que contienen las siete cartas están dirigidas a todos los cristianos que, de una forma u otra, se encuentren en situaciones similares a las de aquellas iglesias del Asia proconsular.
En la visión, los candelabros (v. 12) representan a las iglesias en oración, recordando el candelabro de los siete brazos —la menoráh—, que lucía en el Templo de Jerusalén. Jesucristo, como Hijo del Hombre (cfr Dn 7,13), es el Juez escatológico, y los rasgos de su figura simbolizan su sacerdocio («la túnica hasta los pies»: cfr Ex 28,4; Za 3,4); su realeza («una banda de oro»: cfr 1 M 10,89); su eternidad («los cabellos blancos»: cfr Dn 7,9); su ciencia divina («ojos como una llama de fuego»: cfr 2,18); y su poder («pies semejantes al metal»: cfr Dn 10,6; «un estruendo de muchas aguas»: cfr Ez 43,2). El Señor tiene en su mano las iglesias como signo de su protección sobre ellas.
Cristo resucitado se presenta como el que da seguridad al cristiano (vv. 17-18), no sólo porque Él tiene dominio absoluto sobre todo —es el primero y el último— sino también porque Él ha participado de la condición mortal del hombre. Por su Muerte y Resurrección ha vencido a la muerte y tiene poder sobre ella y sobre el misterioso mundo del más allá, el Hades, o lugar de los muertos (cfr Nm 16,33). «Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 102).