lunes, 13 de junio de 2016

Confesión de Pedro (Lc 9,18-24)

12º domingo del Tiempo ordinario – C. Evangelio
18 Cuando estaba haciendo oración a solas, y se encontraban con él los discípulos, les preguntó:
—¿Quién dicen las gentes que soy yo?
19 Ellos respondieron:
—Juan el Bautista. Pero hay quienes dicen que Elías, y otros que ha resucitado uno de los antiguos profetas.
20 Pero él les dijo:
—Y vosotros ¿quién decís que soy yo?
Respondió Pedro:
—El Cristo de Dios.
21 Pero él les amonestó y les ordenó que no dijeran esto a nadie.
22 Y añadió que el Hijo del Hombre debía padecer mucho y ser rechazado por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día.
23 Y les decía a todos:
—Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga. 24 Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará.
Los tres primeros evangelios recogen la confesión de fe de San Pedro. Lucas la narra de manera más condensada que los otros dos (cfr notas a Mt 16,13-20; Mc 8,27-30). Hay, sin embargo, un aspecto característico en el tercer evangelio: mientras los otros dos recuerdan que el episodio sucedió en Cesarea de Filipo, San Lucas omite la referencia geográfica y rememora, en cambio, la oración de Jesús (v. 18) presente en los momentos trascendentales de su ministerio (cfr 3,21; 6,12; 9,28; etc.).
La preeminencia de Pedro entre los Doce es reiterada de una u otra manera en los cuatro evangelios. Aquí no se recoge, como en San Mateo (Mt 16,17-19), el don del Primado a Pedro; en cambio, el relato de la Última Cena (cfr 22,31-34) del tercer evangelista sí subraya la responsabilidad de Pedro respecto del Colegio Apostólico: «De todos se elige a Pedro, a quien se pone al frente de la misión universal de la Iglesia, de todos los apóstoles y de todos los Padres de la Iglesia; y, aunque en el pueblo de Dios hay muchos sacerdotes y muchos pastores, a todos los gobierna Pedro, aunque todos son regidos eminentemente por Cristo. La bondad divina ha concedido a este hombre una excelsa y admirable participación de su poder, y todo lo que tienen de común con Pedro los otros jerarcas les es concedido por medio de Pedro» (S. León Magno, Sermo 4 in anniversario ordinationi suae 2).
La reprensión a Pedro —que originó estas palabras de Jesús sobre el misterio de la cruz (cfr Mt 16,21-28; Mc 8,31-9,1)— no es recogida por Lucas. Jesús es el Cristo y, como señala el episodio de la Transfiguración, su destino es la gloria. Pero su misión pasa por la cruz. Por tanto, quien quiera seguirle, no puede pretender otro camino. La pasión y la cruz son episodios claves en la vida de Cristo, y por ello son también el primer peldaño de la vida cristiana: «Aquel que ama los placeres, que busca sus comodidades, que huye las ocasiones de sufrir, que se inquieta, que murmura, que reprende y se impacienta porque la cosa más insignificante no marcha según su voluntad y deseo, el tal, de cristiano sólo tiene el nombre; solamente sirve para deshonrar su religión, pues Jesucristo ha dicho: Aquel que quiera venir en pos de mí, renúnciese a sí mismo, lleve su cruz todos los días de su vida, y sígame» (S. Juan B. María Vianney, Sermón sobre la penitencia del Miércoles de Ceniza).

Significativamente, el Señor añade que el cristiano debe renovar el ejercicio de llevar la cruz «cada día» (v. 23), porque la salvación llega en un momento preciso, «ahora» (4,21; 5,25; 19,9.42), y por eso cada momento puede ser el definitivo de la salvación: «Me preguntas: ¿Por qué esa cruz de palo? —Y copio de una carta: “Al levantar la vista del microscopio, la mirada va a tropezar con la cruz negra y vacía. Esta Cruz sin crucificado es un símbolo. Tiene una significación que los demás no verán. Y el que, cansado, estaba a punto de abandonar la tarea, vuelve a acercar los ojos al ocular y sigue trabajando: porque la Cruz solitaria está pidiendo unas espaldas que carguen con ella”» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 277).