lunes, 30 de mayo de 2016

Resurrección del hijo de la viuda de Naín (Lc 7, 11-17)

10º domingo del Tiempo ordinario – C. Evangelio
11 Después, marchó a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. 12 Al acercarse a la puerta de la ciudad, resultó que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre, que era viuda. Y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad. 13 El Señor la vio y se compadeció de ella. Y le dijo:
—No llores.
14 Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo:
—Muchacho, a ti te digo, levántate.
15 Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar. Y se lo entregó a su madre. 16 Y se llenaron todos de temor y glorificaban a Dios diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».
17 Esta opinión sobre él se divulgó por toda Judea y por todas las regiones vecinas.
A lo largo del tercer evangelio se pone de relieve la misericordia de Dios hacia los necesitados y la obligación que tenemos de ser misericordiosos unos con otros (1,50.54.72.78; 6,36; 10, 33.37; 15,20; etc.). Aquí, San Lucas, en un milagro que sólo cuenta él, recuerda la misericordia de Jesús hacia los que ­sufren, ya que Él, Cristo, «es la encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 8).
En el milagro llama la atención la iniciativa de Jesús: no hay ninguna súplica, ni petición, ni exposición de la angustia de la viuda (v. 12). La causa del milagro es la compasión del Señor: «Jesús ve la congoja de aquellas personas, con las que se cruzaba ocasionalmente. Podía haber pasado de largo, o esperar una llamada, una petición. Pero ni se va ni espera. Toma la iniciativa, movido por la aflicción de una mujer viuda, que había perdido lo único que le quedaba, su hijo (...). Cristo conoce que le rodea una multitud, que permanecerá pasmada ante el milagro e irá pregonando el suceso por toda la comarca. Pero el Señor no actúa artificialmente, para realizar un gesto: se siente sencillamente afectado por el sufrimiento de aquella mujer, y no puede dejar de consolarla. En efecto, se acercó a ella y le dijo: no llores. Que es como darle a entender: no quiero verte en lágrimas, porque yo he venido a traer a la tierra el gozo y la paz. Luego tiene lugar el milagro, manifestación del poder de Cristo Dios. Pero antes fue la conmoción de su alma, manifestación evidente de la ternura del Corazón de Cristo Hombre» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 166).

Ante un milagro tan semejante a los de Elías y Eliseo que narra la Biblia (cfr 1 R 17,17-24; 2 R 4,18-37), las gentes tienen a Jesús como un gran profeta (v. 16). Enseguida el texto mostrará a San Juan Bautista (cfr 7,18-19), que deja entrever, y a San Pedro, que lo confiesa abiertamente (cfr 9,20), que Jesús es mucho más que un profeta: es el Mesías enviado por Dios. La descripción de Jesús como profeta debe completarse con la otra declaración de la gente: «Dios ha visitado a su pueblo» (v. 16). En el Antiguo Testamento (Gn 21,1; 50,24; Ex 4,31; etc.), esta expresión designa las intervenciones de Dios en la historia de su pueblo. En los textos de San Lucas (cfr 1,68.78; Hch 15,14), tiene el mismo sentido. Lo que llama la atención es que se reconozca esa visita salvadora de Dios ahora, después de unos milagros a favor de un pagano y de una mujer, mientras que Jerusalén no la reconoció cuando aconteció (19,44).