lunes, 18 de julio de 2016

Abrahán intercede por Sodoma (Gn 18,20-32)

17º domingo del Tiempo ordinario – C. 1ª lectura
20 Dijo el Señor a Abrahán:
—Se ha extendido un gran clamor contra Sodoma y Gomorra, y su pecado es gravísimo; 21 bajaré y veré si han obrado en todo según ese clamor que contra ella ha llegado hasta mí, y si no es así lo sabré.
22 Los hombres partieron de allí y se dirigieron a Sodoma, mientras Abrahán permanecía todavía junto al Señor. 23 Abrahán se acercó a Dios y le dijo:
—¿Vas a destruir al justo con el malvado? 24 Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad; ¿la vas a destruir?, ¿no la perdonarás en atención a los cincuenta justos que haya dentro de ella? 25 Lejos de ti hacer tal cosa; matar al justo con el malvado, y equiparar al justo y al malvado; lejos de ti. ¿Es que el juez de toda la tierra no va a hacer justicia?
26 El Señor respondió:
—Si encuentro en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, la perdonaré en atención a ellos.
27 Abrahán contestó diciendo:
—Soy en verdad un atrevido al hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza; 28 quizá falten cinco para los cincuenta justos. ¿Acaso destruirás por cinco toda la ciudad?
Dios respondió:
—No la destruiré si encuentro allí cuarenta y cinco.
29 Todavía volvió a hablarle Abrahán diciendo:
—Quizá se encuentren allí cuarenta.
Dijo Dios:
—No lo haré en atención a los cuarenta.
30 Continuó Abrahán:
—No se enfade mi Señor si sigo hablando; quizá se encuentren allí treinta.
Dijo Dios:
—No lo haré si encuentro allí treinta.
31 Insistió Abrahán:
—Soy en verdad un atrevido al hablar a mi Señor; quizá se encuentren sólo veinte.
Contestó Dios:
—No la destruiré en atención a los veinte.
32 Abrahán siguió:
—No se enfade mi Señor si hablo una vez más; quizá se encuentren allí diez.
Dios contestó:
—No la destruiré en atención a los diez.
33 Cuando terminó de hablar con Abrahán, el Señor se marchó, y Abrahán volvió a su lugar.
En su intercesión por Sodoma y Gomorra, Abrahán argumenta desde una visión de responsabilidad colectiva, tal como era entendida antiguamente en Israel: todo el pueblo participaba de la misma suerte, aunque no todos hubiesen pecado, pues el pecado de unos afectaba a todos. Según aquella antigua mentalidad, si en la ciudad hubiese habido suficiente número de justos —Abrahán no se atreve a bajar de diez— Dios no la habría destruido. Tal forma de pensar refleja, al mismo tiempo, cómo la salvación de mu-chos, incluso pecadores, puede venir por la fidelidad de unos pocos justos, y prepara así el camino para comprender cómo la salvación de toda la humanidad se realiza por la obediencia de uno solo, Jesucristo.
El desenlace del episodio de Sodoma y Gomorra muestra que Dios, aunque destruye esas ciudades, salva a los justos que vivían en ellas. Dios no castiga al justo con el pecador, como pensaba Abrahán, sino que hace perecer o salva a cada uno según su conducta. Esta verdad, que aparece en la Biblia desde el principio, se pondrá especialmente de relieve en la enseñanza de los profetas, sobre todo en Jeremías y Ezequiel (cfr Jr 31,29-30; Ez 18), que destacan la responsabilidad individual y personal ante Dios.