lunes, 27 de junio de 2016

Que no me gloríe sino en la cruz de Jesús (Ga 6,14-18)

14º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura
14 ¡Que yo nunca me gloríe más que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo!
15 Porque ni la circuncisión ni la falta de circuncisión importan, sino la nueva criatura. 16 Para todos los que sigan esta norma, paz y misericordia, lo mismo que para el Israel de Dios.
17 En adelante, que nadie me importune, porque llevo en mi cuerpo las señales de Jesús.
18 Hermanos, que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu. Amén.
San Pablo era consciente que la predicación de Cristo crucificado constituía escándalo para los judíos y locura para los paganos (cfr 1 Co 1,23). Sin embargo, el misterio de la cruz era la esencia de la predicación apostólica (cfr Hch 2,22-24; 3,13-15; etc.), ya que en él está toda posibilidad de vida y salvación eterna. Los judaizantes se jactaban de llevar en su carne la circuncisión, señal de la Antigua Alianza. Pablo, en cambio, muestra que sólo hay una señal que sea motivo de gloria: la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, con la que selló la Nueva Alianza y cumplió la Redención. Ésa es la señal del cristiano. La cruz de Cristo, lejos de ser una locura, es la fuerza y la sabiduría de Dios.
En continuidad con las palabras de San Pablo, la tradición cristiana ha dejado escritas en honor a la cruz páginas de gran piedad. Así, por ejemplo, en una homilía pascual del siglo II, de autor desconocido, se dice: «Cuando me sobrecoge el temor de Dios, la Cruz es mi protección; cuando tropiezo, mi auxilio y mi apoyo; cuando combato, el premio; y cuando venzo, la corona. La Cruz es para mí una senda estrecha, un camino angosto: la escala de Jacob, por donde suben y bajan los ángeles, y en cuya cima se encuentra el Señor». San Anselmo, por su parte, comenta: «¡Oh Cruz, que has sido escogida y preparada para bienes tan inefables!, eres alabada y ensalzada no tanto por la inteligencia y la ­lengua de los hombres, ni aun de los ­ángeles, como por las obras que gracias a ti se rea­lizaron. ¡Oh Cruz, en quien y por quien me han venido la salvación y la vida, en quien y por quien me llega todo bien!, Dios no quiera que yo me glorie si no es en ti» (Meditationes et orationes 4). Y Santa Edith Stein escribe: «El alma fue creada para la unión con Dios mediante la Cruz, redimida en la Cruz, consumada y santificada en la Cruz, pa­ra quedar marcada con el sello de la Cruz por toda la eternidad» (Ciencia de la Cruz 337).
La expresión «nueva criatura» (v. 15) señala la transcendencia de la gracia divina sobre toda acción humana: si las cosas existen porque han sido creadas, el hombre vive en el orden sobrenatural porque ha sido «creado de nuevo»: «Hemos sido creados —comenta Santo Tomas de Aquino— y hemos recibido el ser natural por medio de Adán; pero aquella criatura ya había envejecido, se había corrompido, y por esto el Señor, al hacernos y al constituirnos en el estado de gracia, obró una especie de criatura nueva. (...). Así pues, por medio de la nueva criatura, es decir, por la fe en Cristo y por el amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones, somos renovados y nos unimos a Cristo» (Super Galatas, ad loc.).

Las «señales» del v. 17 evocan las marcas que en la antigüedad se hacían a los esclavos para señalar a qué familia pertenecían. San Pablo podría aludir a esa costumbre para declararse siervo del Señor, signado por las cicatrices y los sufrimientos de la proclamación del Evangelio, que en cualquier caso son más gloriosas que las de la circuncisión.