lunes, 24 de octubre de 2016

Señor, amigo de la vida (Sb 11,22–12,2)

31º domingo del Tiempo ordinario – C. 1ª lectura
22 Ante ti el universo entero es como mota de polvo en la balanza,
como gota de rocío mañanero que baja a la tierra.
23  Pero te apiadas de todos, porque todo lo puedes;
no miras los pecados de los hombres a fin de que se conviertan.
24  Amas a todos los seres
y no odias nada de lo que hiciste;
porque si odiaras algo, no lo hubieras dispuesto.
25  ¿Cómo podría permanecer algo, si Tú no lo quisieras?
¿Cómo podría conservarse algo que Tú no llamaras?
26  Tú perdonas a todos, porque son tuyos,
Señor, amigo de la vida.
12,1   Tu aliento incorruptible está en todas las cosas.
2 Por eso corriges poco a poco a los que caen;
los corriges recordándoles sus pecados,
para que se aparten del mal y crean en ti, Señor.
La reflexión y enseñanza del amor y misericordia de Dios por todos los seres creados no son, evidentemente, nuevos del libro de la Sabiduría (ver Os 6,4-6; Jon 3,1-4,11); pero quizá nunca antes habían sido manifestados como aquí (especialmente vv. 23-26), con tanta fuerza expresiva, y al modo de razonamiento sapiencial sobre la universalidad de la misericordia divina con los hombres pecadores y sobre la actuación del amor en la creación y conservación de las criaturas. Santo Tomás expuso con su habitual rigor la cuestión: nunca habría creado Dios a un ser si no lo hubiera amado como procedente de Él mismo, como poseedor de una participación, por mínima que sea, de la suprema bondad: «Dios ama a todos los seres existentes. No del mismo modo que nosotros; porque nuestra voluntad no es causa de la bondad de las cosas, sino que a ésta es movida como hacia su objeto (...); en cambio, el amor de Dios es el que infunde y crea la bondad en las cosas» (Summa theologiae, 1,20,2).
Es, pues, por un designio misericordioso por el que Dios castiga a veces a los hombres. Este designio divino es el que 11,23-26 se complace en enseñar más allá de todo límite: Dios es todopoderoso, no hay nada ni nadie que se le pueda resistir; su misericordia no es efecto de debilidad, sino del amor: Él es amigo de la vida.
Orígenes se apoya en este pasaje para enseñar el amor universal de Dios: «Así, siendo hijos suyos, el Señor nos exhorta a cultivar la misma disposición, enseñándonos a extender lo más posible nuestros beneficios a todos los hombres. Y es así que Él mismo se dice ser “salvador de todos los hombres, especialmente de los creyentes” (1 Tm 4,10) y su Cristo “propiciación por nuestros pecados... y por los de todo el mundo” (1 Jn 2,2)» (Contra Celsum 4,28).
San Gregorio Magno, en sus homi­lías al pueblo de Roma, exhortaba a buscar la inmensa misericordia de Dios con los pecadores: «He aquí que llama a todos los que se han manchado, desea abrazarlos, y se queja de que le han abandonado. No perdamos este tiempo de misericordia que se nos ofrece, no menospreciemos los remedios de tanta piedad que el Señor nos brinda. Su benignidad llama a los extraviados y nos prepara, cuando volvamos a Él, el seno de su clemencia. Piense cada cual en la deuda que le abruma, cuando Dios le aguarda y no se exaspera con el desprecio. El que no quiso permanecer con Él, que vuelva; el que menospreció estar firme a su lado, que se levante» (Homiliae in Evangelia 33).
Se subraya también la providencia amorosa de Dios hacia todas las criaturas. El Catecismo de la Iglesia Católica explicará: «Realizada la creación, Dios no abandona su criatura a ella misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término. Reconocer esta dependencia completa con respecto al Creador es fuente de sabiduría y de libertad, de gozo y de confianza» (n. 301).