martes, 8 de noviembre de 2016

No quedará piedra sobre piedra (Lc 21,5-19)

33º domingo del Tiempo ordinario – C. Evangelio
5 Como algunos le hablaban del Templo, que estaba adornado con bellas piedras y ofrendas votivas, dijo:
6 —Vendrán días en los que de esto que veis no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.
7 Le preguntaron:
—Maestro, ¿cuándo ocurrirán estas cosas y cuál será la señal de que están a punto de suceder?
8 Él dijo:
—Mirad, no os dejéis engañar; porque vendrán en mi nombre muchos diciendo: «Yo soy», y «el momento está próximo». No les sigáis. 9 Cuando oigáis hablar de guerras y de revoluciones, no os aterréis, porque es necesario que sucedan primero estas cosas. Pero el fin no es inmediato.
10 Entonces les decía:
—Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino; 11 habrá grandes terremotos y hambre y peste en diversos lugares; habrá cosas aterradoras y grandes señales en el cielo. 12 Pero antes de todas estas cosas os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: 13 esto os sucederá para dar testimonio. 14 Así pues, convenceos de que no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender; 15 porque yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. 16 Seréis entregados incluso por padres y hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, 17 y todos os odiarán a causa de mi nombre. 18 Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. 19 Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.
El discurso de Jesús viene provocado por la admiración de los discípulos ante la belleza del Templo «adornado con bellas piedras y ofrendas votivas» (v. 5). Herodes el Grande había emprendido en el año 20 a.C. la reconstrucción y ampliación del Templo, edificado tras el exilio de Babilonia (siglo VI a.C.). La obra se acabó el 64 d.C., es decir, poco antes de su destrucción por parte de Tito. La reconstrucción debía de estar muy avanzada en el momento en el que se produce este diálogo. Las proporciones colosales, la ornamentación armónica y la riqueza de los materiales empleados hacían del edificio el orgullo de cualquier judío de la época (cfr Flavio Josefo, De bello iudaico 184-237; Antiquitates iudaicae 15,11). De ahí las palabras admirativas de aquellos hombres y la respuesta sorprendente de Jesús.
Ante la pregunta de los discípulos (v. 7), Jesús anuncia la destrucción del Templo. Tal destrucción va a ir acompañada de la aparición de falsos mesías (v. 8), guerras y revoluciones (v. 9). Ante estos hechos el Señor les aconseja tener serenidad: «No os dejéis engañar» (v. 8), «no os aterréis» (v. 9). Además les anuncia que no son señales de que el fin sea inmediato (v. 9). Todavía tiene que llegar el «tiempo de los gentiles» que se predice más tarde (21,24).
A continuación (vv. 10-19), en continuidad con las guerras y revoluciones anunciadas antes, el Señor vaticina a los discípulos otros desastres (vv. 10-11), y las dificultades que van a tener que sufrir en la expansión del Reino de Dios: persecuciones, incomprensión, odio, etc. (vv. 12. 16.17). Dos notas presiden estas palabras de Jesús. En primer lugar, les promete la asistencia de Dios (vv. 14-15): las dificultades, por grandes que sean, no escapan a la providencia divina. Suceden porque Dios las permite, porque puede sacar de ellas bienes mayores. Las persecuciones serán ocasión de dar testimonio. Como dice una conocida frase de la primitiva apologética cristiana: sanguis martyrum semen christianorum, «la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos» (Tertuliano, Apologeticum 50,13).
Además, el Señor promete una asistencia especial: dará su sabiduría para defenderse y hasta lo que pueda parecer una desgracia será el comienzo de la gloria. En segundo lugar, les asegura la victoria que nacerá de su paciencia perseverante (vv. 18-19). Las frases de Jesús son así una exhortación a la paciencia como parte integrante de la fortaleza: «Es pues necesaria una virtud que conserve el bien de la razón frente a la tristeza, para que la razón no sucumba ante ella. Tal es la función propia de la paciencia, que es, según San Agustín, “la que nos hace soportar los males con buen ánimo, es decir, sin decaer, no sea que soportándolos con impaciencia, perdamos los bienes que nos llevan a otros mayores”» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 2-2,136,1). De ahí que, como afirman las palabras del Señor (v. 19), la paciencia nos salva, porque «el hombre posee su alma mediante la paciencia, en cuanto que arranca de raíz la turbación causada por las adversidades que quitan el sosiego del alma» (ibidem 2-2,136,2,2).