martes, 8 de noviembre de 2016

Quien no quiera trabajar, que no coma (2 Ts 3,7-12)

33º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura
7 Vosotros sabéis bien cómo debéis imitarnos, porque entre vosotros no estuvimos ociosos; 8 y no comimos gratis el pan de nadie, sino que trabajamos día y noche con esfuerzo y fatiga, para no ser gravosos a ninguno. 9 No porque no tuviéramos derecho, sino para mostrarnos ante vosotros como modelo que imitar. 10 Pues también cuando estábamos con vosotros os dábamos esta norma: «Si alguno no quiere trabajar, que no coma». 11 Pues oímos que hay algunos que andan ociosos entre vosotros sin hacer nada pero curioseándolo todo. 12 A esos les ordenamos y exhortamos en el Señor Jesucristo a que coman su propio pan trabajando con serenidad.

Pensando equivocadamente en la inminencia de la Parusía, había en Te­salónica algunos que no trabajaban. Por eso, el recuerdo del trabajo abnegado de San Pablo, para ganarse allí el sustento y no resultar gravoso a nadie, debía ser estímulo para los tesalonicenses. Los cristianos tienen que «cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. (...) La propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 43). Ésta debe ser la actuación de cualquier cristiano responsable: trabajar con seriedad para dar gloria a Dios, atender las necesidades de la propia familia y servir también a los demás hombres. «Cada uno en su tarea, en el lugar que ocupa en la sociedad ha de sentir la obligación de hacer un trabajo de Dios, que siembre en todas partes la paz y la alegría del Señor» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 70).