viernes, 3 de abril de 2015

Jesús ha resucitado (Mc 16,1-7)



Vigilia Pascual – B
1 Pasado el sábado, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. 2 Y, muy de mañana, al día siguiente del sábado, llegaron al sepulcro cuando ya estaba saliendo el sol. 3 Y se decían unas a otras:
—¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?
4 Y al mirar vieron que la piedra había sido removida, a pesar de que era muy grande. 5 Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron muy asustadas. 6 Él les dice:
—No os asustéis; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron. 7 Pero marchaos y decid a sus discípulos y a Pedro que él va delante de vosotros a Galilea: allí le veréis, como os dijo.
La primera predicación de los Apóstoles (cfr Hch 2,22-32; 3,13-15; etc.) recordaba que «Cristo murió por nuestros pecados, según las escrituras» (1 Co 15,3-4). Marcos ha subrayado (cfr 15,44-45) la muerte real del Señor y recoge ahora la verdad de la resurrección. «Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado» (v. 6), dice el joven. El mismo nombre escrito en el título de la Cruz es proclamado ahora para anunciar el triunfo glorioso de su resurrección. De esta forma San Marcos da explícito testimonio de la identidad del crucificado y el resucitado.
La resurrección gloriosa de Jesucristo es el misterio central de nuestra fe —«Si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe» (1 Co 15,14)— y fundamento de nuestra esperanza (1 Co 15,20-22). La Resurrección ha supuesto el triunfo de Jesús sobre la muerte, el pecado, el dolor y el poder del demonio. Ciertamente, como afirma San Agustín, «en ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne» (Enarrationes in Psalmos 88,2,5); sin embargo, esta misma fe confiesa que «Cristo resucitó con su propio cuerpo: “Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo” (Lc 24,39); pero Él no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en Él “todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora” (Conc. de Letrán IV, cap 1), pero este cuerpo será “transfigurado en cuerpo de gloria” (Flp 3,21), en “cuerpo espiritual” (1 Co 15,44)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 999).
En el anuncio del joven del sepulcro se contienen además (cfr v. 7) unas indicaciones que condensan lo que será la vida de la Iglesia naciente: los discípulos, y especialmente Pedro, deben ser testigos de la resurrección y de su significado. Esa misión se inicia en Galilea. La región que en la vida terrena de Cristo era el lugar de encrucijada entre judíos y paganos se convierte ahora en signo de la misión universal de la Iglesia. Y «la Iglesia, pues, diseminada por el mundo entero guarda diligentemente la predicación y la fe recibida, habitando como en una única casa; y su fe es igual en todas partes, como si tuviera una sola alma y un solo corazón, y cuanto predica, enseña y transmite, lo hace al unísono, como si tuviera una sola boca» (S. Ireneo, Adversus haereses 1,10,2).
Desde los primeros tiempos de la Iglesia, este primer día después del sábado es llamado día del Señor, porque «después de la tristeza del sábado, resplandece un día feliz, el primero entre todos, (...) ya que en él se realiza el triunfo de Cristo resucitado» (S. Jerónimo, Commentarium in Marcum, ad loc.). Por eso, «los cristianos, percibiendo la originalidad del tiempo nuevo y definitivo inaugurado por Cristo, han asumido como festivo el primer día después del sábado, porque en él tuvo lugar la resurrección del Señor. En efecto, el misterio pascual de Cristo es la revelación plena del misterio de los orígenes, el vértice de la historia de la salvación y la anticipación del fin escatológico del mundo. Lo que Dios obró en la creación y lo que hizo por su pueblo en el Éxodo encontró en la muerte y resurrección de Cristo su cumplimiento» (Juan Pablo II, Dies Domini, n. 18). Si en el domingo se conmemora la salvación, se entiende la enseñanza de la Iglesia: «El deber de santificar el domingo, sobre todo con la participación en la Eucaristía y con un descanso lleno de alegría cristiana y de fraternidad, se comprende bien si se tienen presentes las múltiples dimensiones de ese día» (ibidem, n. 7).