lunes, 26 de junio de 2017

Te daré las llaves del reino de los cielos (Mt 16,13-19)



Solemnidad de San Pedro y San Pablo – A . Evangelio
13 Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó a preguntarles a sus discípulos:
—¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?
14 Ellos respondieron:
—Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas.
15 Él les dijo:
—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
16 Respondió Simón Pedro:
—Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
17 Jesús le respondió:
—Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18 Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. 19 Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos.
Según lo narra Mateo, este episodio se refiere a dos realidades distintas aunque estrechamente relacionadas: la confesión de fe de Pedro y la promesa del Primado.
Frente a todos aquellos que no han sabido descubrir quién es Jesús (v. 14; cfr 14,2; 16,2-4; etc.), Pedro confiesa claramente que Jesús es el Mesías prometido y que es el Hijo de Dios: «El Señor pregunta a sus Apóstoles qué es lo que los hombres opinan de Él, y en lo que coinciden sus respuestas reflejan la ambigüedad de la ignorancia humana. Pero, cuando urge qué es lo que piensan los mismos discípulos, el primero en confesar al Señor es aquel que también es primero en la dignidad apostólica» (S. León Magno, Sermo 4 in anniversario ordinationi suae 2-3). Pero esta confesión de Pedro no incluye sólo la misión de Jesús —ser el Mesías— sino su íntimo ser: Jesús es el Hijo de Dios. Ésta es la confesión completa de quién es Jesús, la misma que hacemos los cristianos unidos a Pedro. Pero esta confesión no se puede proferir sólo desde la experiencia humana, hay que hacerla desde la fe, que es gracia de Dios. Por eso, San León Magno, glosa así las palabras del Señor (v. 17): «Eres verdaderamente dichoso porque es mi Padre quien te lo ha revelado; la humana opinión no te ha inducido a error, sino que la revelación del cielo te ha iluminado, y no ha sido nadie de carne y hueso, sino que te lo ha enseñado Aquel de quien soy el Hijo único» (ibidem). Y por eso también, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, las palabras de la confesión de Pedro deben entenderse aquí en un sentido literal —no hay metáfora alguna al confesar a Jesús como Hijo de Dios—, ya que las pronuncia por revelación del Padre (cfr nn. 441-442).
Si esta confesión de Pedro es un don de Dios, no es menos gracia la que el Señor le promete ahora (vv. 18-19) —y que después le conferirá (cfr Jn 21,15-23 y nota)—, el poder de atar y desatar en la Iglesia fundada por Él: «Y añade: Ahora te digo yo, esto es: Del mismo modo que mi Padre te ha revelado mi divinidad, igualmente yo ahora te doy a conocer tu dignidad: Tú eres Pedro: Yo, que soy la piedra inviolable, la piedra angular que ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, yo, que soy el fundamento, fuera del cual nadie puede edificar, te digo a ti, Pedro, que eres también piedra, porque serás fortalecido por mi poder de tal forma que lo que me pertenece por propio poder sea común a ambos por tu participación conmigo. Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Sobre esta fortaleza —quiere decir— construiré el templo eterno y la sublimidad de mi Iglesia, que alcanzará el cielo y se levantará sobre la firmeza de la fe de Pedro» (S. León Magno, Sermo 4 in anniversario ordinationi suae 2-3).
En otro lugar del evangelio (18,18), se promete también a los discípulos el poder de atar y desatar (v. 19). Por eso, la tradición ha visto en Pedro también el signo de unidad en la Iglesia: «La prerrogativa de este poder se comunica también a los otros Apóstoles y se transmite a todos los obispos de la Iglesia, pero no en vano se encomienda a uno lo que se ordena a todos; de una forma especial se otorga esto a Pedro, porque la figura de Pedro se pone al frente de todos los pastores de la Iglesia» (ibidem).
Desde los comienzos, se ha entendido que este don a Pedro se transmite también a sus sucesores como Obispos de Roma. Es la doctrina del Primado que —junto con la infalibilidad del Romano Pontífice cuando habla ex cathedra— fue definida como dogma de fe en la Constitución Dogmática Pastor Aeternus del Concilio Vaticano I, y reafirmada en documentos posteriores: «El Obispo de la Iglesia Romana, en quien permanece la función que el Señor encomendó singularmente a Pedro, primero entre los Apóstoles, y que había de transmitirse a sus sucesores, es cabeza del colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra; el cual, por tanto, tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia y que puede siempre ejercer libremente» (Codex Iuris Canonici, can. 331; cfr Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 18).
Los santos han visto en el amor a la Iglesia y al Romano Pontífice un signo verdadero de amor a Cristo: «Quien sea desobediente al Cristo en la tierra, el cual está en lugar de Cristo en el cielo, no participará en el fruto de la sangre del Hijo de Dios» (S. Catalina de Siena, Epistolae 207).

Me está reservada la corona que el Señor me entregará (2 Tm 4, 6-8.17-18)



Solemnidad de San Pedro y San Pablo – A. 2ª lectura
6 Pues yo estoy a punto de derramar mi sangre en sacrificio, y el momento de mi partida es inminente. 7 He peleado el noble combate, he alcanzado la meta, he guardado la fe. 8 Por lo demás, me está reservada la merecida corona que el Señor, el Justo Juez, me entregará aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que han deseado con amor su venida.
17 El Señor me asistió y me fortaleció para que, por medio de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león. 18 El Señor me librará de toda obra mala y me salvará para su reino celestial. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Al considerar la proximidad del final de su vida, Pablo manifiesta que la muerte es una ofrenda a Dios, semejante a las libaciones que se hacían sobre los sacrificios. Presenta la existencia cristiana como un deporte sobre­natural, como una competición contem­plada y juzgada por Dios mismo. La visión esperanzada de la vida eterna no está reservada al Apóstol, sino que se extiende a todos los fieles cristianos: «Nosotros que conocemos los gozos eternos de la patria celestial, debemos darnos prisa para acercarnos a ella» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 1,3).

Pedro estaba encerrado en la cárcel (Hch 12,1-11)


Solemnidad de San Pedro y San Pablo – A. 1ª lectura
1 En aquel tiempo prendió el rey Herodes a algunos de la Iglesia para maltratarlos. 2 Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan. 3 Y al ver que esto agradaba a los judíos, decidió prender también a Pedro. Eran los días de los Ácimos. 4 Cuando lo apresó, lo metió en la cárcel y lo entregó a cuatro escuadras de cuatro soldados para que lo custodiaran, con el propósito de hacerlo comparecer ante el pueblo después de la Pascua. 5 Así pues, Pedro estaba encerrado en la cárcel, mientras la Iglesia rogaba incesantemente por él a Dios. 6 Cuando Herodes iba ya a hacerlo comparecer, aquella misma noche dormía Pedro entre dos soldados, sujeto con dos cadenas, mientras unos centinelas vigilaban la cárcel delante de la puerta. 7 De pronto se presentó un ángel del Señor y un resplandor iluminó la celda. Tocó a Pedro en el costado, le despertó y dijo:
—¡Levántate deprisa! —y se cayeron las cadenas de sus manos.
8 El ángel le dijo:
—¡Vístete y ponte las sandalias! —y así lo hizo.
Y añadió:
—¡Ponte el manto y sígueme!
9 Salió y le siguió, pero ignoraba que fuera realidad lo que hacía el ángel; pensaba que se trataba de una visión.
10 Atravesaron la primera guardia y la segunda y llegaron a la puerta de hierro que conduce a la ciudad, la cual se les abrió por sí sola. Salieron y avanzaron por una calle y de repente el ángel le dejó. 11 Entonces Pedro, vuelto en sí, dijo:
—Ahora comprendo realmente que el Señor ha enviado su ángel, y me ha librado de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo judío.
El Herodes que aquí se menciona (v. 1) es el tercer monarca que aparece con este nombre en el Nuevo Testamento. Era nieto de Herodes el Grande, que edificó el nuevo Templo de Jerusalén y ordenó la matanza de los inocentes (cfr Mt 2,16), y sobrino de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea en el tiempo de la muerte del Señor. Se le conoce por el nombre de Herodes Agripa I. Había sido muy favorecido por el emperador Calígula, que le amplió gradualmente los territorios bajo su dominio y le permitió usar el título de rey. Era hombre refinado y diplomático, dedicado tan intensamente a consolidar su poder, que se había convertido en maestro de la intriga y del oportunismo. El martirio de Santiago el Mayor (v. 2) debió de ocurrir hacia los años 42 ó 43. Es el primer mártir entre los Doce Apóstoles y el único cuya muerte se menciona en el Nuevo Testamento.
Si la descripción de Herodes (vv. 1-4) es precisa, no lo es menos la reseña de la actitud de la Iglesia ante la persecución y encarcelamiento de Pedro (v. 5): «Observad los sentimientos de los fieles hacia sus pastores. No recurren a disturbios ni a rebeldía, sino a la oración, que es el remedio invencible. No dicen: “Hombres insignificantes como somos, es inútil que oremos por él”. Rezaban por amor y no pensaban nada semejante. ¿Veis lo que hacían los perseguidores sin pretenderlo? Hacían a unos más firmes en las pruebas y a otros más celosos y amantes» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 26,2).
La descripción de la milagrosa liberación de Pedro por medio de un ángel pone de manifiesto la providencia de Dios con sus fieles (v. 11). También en una detención anterior, Pedro había sido liberado por un ángel (5,19ss.). Tal protección es una muestra de la doctrina de la Iglesia acerca de la misión de estos seres espirituales: «Desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. “Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida” (S. Basilio, Eun. 3,1)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 336). Pero el relato no sólo enseña esta protección, sino también la persuasión de los primeros cristianos de su actividad (cfr v. 15): «Bebe en la fuente clara de los Hechos de los Apóstoles: En el capítulo XII, Pedro, por ministerio de Ángeles libre de la cárcel, se encamina a casa de la madre de Marcos. —No quieren creer a la criadita, que afirma que está Pedro a la puerta. Angelus eius est! —¡será su Ángel!, decían. —Mira con qué confianza trataban a sus Custodios los primeros cristianos. —¿Y tú?» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 570).

martes, 20 de junio de 2017

No les tengáis miedo (Mt 10,26-33)



12º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
26 No les tengáis miedo, porque nada hay oculto que no vaya a ser descubierto, ni secreto que no llegue a saberse. 27 Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz; y lo que escuchasteis al oído, pregonadlo desde los terrados. 28 No tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno. 29 ¿No se vende un par de pajarillos por un as? Pues bien, ni uno solo de ellos caerá en tierra sin que lo permita vuestro Padre. 30 En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. 31 Por tanto, no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos.
32 »A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. 33 Pero al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.
Se recopilan aquí un conjunto de instrucciones y advertencias sobre el modo de llevar a cabo la propagación del Evangelio: son como un protocolo de la misión. Se refieren no sólo a los Apóstoles, sino a todos los discípulos de Cristo que en el desempeño de su tarea habrán de sufrir contradicciones y persecuciones como Él mismo las padeció, pues «no está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su señor» (Mt 10,24).
Estas exhortaciones pueden condensarse en pocas palabras: «No les tengáis miedo» (v. 26). Jesús invita a la confianza en la paternal providencia de Dios, de la que habló extensamente en el Discurso de la Montaña (cfr 6,19-34). Ahora lo hace en el contexto de las persecuciones que espe­ran a sus discípulos, pero a las que no debemos temer. «Si los pajarillos, que son de tan bajo precio, no dejan de estar bajo providencia y cuidado de Dios, ¿cómo vosotros, que por la naturaleza de vuestra alma sois eternos, podréis temer que no os mire con parti­cular cuidado Aquél a quien respetáis como a vuestro Padre?» (S. Jerónimo, en Catena aurea, ad loc.). Pero esta providencia está en el marco de una misión: hay que confesar a Cristo (v. 32) y hacerlo en voz alta (v. 27), para que su verdad llegue hasta el último rincón del mundo: «La Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo Místico, dirigida a este fin, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros y de diversas maneras» (Conc. Vaticano II, Apostolicam actuositatem, n. 2).

Por un hombre entró el pecado en el mundo (Rm 5,12-15)



12º domingo del Tiempo ordinario – A . 2ª lectura
12 Por tanto, así como por medio de un solo hombre entró el pecado en el mundo, y a través del pecado la muerte, y de esta forma la muerte llegó a todos los hombres, porque todos pecaron... 13 Pues, hasta la Ley, había pecado en el mundo, pero no se puede acusar de pecado cuando no existe ley; 14 con todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre aquellos que no cometieron una transgresión semejante a la de Adán, que es figura del que había de venir.
15 Pero el don no es como la caída; porque si por la caída de uno solo murieron todos, cuánto más la gracia de Dios y el don que se da en la gracia de un solo hombre, Jesucristo, sobreabundó para todos.
San Pablo enseña lo que ha sido cumplido por medio de Cristo con los descendientes de Adán. Gracia y vida se contrastan con pecado y muerte. A diferencia de la transgresión de Adán, que llevó a todos a la condenación, la obediencia y justicia de Cristo conduce a todos a la justificación y a la vida.
Dos enseñanzas sobresalen en el pasaje: a) el pecado de Adán y sus consecuencias, entre ellas, la muerte, que afecta a todos los hombres (vv. 12-14); b) el contraste entre los efectos del pecado original y los frutos de la Redención de Cristo (v. 15)
Este pasaje es básico para la teología cristiana del pecado original. San Pablo nos revela que, a la luz de la muerte y resurrección de Cristo, podemos conocer que todos estamos implicados en el pecado de Adán, «que se trasmite, juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación y que se halla como propio en cada uno» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 419). Así como el pecado entró en el mundo por obra de quien representaba a toda la humanidad, así también la justicia nos llega a todos por un solo hombre, por el «nuevo Adán», Jesucristo, «el primogénito de toda criatura», «cabeza del cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,15.18). Cristo, por su obediencia a la voluntad del Padre, se contrapone a la desobediencia de Adán, devolviéndonos con creces la felicidad y la vida eterna que habíamos perdido. Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5,20).
La existencia del pecado original es verdad de fe. El Papa Pablo VI lo volvió a proclamar: «Creemos que todos pecaron en Adán; lo que significa que la culpa original cometida por él hizo que la naturaleza, común a todos los hombres, cayera en un estado tal en el que padeciese las consecuencias de aquella culpa (...). Así pues, esta naturaleza humana, caída de esta manera, destituida del don de gracia del que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, es dada a todos los hombres; por tanto, en este sentido, todo hombre nace en pecado» (Credo del Pueblo de Dios, n. 16).