martes, 3 de enero de 2017

Hemos venido de Oriente para adorar al rey (Mt 2,1-12)

 Epifanía. Evangelio
1 Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén 2 preguntando:
—¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.
3 Al oír esto, el rey Herodes se inquietó, y con él toda Jerusalén. 4 Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías.
5 —En Belén de Judá —le dijeron—, pues así está escrito por medio del Profeta:
6  Y tú, Belén, tierra de Judá,
ciertamente no eres la menor
entre las principales ciudades de Judá;
pues de ti saldrá un jefe
que apacentará a mi pueblo, Israel.
7 Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en que había aparecido la estrella; 8 y les envió a Belén, diciéndoles:
—Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para que también yo vaya a adorarle.
9 Ellos, después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. 10 Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. 11 Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. 12 Y, después de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino.
El primer capítulo del evangelio enseñaba el origen de Jesús y este segundo se dedica a su misión, al destino de su vida. Jesús es el Mesías, un rey a la manera de un nuevo y más grande David, en el que se han cumplido las profecías: la estrella que anuncia su nacimiento (cfr Nm 24,17), la ciudad de Belén en la que nace (cfr Mi 5,1), la sumisión a Dios de los reyes de la tierra que ofrecen sus dones y le adoran (Is 49,23; 60,5-6; Sal 72,10-15). Pero es también el Hijo de Dios que cumple la obra de la salvación que Israel —también llamado hijo de Dios en el Antiguo Testamento (Ex 4,22-23; Os 11,1; etc.)— no supo llevar a cabo (cfr 2,15). Si Jesús es el iniciador del nuevo pueblo de Dios, estos magos, al no ser judíos, representan a las primicias de los gentiles que recibirán la llamada de la salvación en Jesucristo. Así lo entendió la Iglesia al celebrarlos en la solemnidad de la Epifanía: «Que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán (...). Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya sólo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel» (S. León Magno, Sermo 3 in Epiphania Domini 2).
«Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos magos...» (v. 1). El relato sirve en primer lugar para situar el contexto histórico: Jesús nació en tiempos de Herodes el grande. Este Herodes —padre de He-rodes Antipas (14,1-12), abuelo de -Herodes Agripa I (Hch 12,1-23) y bisabuelo de Herodes Agripa II (Hch 25,13-26,32)— no era judío sino idumeo, pero consiguió reinar con la ayuda y en vasallaje al Imperio Romano. En su reinado, desplegó una gran actividad pública y reconstruyó lujosamente el Templo de Jerusalén. Es célebre por su crueldad: mató a la mayoría de sus mujeres, a varios de sus hijos y a un buen número de personajes influyentes. El evangelio nos dice muy pocas cosas sobre la identidad de estos magos. Tradiciones tardías especificaron su origen y número. La más conocida viene del evangelio apócrifo armeno, que nos dice que los magos eran tres reyes, hermanos, originarios de Persia, llamados Melchor, Gaspar y Baltasar.
Con la pregunta: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?» (v. 2), Mateo presenta como en contraste dos reyes, Herodes y Jesús, con dos modos de reinar diferentes: el de Herodes, cruel e inhumano (vv. 16-18), y el de Jesús, lleno de mansedumbre (21,5). El relato, con la profecía de Miqueas (v. 6) y su cumplimiento en el Niño nacido en -Belén, mostrará que el verdadero rey es Jesús.
«Vimos su estrella en Oriente» (v. 2). Los intentos de identificar la estrella como un cometa o como una conjunción de astros no han dado resultados satisfactorios. Según ideas difundidas en la época, el nacimiento de los personajes importantes estaba relacionado con ciertos movimientos de los astros. Dios pudo valerse de esas nociones para conducirles hasta Jesucristo. En esa perspectiva, el sentido del pasaje es claro: los magos comienzan su itinerario desde la revelación de Dios en la naturaleza, la estrella, pero tienen que pasar por la revelación en las Escrituras de Israel (v. 5) para encontrar al verdadero Dios: «Nace Cristo Dios, hecho hombre mediante la incorporación de una carne dotada de alma inteligente; el mismo que había otorgado a las cosas proceder de la nada. Mientras tanto, brilla en lo alto la estrella del Oriente y conduce a los Magos al lugar en que yace la Palabra encarnada; con lo que muestra que hay en la Ley y los Profetas una palabra místicamente superior, que dirige a las gentes a la suprema luz del conocimiento. Así pues, la palabra de la Ley y de los Profetas, entendida alegóricamente, conduce, como una estrella, al pleno conocimiento de Dios a aquellos que fueron llamados por la fuerza de la gracia, de acuerdo con el designio divino» (S. Máximo el Confesor, Centuria 1,9).
Los dones señalados en el v. 11 recuerdan la promesa de Dios a Israel (Is 60,1-6) de ser centro y destino de los reyes de la tierra: los augurios de felicidad del texto de Isaías se evocan incluso en los superlativos del v. 10. Los dones ofrecidos eran muy preciados en Oriente y tenían también su significación. San Hilario de Poitiers (Commentarius in Mattheum 1,5) ve en ellos una confesión del ser de Jesús: recibe el oro como rey, el incienso como Dios, y la mirra como hombre.