Las bienaventuranzas (Lc 6,17.20-26)


6º domingo del Tiempo ordinario – C. Evangelio
17 Bajando con ellos, se detuvo en un lugar llano. Y había una multitud de sus discípulos, y una gran muchedumbre del pueblo procedente de toda Judea y de Jerusalén y del litoral de Tiro y Sidón. 20 Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, comenzó a decir:
— Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.
21 »Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
»Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.
22 »Bienaventurados cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo del Hombre. 23 Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo; pues de este modo se comportaban sus padres con los se comportaban sus padres con los falsos profetas!
24 »Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!
25 »¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre!
»¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!
26 »¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres con los falsos profetas!
Se inicia aquí un discurso equivalente al Discurso de la Montaña de San Mateo (Mt 5,1 - 7,29), aunque éste es mucho más breve: 30 versículos frente a los 111 que ocupa el de Mateo. Ambos evangelistas recuerdan que los oyentes eran una multitud, aunque San Lucas lo sitúa en un lugar llano, tras descender del monte, y San Mateo, en una montaña (v. 17; cfr Mt 5,1). Es posible que en ese gesto el primer evangelista evocara la donación de la Ley que Dios hizo a su pueblo en el monte Sinaí (Ex 19,1ss.); en cambio, Lucas, al recordar que Jesús predicaba en lugares llanos y fácilmente accesibles a la muchedumbre, quiere poner de relieve la cercanía del Señor a la gente y el carácter universal de su enseñanza.
Como en otros lugares de los evangelios, las diferencias entre ellos no merman su historicidad, pues como enseña la Iglesia, estos escritos no son una transmitieron siempre datos auténticos y genuinos acerca de Jesús» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum , n. 19). En este caso, de la comparación con Mt 5,1 - 7,29, podemos deducir la existencia de una fuente común a los dos evangelios — oral o, más probablemente, escrita — que recogió el recuerdo de una sesión de predicación importante de Jesús, cerca del Mar de Galilea.
Las nueve Bienaventuranzas del primer evangelio (cfr Mt 5,3 - 12 y nota ) las resume Lucas en cuatro, pero acompañadas de cuatro antítesis o «ayes». En ambos casos, «la bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o en el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor» (Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1723).
En Mateo, las Bienaventuranzas van expresadas en tercera persona del plural, mientras que en Lucas lo son en segunda, como dirigidas directamente a quienes las escuchan. Bienaventurado es el discípulo de Cristo que realmente es «pobre» (v. 20), que «ahora» (vv. 21.25) está en situación de indigencia y persecución, porque eso mismo es un signo de bendición. No hay que mirar las cosas desde la perspectiva del mundo, sino desde la perspectiva de Dios. Por eso, las Bienaventuranzas, aquí, no se orientan sólo a una actitud ante los bienes y ante las dificultades, sino a los hechos que manifiestan esa verdadera actitud del discípulo: «Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden parecer a primera vista contradictorios. Pobreza real, que se note y se toque — hecha de cosas concretas — , que sea una profesión de fe en Dios, una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas. (…) Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades» (S. Josemaría Escrivá, Conversaciones , n. 110).
En San Lucas, que es el evangelio que recoge más veces la palabra «bienaventurado», el modelo de la bienaventuranza es la Virgen María (1,45.48; 11,27.28), espejo también para el discípulo de Cristo: «Bienaventurada el alma de la Virgen que, guiada por el magisterio del Espíritu que habitaba en Ella, se sometía siempre y en todo a las exigencias de la Palabra de Dios. Ella no se dejaba llevar por su propio instinto o juicio, sino que su actuación exterior correspondía siempre a las insinuaciones internas de la sabiduría que nace de la fe. Convenía, en efecto, que la sabiduría divina, que se iba edificando la casa de la Iglesia para habitar en Ella, se valiera de María Santísima para lograr la observancia de la ley, la purificación de la mente, la justa medida de la humildad y el sacrificio espiritual. Imítala tú, alma fiel. Entra en el templo de tu corazón, si quieres alcanzar la purificación espiritual y la limpieza de todo contagio de pecado» (S. Lorenzo Justiniani, Sermo 10 in festivitate Purificationis).
En las palabras del Señor se encierra una profunda verdad: el cristiano tiene que seguir el camino de Cristo y ese camino no transcurre entre riquezas o abundancia, ni entre consuelos mundanos o alabanzas. El camino de Cristo fue de afrentas (cfr 18,32; 22,63; 23.11.36; etc.) y el del cristiano no puede ser de otro modo. Así lo recordaron los Apóstoles: «Que ninguno de vosotros tenga que sufrir por ser homicida, ladrón, malhechor o entrometido en lo ajeno; pero si es por ser cristiano, que no se avergüence, sino que glorifique a Dios por llevar este nombre» (1 P 4,15 - 16). Así lo entendieron también los primeros cristianos ante las tribulaciones: «Lo único que para mí habéis de pedir es que tenga fortaleza interior y exterior, para que no sólo hable, sino que esté también interiormente decidido, a fin de que sea cristiano no sólo de nombre, sino también de hecho. Si me porto como cristiano, tendré también derecho a este nombre y, entonces, seré de verdad fiel a Cristo, cuando haya desaparecido ya del mundo. (…) Lo que necesita el cristianismo, cuando es odiado por el mundo, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma» (S. Ignacio de Antioquía, Ad Romanos 5,2).

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