8 Pero
hay algo, queridísimos, que no debéis olvidar: que para el Señor un día es como
mil años, y mil años como un día. 9 No tarda el Señor en cumplir su
promesa, como algunos piensan; más bien tiene paciencia con vosotros, porque no
quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan. 10 Pero
como un ladrón llegará el día del Señor. Entonces los cielos se desharán con
estrépito, los elementos se disolverán abrasados, y lo mismo la tierra con lo
que hay en ella.
11 Si
todas estas cosas se van a destruir de ese modo, ¡cuánto más debéis llevar
vosotros una conducta santa y piadosa, 12 mientras aguardáis y
apresuráis la venida del día de Dios, cuando los cielos se disuelvan ardiendo y
los elementos se derritan abrasados! 13 Nosotros, según su promesa,
esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habita la justicia.
14 Por
lo tanto, queridísimos, a la espera de estos acontecimientos, esmeraos para que
él os encuentre en paz, inmaculados e intachables.
El autor sagrado reprocha a los falsos maestros su falta de fe y
enseña que las cosas no son iguales desde el comienzo. Acaba de decir que Dios
llevó a cabo la creación con su Palabra y por ella envió el castigo del
diluvio, provocando una profunda transformación en el universo (cf. 2 Pe 3,5-6).
Por tanto, hay que creer que también por su Palabra la creación entera sufrirá
el cambio profundo que dé origen a «unos cielos nuevos y una tierra nueva»
(cfr vv. 7.10; 3,12-13). Además, el tiempo es muy relativo frente a la
eternidad de Dios (v. 8), y si Dios retrasa el momento final es por su
misericordia, porque quiere que todos los hombres se salven (v. 9; cfr 1 Tm
2,4; Rm 11,22). Una cosa es cierta: hay que mantenerse vigilantes, porque el
día del Señor vendrá sin previo aviso (v. 10; cfr Mc 13,32-36). «Como no
sabemos el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor, que
velemos constantemente para que, terminado el único plazo de nuestra vida
terrena (cfr Hb 9,27), merezcamos entrar con Él a las bodas y ser contados
entre los elegidos (cfr Mt 25,31-46), y no se nos mande, como a siervos malos y
perezosos (cfr Mt 25,26), ir al fuego eterno (cfr Mt 25,41)» (Conc. Vaticano
II, Lumen gentium, n. 48).
La consideración del fin del mundo y de la Parusía del Señor
fundamenta la exhortación moral de los vv. 11-14. «Al fin de los tiempos el
Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio Final, los justos
reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo
universo será renovado. (...) La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra
nueva” a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo» (Catecismo de la Iglesia Católica ,
nn. 1042-1043). El cristiano ha de aguardar esos hechos no con miedo, sino con
esperanza (vv. 12-14). Al mismo tiempo esta espera no puede inducirle a
desentenderse de las realidades humanas: «La espera de una tierra nueva no debe
debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde
crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto
esbozo del siglo nuevo» (Conc. Vaticano II, Gaudium
et spes, n. 39).
