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lunes, 18 de diciembre de 2017

Tu casa y tu reino permanecerán para siempre (2 S 7,1-5.8b-12.14a.16)

4º domingo de Adviento – B. 1ª lectura
1 Cuando el rey se estableció en su casa y el Señor le concedió la paz con los enemigos de alrededor, 2 dijo el rey al profeta Natán:
—Mira, yo habito en una casa de cedro, mientras que el arca del Señor habita en una tienda de lona.
3 Natán respondió al rey:
—Vete y haz lo que te dicta el corazón, porque el Señor está contigo.
4 Pero esa misma noche la palabra del Señor llegó sobre Natán en estos términos:
5 —Vete y dile a mi siervo David: Así dice el Señor: ¿Eres tú el que va a edificar una casa para que Yo habite en ella? 8b Yo te he tomado del aprisco, de detrás del rebaño para que seas príncipe sobre mi pueblo Israel; 9 he estado contigo en todas tus andanzas, he eliminado a todos tus enemigos ante ti y he hecho tu nombre grande entre los grandes de la tierra. 10 Asignaré un lugar para mi pueblo Israel y lo plantaré para que habite allí y nadie le moleste; los malvados no volverán a oprimirlo como antes, 11 cuando constituí jueces sobre mi pueblo Israel. Te concederé la paz con todos tus enemigos. El Señor te anuncia que Él te edificará una casa. 12 Cuando hayas completado los días de tu vida y descanses con tus padres, suscitaré después de ti un linaje salido de tus entrañas y consolidaré su reino. 14a Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. 16 Tu casa y tu reino permanecerán para siempre en mi presencia y tu trono será firme también para siempre.
Natán es un profeta cortesano del que también se conservan sus intervenciones relacionadas con Salomón y Betsabé, su madre (cfr 2 S 12,1-25; 1 R 1,11-40). Como profeta es portavoz de Dios —dos veces repite la fórmula clásica: «Así dice el Señor» (vv. 5 y 8)—, también cuando tiene que oponerse a los planes del rey (vv. 5-7), y proclama un mensaje que necesariamente afecta a quien lo escucha porque la palabra de Dios es verdadera y siempre se cumple.
La profecía de Natán tiene especial relevancia por fundamentar la sucesión davídica y la doctrina mesiánica que nace con ella. Con la solemnidad de un oráculo se da razón de la monarquía hereditaria de Israel y se concreta la función específica del Templo dentro del pueblo elegido por Dios.
El templo era para los pueblos paganos, egipcios, asirios y babilonios, el centro de su vida y de su religiosidad porque allí guardaban a sus dioses. En Israel, en cambio, la función del Templo iba a ser completamente diferente. Se fundamenta en que el Dios verdadero no puede contenerse en un templo, ni necesita un edificio en el que permanecer (cfr 1 R 8,27). Él es un Dios personal, ligado a su pueblo, y, si acepta los lugares de culto antiguos (cfr Gn 28,20-22), el taber­náculo del desierto (cfr Ex 33,7-11) y más tarde el Templo de Jerusalén (cfr 1 R 8,1-66), es sólo como signos de su presencia en medio del pueblo, no como habitáculo imprescindible. En la profecía de Natán se señala que más que el Templo, es la dinastía davídica el signo de la presencia y protección divina constituida desde el principio por querer exclusivo de Dios. De ahí el juego de palabras entre «la casa de Dios» (Templo) y «la casa de David» (dinastía).
La monarquía hereditaria es, por tanto, el centro del oráculo de Natán. Si con la esterilidad de Mical se interrumpe la línea sucesoria de Saúl (cfr 6,23), con la promesa profética queda consolidada la descendencia de David. A tenor de la parte central del oráculo (vv. 13-16) todo descendiente de David, figura del Mesías futuro, tendrá las siguientes cualidades:
a) Será un hijo para Dios (v. 14a). No se trata todavía de una filiación natural, sino de la estrecha relación entre Dios y el monarca (cfr Sal 2,7; 89,27-28), de modo que la persona y el gobierno del rey deberán ser símbolo de la presencia e intervención del mismo Dios. La filiación divina del rey es, por tanto, la expresión de la Alianza establecida entre Dios y el descendiente de David. Dios se compromete a comportarse con el rey de Israel como un buen padre con su hijo. Jesús llevará a plenitud estas palabras y esta Alianza puesto que es el «Hijo eterno de Dios» hecho hombre (cfr Ga 4,4). Mientras que Él es Hijo por generación natural, todos nosotros somos «hijos en el Hijo»: «Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios» (S. Ireneo, Adversus haereses 3,19,1; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 460).
b) La dinastía davídica permanecerá siempre (vv. 12-13.15-16). El título «hijo de David» no será sólo indicativo de una genealogía, sino de ser beneficiario de esta profecía y de la Alianza davídica (cfr 1 R 8,25; Sal 132,10-18; Jr 17,24-27; Ez 34,23-24, etc.). Después del destierro será el título que con más insistencia se aplicará al Mesías, y, finalmente, los escritores del Nuevo Testamento mostrarán con empeño que Jesús es «hijo de David» (cfr Mt 1,1; 9,27; Rm 1,3). La liturgia de la Iglesia propone este texto en la Solemnidad de San José, esposo de la Virgen María, ya que él garantiza la descendencia davídica de Jesús (Mt 1,20) puesto que el Santo Patriarca era «de la casa de David» (Lc 1,27).

lunes, 14 de noviembre de 2016

Ungieron a David como rey (2 S 5,1-3)

34º domingo del Tiempo ordinario – Cristo Rey - C. 1ª lectura
1Todas las tribus de Israel vinieron junto a David a Hebrón y le dijeron:
—Aquí nos tienes. Hueso tuyo y carne tuya somos. 2Ya desde hace tiempo, cuando Saúl era nuestro rey, tú guiabas las entradas y salidas de Israel, pues el Señor te había dicho: «Tú apacentarás a mi pueblo Israel, tú serás príncipe sobre Israel».
3Vinieron también todos los ancianos de Israel junto a David, a Hebrón; y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón ante el Señor. Luego ungieron a David como rey de Israel.
La consagración de David como rey de Israel está narrada con sobriedad pero destacando detalles de gran trascendencia en la historia de la salvación: los habitantes del norte y los del sur son hermanos («hueso tuyo y carne tuya somos», v. 1); la imagen del «pastor» (v. 2), antiguo oficio de David, resume la función del dirigente y del rey que no buscan en el gobierno el propio provecho, sino el bienestar de los súbditos; el pacto de David con los ancianos (v. 3) es reflejo de la doctrina general de la alianza, que estará en la base de las relaciones de Dios con su pueblo y de los miembros del pueblo entre sí; el número de los años de gobierno (v. 5) también está cargado de significado, porque estas cifras eran consideradas como símbolo de plenitud: siete como rey de Judá, y cuarenta como rey de Judá e Israel. Todavía en el Nuevo Testamento los números siete y cuarenta conservan el mismo sentido de plenitud (cfr Mt 4,2; 18,22; Ap 1,11; Hch 4,22, etc.). Hebrón, donde había sido ungido también como rey de Judá (cfr 2,1-4), era la ciudad más importante del sur; en su interior conservaba la cueva de Macpelá y en sus alrededores se hallaba la encina sagrada de Mambré. Sin embargo, fue sustituida por Jerusalén, quizá para resaltar que un nuevo reino exigía también una nueva sede de la monarquía.
David es figura de Jesucristo en muchos aspectos, pero la raíz de todos ellos es su condición de rey: Jesucristo será también aclamado Rey de Israel. «Pero ¿qué era para el Señor ser aclamado por Rey de Israel? ¿Qué era para el Rey de los siglos ser hecho rey de los hombres? Cristo no era Rey de Israel para imponer tributos ni para tener ejércitos armados y guerrear visiblemente contra sus enemigos; era Rey de Israel para gobernar las almas, para dar consejos de vida eterna, para conducir al reino de los cielos a quienes estaban llenos de fe, de esperanza y de amor» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 51,4).

La liturgia de la Iglesia propone este texto del libro de Samuel en la Solemnidad de Cristo Rey, junto con la escena de la crucifixión (Lc 23,35-43). Jesús ha conseguido su reinado con la obediencia que culmina en la muerte en la cruz, obteniendo la salvación definitiva para todos los hombres.

lunes, 6 de junio de 2016

Pecado y arrepentimiento de David (2 S 12,7-10.13)

11º domingo del Tiempo ordinario – C. 1ª lectura
7Dijo entonces Natán a David:
—Tú eres ese hombre. Así dice el Señor, Dios de Is­rael: «Yo te he ungido como rey de Israel; Yo te he librado de la mano de Saúl; 8te he entregado la casa de tu señor y he puesto en tu regazo las mujeres de tu señor; te he dado la casa de Israel y de Judá; y, por si fuera poco, voy a añadirte muchas cosas más. 9¿Por qué has despreciado al Señor, haciendo lo que más le desagrada? Has matado a espada a Urías, el hitita; has tomado su mujer como esposa tuya y lo has matado con la espada de los amonitas. 10Por todo esto, por haberme despreciado y haber tomado como esposa la mujer de Urías, el hitita, la espada no se apartará nunca de tu casa».
13David dijo a Natán:
—He pecado contra el Señor.
Natán le respondió:
—El Señor ya ha perdonado tu pecado. No morirás.
En el párrafo anterior a éste, Natán acaba de interpelar a David con una de las parábolas más bellas del Antiguo Testamento provocando en el monarca la condena de su propia conducta: «El que haya hecho tal cosa es reo de muerte» (v. 5).
Ahora, Natán, en respuesta, le anuncia el castigo del Señor. En concreto, el asesinato y la espada no se apartará de la familia de David (v. 10); este castigo se cumplirá en los hijos mayores Amón, Absalón y Adonías que morirán violentamente.
El arrepentimiento de David, tal y como se manifestará en los versículos siguientes, es ejemplar (vv. 16-19): llora su pecado, ayuna y suplica por la salud de su hijo; con esta actitud, a pesar de las debilidades y pecados, mantiene su confianza y se muestra como «hombre según el corazón de Dios» (cfr 1 S 13,14). David es modelo de penitencia porque, reconociendo su delito, alcanzó el perdón divino. Su arrepentimiento quedó plasmado en el Salmo 51, donde con una gran belleza y profunda piedad se recoge la súplica del Rey pecador ante el Señor: «Ten piedad de mí, oh Dios, según tu bondad; según la inmensidad de tu misericordia borra mis delitos. Lávame por completo de mi iniquidad, y purifícame de mi pecado» (Sal 51,3-4).
El nacimiento de un nuevo hijo (vv. 20-25) es el desenlace de la narración, orientada para dejar claro que Salomón nació dentro del matrimonio, que fue motivo de alegría para David que le impuso el nombre y, sobre todo, que fue objeto de un mensaje del profeta Natán: el niño llevará «como sobrenombre Yedidías (amado del Señor)» (v. 25). Por tanto, desde su nacimiento, Salomón es el elegido por Dios para llevar adelante su plan de salvación en favor del pueblo.
Grande fue el pecado de David y profunda su contrición. Pero lo que sobrepasa toda medida es el perdón de Dios. «A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito. E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo y de perdonarle su infidelidad y sus pecados» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 218).