Mostrando entradas con la etiqueta Adviento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adviento. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de diciembre de 2018

La Visitación de María a Isabel (Lc 1,39-45)


4º domingo de Adviento – C. Evangelio
39 Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; 40 y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. 41 Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; 42 y exclamando en voz alta, dijo:
—Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. 43 ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? 44 Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; 45 y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.
Contemplamos ahora la grandeza de María desde otros puntos de vista. Isabel, llena del Espíritu Santo, proclama que María es «madre de mi Señor» (v. 43). Pero ser «madre de Dios» es también objeto de fe para María, y por ello es felicitada por Isabel (v. 45). Sin embargo, la fe de la Virgen traspasa la mera virtud personal, pues da origen a la Nueva Alianza: «Como Abrahán “esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones” (Rm 4,18), así María, en el instante de la Anunciación, después de haber manifestado su condición de virgen, (...) creyó que por el poder del Altísimo, por obra del Espíritu Santo, se convertiría en Madre del Hijo de Dios según la revelación del ángel» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 14).
La montaña de Judea dista unos 130 km de Nazaret. Según una tradición que se remonta al siglo IV, la casa de Zaca­rías estaba en el actual pueblo de ‘Ayn-Karîm, a unos 8 km al oeste de Jerusalén. Allí el niño Juan salta de gozo en el vientre de su madre. Teólogos antiguos y modernos han visto en esa acción un indicio de la santificación del Bautista en el vientre de su madre: «Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).

lunes, 10 de diciembre de 2018

Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego (Lc 3,10-18)



3º domingo de Adviento – C. Evangelio
10 Las muchedumbres le preguntaban [a Juan]:
—Entonces, ¿qué debemos hacer?
11 Él les contestaba:
—El que tiene dos túnicas, que le dé al que no tiene; y el que tiene alimentos, que haga lo mismo.
12 Llegaron también unos publicanos para bautizarse y le dijeron:
—Maestro, ¿qué debemos hacer?
13 Y él les contestó:
—No exijáis más de lo que se os ha señalado.
14 Asimismo le preguntaban los soldados:
—Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?
Y les dijo:
—No hagáis extorsión a nadie, ni denunciéis con falsedad, y contentaos con vuestras pagas.
15 Como el pueblo estaba expectante y todos se preguntaban en su interior si acaso Juan no sería el Cristo, 16 Juan salió al paso diciéndoles a todos:
—Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatarle la correa de las sandalias: él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego. 17 Él tiene el bieldo en su mano, para limpiar su era y recoger el trigo en su granero, y quemará la paja con un fuego que no se apaga.
18 Con estas y otras muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la buena nueva.
Ante la venida inminente del Señor, los hombres deben disponerse interiormente, hacer penitencia de sus pecados, rectificar su vida para recibir la gracia que trae el Mesías. Porque la salvación no viene por el linaje, por ser hijos de Abrahán (v. 8), sino por la conversión que se manifiesta en obras concretas, particulares para cada uno (vv. 10-14). San Lucas (cfr v. 18) nos dice que sólo ha recogido algunas de las exhortaciones con las que evangelizaba el Bautista. De todas formas, el resumen que presenta es muy semejante al de otros documentos de la época. Flavio Josefo recuerda que Juan «era un hombre bueno y pedía a los judíos el ejercicio de la virtud, a la vez que la justicia de los unos con los otros y la piedad con Dios, y de esta forma presentarse al Bautismo» (Antiquitates iudaicae 18,5,2).
La enseñanza del Bautista versa también sobre el Mesías (vv. 15-17). Juan recuerda que él no es el Mesías, pero que éste está al llegar y que vendrá con el poder de juez supremo, propio de Dios, y con una dignidad que no tiene parangón humano: «Aprended del mismo Juan un ejemplo de humildad. Le tienen por Mesías y niega serlo; no se le ocurre emplear el error ajeno en beneficio propio. (...) Comprendió dónde tenía su salvación; comprendió que no era más que una antorcha, y temió que el viento de la soberbia la pudiese apagar» (S. Agustín, Sermones 293,3).

Alegraos, el Señor esta cerca (Flp 4,4-7)


3º domingo de Adviento – C. 2ª lectura
4 Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. 5 Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. 6 No os preocupéis por nada; al contrario: en toda oración y súplica, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. 7 Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
Son admirables estas palabras de San Pablo, si se tiene en cuenta que cuando escribe la epístola está encadenado y en la cárcel. Para la verdadera alegría no es obstáculo que las circunstancias en que se desarrolla la existencia de una persona sean difíciles o dolorosas. «Ésta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios —dice San Cipriano—: ellos en la adversidad se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud ni de la verdadera fe. Por el contrario, éstas se afianzan en el dolor» (De mortalitate 13).
«El Señor está cerca» (v. 5). El Apóstol recuerda la proximidad del Señor para fomentar la alegría y animar a la mutua comprensión. Estas palabras les traerían sin duda el recuerdo de la exclamación Marana tha («Señor, ven») que repetían con frecuencia en las celebraciones litúrgicas (cfr 1 Co 16,21-24). Frente al ambiente adverso que pudieran encontrar, los primeros cristianos ponían su esperanza en la venida del Salvador, Jesucristo. Nosotros, como ellos, tenemos la certeza de que, mientras aguardamos su venida gloriosa, el Señor también está siempre cerca con su providencia. No hay, por tanto, motivos de inquietud. Sólo espera que le hablemos de nuestra situación con confianza, en oración, con la sencillez de un hijo. La oración se convierte así en un medio eficaz para no perder la paz, pues, como enseña San Bernardo, «regula los afectos, dirige los actos, corrige las faltas, compone las costumbres, hermosea y ordena la vida; confiere, en fin, tanto la ciencia de las cosas divinas como de las humanas (...). Ella ordena lo que debe hacerse y reflexiona sobre lo hecho, de suerte que nada se encuentre en el corazón desarreglado o falto de corrección» (De consideratione 1,7).

lunes, 3 de diciembre de 2018

Preparad el camino del Señor (Lc 3,1-6)


2º domingo de Adviento – C. Evangelio
1 El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la región de Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, 2 bajo el sumo sacerdote Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto. 3 Y recorrió toda la región del Jordán predicando un bautismo de penitencia para remisión de los pecados, 4 tal como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:
Voz del que clama en el desierto:
«Preparad el camino del Señor,
haced rectas sus sendas.
Todo valle será rellenado,
y todo monte y colina allanados;
los caminos torcidos serán rectos,
y los caminos escarpados serán llanos.
Y todo hombre verá la salvación de Dios».
Los cuatro evangelios recogen la actividad del Bautista que precedió la vida pública de Cristo. Lucas la presenta con más detalle y orden: describe el marco general (vv. 1-2), la misión de Juan (vv. 3-6), el contenido de su predicación (vv. 7-14), su relación con el Mesías venidero (vv. 15-18) y su encarcelamiento (vv. 19-20).
Lucas sitúa en el tiempo y en el espacio la aparición pública de Juan Bautista (vv. 1-2). El año decimoquinto del imperio de Tiberio César corresponde al 27 ó al 28/29 de nuestra era, según dos cómputos de tiempo posibles (ver Cronología de la vida de Jesús, pp. 48-50). Poncio Pilato fue praefectus de Judea («procurador» en la terminología posterior) desde el año 26 al 36; su jurisdicción se extendía también a Samaría e Idumea. El Herodes que se menciona es Herodes Antipas, que murió el año 39. Filipo, hermanastro de Herodes Antipas, fue tetrarca de las regiones indicadas en el texto hasta el año 33/34. No es el mismo Herodes Filipo que estaba casado con Herodías, de la que se habla en el v. 19. El sumo sacerdote era Caifás, que ejerció su pontificado desde el año 18 al 36. Anás, su suegro, había sido depuesto el año 15 por la autoridad romana, pero conservaba mucha influencia en la política y la religión ju­días (cfr Jn 18,13; Hch 4,6). La mención de las circunstancias históricas, seguida de la expresión «vino la palabra de Dios sobre...» (v. 2), es frecuente en el inicio de muchos libros proféticos (Ez 1,3; cfr Os 1,1; Mi 1,1; So 1,1; etc.). De este modo el texto sugiere, como después afirmará Jesús expresamente (16,16), que Juan es el último de los profetas, y a través de él, Dios, con su palabra (v. 2), inaugura el último acto de la historia.
El evangelista presenta la figura del Bautista a la luz de un texto del libro de Isaías (vv. 4-6; cfr Is 40,3-5). En esta parte de Isaías se anuncia al pueblo hebreo que, tras el destierro de Babilonia, habrá un nuevo éxodo; entonces, el pueblo que caminará a través del desierto hasta llegar a la tierra de promisión ya no será guiado por Moisés sino por Dios mismo. El oráculo de Isaías citado es común a los tres evangelios sinópticos, pero sólo San Lucas recoge el último versículo: «Y todo hombre verá la salvación de Dios». De este modo, la dimensión universal del Evangelio se presenta desde la misión misma del Bautista. Todos, hasta los publicanos (v. 12) o los soldados (v. 14), tienen acceso a la salvación: «El Señor desea abrir en vosotros un camino por el que pueda penetrar en vuestras almas. (...) El camino por el que ha de penetrar la palabra de Dios consiste en la capacidad del corazón humano. El corazón del hombre es grande, espacioso y capaz. (...) Prepara un camino al Señor mediante una conducta honesta, y con acciones irreprochables allana tú el sendero, para que la ­palabra de Dios camine hacia ti sin obstáculo» (Orígenes, Commentaria in Ioannem 21,5-7).
Ante la venida inminente del Señor, los hombres deben disponerse interiormente, hacer penitencia de sus pecados, rectificar su vida para recibir la gracia que trae el Mesías.

Alegres, porque Dios se acordó de ellos (Ba 5,1-9)

2º domingo de Adviento – C. 1ª lectura
1 Quítate, Jerusalén, el vestido de luto y de tu aflicción
y vístete de gala, de la gloria
que Dios te otorga para siempre.
2 Envuélvete con el manto de la justicia de Dios,
ponte en la cabeza la corona gloriosa del Eterno.
3 Dios mostrará tu resplandor a toda criatura bajo el cielo.
4 Porque Dios te llamará para siempre con el nombre de
«Paz de la justicia» y «Gloria de la piedad».
5 Levántate, Jerusalén, ponte en alto,
observa hacia oriente y contempla a tus hijos reunidos,
desde donde sale el sol hasta el ocaso,
por la palabra del Santo,
alegres porque Dios se acordó de ellos.
6 Partieron de ti a pie, llevados por los enemigos,
pero Dios te los devuelve en triunfo,
como sentados en un trono real.
7 Dios mandó allanar toda alta montaña
y las rocas eternas,
y rellenar todo valle hasta nivelar la tierra,
para que Israel camine seguro bajo la gloria de Dios.
8 Por orden de Dios, todas las selvas
y todo árbol de suave olor darán sombra a Israel.
9 Porque Dios conducirá a Israel con felicidad
a la luz de su gloria,
con la misericordia y justicia propias de Él.
A modo de recapitulación, el libro termina con un nuevo canto de consuelo, el cuarto del escrito. Se promete la felicidad de la gloria para siempre, con connotaciones escatológicas. La nueva Jerusalén recibirá un nombre simbólico, que expresa no sólo la pertenencia a Dios, sino también sus propiedades esenciales: será «Paz de la justicia» y «Gloria de la piedad» (v. 4), que es como decir «paz justa» y «piedad gloriosa». Olimpiodoro comenta en sentido espiritual: «Puesto que Cristo es nuestra paz y Él es nuestra justicia y nuestra gloria, y Él es ejemplo de nuestra ciudadanía según la piedad, también nosotros recibimos de Él esos nombres» (Fragmenta in Baruch 5,4).
Los paralelos de este pasaje con la literatura profética y sapiencial son numerosos: Is 40,4-5; 49,18-22; 60,1-4; Jr 30,15-22; Sal 126; etc. Pero aún resulta más sugerente la relación de los vv. 1-9 con la visión de la Jerusalén mesiánica del Apocalipsis de San Juan 21,1-4, que ya descubrió San Ireneo en su Adversus haereses, donde concluye: «No se puede dar una interpretación alegórica a esto: todo es cierto, verdadero y concreto, y ha sido querido por Dios para gloria de los hombres justos. Como verdaderamente Dios es el que hace resucitar al hombre, así verdaderamente el hombre se vigorizará con la incorruptibilidad y se fortalecerá, en el tiempo del Reino, para poder acoger luego la gloria del Padre. Cuando todo sea renovado, habitará verdaderamente en la ciudad de Dios» (5,35,2).

lunes, 27 de noviembre de 2017

¡Ojalá rasgaras los cielos y bajases! (Is 63,16b-17.19b; 64,2-7)

1º domingo de Adviento – B. 1ª lectura
16b ¡Tú eres nuestro Padre!
Aunque Abrahán ya no nos conozca,
e Israel nos ignore,
¡Tú, Señor, eres nuestro Padre,
nuestro Redentor!
Tu Nombre es eterno.
17 ¿Por qué, Señor, nos hiciste vagar fuera de tus caminos,
y endureciste nuestro corazón para que no te temiésemos?
¡Vuélvete, por amor a tus siervos,
a las tribus de tu heredad!
19b ¡Ojalá rasgaras los cielos y bajases!
Ante ti se estremecerían las montañas.
64,2 Cuando, haciendo prodigios que no aguardábamos,
descendiste, los montes se estremecieron ante Ti.
3 Nunca se oyó, ni oído escuchó,
ni ojo vio a un Dios fuera de Ti,
que haga tanto con quien espera en Él.
4 Tú sales al encuentro de quien se goza en hacer justicia,
de los que se acuerdan de tus caminos.
Te airaste, y nosotros pecamos contra ellos
por largo tiempo: ¿cómo podemos ser salvos?
5 Todos nosotros somos algo inmundo,
todas nuestras justicias son como paños de menstruación.
Todos estamos marchitos como hojarasca
y nuestras iniquidades nos arrastran como el viento.
6 No hay quien invoque tu Nombre,
quien se levante para serte fiel,
pues nos has escondido tu rostro
y nos has dejado en mano de nuestras iniquidades.
7 Pero ahora, Señor, Tú eres nuestro Padre;
nosotros, el barro, Tú nuestro alfarero,
y todos nosotros la obra de tus manos.
Por fin viene el Señor vencedor como Juez que castiga y premia. Al contemplar cercana su venida se eleva esta plegaria llena de confianza y esperanza.
Hay por dos veces (63,16 y 64,7) una interpelación apremiante a Dios, invocado como Padre de Israel. Es uno de los pasajes más elocuentes del Antiguo Testamento sobre la entrañable paternidad de Dios con su pueblo. El autor del poema espera confiadamente que el corazón paternal del Señor no quede insensible ante tantos sufrimientos de sus hijos, aunque hayan merecido castigo por su infidelidad (64,3-6). Las súplicas por el auxilio divino se vuelven dramáticas (63,17-19a), hasta terminar con la petición de un milagro portentoso (63,19b). La exposición de las calamidades que ha sufrido el pueblo continúa en 64,2-7 en el mismo tono que en 63,16-19: el profeta desarrolla los motivos para que Dios auxilie al pueblo de su heredad.
El grito ardoroso del profeta -¡Ojalá rasgaras los cielos y bajases!- (63,19b) sintetiza de modo admirable la paciente ­espera de Israel en las intervenciones salvadoras de Dios; y, en perspectiva mesiánica, asume las esperanzas depositadas en el Salvador esperado por el pueblo elegido a lo largo de su historia. También, de alguna manera, es el clamor de todo hombre que se dirige al Señor con la urgencia de que sus aspiraciones nobles no caigan en saco roto. Este Adviento de siglos, que en cierto modo revive en nuestros días, encuentra de nuevo su respuesta en el designio de Dios Padre, que envió a su Hijo, hecho Hombre, para que llevase a cabo nuestra Redención, y envió al Espíritu Santo para hacer a los hombres partícipes de su Amor.
Las palabras de Is 64,3 son evocadas por San Pablo para mostrar la sabiduría y el amor de Dios por cuantos le aman y el conjunto de dones futuros que superan la capacidad del hombre: «Según está escrito: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman» (1 Co 2,9). Ya que estos dones se alcanzan plenamente en la vida futura, también ha sido muy comentado en la espiritualidad cristiana para expresar la felicidad del cielo. Así lo haría por ejemplo San Roberto Belarmino: «¿Acaso no prometes además un premio a los que guardan tus mandamientos, más precioso que el oro fino, más dulce que la miel de un panal? Por cierto que sí, y un premio grandioso, como dice Santiago: La corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman. ¿Y qué es esta corona de la vida? Un bien superior a cuanto podamos pensar o desear, como dice San Pablo, citando al profeta Isaías: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman» (De ascensione mentis in Deum, Grado 1).