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lunes, 13 de marzo de 2017

Golpearás la roca y saldrá agua (Ex 17,3-7)

3º domingo de Cuaresma – A. 1ª lectura
3 El pueblo estaba sediento y murmuró contra Moisés:
—¿Por qué nos has sacado de Egipto para dejarnos morir de sed, a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?
4 Moisés clamó al Señor diciendo:
—¿Qué puedo hacer con este pueblo? Casi llegan a apedrearme.
5 Respondió el Señor a Moisés:
—Pasa delante del pueblo acompañado de algunos ancianos de Israel, lleva en tu mano el bastón con que golpeaste el Nilo y emprende la marcha. 6 Yo estaré junto a ti sobre la roca en el Horeb; golpearás la roca y saldrá agua para que beba el pueblo.
Lo hizo así Moisés a la vista de los ancianos de Israel. 7 Y llamó a aquel lugar Masá y Meribá por la querella de los hijos de Israel y por haber tentado al Señor diciendo: «¿Está el Señor entre nosotros, o no?»
La dureza de la vida del desierto, cuyo máximo exponente es el hambre y la sed, se presta a nuevas intervenciones divinas, cargadas de sentido teológico. El prodigio del maná, que estaba precedido por el episodio del agua salobre convertida por Moisés en potable (Ex 15,22-25), va seguido de un nuevo prodigio con el agua: Moisés la hace brotar de una roca. Esto ocurrió en Refidim, probablemente el actual Wadi Refayid, a unos 13 km. del Djébel Mûsa.
Los hijos de Israel van fortaleciendo poco a poco su fe en Dios y en su ministro, Moisés. Pero con frecuencia les asalta la duda de la presencia de Dios en me­dio de ellos (v. 7). Surgen las murmuraciones y la búsqueda de pruebas de esa presencia: ¿habrán salido de Egipto para morir o para alcanzar la salvación? El agua que Moisés hace brotar es una se­ñal más que da seguridad a la fe de los israelitas.
El episodio da nombre a dos ciudades: Meribá, que en la etimología popular significa «litigio», «disputa», «pleito»; y Ma­sá, que equivale a «prueba», «tentación». Muchos textos bíblicos recordaron este pecado (cfr Dt 6,16; 9,22-24; 33,8; Sal 95,8-9), añadiendo incluso que al propio Moisés le faltó fe y golpeó por dos veces la roca (cfr Nm 20,1-13; Dt 32,51; Sal 106,32). La falta de confianza en la bondad y en la omnipotencia divina es tentar a Dios y supone un grave pecado contra la fe. Mucho más en el caso de Moisés que había experimentado la predilección divina y había de ser ejemplo para el pueblo. Ante una contrariedad o ante una dificultad que no se resuelve de inmediato, el hombre puede llegar a sentir una cierta vacilación, pero nunca dudar, porque «si la duda se alimenta deliberadamente, puede conducir a la ceguera de espíritu». (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2088). Un cristiano, acostumbrado a contemplar la Cruz del Señor, debe aceptar que el dolor forma parte de los planes de Dios.
Hay una tradición rabínica que cuenta que la roca acompañó a los israelitas en todo su viaje por el desierto; San Pablo se refiere a esa leyenda en su carta a los Corintios, cuando dice que «la piedra era Cristo» (1 Co 10,4). Los Santos Padres, apoyados en recuerdos bíblicos sobre el carácter prodigioso de las aguas (cfr Sal 78,15-16; 105,41; Sb 11,4-14), explicaban que este episodio prefigura los prodigios del bautismo: «Contempla el misterio: Moisés es el profeta, el báculo es la palabra de Dios; el sacerdote toca la piedra y fluye el agua para que pueda beber el pueblo de Dios que consigue así la gracia» (S. Ambrosio, De sacramentis 5,1,3).

sábado, 26 de marzo de 2016

Os daré un corazón nuevo (Ez 36,16-28)


Vigilia Pascual. 7ª lectura
16 Me fue dirigida la palabra del Señor, diciendo:
17 —Hijo de hombre, cuando la casa de Israel habitaba sobre su tierra, la hicieron impura con su conducta y sus acciones. Su conducta era en mi presencia como la mancha de una mujer en menstruación. 18 Entonces derramé mi cólera sobre ellos por la sangre que habían derramado sobre el país, por los ídolos que lo habían contaminado. 19 Los dispersé entre las naciones y los esparcí entre los pueblos. Dicté sentencia contra ellos según su conducta y sus acciones. 20 Llegaron a las naciones en las que entraron y profanaron mi santo Nombre, porque decían de ellos: “Éstos son el pueblo del Señor; han salido de su tierra”. 21 Pero he tenido compasión por mi santo Nombre, que la casa de Israel profanaba entre las naciones a las que llegaron.
22 »Por eso, di a la casa de Israel: «Esto dice el Señor Dios: “No hago esto por vosotros, casa de Israel, sino por mi santo Nombre, profanado entre las naciones a las que habéis llegado. 23 Voy a santificar mi gran Nombre, que ha sido profanado entre las naciones, porque lo habéis profanado en medio de ellas. Y sabrán las naciones que Yo soy el Señor, oráculo del Señor Dios, cuando ante sus ojos haga resplandecer mi santidad en vosotros. 24 Voy a tomaros de entre las naciones, voy a reuniros de entre los pueblos y os haré entrar en vuestra tierra.
25 »Rociaré sobre vosotros agua pura y quedaréis purificados de todas vuestras impurezas. De todos vuestros ídolos voy a purificaros. 26 Os daré un corazón nuevo y pondré en vuestro interior un espíritu nuevo. Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. 27 Pondré mi espíritu en vuestro interior y haré que caminéis según mis preceptos, y guardaréis y cumpliréis mis normas. 28 Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y Yo seré vuestro Dios.
Estos oráculos que siguen anunciando la restauración-purificación de Israel, reflejan el núcleo de la doctrina de Ezequiel, a saber, que el Señor, único soberano, toma la iniciativa en la elección, en el castigo y en la restauración del pueblo. Los hombres tienen la obligación de aceptar los dones divinos, reconocer el dominio e independencia del Señor y tributarle el culto debido. Esta doctrina aparece en el anuncio de la restauración y el retorno a la tierra prometida (vv. 16-24), y en la promesa de renovación interior (vv. 25-38).
«Hicieron impura con su conducta» (v. 17). Las desviaciones y pecados del pueblo llevaban consigo la contaminación de la tierra prometida, el don más precioso recibido de Dios. El destierro, según la explicación de Ezequiel, fue necesario como castigo (v. 19), pero también como condición para devolver a la tierra su honor primero.
«Mi santo Nombre, profanado entre las naciones» (v. 22). Los pueblos paganos, al ver a los israelitas deportados, llegaban a la conclusión de que el Dios de Israel había sido vencido o, al menos, había fracasado en la protección de su pueblo. Significa la profanación del Nombre del Señor entre las naciones. El retorno, por tanto, era necesario como liberación del pueblo (v. 24), pero también como medio para rehabilitar el Nombre del Señor (v. 22). Esta «teología» del Nombre de Dios, sigue presente en el Nuevo Testamento, donde se incluye como petición en el Padrenuestro (cfr Mt 6,9; Lc 11,2), y de ahí a toda la tradición cristiana. El Catecismo del Concilio de Trento, comentaba así estos versículos de Ez 36,20-23: «Son muchos los que juzgan la verdad de la religión y de su Autor por la vida de los cristianos. Según esto, quienes de verdad profesan la fe y saben conformar sus vidas con ella, ejercen el mejor de los apostolados, excitando en los demás el deseo efectivo de glorificar el nombre del Padre celestial» (Catecismo Romano 4,10,9).
«Quedaréis purificados» (v. 25). Ezequiel presenta la renovación desde la perspectiva del culto, de modo que la aspersión del agua y los demás ritos de purificación son señal de una transformación interior más profunda. El texto quedó así como un anuncio de los efectos del Bautismo: «El bautismo, ante todo, con divina eficacia remite y perdona todo pecado: el original, transmitido desde los primeros padres, y todos los demás personales, por graves y monstruosos que nos parezcan y que hayan sido de hecho. Esto, había sido anunciado ya mucho antes por el profeta Ezequiel, a través del cual dice el Señor Dios: Os rociaré con agua pura y quedaréis limpios de vuestras iniquidades (Ez 36,25)» (ibidem 2,2,42).
«Corazón nuevo... espíritu nuevo» (v. 26). La renovación alcanza las disposiciones más íntimas (el corazón) y la motivación más profunda (espíritu). El principio vital que moverá a los israelitas será totalmente nuevo, de modo que la conducta será perfecta (v. 27), la Alianza no volverá a quebrantarse (v. 28) y la tierra, también purificada, será generosa en sus frutos (v. 30).
La iniciativa divina tan patente en el retorno y la renovación de Israel es muestra del amor desinteresado de Dios por su pueblo. Jesucristo asumirá esta doctrina en frases tan contundentes como las expresadas en el discurso del pan de vida: «Nadie puede venir a mí, si no le atrae el Padre que me ha enviado» (Jn 6,44). «Nuestra salvación —resume el Catecismo de la Iglesia Católica— procede de la iniciativa del amor de Dios hacia nosotros porque “Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10)» (n. 620).