11º domingo del Tiempo ordinario – C.
1ª lectura
7Dijo
entonces Natán a David:
—Tú eres ese hombre. Así dice el Señor, Dios de Israel:
«Yo te he ungido como rey de Israel; Yo te he librado de la mano de Saúl; 8te
he entregado la casa de tu señor y he puesto en tu regazo las mujeres de tu
señor; te he dado la casa de Israel y de Judá; y, por si fuera poco, voy a
añadirte muchas cosas más. 9¿Por qué has despreciado al Señor,
haciendo lo que más le desagrada? Has matado a espada a Urías, el hitita; has
tomado su mujer como esposa tuya y lo has matado con la espada de los amonitas.
10Por todo esto, por haberme despreciado y haber tomado como esposa
la mujer de Urías, el hitita, la espada no se apartará nunca de tu casa».
13David
dijo a Natán:
—He pecado contra el Señor.
Natán le respondió:
—El Señor ya
ha perdonado tu pecado. No morirás.
En el párrafo anterior a éste, Natán acaba de interpelar a David con
una de las parábolas más bellas del Antiguo Testamento provocando en el monarca
la condena de su propia conducta: «El que haya hecho tal cosa es reo de muerte»
(v. 5).
Ahora, Natán, en respuesta, le anuncia el castigo del Señor. En
concreto, el asesinato y la espada no se apartará de la familia de David (v.
10); este castigo se cumplirá en los hijos mayores Amón, Absalón y Adonías que
morirán violentamente.
El arrepentimiento de David, tal y como se manifestará en los
versículos siguientes, es ejemplar (vv. 16-19): llora su pecado, ayuna y
suplica por la salud de su hijo; con esta actitud, a pesar de las debilidades y
pecados, mantiene su confianza y se muestra como «hombre según el corazón de
Dios» (cfr 1 S 13,14). David es modelo de penitencia porque, reconociendo su
delito, alcanzó el perdón divino. Su arrepentimiento quedó plasmado en el Salmo
51, donde con una gran belleza y profunda piedad se recoge la súplica del Rey
pecador ante el Señor: «Ten piedad de mí, oh Dios, según tu bondad; según la
inmensidad de tu misericordia borra mis delitos. Lávame por completo de mi
iniquidad, y purifícame de mi pecado» (Sal 51,3-4).
El nacimiento de un nuevo hijo (vv. 20-25) es el desenlace de la
narración, orientada para dejar claro que Salomón nació dentro del matrimonio,
que fue motivo de alegría para David que le impuso el nombre y, sobre todo, que
fue objeto de un mensaje del profeta Natán: el niño llevará «como sobrenombre
Yedidías (amado del Señor)» (v. 25). Por tanto, desde su nacimiento, Salomón es
el elegido por Dios para llevar adelante su plan de salvación en favor del
pueblo.
Grande fue el pecado de David y profunda su contrición. Pero lo que
sobrepasa toda medida es el perdón de Dios. «A lo largo de su historia, Israel
pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre
todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito. E Israel comprendió,
gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo y de
perdonarle su infidelidad y sus pecados» (Catecismo
de la Iglesia
Católica , n. 218).
