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martes, 2 de octubre de 2018

Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre (Mc 10,2-16)


27º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
2 Se acercaron entonces unos fariseos que le preguntaban, para tentarle, si le es lícito al marido repudiar a su mujer. 3 Él les respondió:
—¿Qué os mandó Moisés?
4 —Moisés permitió darle escrito el libelo de repudio y despedirla —dijeron ellos.
5 Pero Jesús les dijo:
—Por la dureza de vuestro corazón os escribió este precepto. 6 Pero en el principio de la creación los hizo hombre y mujer. 7 Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, 8 y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. 9 Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
10 Una vez en la casa, sus discípulos volvieron a preguntarle sobre esto.
11 Y les dijo:
—Cualquiera que repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; 12 y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.
13 Le presentaban unos niños para que los tomara en sus brazos; pero los discípulos les reñían. 14 Al verlo Jesús se enfadó y les dijo:
—Dejad que los niños vengan conmigo, y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios. 15 En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él.
16 Y abrazándolos, los bendecía imponiéndoles las manos.
El marco de la escena es frecuente en el evangelio. La actitud malintencionada de ciertos fariseos contrasta con la sencillez de la multitud que escucha con atención las enseñanzas. Cristo conoce la doblez de sus tentadores y por eso les pregunta qué «mandó» Moisés (v. 3). Los fariseos saben que no existe tal mandato, y por eso contestan que Moisés «permitió» el libelo de repudio (v. 4). Establecidos los principios para el diálogo, Jesucristo explica que el verdadero mandato es el que Dios instituyó en el momento de la creación (Gn 2,24): «El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos: “De manera que ya no son dos sino una sola carne” (Mt 19,6). “Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total” (Juan Pablo II, Fam. cons. 19). Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada por la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del matrimonio. Se profundiza por la vida de la fe común y por la Eucaristía recibida en común» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1644).
En las palabras finales del Señor se recoge una cláusula (v. 12) que tiene más presente la legislación romana que la judía, ya que esta última no contemplaba la posibilidad de que la mujer repudiara al marido. Las palabras parecen una actualización de la enseñanza de Jesucristo para los destinatarios del Evangelio de Marcos. En todo caso nos enseñan que el sentido de la doctrina de Cristo debe ser actualizado en la vida y las circunstancias de cada uno de nosotros. Hoy, «dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo. Por esto, (...) alabo y aliento a las numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen así, de manera útil y valiente, el cometido a ellas confiado de ser un “signo” en el mundo —un signo pequeño y precioso, a veces expuesto a tentación, pero siempre renovado— de la incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a cada hombre. Pero es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión; también éstos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad» (Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 20).
El evangelio muestra en muchos pasajes los rasgos de la verdadera Humanidad de Jesús: su mirada indignada cuando advierte la dureza de los corazones (3,5), su tristeza ante la falta de fe de sus paisanos de Nazaret (6,6), su desaliento ante la doblez de los fariseos (cfr 8,12), su enfado con los discípulos (v. 14), etc. Ahora, en un episodio lleno de espontaneidad y viveza, narrado al final de este pasaje, Marcos evoca la actitud del Señor hacia los niños: parece que al evangelista le faltan las palabras (cfr v. 16) para describir el cariño que les tiene Jesús.
Pero el suceso entraña también una enseñanza: el Reino de los Cielos es de quienes lo reciben como un niño, es decir, no como algo merecido sino como un don recibido de Dios Padre. De ahí nace la vida de infancia espiritual recomendada por los santos: «Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños... rezar como rezan los niños» (S. Josemaría Escrivá, Santo Rosario, prólogo).

Y serán los dos una sola carne (Gn 2,18-24)

27º domingo del Tiempo ordinario – B. 1ª lectura
18 Entonces dijo el Señor Dios:
—No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada para él.
19 El Señor Dios formó de la tierra todos los animales del campo y todas las aves del cielo, y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, de modo que cada ser vivo tuviera el nombre que él le hubiera impuesto. 20 Y el hombre puso nombre a todos los ganados, a las aves del cielo y a todas las fieras del campo; pero para él no encontró una ayuda adecuada. 21 Entonces el Señor Dios infundió un profundo sueño al hombre y éste se durmió; tomó luego una de sus costillas y cerró el hueco con carne. 22 Y el Señor Dios, de la costilla que había tomado del hombre, formó una mujer y la presentó al hombre.
23 Entonces dijo el hombre:
—Ésta sí es hueso de mis huesos,
y carne de mi carne.
Se la llamará mujer,
porque del varón fue hecha.
24 Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne.
Dios sigue buscando el bien del hombre que ha creado. El hagiógrafo lo expresa, de forma antropomórfica, presentando a Dios como a un alfarero que se da cuenta de que su obra ha de ser perfeccionada. Todavía no está concluida la creación del ser humano: le falta poder vivir en profunda y completa unión con otro ser humano. En los animales, creados también por Dios, el hombre no encuentra compañía apropiada, de su mismo rango, por lo que Dios crea a la mujer del mismo cuerpo del hombre. Entonces sí que existe la posibilidad de comunicación personal para el ser humano. La creación de la mujer refleja, por tanto, la culminación del amor de Dios hacia el ser humano tal como lo creó.
Por otra parte, en este pasaje se nos revela la misma interioridad del hombre capaz de darse cuenta de su soledad. Aunque aquí esa soledad aparece como una posibilidad y un temor, más que como una situación real, se está indicando que es desde la conciencia de la propia soledad desde donde el hombre puede apreciar como un bien la comunión con los demás.
Los animales son creados de la tierra, como el hombre, pero de ellos no se dice que Dios les infunda un soplo de vida (cfr. Gn 2,7). Este soplo pertenece únicamente al hombre que se diferencia así esencialmente de los animales: el hombre tiene una forma de vida que le viene directamente de Dios, es decir, está animado por un principio espiritual que le capacita para ser el interlocutor de Dios y para tener verdadera comunión con otros hombres. Es lo que llamamos el alma o el espíritu. Por ello el hombre se asemeja a Dios más que a los animales, aunque el cuerpo humano haya sido formado de la tierra y pertenezca a ella como el del animal.
«La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar el alma como la “forma” del cuerpo (cfr Conc. de Vienne, Fidei catholicae); es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 365).
El sueño del v. 21 es como un reflejo de la muerte, como si Dios suspendiese la vida que ha infundido al hombre, para remodelarlo de nuevo y que comience a vivir a continuación de otra forma: siendo dos, varón y mujer, y no ya uno sólo. La manera de narrar la creación de la mujer, a partir de una costilla de Adán, quiere enseñar, en contraste con la mentalidad de su tiempo, que el varón y la mujer son de la misma naturaleza y tienen la misma dignidad, pues ambos proceden del mismo barro que Dios modeló y convirtió en un ser vivo. Por otra parte, la Biblia explica también así la atracción mutua que sienten el varón y la mujer.
Cuando el hombre —ahora en sentido de varón— reconoce a la mujer como persona igual que él, de su misma naturaleza, descubre en ella la «ayuda adecuada» que Dios quería darle. Ahora sí está completa la creación del ser hu­mano. Éste «se convierte en imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad, cuanto en el momento de la comunión» (Juan Pablo II, Audiencia general, 14.XI.1979).
La exclamación del primer hombre ante la primera mujer refleja la capacidad de ambos de unirse íntimamente en matrimonio. La actitud del hombre que aquí aparece respecto de la mujer es la propia del marido hacia la esposa. Éste, en efecto, «ve en la esposa la realización del designio divino “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”, y hace suya la exclamación de Adán, el primer esposo: “Ésta sí que es hueso de mis huesos...” El auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre tenga profundo respeto por la igual dignidad de la mujer: “No eres su amo, escribe San Ambrosio (Hexaemeron 5,7,19), sino su marido; no te ha sido dada como esclava, sino como esposa. (...) Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé para con ella agradecido por su amor”» (Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 25).
Las palabras del v. 24 son un comentario del autor inspirado que, tras narrar la creación de la mujer, presenta la institución matrimonial como establecida por Dios en el origen mismo del ser humano. En efecto, como explica Juan Pablo II, la «comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe en­tre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por eso, tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente humana» (Fa­miliaris consortio, n. 19).
Varón y mujer, al unirse en matrimonio, forman una nueva familia. Las primeras traducciones que se hicieron de la Biblia, al griego y al arameo, ya interpretaban el sentido del pasaje al decir «serán los dos una sola carne», indicando así que el matrimonio querido por Dios era el matrimonio monogámico. Jesús apeló también a este pasaje sobre el principio para enseñar la indisolubilidad de la unión matrimonial, aduciendo que «lo que Dios ha unido no lo separe el hombre» (Mt 19,5 y par.). Así lo enseña también la Iglesia: «Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor está establecida sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano, por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al bien, tanto de los esposos y de la prole, como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues el mismo Dios es el autor del matrimonio, al que ha dotado con bienes y fines varios» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 48).