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miércoles, 27 de febrero de 2019

No elogies a nadie antes de que hable (Si 27,4-7)


8º domingo del Tiempo ordinario – C. 1ª lectura
4Cuando se agita la criba, quedan las granzas, igual que los defectos cuando un hombre parlotea. 5 El horno prueba los vasos del alfarero, y la prueba del hombre está en su conversación. 6 El fruto muestra cómo se cultivó un árbol, así, la palabra, los pensamientos del corazón humano. 7 No alabes a un hombre antes de que hable, porque ésa es la prueba de los hombres.
Como en otras ocasiones, los proverbios recogidos en este capítulo, de los que estos cuatro son una muestra, reflejan muchas veces la sabiduría popular y así se invita a obrar no fiado sólo en el momento presente o guiado por un análisis superficial, pues las consecuencias de los actos pueden volverse contra uno (cfr por ejemplo 27,28 - 33). Sin embargo, el motivo profundo que guía a Sirácida es religioso: se trata de no pecar (cfr 26,25 - 27,1), de no hacer lo que odia el Señor (cfr 27,27), de seguir siempre la justicia (cfr 27,9).
También hay en estos versículos una invitación a saber hablar y a saber escuchar (27,12 - 24). El sabio, sensato y prudente, se manifiesta en el hablar. Tiene el arte de saber decir la verdad de la manera adecuada en cada momento, de modo que su conversación sea siempre amable y llena de delicadeza con todos, también cuando otros conducen la conversación por derroteros inoportunos. «La caridad y el respeto de la verdad deben dictar la respuesta a toda petición de información o de comunicación. El bien y la seguridad del prójimo, el respeto de la vida privada, el bien común, son razones suficientes para callar lo que no debe ser conocido, o para usar un lenguaje discreto. El deber de evitar el escándalo obliga con frecuencia a una estricta discreción. Nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla (cfr Si 27,17; Pr 25,9 - 10)» ( Catecismo de la Iglesia Católica , n. 2489).

miércoles, 26 de diciembre de 2018

El que teme al Señor honra a sus padres (Si 3,3-7.14-16)

Sagrada Familia. 1ª lectura
3 El Señor glorifica al padre en los hijos,
y establece la autoridad de la madre sobre la prole.
4 Quien honra al padre expía los pecados;
5 quien da gloria a la madre es como si juntara tesoros.
6 El que honra al padre recibirá alegría de sus hijos,
y será escuchado en el día de su plegaria.
7 Quien honra al padre vivirá largos días;
y quien obedece al Señor será el consuelo de su madre.
14 Hijo, socorre a tu padre en la vejez,
y no le entristezcas durante su vida.
15 Aunque perdiese el juicio, sé indulgente con él,
y no le desprecies cuando tú estés en pleno vigor;
16 pues la piedad con el padre no será olvidada,
sino que te servirá de disculpa frente a tus pecados.
La sabiduría tradicional invita a observar atentamente lo que sucede, para encontrar los modos más eficaces de alcanzar la felicidad. Desde esa perspectiva se contemplan ahora las relaciones de los hijos con sus padres: honrar a los padres trae beneficios.
Sin embargo, la perspectiva de Ben ­Sirac es, por encima de todo, religiosa. El Decálogo así lo establecía claramente: «Honra a tu padre y a tu madre, como te mandó el Señor, tu Dios, para que se alarguen tus días y te vaya bien en la tierra» (Dt 5,16; cfr Ex 20,12), y estos versículos son una preciosa glosa, en la que no se ahorran elogios para quien cumple delicadamente este mandamiento. Con todo, el v. 3 señala también un hondo motivo para vivir la piedad filial: los buenos hijos son, sobre todo, honra gloriosa para los padres. Con razón la liturgia de la Iglesia recoge estos versículos como primera lectura en la fiesta de la Sagrada Familia, pues Dios honró a Santa María y a San José con Jesús.
Finalmente (cfr vv. 14-16), el texto se detiene en los deberes de piedad filial cuando los padres no pueden valerse por sí mismos: «El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En la medida en que ellos pueden, deben pres­tarles ayuda material y moral en los años de vejez y durante sus enfermedades, y en momentos de soledad o de abatimiento. Jesús recuerda este deber de gratitud (cfr Mc 7,10-12)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2218).

lunes, 11 de septiembre de 2017

No tengas en cuenta los errores del prójimo (Sir 27,30; 28,1-7)


24º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
30 Rencor y cólera, ambos son detestables,
y el hombre pecador los tendrá dentro.
28,1El que es vengativo, hallará venganza del Señor,
Él le tendrá siempre presentes sus pecados.
2Perdona a tu prójimo la ofensa,
y así, por tu oración, te serán perdonados los pecados.
3 ¿Hombre que a hombre guarda rencor,
cómo osará pedir al Señor la curación?
4 El hombre que no tiene misericordia con su semejante,
¿cómo se atreve a rezar por sus propios pecados?
5  Si él, siendo mortal, guarda rencor,
¿quién le perdonará sus pecados?
¿Y pide a Dios la reconciliación?
6 Recuerda tus postrimerías y dejarás de odiar:
son corrupción y muerte; así cumplirás los mandatos.
7 Recuerda los preceptos, y no te enojes con el prójimo.
Recuerda la Alianza del Altísimo,
y no tengas en cuenta los errores del prójimo.
En este pasaje se agrupan algunas sentencias con un motivo común: no hay que buscar la discordia, sino la reconciliación y la paz. Las primeras (vv. 1-5) se refieren al perdón: hay que perdonar para poder ser perdonado. Luego se exponen los motivos singulares para no mantener el ánimo irritado contra el prójimo: hay que «recordar» quiénes somos y qué ha hecho Dios con nosotros.
Parece claro que nuestro Señor tenía presentes estos u otros consejos semejantes al enseñar en el Padrenuestro: «perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12; cfr también Mt 6,14). «La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (cfr Mt 5,43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su Maes­tro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2844). Y San Juan Crisóstomo citando 28,2-4 escribe: «Aunque no les causes ningún mal [a los enemigos], si les miras con poca benevolencia, conservando viva la herida dentro del alma, entonces tú no observas el mandamiento ordenado por Cristo. ¿Cómo es posible pedir a Dios que te sea propicio cuando no te has mostrado misericordioso, también tú, con quien te ha faltado?» (De compunctione 1,5).

lunes, 6 de febrero de 2017

Si guardas los mandamientos, ellos te guardarán (Si 15,16-21)

6º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
16 Si quieres cumplir los mandatos, ellos te protegerán;
si tienes fe en Él, también vivirás.
17 Él ha puesto ante ti fuego y agua;
adonde quieras extenderás tu mano.
18 Ante los hombres están la vida y la muerte,
el bien y el mal;
a cada uno se le dará lo que le plazca.
19 Grande es la sabiduría del Señor;
es el más fuerte en poder y lo ve todo.
20 Sus ojos miran a aquellos que le temen,
y conoce cualquier acción humana.
21 Él no ha mandado a nadie que sea impío,
y a nadie ha dado licencia para pecar.
El maestro de Israel se detiene ahora en unas sentencias en torno a la libertad y la responsabilidad de los hombres. Dios dio al hombre la libertad (Si 14,14) y también los mandamientos para facilitarle el acertar en sus decisiones (v. 15). La Ley de Dios no coarta la libertad humana, pues no limita su capacidad de elección, sino que enseña a utilizar con provecho el libre albedrío. Los mandamientos del Señor protegen la verdadera libertad (v. 16). Por eso, Juan Pablo II puntualiza: «La verdadera autonomía moral del hombre no significa en absoluto el rechazo, sino la aceptación de la ley moral, del mandato de Dios (...). La libertad del hombre y la ley de Dios se encuentran y están llamadas a compenetrarse entre sí, en el sentido de la libre obediencia del hombre a Dios y de la gratuita benevolencia de Dios al hombre» (Veritatis splendor, n. 41).
Aunque en ocasiones la seducción del pecado pueda dificultar la toma de decisiones, siempre queda en manos del hombre la decisión de optar por el bien o por el mal. «Las tentaciones se pueden vencer y los pecados se pueden evitar porque junto con los mandamientos el Señor nos da la posibilidad de observarlos: “Sus ojos están sobre los que le temen, él conoce todas las obras del hombre. A nadie ha mandado ser impío, a nadie ha dado licencia de pecar” (Si 15,19-20). La observancia de la ley de Dios, en determinadas situaciones, puede ser difícil, muy difícil: sin embargo jamás es imposible. Ésta es una enseñanza constante de la tradición de la Iglesia, expresada así por el Concilio de Trento: “Nadie puede considerarse desligado de la observancia de los mandamientos, por muy justificado que esté; nadie puede apoyarse en aquel dicho temerario y condenado por los Padres: que los mandamientos de Dios son imposibles de cumplir por el hombre justificado. ‘Porque Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas’ y te ayuda para que puedas. ‘Sus mandamientos no son pesados’ (1 Jn 5,3), ‘su yugo es suave y su carga ligera’ (Mt 11,30)”» (Veritatis splendor, n. 102).

lunes, 17 de octubre de 2016

La oración del humilde traspasa las nubes (Si 35,12-14.16-18)

30º domingo del Tiempo ordinario – C. 1ª lectura
12  El Señor es juez,
y en Él no cuenta la categoría de las personas,
13 ni hace acepción de personas contra el pobre,
pero, en cambio, escucha la plegaria del oprimido.
14 No desestima la súplica del huérfano,
ni de la viuda, cuando se desahoga en lamentos.
16 El que sirve a Dios será escuchado con benevolencia,
su plegaria subirá hasta las nubes.
17 La oración del humilde traspasa las nubes,
y hasta que no alcanza su fin no se contenta,
18  ni desiste hasta que el Altísimo la atienda,
y haga justicia a los justos dictando sentencia.
El Sirácida dice quién es Dios —un buen pagador, juez justo, que retribuye a cada uno según sus obras— y quién es el escuchado por Dios: el que da con generosidad, el oprimido, el huérfano y la viuda, el que le sirve, el humilde.
La mayor parte de estas cualidades —tanto las de Dios como las de quien se dirige a Él— las ve el lector del Nuevo Testamento compendiadas en la actitud de Jesús con los enfermos, pecadores y desvalidos.

lunes, 22 de agosto de 2016

La sabiduría de la gente sencilla (Si 3,17-18.20.28-29)

22º domingo del Tiempo ordinario – C. 1ª lectura
17  Hijo, haz las cosas con mansedumbre,
y serás amado por el hombre de valía.
18 Cuanto más grande seas, tanto más debes humillarte,
y encontrarás gracia ante el Señor.
20 porque el poder del Señor es grande,
y es alabado por los humildes.
28 Para llaga de soberbio no hay curación,
porque la planta del mal ha echado en él sus raíces.
29 El corazón del prudente meditará los proverbios,
y oído atento es lo que desea el sabio.
Corazón sabio y prudente se guardará de pecar,
y por la buenas obras prosperará.
El texto trata de una virtud fundamental para el amante de la sabiduría: la humildad para reconocer las propias carencias y abrirse confiadamente con ánimo de aprender. En el contexto en que Ben Sirac escribió su obra, la filosofía griega y los nuevos conocimientos deslumbraban a muchos. Algunos abandonaban la Ley de Dios y la enseñanza tradicional de Israel para seguir a los maestros extranjeros. El orgullo de la razón, que se consideraba capaz de encontrar respuestas para todo, les impedía acoger con sencillez las verdades que Dios había puesto al alcance de quienes lo buscan sinceramente.
Forma parte del legado del Antiguo Testamento la idea de que Dios concede su favor a los humildes (cfr Pr 3,34; Sal 25,14). El Nuevo Testamento pone en boca de Santa María en el canto del Magnificat una expresión llena de gozo al experimentar esa realidad. La Virgen se siente humilde esclava del Señor y proclama que Dios la ha favorecido escogiéndola como instrumento para manifestar la salvación a su pueblo. De ahí que pueda clamar: «Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,48).
En la línea de los consejos del Sirácida grandes pensadores como San Buenaventura han visto la necesidad ineludible de la piedad humilde para alcanzar la verdad: «No es suficiente la lectura sin el arrepentimiento, el conocimiento sin la devoción, la búsqueda sin el impulso de la sorpresa, la prudencia sin la capacidad de abandonarse a la alegría, la actividad disociada de la religiosidad, el saber separado de la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio no sostenido por la divina gracia, la reflexión sin la sabiduría inspirada por Dios» (Itinerarium mentis in Deum, Prol. 4).

sábado, 2 de enero de 2016

La Sabiduría eterna pone su morada entre los hombres (Sir 24,1-4.12-16)

Domingo 2º después de Navidad. 1ª lectura
1 La sabiduría se elogia por sí misma
y se gloría en medio de su pueblo.
2 Abre su boca en la asamblea del Altísimo
y, en presencia de su majestad, se gloría.
3 En medio de su pueblo será ensalzada,
en la totalidad de los santos será admirada,
4 en la multitud de los elegidos recibirá alabanza,
y entre los bienaventurados será bendita.
12 Entonces, el creador del universo me dio una orden,
el que me creó me hizo reposar mi tienda,
13 y me dijo: «¡Pon tu morada en Jacob,
y toma como herencia a Israel!».
14 Antes de los siglos, en el principio, Él me creó,
y por los siglos no dejaré de existir.
15 En el tabernáculo santo, en su presencia, le di culto,
y así me establecí en Sión.
En la ciudad amada me dio descanso,
y en Jerusalén está mi potestad.
16 Arraigué en un pueblo glorioso,
en la porción del Señor, en su heredad,
en la reunión de los santos hago mi parada.
Muchos autores ven en este capítulo el centro del libro del Eclesiástico. Lo es desde el punto de vista literario —como en muchas obras literarias de la antigüedad donde el argumento principal del libro se situaba en el centro—, pero, sobre todo, lo es por su contenido. Estos versículos contienen uno de los más bellos y ricos textos de la obra de Ben Sirac. Se trata de un elogio que la sabiduría hace de sí misma, proclamando que procede de la boca del Altísimo (v. 5), busca un lugar donde plantar su morada en la tierra (v. 11) y lo encuentra en el Templo de Jerusalén (v. 15). Allí arraigó (vv. 16-23) y desde allí mostró el camino a seguir (vv. 24-31). 
Leídos estos textos a la luz del Nuevo Testamento se aprecia, como en Pr 8,22-31 antes citado, un avance hacia la plena manifestación de la Sabiduría de Dios en Cristo. En efecto, la Sabiduría está íntimamente unida a Dios pero es una persona distinta de Él, que procede de su boca —es su Palabra—. Se prepara así lo que se entenderá más a fondo en el contexto de la teología de la Trinidad.
El autor del Prólogo del cuarto evangelio (Jn 1,1-18) seguramente tenía estas ideas en la cabeza cuando más tarde afirmó que este recorrido de la Sabiduría no acabó en la Ley, sino que, finalmente, el Verbo, la Sabiduría de Dios, se ha hecho carne (Jn 1,14) en Jesucristo, lo que significa que los hombres encuentran en Él la plenitud (Jn 1,16) de la gracia —de los dones de Dios— y de la verdad (Jn 1,17).