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lunes, 12 de noviembre de 2018

Con una sola oblación hizo perfectos para siempre a los que son santificados (Hb 10,11-14.18)


33º domingo del Tiempo ordinario – B. 2ª lectura
11 Mientras todo sacerdote se mantiene en pie día tras día para celebrar el culto y ofrecer muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden borrar los pecados, 12 él, en cambio, ofreció un solo sacrificio por los pecados y se sentó para siempre a la diestra de Dios, 13 y sólo le queda esperar que sus enemigos le sean puestos como estrado de sus pies; 14 porque con una sola oblación hizo perfectos para siempre a los que son santificados. 18 Ahora bien, donde hay remisión de pecados ya no hay ofrenda por ellos.
El sacrificio de Jesucristo es superior a los sacrificios de la Antigua Ley. Éstos tenían que reiterarse (cfr vv. 1-4) y no podían borrar los pecados (v. 11). En cambio, el sacrificio de Cristo en la cruz es único y perfecto «para siempre» (vv. 12-14). Los que participan de él alcanzan la perfección, es decir, el perdón de los pecados, la pureza de conciencia y el acceso y la unión con Dios. En otras palabras, la santidad deriva del sacrificio del Calvario.
Conviene recordar que la Santa Misa es la renovación de este único sacrificio de Cristo, pero no reiteración al modo de los antiguos sacrificios: «El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: “Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a sí misma entonces sobre la cruz; sólo difiere la manera de ofrecer” (Cc. de Trento: DS 1743)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1367).

lunes, 13 de agosto de 2018

Quien come este pan vivirá eternamente (Jn 6,51-58)


20º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
51 Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
52 Los judíos se pusieron a discutir entre ellos:
—¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
53 Jesús les dijo:
—En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. 55 Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. 57 Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. 58 Éste es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente.
En esta segunda parte del discurso, Cristo revela el misterio de la Eucaristía. Sus palabras son de un realismo tan fuerte que excluyen cualquier interpretación en sentido figurado. Los oyentes entienden el sentido propio y directo de las palabras de Jesús (v. 52), pero no creen que tal afirmación pueda ser verdad. De haberlo entendido en sentido figurado o simbólico no les hubiera causado tan gran extrañeza ni se hubiera producido la discusión. De aquí también nace la fe de la Iglesia en que mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. «El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación” (DS 1642)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1376).
Tres veces (cfr vv. 31-32.49.58) compara Jesús el verdadero Pan de Vida, su propio Cuerpo, con el maná, con el que Dios había alimentado a los hebreos diariamente durante cuarenta años en el desierto. Así, hace una invitación a alimentar frecuentemente nuestra alma con el manjar de su Cuerpo: «De la comparación del Pan de los Ángeles con el pan y con el maná fácilmente podían los discípulos deducir que, así como el cuerpo se alimenta de pan diariamente, y cada día eran recreados los hebreos con el maná en el desierto, del mismo modo el alma cristiana podría diariamente comer y regalarse con el Pan del Cielo. A más de que casi todos los Santos Padres de la Iglesia enseñan que el “pan de cada día”, que se manda pedir en la oración dominical, no tanto se ha de entender del pan material, alimento del cuerpo, cuanto de la recepción diaria del Pan Eucarístico» (S. Pío X, Sacra Tridentina Synodus, 20-XII-1905).

El banquete de la sabiduría (Pr 9,1-6)


20º domingo del Tiempo ordinario – B. 1ª lectura
1 La Sabiduría edificó su casa,
asentó sus siete columnas;
2 inmoló sus víctimas, mezcló su vino,
preparó su mesa.
3 Envió a sus criadas, y clama
desde la altura que domina la ciudad:
4 «Quien sea simple, venga acá».
A los faltos de seso les dice:
5 «Venid, comed de mi pan,
y bebed del vino que he mezclado.
6 Dejad la simpleza y viviréis,
avanzad por los caminos del discernimiento».
La introducción al libro de los Proverbios termina con una invitación de la Sabiduría a participar del banquete que ha preparado en su casa. La comida tiene un significado simbólico: es la enseñanza de los sabios, y la asimila quien la escucha (cfr Si 24,26-29; Ez 3).
Ese alimento prefigura el verdadero Pan de Vida (cfr Jn 4,14; 6,35) que Dios entregará a los hombres, y que es el Cuerpo del Verbo Encarnado, de la Sabiduría hecha hombre. Un antiguo autor cristiano pone esas palabras en boca de Jesucristo: «Tanto a los faltos de obras de fe como a los que tienen el deseo de una vida más perfecta, dice: “Venid, comed mi cuerpo, que es el pan que os alimen­ta y fortalece; bebed mi sangre, que es el vino de la doctrina celestial que os deleita y os diviniza; porque he mezclado de manera admirable mi sangre con la divinidad, para vuestra salvación”» (Procopio de Gaza, In librum Proverbiorum 9).
Las «siete columnas» de la casa de la Sabiduría (v. 1) podrían aludir a su perfección (el siete goza del simbolismo de cifra perfecta), pero más probablemente se refieren a las siete colecciones de proverbios que se incluyen en este libro después del Prólogo (1,1-9,18): la primera de Salomón (10,1-22,16), las Máximas de los sabios (22,17-24,22), otras Máximas de los sabios (24,23-34), la segunda de Salomón (25,1-29,27), las Palabras de Agur (30,1-14), los Proverbios numéricos (30,15-33) y las Palabras de Lemuel (31,1-9). Al ser siete las colecciones presentadas, se está simbolizando la perfección de la sabiduría enseñada en el libro, que abarca tanto la propia de Israel como la de los pueblos circundantes.

martes, 7 de agosto de 2018

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo (Jn 6,41-51)

19º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
41 Los judíos, entonces, comenzaron a murmurar de él por haber dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo». 42 Y decían:
—¿No es éste Jesús, el hijo de José, de quien conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo es que ahora dice: «He bajado del cielo»?
43 Respondió Jesús y les dijo:
—No murmuréis entre vosotros. 44 Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado, y yo le resucitaré en el último día. 45 Está escrito en los Profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Todo el que ha escuchado al que viene del Padre, y ha aprendido, viene a mí. 46 No es que alguien haya visto al Padre, sino que aquel que procede de Dios, ése ha visto al Padre. 47 En verdad, en verdad os digo que el que cree tiene vida eterna.
48 »Yo soy el pan de vida. 49 Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. 50 Éste es el pan que baja del cielo, para que si alguien lo come no muera. 51 Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
En esta primera parte del discurso, Jesús se presenta como el Pan de Vida. Sus palabras se refieren: 1) a la fe en Él; la fe es «ir hacia Jesús» (vv. 35. 37.44.45) aceptando sus signos (milagros) y sus palabras; y 2) a la resurrección de los creyentes (vv. 39.40.44.47), que se inicia en esta vida por la fe y se cumplirá plenamente al final de los tiempos.
Al decir Jesús que «serán todos enseñados por Dios» (v. 45), evoca a Is 54,13 y Jr 31,31-34, donde ambos profetas se refieren a la futura Alianza que establecerá Dios con su pueblo cuando llegue el Mesías, con cuya sangre quedará sellada para siempre, y que Dios escribirá en sus corazones.
El v. 42 menciona a San José por segunda y última vez en el evangelio, dejando constancia de la opinión común, aunque equivocada, de los que conocían a Jesús y le consideraban hijo de José el artesano (cfr 1,45; Mt 13,55; Lc 3,23; 4,22). El Señor, concebido por obra del Espíritu Santo en el seno virginal de María, sólo tiene como Padre al mismo Dios (cfr 5,18). Sin embargo, San José hizo las veces de padre de Jesús en la tierra, según los planes divinos (cfr notas a Mt 1,1-25): «A José no sólo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe más que a otro alguno. ¿Cómo era padre? Tanto más profundamente padre cuanto más casta fue su paternidad. Algunos pensaban que era padre de Nuestro Señor Jesucristo de la misma forma que son padres los demás, que engendran según la carne, y no sólo reciben a sus hijos como fruto de su afecto espiritual. Por eso dice San Lucas: Se pensaba que era padre de Jesús. ¿Por qué dice sólo se pensaba? Porque el pensamiento y el juicio humanos se refieren a lo que suele suceder entre los hombres. Y el Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José le nació un hijo de la Virgen María, que era Hijo de Dios» (S. Agustín, Sermones 51,20).

Levántate y come que te queda un largo camino (1 R 19,4-8)

19º domingo del Tiempo ordinario – B. 1ª lectura
4Luego anduvo una jornada por el desierto y vino a sentarse debajo de una retama. Y se deseó la muerte diciendo:
—Ya es demasiado, Señor, toma mi vida pues yo no soy mejor que mis padres.
5Se echó y se quedó dormido debajo de la retama. De pronto, un ángel le tocó y le dijo:
—Levántate y come.
6Miró a su cabecera y había una torta asada y un jarro de agua. Él comió y bebió; luego se volvió a echar. 7El ángel del Señor volvió a tocarle por segunda vez y le dijo:
—Levántate y come porque te queda un camino demasiado largo.
8Se levantó, comió y bebió; y con las fuerzas de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.
Elías repite en cierto modo el camino del pueblo elegido al salir de Egipto perseguido por el faraón. El alimento que le da el ángel también ha sido visto en la tradición de la Iglesia como una figura de la Eucaristía ya que «los fieles, mientras viven en este mundo, por la gracia de este sacramento disfrutan de suma paz y tranquilidad de conciencia; reanimados después con su virtud suben a la gloria y bienaventuranza eterna, a la manera de Elías, quien, fortalecido con el pan cocido debajo de la ceniza, anduvo (cuarenta días y cuarenta noches) hasta llegar al Horeb, monte de Dios, cuando se le acercó el tiempo de salir de esta vida» (Catecismo Romano 2,4,54).

lunes, 30 de julio de 2018

El Pan de vida (Jn 6,24-35)


18º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
24 Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún buscando a Jesús. 25 Y al encontrarle en la otra orilla del mar, le preguntaron:
—Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?
26 Jesús les respondió:
—En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis no por haber visto los signos, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado. 27 Obrad no por el alimento que se consume sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello.
28 Ellos le preguntaron:
—¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?
29 Jesús les respondió:
—Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado.
30 Le dijeron:
—¿Y qué signo haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? 31 Nuestros padres comieron en el desierto el maná, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo.
32 Les respondió Jesús:
—En verdad, en verdad os digo que Moisés no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del cielo. 33 Porque el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo.
34 —Señor, danos siempre de este pan —le dijeron ellos.
35 Jesús les respondió:
—Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed.
Este discurso de Jesús se abre con una introducción a modo de diálogo entre Él y los judíos, donde se revela cuáles son los bienes mesiánicos que Él trae. Los interlocutores creían que el maná —alimento que diariamente recogían los hebreos en su caminar por el desierto (cfr Ex 16,13ss.)— era símbolo de los bienes que traería el Mesías; por eso piden a Jesús que realice un portento semejante al del maná. Pero no po­dían ni siquiera sospechar que el maná sólo era figura del gran don mesiánico que Dios iba a comunicar a los hombres: su propio Hijo presente en el misterio de la Sagrada Eucaristía. En el diálogo, Jesús intenta conducirles a un acto de fe en Él, para después revelarles abiertamente el misterio de su presencia en la Eucaristía.
«A éste lo confirmó Dios Padre con su sello» (v. 27). Con esta frase alude el Señor a la condición por la que sólo Él, el Hijo del Hombre, puede dar a los hombres los dones mencionados: porque siendo Jesús Dios y hombre, su naturaleza humana es el instrumento por el que actúa la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Santo Tomás de Aquino comenta así esta frase: «Lo que el Hijo del Hombre dará, lo posee en cuanto supera a todos los demás hombres por su singular y eminente plenitud de gracia (...). Cuando un sello se imprime en la cera, ésta recibe toda la forma del sello. Así el Hijo recibió toda la forma del Padre. Y esto de dos modos: uno eterno (generación eterna), del cual no se habla aquí porque el sello y lo sellado son de distinta naturaleza. El otro, que es el que hay que entender aquí, es el misterio de la Encarnación, por el que Dios Padre imprimió en la naturaleza humana el Verbo, que es resplandor y sello de su sustancia, como dice Hebreos (1,3)» (Super Evangelium Ioannis, ad loc.).

lunes, 23 de julio de 2018

La multiplicación de los panes (Jn 6,1-15)


17º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
1 Después de esto partió Jesús a la otra orilla del mar de Galilea, el de Tiberíades. 2 Le seguía una gran muchedumbre porque veían los signos que hacía con los enfermos. 3 Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. 4 Pronto iba a ser la Pascua, la fiesta de los judíos.
5 Jesús, al levantar la mirada y ver que venía hacia él una gran muchedumbre, le dijo a Felipe:
—¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos? 6 —lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer.
7 Felipe le respondió:
—Doscientos denarios de pan no bastan ni para que cada uno coma un poco.
8 Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo:
9 —Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?
10 Jesús dijo:
—Mandad a la gente que se siente —había en aquel lugar hierba abundante.
Y se sentaron un total de unos cinco mil hombres. 11 Jesús tomó los panes y, después de dar gracias, los repartió a los que estaban sentados, e igualmente les dio cuantos peces quisieron.
12 Cuando quedaron saciados, les dijo a sus discípulos:
—Recoged los trozos que han sobrado para que no se pierda nada.
13 Y los recogieron, y llenaron doce cestos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.
14 Aquellos hombres, viendo el signo que Jesús había hecho, decían:
—Éste es verdaderamente el Profeta que viene al mundo.
15 Jesús, conociendo que estaban dispuestos a llevárselo para hacerle rey, se retiró otra vez al monte él solo.
En el Evangelio de Juan sólo se recogen siete milagros de Jesús. El autor sagrado elige aquellos que le van mejor a su propósito de mostrar algunas facetas del misterio de Cristo. El milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, unos días antes de la Pascua, prefigura la Pascua cristiana y el misterio de la Eucaristía y está puesto en relación directa con el discurso de Cafarnaún sobre el Pan de Vida (6,26-58), en el que Jesús promete darse Él mismo como alimento de nuestra alma. Tal relación queda sub­rayada por las palabras del v. 11, que son casi las mismas con las que los sinópticos y San Pablo narran el comienzo de la institución de la Eucaristía (cfr Mt 26,26; Mc 14,22; Lc 22,14 y 1 Co 11,23-24).
Jesús es sensible a las necesidades espirituales y materiales de los hombres (v. 5). Aquí le vemos tomando la iniciativa para satisfacer el hambre de aquella multitud que le sigue. Con los diálogos y el milagro que va a realizar, Jesús enseña también a sus discípulos a confiar en Él ante las dificultades que encontrarán en sus futuras tareas apostólicas, emprendiéndolas con los medios que tengan, aunque sean insuficientes, como en este caso lo eran los cinco panes y los dos peces (v. 9). Él aportará lo que falta. En la vida cristiana hay que poner al servicio del Dios lo que tengamos, aunque nos parezca muy poco. El Señor sabrá multiplicar la eficacia de esos medios tan insignificantes: «Él [Jesús] no contaba con una cantidad suficiente de bienes materiales, sino con su generosidad al ofrecer lo poco que poseían. (...) Lo que la razón humana no se atrevía a esperar, con Jesús se hizo realidad gracias al corazón generoso de un muchacho» (Juan Pablo II, Mensaje 8-IX-97).
La reacción ante el milagro (v. 14) muestra que los que se beneficiaron de aquel prodigio reconocieron a Jesús como el Profeta, el Mesías prometido en el Antiguo Testamento (cfr Dt 18,15), pero pensaron en un mesianismo terreno y nacionalista: quisieron hacerle rey porque consideraron que el Mesías había de traerles abundancia de bienes terrenos y librarlos de la dominación romana.
El Señor, que más adelante (6,26-27) explicará el verdadero sentido de la multiplicación de los panes y los peces, se limita a huir de aquel lugar, para evitar una proclamación popular ajena a su verdadera misión. En el diálogo con Pilato (cfr 18,36) explicará que su Reino «no es de este mundo». «Los Evangelios muestran claramente cómo para Jesús era una tentación lo que alterara su misión de Servidor de Yahwéh (cfr Mt 4,8; Lc 4,5). No acepta la posición de quienes mezclaban las cosas de Dios con actitudes meramente políticas (cfr Mt 22,21; Mc 12,17; Jn 18,36) (...). La perspectiva de su misión es mucho más profunda. Consiste en la salvación integral por un amor transformante, pacificador, de perdón y reconciliación. No cabe duda, por otra parte, que todo esto es muy exigente para la actitud del cristiano que quiere servir de verdad a los hermanos más pequeños, a los pobres, a los necesitados, a los marginados; en una palabra, a todos los que reflejan en sus vidas el rostro doliente del Señor (cfr Lumen gentium, n. 8)» (Juan Pablo II, Discurso al episcopado latinoamericano, 28-I-1979).

lunes, 28 de mayo de 2018

Institución de la Eucaristía (Mc 14,12-16.22-26)


Corpus Christi – B. Evangelio
12 El primer día de los Ácimos, cuando sacrificaban el cordero pascual, le dicen sus discípulos:
—¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?
13 Entonces envía dos de sus discípulos, y les dice:
—Id a la ciudad y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidle, 14 y allí donde entre decidle al dueño de la casa: «El Maestro dice: “¿Dónde tengo la sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?”» 15 Y él os mostrará una habitación en el piso de arriba, grande, ya lista y dispuesta. Preparádnosla allí.
16 Y marcharon los discípulos, llegaron a la ciudad, lo encontraron todo como les había dicho, y prepararon la Pascua.
22 Mientras cenaban, tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, se lo dio a ellos y dijo:
—Tomad, esto es mi cuerpo.
23 Y tomando el cáliz, habiendo dado gracias, se lo dio y todos bebieron de él. 24 Y les dijo:
—Ésta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos. 25 En verdad os digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba de nuevo en el Reino de Dios.
26 Después de recitar el himno, salieron hacia el Monte de los Olivos.
Marcos es el más sobrio de los evangelios sinópticos a la hora de narrar la institución de la Eucaristía (cfr Mt 26,26-29; Lc 22,14-20 y notas). De todas formas, a la luz de la muerte y la resurrección, el sentido sacrificial de los gestos y palabras de Jesucristo debió ser claro para los Apóstoles: «La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres por medio del “cordero que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29) y el sacrificio de la Nueva Alianza que devuelve al hombre a la comunión con Dios reconciliándole con Él por “la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26,28)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 613). Este sacrificio es, propiamente, el sacrificio de la cruz, en el que Cristo es a la vez ­Sacerdote y Víctima. En la Última Cena, Jesús lo anticipa de modo incruento, y en la Santa Misa se renueva, ofreciéndose, también de modo incruento, la víctima, ya inmolada en la Cruz. El Concilio de Trento lo propone así: «Si alguno dijere que en el Sacrificio de la Misa no se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio, o que el ofrecerlo no es otra cosa que el dársenos a comer Cristo, sea anatema» (De SS. Missae sacrificio, can. 1).
Las palabras del Señor excluyen cualquier interpretación en sentido simbólico o metafórico. Así lo ha entendido desde siempre la Iglesia: «Esto es mi cuerpo. A saber, lo que os doy ahora y que ahora tomáis vosotros. Porque el pan no solamente es figura del Cuerpo de Cristo, sino que se convierte en este mismo Cuerpo, según ha dicho el Señor: El pan que yo daré es mi propia carne (Jn 6,51). Por eso el Señor conserva las especies de pan y vino, pero convierte a éstos en la realidad de su carne y de su sangre» (Teo­filacto, Enarratio in Evangelium Marci, ad loc.).

Cristo selló con su sangre para siempre la Nueva Alianza (Hb 9,11-15)

Corpus Christi – B. 2ª lectura
11 Pero Cristo, al presentarse como Sumo Sacerdote de los bienes futuros a través de un Tabernáculo más excelente y perfecto —no hecho por mano de hombre, es decir, no de este mundo creado— 12 y a través de su propia sangre —no de la sangre de machos cabríos y becerros—, entró de una vez para siempre en el Santuario y consiguió así una redención eterna. 13 Porque si la sangre de machos cabríos y toros y la aspersión de la ceniza de una vaca pueden santificar a los impuros para la purificación de la carne, 14 ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo como víctima inmaculada a Dios, limpiará de las obras muertas nuestra conciencia para dar culto al Dios vivo!
15 Y por esto es mediador de una nueva alianza, de modo que, al haber muerto para redimir las transgresiones cometidas bajo la primera alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida.
En la Antigua Ley tanto el sacrificio expiatorio como el ritual de una alianza exigían el derramamiento de sangre. El autor sagrado manifiesta que la mediación sacerdotal de Cristo es la única que puede lograr el perdón de los pecados y el acceso de los hombres a Dios, porque derramó su propia sangre para ratificar la Nueva Alianza (vv. 11-14), y así nos abrió con su cuerpo resucitado —el «Tabernáculo» (v. 11; cfr Jn 2,19-22)— las puertas del cielo. «Espíritu eterno» (v. 14) puede referirse a la divinidad presente en Cristo o al Espíritu Santo, que «actuó de manera especial en esta autodonación absoluta del Hijo del hombre para transformar el sufrimiento en amor redentor» (Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, n. 40). El cristiano puede hacer también de su vida un sacrificio para Dios, uniéndose al sacrificio de Cristo: «Por Él, que se dignó hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la presencia de Dios» (S. Fulgencio de Ruspe, Epistulae 14,36).
Los términos «alianza» y «testamento» de los vv. 15-17 traducen la misma palabra griega diatheke. Esta palabra, que literalmente significa «disposición», era la que utilizaron las traducciones al griego del Antiguo Testamento para designar la Alianza en el Sinaí. El autor de la carta utiliza estos dos sentidos —pacto y disposición final (testamento)— para enseñar que la muerte de Cristo en la cruz era un verdadero sacrificio de Alianza, como lo fue el del Sinaí (vv. 18-22; cfr Ex 24,3-8). Enseña también que la muerte de Cristo es la última disposición de Dios: otorgar a los hombres la herencia del cielo (vv. 23-28).
En todo el pasaje se revela el poder redentor de la sangre de Cristo, ante la que nos debemos conmover, como se conmovieron los santos: «Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 7,4). «¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Em­pezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. (...) El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escon­dido y me alegro con la riqueza ha­llada» (S. Juan Crisóstomo, Catecheses ad illuminandos 3,16). Y Santa Catalina de Siena escribe: «Anégate en la sangre de Cristo crucificado; báñate en su sangre; sáciate con su sangre; embriágate con su sangre; vístete de su sangre; duélete de ti mismo en su sangre; alégrate en su sangre; crece y fortifícate en su sangre; pierde la debilidad y la ceguera en la sangre del Cordero inmaculado; y con su luz, corre como caballero viril, a buscar el honor de Dios, el bien de su santa Iglesia y la salud de las almas, en su sangre» (Cartas 333).

La sangre de la Alianza (Ex 24,3-8)

Corpus Christi – B. 1ª lectura
3 Vino, pues, Moisés y contó al pueblo todas las palabras del Señor y todas las normas. Y el pueblo entero respondió a una sola voz:
—Haremos todo lo que ha dicho el Señor.
4 Luego Moisés escribió todas las palabras del Señor y, levantándose temprano por la mañana, construyó al pie de la montaña un altar y doce estelas por las doce tribus de Israel. 5 Mandó a algunos jóvenes de los hijos de Israel que ofrecieran holocaustos y que inmolaran novillos como sacrificio de comunión en honor del Señor. 6 Entonces Moisés tomó la mitad de la sangre y la echó en unos recipientes; la otra mitad la vertió sobre el altar. 7 Tomó después el libro de la alianza y lo leyó a oídos del pueblo, que respondió:
—Haremos y obedeceremos todo lo que ha dicho el Señor.
8 A continuación tomó Moisés la sangre y roció con ella al pueblo, diciendo:
—Ésta es la sangre de la alianza que ha hecho el Señor con vosotros de acuerdo con todas estas palabras.
El rito tiene lugar en la falda del monte; sólo Moisés es el intermediario, pero los protagonistas son Dios y su pueblo. La ceremonia tiene dos partes: la lectura y aceptación de las cláusulas de la Alianza (vv. 3-4), es decir, las palabras (De­cálogo) y las normas (el denominado Código de la Alianza); y, por otra parte, el sacrificio que sella el pacto. A partir de aquí, en la tradición bíblica, disposiciones legales y Alianza mosaica irán siempre unidas, como manifestación de que toda la ordenación jurídica de Israel se basa en la voluntad expresa del Dios de la Alianza.
La aceptación de las cláusulas se hace con toda solemnidad, usando la fórmula ritual: «Haremos todo lo que ha dicho el Señor». El pueblo, que ya había pronunciado este compromiso (19,8), lo repite al escuchar el discurso de Moisés (v. 3) y en el momento previo a ser rociado con la sangre del sacrificio. Queda así asegurado el carácter vinculante del pacto.
El sacrificio conserva rasgos muy ar­caicos: el altar construido para la ocasión (v. 4; cfr 20,25); las doce estelas colocadas probablemente alrededor del altar; los jóvenes, y no los sacerdotes, que inmolan las víctimas; y, sobre todo, el rito con la sangre que centra toda la ceremonia.
Al distribuir la sangre a partes iguales entre el altar, que representa a Dios, y el pueblo, se quiere significar que ambos se comprometen a las exigencias de la Alianza. Hay datos de que los pueblos nó­madas sellaban sus pactos con sangre de animales sacrificados. Pero en la Biblia no hay vestigios de este uso de la sangre. El significado de este rito es probablemente más profundo: puesto que la sangre, que significa la vida (cfr Gn 9,4), pertenece sólo a Dios, únicamente debía de­rramarse sobre el altar, o usarse para un­gir a las personas consagradas al Señor, como los sacerdotes (cfr Ex 29,19-22). Cuando Moisés rocía con la sangre del sacrificio al pueblo entero, lo está consagrando, haciendo de él «propiedad divina y reino de sacerdotes» (cfr 19,3-6). La Alianza, por tanto, no es únicamente el compromiso de cumplir los preceptos, sino, ante todo, el derecho a pertenecer a la nación santa, posesión de Dios. Jesucristo, en la Última Cena, al instituir la Eucaristía, utiliza los mismos términos, «sangre de la Nueva Alianza», indicando la naturaleza del nuevo pueblo de Dios, que, habiendo sido redimido, es en plenitud «pueblo santo de Dios» (cfr Mt 26,27 y par.; 1 Co 11,23-25).
El Concilio Vaticano II enseña la relación de esta Alianza con la Nueva, precisando el carácter del verdadero pueblo de Dios que es la Iglesia: «(Dios) eligió como suyo al pueblo de Israel, pactó con él una Alianza y le instruyó gradualmente revelándose en Sí mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo y santificándolo para Sí. Pero todo esto sucedió como preparación y figura de la Alianza nueva y perfecta que había de pactarse con Cristo y de la revelación completa que había de hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne. (...) Este pacto nuevo, a saber, el nuevo Testamento en su sangre (cfr 1 Co 11, 25), lo estableció Cristo convocando un pueblo de judíos y gentiles, que se uniera no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera el nuevo Pueblo de Dios» (Lumen Gentium, nn. 4 y 9).

martes, 27 de marzo de 2018

Los amó hasta el fin (Jn 13,1-15)

Jueves Santo. Cena del Señor – Evangelio
1 La víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. 2 Y mientras celebraban la cena, cuando el diablo ya había sugerido en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, que lo entregara, 3 como Jesús sabía que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, 4 se levantó de la cena, se quitó la túnica, tomó una toalla y se la puso a la cintura. 5 Después echó agua en una jofaina, y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había puesto a la cintura.
6 Llegó a Simón Pedro y éste le dijo:
—Señor, ¿tú me vas a lavar a mí los pies?
7 —Lo que yo hago no lo entiendes ahora —respondió Jesús—. Lo comprenderás después.
8 Le dijo Pedro:
—No me lavarás los pies jamás.
—Si no te lavo, no tendrás parte conmigo —le respondió Jesús.
9 Simón Pedro le replicó:
—Entonces, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.
10 Jesús le dijo:
—El que se ha bañado no tiene necesidad de lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos 11 —como sabía quién le iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».
12 Después de lavarles los pies se puso la túnica, se recostó a la mesa de nuevo y les dijo:
—¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13 Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y tenéis razón, porque lo soy. 14 Pues si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. 15 Os he dado ejemplo para que, como yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros.
El capítulo comienza señalando la importancia del momento. La Pascua, que conmemoraba la liberación de la esclavitud del pueblo hebreo de la opresión del Faraón, era figura de la obra que Jesucristo venía a realizar: redimir a los hombres de la esclavitud del pecado, mediante su sacrificio en la cruz. La Pascua, explica San Beda, «en sentido místico significa que el Señor habría de pasar de este mundo al Padre, y que siguiendo su ejemplo, los fieles, desechados los deseos temporales y la servidumbre de los vicios por el continuo ejercicio de las virtudes, deben pasar a la patria celeste prometida» (In Ioannis Evangelium expositio, ad loc.).
Jesús sabía cuanto iba a ocurrir y que su muerte y resurrección eran inminentes (cfr 18,4); por eso, sus palabras adquieren un tono especial de confidencia y amor hacia aquellos que dejaba en el mundo: «El mismo Señor quiso dar a aquella reunión tal plenitud de significado, tal riqueza de recuerdos, tal conmoción de palabras y de sentimientos, tal novedad de actos y de preceptos, que nunca terminaremos de meditarlos y explorarlos. Es una cena testamentaria; es una cena afectuosa e inmensamente triste, al tiempo que misteriosamente reveladora de promesas divinas, de visiones supremas. Se echa encima la muerte, con inauditos presagios de traición, de abandono, de inmolación; la conversación se apaga enseguida, mientras la palabra de Jesús fluye continua, nueva, extremadamente dulce, tensa en confidencias supremas, cerniéndose así entre la vida y la muerte» (Pablo VI, Homilía Jueves Santo, 27-III-1975).
Lo que Cristo hizo por los suyos puede resumirse en la frase «los amó hasta el fin» (v. 1). Indica la intensidad del amor de Cristo que llega hasta dar su vida. Es más, ese amor no termina con su muerte porque Él vive, y desde su resurrección gloriosa nos sigue amando infinitamente. «El “amor hasta el extremo” (Jn 13,1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (...). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 616).
En el lavatorio de los pies, el Señor se humilla realizando una tarea propia de los esclavos de la casa. El pasaje recuerda el himno de la Carta a los Filipenses: «Cristo Jesús... siendo de condición divina... se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo...» (Flp 2,6-7). Lavar los pies a sus discípulos tenía un profundo significado que San Pedro no podía entender entonces. Jesús, mediante aquel gesto, expresaba de modo sencillo y simbólico que no había «venido a ser servido, sino a servir», y que su servicio consistía en «dar su vida en redención de muchos» (Mc 10,45). Así da a entender a los Apóstoles, y en ellos a todos los que después formarían la Iglesia, que el servicio humilde a los demás hace al discípulo semejante al Maestro. «Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente “reinar” sólo “sirviendo”, a la vez, el “servir” exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el “reinar”» (Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 21).

Institución de la Eucaristía (1 Co 11,23-26)

Jueves Santo. Cena del Señor –  2ª lectura
23 Porque yo recibí del Señor lo que también os transmití: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, 24 y dando gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía». 25 Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía». 26 Porque cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga.
En la doctrina sobre la Eucaristía que aquí transmite San Pablo emerge la importancia de la Tradición apostólica (v. 23). Junto con los textos de Mt, Mc y Lc, los vv. 23-25 constituyen el cuarto relato de la institución de la Eucaristía que conserva el Nuevo Testamento. El texto contiene los puntos fundamentales de la fe cristiana sobre el misterio eucarístico: institución de este sacramento por Jesucristo, presencia real del Señor, institución del sacerdocio cristiano, y carácter sacrificial de la Eucaristía.
«Haced esto en conmemoración mía». Este mandato indica que la Eucaristía es recuerdo, renovación y actualización del sacrificio pascual del Calvario. La Iglesia ha visto en estas palabras la institución del sacerdocio cristiano: El Señor en la Última Cena «ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino, y bajo los símbolos de esas mismas cosas los entrego, para que los tomaran, a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, y a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio les mandó —con las palabras: Haced esto en conmemoración mía— que los ofrecieran. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia» (Conc. de Trento, De SS. Missae sacrificio, cap. 1; cfr can. 2).

lunes, 19 de marzo de 2018

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo (Mc 14,1 – 15,47)



Domingo de Ramos – B. Evangelio
15,22 Y le condujeron al lugar del Gólgota, que significa «lugar de la Calavera». 23 Y le daban a beber vino con mirra, pero él no lo aceptó.
24 Y le crucificaron y se repartieron sus ropas echando suertes sobre ellas para ver qué se llevaba cada uno. 25 Era la hora tercia cuando lo crucificaron. 26 Y tenía escrita la inscripción con la causa de su condena: «El Rey de los Judíos». 27 También crucificaron con él a dos ladrones: uno a su derecha y otro a su izquierda. (28)
29 Los que pasaban le injuriaban, moviendo la cabeza y diciendo:
—¡Eh! Tú que destruyes el Templo y lo edificas de nuevo en tres días, 30 sálvate a ti mismo, bajando de la cruz.
31 Del mismo modo, los príncipes de los sacerdotes se burlaban entre ellos a una con los escribas y decían:
—Salvó a otros, y a sí mismo no puede salvarse. 32 Que el Cristo, el Rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos.
Incluso los que estaban crucificados con él le insultaban.
33 Y cuando llegó la hora sexta, toda la tierra se cubrió de tinieblas hasta la hora nona. 34 Y a la hora nona exclamó Jesús con fuerte voz:
—Eloí, Eloí, ¿lemá sabacthaní? —que significa Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
35 Y algunos de los que estaban cerca, al oírlo, decían:
—Mirad, llama a Elías.
36 Uno corrió a empapar una esponja con vinagre, la sujetó a una caña y se lo daba a beber mientras decía:
—Dejad, veamos si viene Elías a bajarlo.
37 Pero Jesús, dando una gran voz, expiró.
38 Y el velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo.
39 El centurión, que estaba enfrente de él, al ver cómo había expirado, dijo:
—En verdad este hombre era Hijo de Dios.

Estos episodios de la pasión han sido objeto frecuente de meditación por parte de los santos. Leerlos es vivirlos y extraer propósitos para nuestra vida diaria: «Imitemos su pasión con nuestros padecimientos, honremos su sangre con nuestra sangre, subamos decididamente a su cruz. Si eres Simón Cireneo, coge tu cruz y sigue a Cristo. Si estás crucificado con Él como un ladrón, como el buen ladrón confía en tu Dios. Si por ti y por tus pecados Cristo fue tratado como un malhechor, lo fue para que tú llegaras a ser justo. Adora al que por ti fue crucificado, e, incluso si estás crucificado por tu culpa, saca provecho de tu mismo pecado y compra con la muerte tu salvación. Entra en el paraíso con Jesús y descubre de qué bienes te habías privado. Contempla la hermosura de aquel lugar y deja que, fuera, quede muerto el murmurador con sus blasfemias. Si eres José de Arimatea, reclama el cuerpo del Señor a quien lo crucificó, y haz tuya la expiación del mundo. Si eres Nicodemo, el que de noche adoraba a Dios, ven a enterrar el cuerpo, y úngelo con ungüentos. Si eres una de las dos Marías, o Salomé, o Juana, llora desde el amanecer; procura ser el primero en ver la piedra quitada, y verás también quizá a los ángeles o incluso al mismo Jesús» (S. Gregorio Nacianceno, In Sanctum Pascha 45,23-24).
14,1-11. Casi desde el inicio del ministerio público del Señor algunos escribas, príncipes de los sacerdotes, etc., buscaban «cómo perderle» (3,6). Esta decisión se ha hecho más persistente en los últimos días (11,18; 12,12). Ahora deciden prenderle «con engaño» (v. 1) y encuentran un aliado en Judas, que comienza a buscar el momento oportuno para hacerlo (v. 11). El episodio no puede dejar de ser un toque de atención para nosotros: «Hoy muchos miran con horror el crimen de Judas, como cruel y sacrílego, que vendió por dinero a su Maestro y a su Dios; y, sin embargo, no se dan cuenta de que, cuando menosprecian por intereses humanos los derechos de la caridad y de la verdad, traicionan a Dios, que es la caridad y la verdad misma» (S. Beda, Homiliae 2,43).
Entre estos dos momentos se encuadra la unción de Jesús por parte de una mujer en Betania (vv. 3-9). El evangelista subraya dos cosas: la generosidad de la mujer (v. 3) y las reacciones de los demás. El gesto de la mujer forma parte de la antigua hospitalidad oriental que honraba a los huéspedes ilustres con agua perfumada. Su delicadeza y su generosidad son interpretadas por algunos como un derroche (v. 4). También Jesús interpreta el gesto de manera distinta a la mujer (v. 8). Sin embargo, afirma enseguida que aquella no se ha equivocado y, en cambio, los hombres que la juzgan sí. En las relaciones con Dios, la generosidad no se equivoca nunca; el cálculo y la tacañería se equivocan siempre: «Como Él no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le dan; mas no se da a Sí del todo hasta que ve que nos damos del todo a Él» (Sta. Teresa de Jesús, Camino de perfección 48,4).
«Dondequiera que se predique el Evangelio, en todo el mundo, también lo que ella ha hecho se contará en memoria suya» (v. 9). El Evangelio es la buena noticia de la actuación maravillosa de Dios a través de las acciones y las palabras de Jesucristo; pero esa actuación comporta también el anuncio de acciones menudas, como ésta, en relación con Jesucristo: «En todas las iglesias escuchamos el elogio de esta mujer (...). El hecho no era extraordinario, ni la persona importante, ni había muchos testigos, ni el lugar era atrayente, porque no ocurrió en un teatro, sino en una casa particular (...). A pesar de todo, esta mujer tiene hoy mayor celebridad que todas las reinas y todos los reyes, y el tiempo nunca borrará el recuerdo de lo que hizo» (S. Juan Crisóstomo, Adversus Iudaeos 5,2).
14,12-21. Las indicaciones de Jesús para preparar la Pascua (vv. 13-16) y, sobre todo, el anuncio de la traición de Judas como cumplimiento de las Escrituras (vv. 18.21), muestran hasta qué punto están implicados los planes de Dios y las acciones humanas. «La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica San Pedro a los judíos en Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: “Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios” (Hch 2,23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han “entregado a Jesús” (Hch 3,13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 599). Es el misterio del plan de Dios que, sin embargo, no violenta la libertad humana por la que somos responsables de nuestras acciones: «Dios creó buenos a todos los seres que hizo, pero cada uno se hace bueno o malo por su propia elección. Pues bien, si el Señor dijo: Más le valdría a ese hombre no haber nacido, no maldice su propia creación, sino la maldad que le sobrevino en virtud de la elección y negligencia propias de la criatura» (S. Juan Damasceno, De fide orthodoxa 4,21).
14,22-25. Marcos es el más sobrio de los evangelios sinópticos a la hora de narrar la institución de la Eucaristía (cfr Mt 26,26-29; Lc 22,14-20 y notas). De todas formas, a la luz de la muerte y la resurrección, el sentido sacrificial de los gestos y palabras de Jesucristo debió ser claro para los Apóstoles: «La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres por medio del “cordero que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29) y el sacrificio de la Nueva Alianza que devuelve al hombre a la comunión con Dios reconciliándole con Él por “la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26,28)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 613). Este sacrificio es, propiamente, el sacrificio de la cruz, en el que Cristo es a la vez ­Sacerdote y Víctima. En la Última Cena, Jesús lo anticipa de modo incruento, y en la Santa Misa se renueva, ofreciéndose, también de modo incruento, la víctima, ya inmolada en la Cruz. El Concilio de Trento lo propone así: «Si alguno dijere que en el Sacrificio de la Misa no se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio, o que el ofrecerlo no es otra cosa que el dársenos a comer Cristo, sea anatema» (De SS. Missae sacrificio, can. 1).
Las palabras del Señor excluyen cualquier interpretación en sentido simbólico o metafórico. Así lo ha entendido desde siempre la Iglesia: «Esto es mi cuerpo. A saber, lo que os doy ahora y que ahora tomáis vosotros. Porque el pan no solamente es figura del Cuerpo de Cristo, sino que se convierte en este mismo Cuerpo, según ha dicho el Señor: El pan que yo daré es mi propia carne (Jn 6,51). Por eso el Señor conserva las especies de pan y vino, pero convierte a éstos en la realidad de su carne y de su sangre» (Teo­filacto, Enarratio in Evangelium Marci, ad loc.).
14,26-31. En la Cena Pascual judía se cantan unas oraciones llamadas Hallel que incluyen los Salmos 113-118: la última parte se recita al final de la cena. Tras esto Jesús predice el abandono de sus discípulos, aunque les reconforta con el anuncio de la resurrección y el nuevo comienzo de la misión en Galilea. El evangelista recuerda la protesta de los Apóstoles (v. 31) y, en especial, la de Pedro (vv. 29-31). A lo largo del relato, San Marcos anotará el puntual cumplimiento del vaticinio: el abandono de los discípulos (14,50), la negación de Pedro (14,66-72) y la nueva misión desde Galilea (16,7).
Sólo Marcos trae el detalle de los dos cantos del gallo (v. 30), y la doble insistencia de Pedro (vv. 29.31) en que no le iba a traicionar. Es un indicio más de la relación del Evangelio de Marcos con la predicación de San Pedro y una muestra de la humildad del Apóstol: «Marcos cuenta con mayor precisión la flaqueza de Pedro y cómo estaba muerto de miedo; todo lo cual lo sabía él del mismo Pedro pues Marcos fue su discípulo. Hecho muy digno de admiración, que no sólo no ocultara la debilidad de su maestro, sino que por ser su discípulo lo contara más claramente que los otros evangelistas (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 85,1).
14,32-42. En la soledad del huerto de Getsemaní, la intensidad de los sentimientos por lo que va a ocurrir invade a Jesús. El evangelista nos dice que Jesús «comenzó a afligirse y a sentir angustia» (v. 33) y que los tres discípulos, desconcertados, no consiguen vencer el sueño (vv. 37.40-41). Pero Jesús se sobrepone y acude a la oración. Marcos recoge esta invocación filial (v. 36): «¡Abbá, Padre! Todo te es posible». Jesús se dirige a Dios con el mismo nombre con que los hijos se dirigían íntimamente a sus padres. Por eso, su plegaria es un acto de abandono y de confianza: «La confianza filial se prueba en la tribulación, particularmente cuando se ora pidiendo para sí o para los demás» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2734). Jesús reza y pide a sus discípulos que recen: orar es un medio imprescindible para superar las tentaciones y mantenernos fieles a Dios: «Si el Señor nos dijera solamente velad, pensaríamos que podíamos hacerlo todo nosotros mismos; pero, cuando añade orad, nos muestra que, si Él no cuida de nuestras almas en el tiempo de la tentación, en vano velarán quienes cuiden de ella (cfr Sal 127,1)» (S. Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios 11,1).
Como los santos, también podemos imaginar, a través del texto, los sentimientos del Señor: «Una mole abrumadora de pesares empezó a ocupar el cuerpo bendito y joven del Salvador. Sentía que la prueba era ahora ya algo inminente y que estaba a punto de volcarse sobre Él: el infiel y alevoso traidor, los enemigos enconados, las cuerdas y las cadenas, las calumnias, las blasfemias, las falsas acusaciones, las espinas y los golpes, los clavos y la cruz, las torturas horribles prolongadas durante horas. Sobre todo esto le abrumaba y dolía el espanto de los discípulos, (...) incluso el fin desgraciado del hombre que pérfidamente le traicionaba. Añadía además el inefable dolor de su Madre queridísima» (Sto. Tomás Moro, La agonía de Cristo, ad loc.).
Pero no sólo debemos mirar al Señor. Hay que mirar a nuestro alrededor. Hoy, como ayer, podemos dejarle solo mientras otros se apresuran a combatirlo: «Vuelve Cristo por tercera vez adonde están sus Apóstoles, y allí los encuentra sepultados en el sueño, a pesar del mandato que les había dado de vigilar y rezar ante el peligro que se cernía. Al mismo tiempo, Judas el traidor, se mantenía bien despierto. (...) Son muchos los que se duermen en la tarea de sembrar virtudes entre la gente y mantener la verdadera doctrina, mientras que los enemigos de Cristo, con objeto de sembrar el vicio y desarraigar la fe (...), se mantienen bien despiertos» (ibidem).
14,43-52. El sobrio relato del prendimiento parece indicar que Jesús lo había esperado y no ofrece resistencia. Por eso, por encima de la traición de Judas y de la doblez de quienes van a prenderle de noche, Jesús ve en esos gestos el cumplimiento de las Escrituras (cfr Is 52,13-53,12; Sal 41,10). Sólo Marcos recoge el detalle del joven que escapó desnudo (vv. 51-52). Muchos autores han visto en él una alusión al propio evangelista. En todo caso, representa un intento fallido —al que seguirá enseguida el de Pedro— de seguir a Cristo. En la hora de la entrega, Jesús está solo. Y no podemos olvidar que el camino de Jesús es también el camino del cristiano: «Estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 301).
14,53-72. Éste es un momento central en el segundo evangelio. Los jefes del pueblo acusan a Jesús de profetizar la destrucción del Templo y su sustitución por otro (v. 58). Aunque el cargo sea falso (cfr v. 57), la condena a muerte de Jesús conduce al sacrificio de la cruz y, por tanto, al verdadero culto en el nuevo Templo: «Lejos de haber sido hostil al Templo, donde expuso lo esencial de su enseñanza, Jesús quiso pagar el impuesto del Templo asociándose con Pedro, a quien acababa de poner como fundamento de su futura Iglesia. Aún más, se identificó con el Templo presentándose como la morada definitiva de Dios entre los hombres. Por eso su muerte corporal anuncia la destrucción del Templo que señalará la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación: “Llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre” (Jn 4,21)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 586).
El episodio tiene su punto culminante en los vv. 61-62. Jesús ha callado ante las acusaciones absurdas, pero ante la pregunta inequívoca del sumo sacerdote confiesa que es el Mesías, y no sólo eso, sino que es el Mesías trascendente entrevisto por Daniel (Dn 7,13-14). Además, la expresión «Yo soy» con que contesta a Caifás puede tener una significación más profunda, pues «Yo soy» es traducción de Yhwh, el nombre propio de Dios (cfr Ex 3,14).
Después, el texto recoge con detalle las negaciones de Pedro (vv. 66-72). La tradición que ve los recuerdos del Apóstol en el origen del Evangelio de Marcos tiene en este pasaje un buen argumento. Los versículos iniciales (vv. 53-54) han presentado a los dos personajes: Jesús y Pedro. Después, el evangelista ofrece el contraste entre los dos: Jesús es acusado con falsedades, pero confiesa la verdad y por ello es condenado a muerte por el sumo sacerdote y escarnecido por los criados (vv. 55-65); a Pedro se le imputa un hecho verdadero pero niega a Jesús con la mentira y sale indemne del juicio de la criada (vv. 66-72). Se hace evidente que la grandeza de Pedro no le viene de su fortaleza sino de su contrición (v. 72; cfr Jn 21,15-19). «Lloró amargamente porque sabía amar, y bien pronto las dulzuras del amor reemplazaron en él las amarguras del dolor» (S. Agustín, Sermones 295,3). Pero el vínculo de Pedro con Cristo recogido en el segundo evangelio es más profundo: con el relato de sus debilidades, San Marcos nos recuerda que Pedro, en cuanto pecador, es también el primero que ha experimentado la salvación obrada por Jesucristo: «Dios permitió que aquel a quien había dispuesto para presidir la Iglesia tuviera miedo ante el dicho de una criada y Le negara. Sabemos con certeza que esto fue trazado por una providencia llena de piedad; para que quien había de ser pastor de toda la Iglesia, aprendiera en su culpa cómo debería él compadecerse de los otros. Por eso, primero le hizo conocerse a sí mismo, y después le puso al frente de los demás, para que con su flaqueza aprendiera cuán misericordiosamente debía soportar las debilidades de los demás» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 2,21,4).
15,1-15. Históricamente, el proceso y la muerte de Jesús debieron de ser desconcertantes para todos: para los discípulos, para la muchedumbre, etc. ¿Cómo es posible que sucediera aquello? Marcos ofrece de estos acontecimientos un relato sobrio, al hilo de las acciones de los personajes que participaron en el drama: las autoridades de Israel lo entregaron (v. 1) por envidia (v. 10), aun a costa de salvar a un homicida (vv. 6-7); la muchedumbre no es sino un altavoz de aquella irracionalidad que condena a una muerte violenta sin causa alguna (vv. 13-14); finalmente, Pilato, un indolente, que está admirado por Jesús (v. 5) y parece que quiere salvarle (v. 9), le condena por una razón que no es razón alguna: contentar a la muchedumbre (v. 15). El evangelista, al narrar estas acciones y la actitud de Jesús ante ellas, apunta a la verdadera explicación del suceso: la muerte de Jesús es consecuencia del pecado del hombre, y Jesús la acepta por amor, como expiación de ese pecado: «Jesús acude espontáneamente a la pasión que de Él estaba escrita y que más de una vez había anunciado a sus discípulos. (...) Y cuando lo acusaban no respondió, y, habiendo podido esconderse, no quiso hacerlo, por más que en otras varias ocasiones en que lo buscaban para prenderlo se esfumó. (...) También sufrió con paciencia que unos hombres doblemente serviles le pegaran en la cabeza. Fue abofeteado, escupido, injuriado, atormentado, flagelado y, finalmente, llevado a la crucifixión (...). Con todos estos sufrimientos nos procuraba la salvación. Porque todos los que se habían hecho esclavos del pecado debían sufrir el castigo de sus obras; pero Él, inmune de todo pecado, Él, que caminó hasta el fin por el camino de la justicia perfecta, sufrió el suplicio de los pecadores, borrando en la cruz el decreto de la antigua maldición» (Teodoreto de Ciro, De incarnatione Domini 26).
«Les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberle hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado» (v. 15). Expresión tan concisa como significativa. También aquí, con San Agustín, se puede percibir la paradoja que supone la condena de Jesús: «Al ladrón se le dio libertad, a Cristo se le condenó. Recibió perdón el criminal y es condenado el que perdonó los crímenes de todos los que hicieron confesión de ellos» (In Ioannis Evangelium 31,11). La palabra «entregar» viene en los cuatro evangelios (cfr Mt 27,26; Lc 23,24-25; Jn 19,16), recorre el de Marcos (9,31; 10,33; 14,21.41), todo el Nuevo Testamento, y después la enseñanza cristiana (cfr nota a 14,12-21). Parece, por tanto, que son los hombres —Pilato— los que entregan a Jesús a la muerte; pero en realidad es Dios quien lo entrega para nuestra salvación: «Tú, Señor, nos has amado y has entregado a tu único y amado Hijo para nuestra redención, que Él aceptó voluntariamente, sin repugnancia; más aún, puesto que Él mismo se ofreció, fue destinado al sacrificio como cordero inocente, porque, siendo Dios, se hizo hombre y con su voluntad humana se sometió, haciéndose obediente a Ti, Dios, su Padre, hasta la muerte, y una muerte de cruz» (S. Juan Damasceno, De fide orthodoxa 50).
15,16-20. Tras el rechazo de los judíos —los príncipes (cfr 14,64) y la gente (cfr 15,11-15)—, el evangelista señala ahora el de los soldados gentiles (cfr nota a Mt 27,27-31). Dentro de la sobriedad del ­relato, el evangelista ha anotado las burlas en el palacio del sumo ­sacerdote (14,65), los azotes de Pilato (15,15), y ahora las groserías de los soldados. Éstos se burlan de la realeza de Jesús, pero «sus oprobios han borrado los nuestros, sus ligaduras nos han hecho libres, su corona de espinas nos ha conseguido la diadema del Reino, y sus heridas nos han curado» (S. Jerónimo, en Catena aurea, ad loc.).
Los soldados hacen escarnio de la rea­leza de Jesús pero, sin saberlo, le confiesan como lo que es: Rey. «Cuando lo vistieron de púrpura para burlarse de Él cumplieron lo profetizado: era Rey. Y aunque lo hicieron para burlarse de Él, consiguieron que se adaptase a Él el símbolo de la dignidad regia. Y aunque le perforaron con una corona de espinas, sin embargo fue una corona, y fue coronado por unos soldados como los reyes son proclamados por los soldados» (S. Cirilo de Jerusalén, Homilia in paralyticum 12).
15,21-41. La crucifixión era un suplicio singularmente atroz. Cicerón (Pro Rabirio 5,16) dice que es «la muerte más cruel y terrible». Sin embargo, los evangelistas no se detienen en calificativos: se interesan más en narrar el hecho y sus consecuencias para la salvación que en recordar el horror de los sucesos. La narración de Marcos recuerda puntualmente en qué momento ocurrió cada cosa: en la hora tercia, entre las nueve y las doce de la mañana, le crucificaron (v. 25), en la sexta, entre las doce y las tres, la tierra se cubrió de tinieblas (v. 33) y en la nona, de las tres a las seis de la tarde, murió (v. 34). También señala otros detalles como el de los hijos de Simón de Cirene, conocidos por los lectores del evangelio (Rm 16,13). Sin embargo, es la frase del Señor en la cruz (v. 34) la que ofrece la clave para entender lo ocurrido. «Eloí, Eloí, ¿lemá sabacthaní?» es el primer verso del salmo 22. Este salmo cuenta la historia de un justo perseguido que, sin embargo, triunfará: conseguirá que con sus sufrimientos el Señor sea alabado en toda la tierra (Sal 22,31) y se anuncie la justicia en el pueblo que está por nacer (Sal 22,28-32). Entre los oprobios que sufren el justo perseguido y Jesús están: el escarnio de la gente (Sal 22,8; v. 29), la burla por invocar a Dios (Sal 22,9; vv. 31-32.36), el reparto de las vestiduras (Sal 22,19; v. 24), etc. El triunfo de la misión de Cristo lo ve Marcos en los dos acontecimientos que siguen a la muerte del Señor: la ruptura del velo del Templo (v. 38), que simboliza la desaparición de las barreras entre el pueblo de Dios y los gentiles (cfr Sal 22,31), y la confesión de la divinidad de Jesús por parte de un gentil (v. 39), que señala cómo todas las gentes pueden confesar a Dios (cfr Sal 22,28-30). Se entiende de esta manera la paradoja que Jesús había intentado enseñar a sus discípulos: Él es el Mesías y el Hijo de Dios (cfr 1,1), pero su victoria está estrechamente ligada a la cruz. «¡Oh admirable poder de la cruz! ¡Oh inefable gloria de la pasión! En ella podemos admirar el tribunal del Señor, el juicio del mundo y el poder del Crucificado. (...) Porque tu cruz es ahora fuente de todas las bendiciones y origen de todas las gracias: por ella, los creyentes encuentran fuerza en la debilidad, gloria en el oprobio, vida en la misma muerte» (S. León Magno, Sermo 8 de Passione Domini 7).
Como en casi todos los momentos del relato de la pasión, el evangelista pone en contraste la actitud de las diversas personas ante Jesús: los que pasan le injurian (v. 29), los príncipes de los sacerdotes y los escribas se burlan (v. 31), los malhechores crucificados con Él le insultan (v. 32); incluso un gesto que podía ser de compasión, en la pequeñez de aquellas personas, se transforma en una necia bufonada (v. 36). Frente a ellos, un soldado gentil confiesa que Jesús era Hijo de Dios (v. 39). Pero son sobre todo las mujeres las que quedan elogiadas en la escena: antes le habían seguido y le habían servido (v. 41), y ahora contemplan impotentes y anonadadas (cfr v. 40) la muerte del ser querido. No es extraño que al meditar y revivir este suceso, los autores cristianos se fijaran en ellas. San Agustín, por ejemplo, dirigiéndose figuradamente a ellas, les dice: «Mirad la belleza de vuestro amante, contempladle igual al Padre y sumiso a la voluntad de la Madre; imperando sobre los cielos y viniendo a servir a la tierra; creando todas las cosas y siendo creado entre ellas. Lo que los soberbios rieron como ilusorio, mirad qué bello es: con la luz interior de vuestra alma mirad las heridas del crucificado, la sangre del que muere, el precio de la fe y el importe de nuestro rescate. Pensad cuál será el valor de todas esas cosas; ponderadlo en la balanza de la caridad. Y todo el amor que tendríais para regalar a vuestro esposo prodigádselo a Él» (De sancta virginitate 54-55,55).
Algunos manuscritos añaden (v. 28): «Y se cumplió la escritura que dice: Fue contado entre los malhechores» (cfr Lc 22,37).
15,42-47. Tres notas subraya el evangelio a propósito de la sepultura de Jesús. En primer lugar, la actitud de José de Arimatea, miembro del Sanedrín. En los otros evangelios se nos dice que era rico (Mt 27,57), discípulo del Señor aunque oculto (Jn 19,38), bueno y justo, y que no había participado en la condena de Jesús (Lc 23,50-51). San Marcos prefiere subrayar su audacia (v. 43) al pedir a Pilato el cuerpo del Señor: «José de Arimatea y Nicodemus visitan a Jesús ocultamente a la hora normal y a la hora de triunfo. Pero son valientes declarando ante la autoridad su amor a Cristo —audacter— con audacia, a la hora de la cobardía. —Aprende» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 841).
En segundo lugar, el evangelista señala la verdadera muerte de Jesús, verificada incluso por Pilato (vv. 44-45). Frente a cualquier tipo de docetismo —que negaba la verdadera Humanidad de Cristo—, los primeros cristianos afirmaban la verdadera muerte y la verdadera resurrección del Señor: «Tapaos, pues, los oídos cuando oigáis hablar de cualquier cosa que no tenga como fundamento a Cristo Jesús, descendiente del linaje de David, hijo de María, que nació verdaderamente, que comió y bebió como hombre, que fue perseguido verdaderamente bajo Poncio Pilato y verdaderamente también fue crucificado y murió, en presencia de los moradores del cielo, de la tierra y del abismo y que resucitó verdaderamente de entre los muertos por el poder del Padre. Este mismo Dios Padre nos resucitará también a nosotros, que amamos a Jesucristo, a semejanza del mismo Jesucristo, sin el cual no tenemos la vida verdadera» (S. Ignacio de Antioquía, Ad Traianos 8-9).
Finalmente, el texto menciona el sepulcro (vv. 46-47). Los judíos ricos so­lían construir los sepulcros excavados en roca en terrenos de su propiedad. Constaban de una especie de vestíbulo, que precedía al lugar de las tumbas, un pequeño habitáculo con unos bancos de piedra adosados a las paredes, sobre los cuales se depositaban los cadáveres. Además de la delicadeza de José (v. 46), el evangelista quiere subrayar que las mujeres (v. 47) observaban todo: es una manera de preparar el episodio siguiente y poner de manifiesto la identidad del crucificado con el resucitado: «El Señor, siendo Dios, se revistió de la naturaleza de hombre: sufrió por el que sufría, fue encarcelado en bien del que estaba cautivo, juzgado en lugar del culpable, sepultado por el que yacía en el sepulcro. Y, resucitando de entre los muertos, exclamó con voz potente: “¿Quién tiene algo contra mí? ¡Que se me acerque! Yo soy quien he librado al condenado, Yo quien he vivificado al muerto, Yo quien hice salir de la tumba al que ya estaba sepultado. ¿Quién peleará contra Mí? Yo soy —dice Cristo— el que venció la muerte, encadenó al enemigo, pisoteó el infierno, maniató al fuerte, llevó al hombre hasta lo más alto de los cielos; Yo, en efecto, que soy Cristo. Venid, pues, vosotros todos, los hombres que os halláis enfangados en el mal, recibid el perdón de vuestros pecados”» (Melitón de Sardes, De Pascha 100-103).