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miércoles, 6 de marzo de 2019

La fe en el corazón (Rm 10,8-13)

1º domingo de Cuaresma – C. 2ª lectura
8 ¿Qué dice la Escritura?
«Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón».
Se refiere a la palabra de la fe que predicamos. 9 Porque si confiesas con tu boca: «Jesús es Señor», y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, te salvarás. 10 Porque con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confiesa la fe para la salvación. 11 Ya que la Escritura dice:
«Todo el que cree en él no quedará confundido».
12 Pues no hay distinción entre judío y griego; porque uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que le invocan.
13 «Porque todo el que invoque el nombre del Señor
se salvará».
Este texto muestra que es necesario aceptar internamente la divinidad de Jesucristo, y profesarla verbalmente. Se señala así la necesidad de la confesión o «profesión de la fe», como es práctica general de la Iglesia desde los comienzos hasta hoy. El título de «Señor» (hebreo Adonai), nombre con que los judíos, a partir del s. III a.C., suelen sustituir el de Yhwh (que no se pronunciaba por respeto), se aplica aquí a Jesucristo, expresando así su divinidad. El sujeto del verbo «confesar» en segunda persona, en el v. 9, no hace distinción entre judío o griego (cfr v. 12). Se cumple así lo profetizado por Joel (v. 13).

lunes, 11 de febrero de 2019

Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe (1 Co 15,12.16-20)


6º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura
12 Pero si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo es que algunos de entre vosotros dicen que no hay resurrección de los muertos? 16 Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; 17 pero si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe, todavía estáis en vuestros pecados. 18 E incluso los que han muerto en Cristo perecieron. 19 Y si tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres. 20 Ahora bien, Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primer fruto de los que mueren.
Con su resurrección Cristo completa la obra de la Redención. Si muriendo en la cruz había vencido al pecado, era necesario que resucitase, venciendo así a la muerte, consecuencia del pecado (cfr Rm 5,12). «La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 651). Hay en estos versículos argumentos indirectos de la resurrección del Señor, señalando la situación absurda en que se encontrarían los cristianos si Jesucristo no hubiera resucitado: serían vanas la fe (vv. 14.17.18) y la esperanza (v. 19), los Apóstoles serían falsos testigos e inútil su predicación (vv. 14-15), todavía faltaría la redención de los pecados (v. 17). En resumen, los cristianos serían «los más miserables de todos los hombres» (v. 19).

lunes, 3 de diciembre de 2018

Quien comenzó en vosotros la obra buena la llevará a cabo (Flp 1,4-6.8-11)

2º domingo de Adviento – C. 2ª lectura
4 Siempre que rezo por todos vosotros, lo hago con alegría, 5 por vuestra participación en la difusión del Evangelio desde el primer día hasta hoy, 6 convencido de que quien comenzó en vosotros la obra buena la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús. 8 Dios es testigo de cómo os amo a todos vosotros en las entrañas de Cristo Jesús. 9 Pido también que vuestro amor crezca cada vez más en perfecto conocimiento y en plena sensatez, 10 para que sepáis discernir lo mejor, a fin de que seáis puros y sin falta hasta el día de Cristo, 11 llenos de los frutos de justicia que proceden de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.
La alegría es una de las notas sobresalientes de este escrito (cfr 3,1; 4,4), causada de modo especial por el buen espíritu y comportamiento de los filipenses. A ella se refiere Pablo como uno de los frutos del Espíritu Santo (cfr Ga 5,22). Proviene de la unión con Dios y del descubrimiento de la amorosa pro­videncia con la que Dios vela por sus criaturas y, de modo particular, por sus hijos. La alegría da serenidad, paz y objetividad al cristiano en todas las acciones de su vida.
El Magisterio de la Iglesia, a partir de las palabras del v. 6, ha enseñado, frente a la herejía pelagiana, que tanto el inicio de la fe, como su aumento, y el acto de fe por el que creemos, son fruto del don de la gracia y de la libre correspondencia humana (cfr Conc. II de Orange, can. 5). Siglos más tarde, el Concilio de Trento reiteró esta enseñanza: así como Dios ha empezado la obra buena, la acabará, si los hombres cooperamos con su gracia (cfr De iustificatione, cap. 13). Junto a esa confianza en el auxilio divino es necesario el esfuerzo personal por corresponder a la gracia, pues, en palabras de San Agustín, «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti» (Sermones 169,13).
La identificación de San Pablo con Jesucristo es tan grande que puede decir que han pasado a su corazón los mismos afectos del corazón de Cristo (v. 8).
El crecimiento en la caridad (v. 9) estimula el empeño por alcanzar un mayor «conocimiento» de Dios. «El que ama —dice Santo Tomás— no se contenta con un conocimiento superficial del amado, sino que se esfuerza por conocer cada una de las cosas que le pertenecen, y así penetra hasta su interior» (Summa theologiae 1-2,28,2c).

lunes, 22 de octubre de 2018

La fe de Bartimeo (Mc 10,46-52)


30º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
46 Llegan a Jericó. Y cuando salía él de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al lado del camino pidiendo limosna. 47 Y al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a decir a gritos:
—¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!
48 Y muchos le reprendían para que se callara. Pero él gritaba mucho más:
—¡Hijo de David, ten piedad de mí!
49 Se paró Jesús y dijo:
—Llamadle.
Llamaron al ciego diciéndole:
—¡Ánimo!, levántate, te llama.
50 Él, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús. 51 Jesús le preguntó:
—¿Qué quieres que te haga?
—Rabboni, que vea —le respondió el ciego.
52 Entonces Jesús le dijo:
—Anda, tu fe te ha salvado.
Y al instante recobró la vista. Y le seguía por el camino.
Marcos relata en este milagro numerosos detalles que informan sobre la condición de Bartimeo (v. 46) y su actitud ante Jesús: la fuerza y la insistencia de su petición (vv. 47-48), la despreocupación por sus cosas ante la llamada (v. 50), la fe y la sencillez en su diálogo con el Señor (v. 51). Como consecuencia de su fe, la situación de Bartimeo cambia radicalmente: de estar ciego y sentado junto al camino (v. 46) ha pasado a recobrar la vista y a seguir a Jesús por su camino (v. 52).
El camino hacia la fe de Bartimeo puede ser el nuestro si somos capaces de repetir en nuestra vida sus acciones. Primero, su oración, su clamar ante Jesucristo, que se reviste de todos los matices que puede tener nuestra invocación al Señor: le llama «Rabboni», es decir, mi maestro (v. 51), «Hijo de David», es decir, Rey Mesías, misericordioso como Dios (v. 47), y, sobre todo, «Jesús»: «El Nombre que todo lo contiene es aquel que el Hijo de Dios recibe en su encarnación: Jesús. (...) El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la salvación. Decir “Jesús” es invocarlo desde nuestro propio corazón» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2666).
Pero la fe de Bartimeo no se manifiesta sólo en la petición, abarca también las obras: deja el manto, salta para acercarse a Jesús (v. 50), y le sigue camino de Jerusalén: «Tú has conocido lo que el Señor te proponía, y has decidido acompañarle en el camino. Tú intentas pisar sobre sus pisadas, vestirte de la vestidura de Cristo, ser el mismo Cristo: pues tu fe, fe en esa luz que el Señor te va dando, ha de ser operativa y sacrificada. No te hagas ilusiones, no pienses en descubrir modos nuevos. La fe que Él nos reclama es así: hemos de andar a su ritmo con obras llenas de generosidad, arrancando y soltando lo que estorba» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 198).

lunes, 10 de septiembre de 2018

La fe y las obras (St 2,14-18)


24º domingo del Tiempo ordinario – B. 2ª lectura
14 ¿De qué sirve, hermanos míos, que uno diga tener fe, si no tiene obras? ¿Acaso la fe podrá salvarle? 15 Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento cotidiano, 16 y alguno de vosotros les dice: «Id en paz, calentaos y saciaos», pero no le dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? 17 Así también la fe, si no va acompañada de obras, está realmente muerta.
18 Pero alguno podrá decir: «Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras, y yo por mis obras te mostraré la fe.
Se condensa aquí la idea central: la fe que no se traduce en obras está muerta (vv. 14-19) y después se aducirá el ejemplo de algunos personajes bíblicos (vv. 20-26). Cuando Santiago habla de «obras» es claro que no se refiere a las obras de la Ley de Moisés.
Con una argumentación cíclica y reiterativa, se afirma que una fe sin obras no puede salvar. Esta enseñanza se encuentra en perfecta continuidad con la del Maestro: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos» (Mt 7,21). La pregunta retórica inicial (v. 14) y el ejemplo sencillo y vivo (vv. 15-16), atraen la atención y predisponen a aceptar la enseñanza básica (v. 17).
El ejemplo de los vv. 15-16 es similar al de 1 Jn: «Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor a Dios?» (3,17). La conclusión es semejante: «Hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad» (3,18). San Pablo, por su parte, subraya: «No consiste el Reino de Dios en hablar sino en hacer» (1 Co 4,20). Las obras dan la medida de la autenticidad de la vida del cristiano, poniendo en evidencia si su fe y su caridad son verdaderas: «Así como del movimiento del cuerpo conocemos su vida, así también conocemos la vida de la fe por las buenas obras. Porque la vida del cuerpo es el alma, por la cual se mueve y siente, y la vida de la fe, la caridad (...). Por lo que, resfriándose la caridad, muere la fe, así como muere el cuerpo apartándose de él el alma» (S. Bernardo, In Octava Paschae, Sermo 2,1).
La doctrina cristiana llama también «fe muerta» (cfr v. 17) a la de quien está en pecado mortal. «El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (...). Privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1815).

lunes, 20 de agosto de 2018

Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6,60-69)

21º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
60 Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron:
—Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?
61 Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos estaban murmurando de esto, les dijo:
—¿Esto os escandaliza? 62 Pues, ¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? 63 El espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada: las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. 64 Sin embargo, hay algunos de vosotros que no creen.
En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a entregar.
65 Y añadía:
—Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí si no se lo ha concedido el Padre.
66 Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él.
67 Entonces Jesús les dijo a los doce:
—¿También vosotros queréis marcharos?
68 Le respondió Simón Pedro:
—Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; 69 nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios.
En estos versículos se pone de manifiesto la recepción de las palabras del Señor por parte de los discípulos. Al revelar el misterio eucarístico, Jesucristo exige de ellos la fe en sus palabras. Su revelación no debe ser recibida de modo carnal, es decir, atendiendo exclusivamente a lo que aprecian los sentidos, o partiendo de una visión de las cosas meramente natural, sino como revelación de Dios, que es «espíritu» y «vida» (v. 63). Como en otras ocasiones (cfr 1,51; 5,20), la referencia de Jesús a acontecimientos futuros, a la gloria de su resurrección, sirve para fortalecer la fe de los discípulos, y de todos los creyentes, cuando vean cumplidas sus palabras (v. 62): «Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis» (14,29).
La promesa de la Eucaristía, que había provocado en aquellos oyentes de Cafarnaún discusiones (6,52) y escándalo (v. 61), acaba produciendo el abandono de muchos que le habían seguido (v. 66). Jesús había expuesto una verdad maravillosa y salvífica, pero aquellos discípulos se cerraban a la gracia divina, no estaban dispuestos a aceptar algo que superaba su mentalidad estrecha. El misterio de la Eucaristía exige un especial acto de fe. Por eso, ya San Juan Crisóstomo aconsejaba: «Inclinémonos ante Dios; y no le contradigamos aun cuando lo que Él dice pueda parecer contrario a nuestra razón y a nuestra inteligencia (...). Observemos esta misma conducta respecto al misterio [eucarístico], no considerando solamente lo que cae bajo los sentidos, sino atendiendo a sus palabras. Porque su palabra no puede engañar» (In Matthaeum 82).
Pedro, en nombre de los Doce, expresa su fe en las palabras de Jesús porque le reconoce procedente de Dios, de manera semejante a como en Cesarea de Filipo (cfr Mt 16,13-20; Mc 8,27-30) había confesado que Jesús era el Mesías. La confesión de Pedro representa al mismo tiempo la comunión de fe de los que creen en Jesucristo, que encontrarán en la fe de Pedro y sus sucesores el criterio seguro de discernimiento sobre la verdad de lo que creen.

lunes, 23 de abril de 2018

No amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad (1 Jn 3,18-24)

5º domingo de Pascua – B. 2ª lectura
18 Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad.
19 En esto conoceremos que somos de la verdad, y en su presencia tranquilizaremos nuestro corazón, 20 aunque el corazón nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestro corazón y conoce todo. 21 Queridísimos: si el corazón no nos acusa, tenemos plena confianza ante Dios 22 y recibiremos de Él cuanto pidamos, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que es grato a sus ojos.
23 Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, conforme al mandamiento que nos dio. 24 El que guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; y por esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado.
El amor fraterno se debe manifestar con obras y de verdad (v. 18) y tiene como consecuencia la confianza plena en Dios, que conoce todo (vv. 19-22). «Creo que ésta es la perla que buscaba el comerciante descrito en el Evangelio, que, al encontrarla, vendió todo lo que tenía y la compró (cfr Mt 13,46). Ésta es la perla preciosa: la caridad. Sin ella de nada te sirve todo lo que tengas; si sólo posees ésta, te basta. (...) Puedes decirme: “no he visto a Dios”; pero ¿puedes decirme: “no he visto al hombre”? Ama a tu hermano. Si amas a tu hermano que ves, también verás a Dios, porque verás la caridad y dentro de ella habita Dios» (S. Agustín, In Epistolam Ioannis ad Parthos 5,7).
Con un ejemplo muy similar al de St 2,15-16, San Juan indica en que el amor verdadero se manifiesta en obras concretas. «Obras quiere el Señor —decía Santa Teresa—, y que, si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a ti; y si fuese menester, lo ayunes porque ella lo coma, no tanto por ella como porque sabes que tu Señor quiere aquello; ésta es la verdadera unión con su voluntad, y que si vieras loar mucho a una persona, te alegres más mucho que si te loasen a ti» (Moradas 5,3,11).
Los mandamientos divinos se resumen en un doble aspecto (vv. 22-24): la fe en Jesucristo y el amor a los hermanos. «Ni podemos amarnos unos a otros con rectitud sin la fe en Cristo; ni podemos creer de verdad en el nombre de Jesucristo sin amor fraterno» (S. Beda, In 1 Epistolam Sancti Ioannis, ad loc.).

lunes, 5 de marzo de 2018

Dios es rico en misericordia (Ef 2,4-10)

4º domingo de Cuaresma – B. 2ª lectura
4 Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, 5 aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos dio vida en Cristo —por gracia habéis sido salvados—, 6 y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos por Cristo Jesús, 7 a fin de manifestar a los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia, por su bondad con nosotros por medio de Cristo Jesús.
8 Así pues, por gracia habéis sido salvados mediante la fe; y esto no procede de vosotros, puesto que es un don de Dios: 9 es decir, no procede de las obras, para que nadie se gloríe, 10 ya que somos hechura suya, creados en Cristo Jesús, para hacer las obras buenas, que Dios había preparado para que las practicáramos.
A pesar de la situación de pecado en que se encontraban tanto gentiles como judíos (vv. 1-3), el poder misericordioso de Dios ha actuado en ambos (vv. 4-5), dándonos vida en Cristo (vv. 6-7). La iniciativa ha procedido de Dios, que es «rico en misericordia» (v. 4): «En esto consiste la riqueza de misericordia, en darla a los que no la piden. Y tal es el amor de Dios para con nosotros que, puesto que nos hizo, no quiere que perezcamos, pues ama su obra» (Ambrosiaster, Ad Ephesios, ad loc.).
En la Carta a los Romanos, San Pablo había enseñado, frente a los judíos que buscaban la salvación en las obras prescritas por la Ley de Moisés, que la justificación es un don gratuito de Dios. Ahora, en un contexto distinto, ante cristianos procedentes de un mundo helénico, donde se extendían grupos que buscaban la salvación mediante una iniciación al conocimiento de los misterios, la Carta a los Efesios proclama de nuevo que la salvación no procede del hombre, sino que es un don que Dios otorga gratuitamente mediante la fe en Jesucristo. Se afirma con fuerza la gratuidad de la salvación «para evitar que a escondidas se cuele este pensamiento —dice San Jerónimo—: “Si no nos salvan nuestras propias obras, lo cierto es que al menos nuestra fe nos salva, por lo que también nos salva un medio nuestro”. Por eso añadió y dijo que tampoco la fe proviene de nuestra voluntad, sino que es un don de Dios; no porque se le quite al hombre el libre albedrío (...), sino porque indudablemente el mismo libre albedrío tiene a Dios por autor, y todo debe atribuirse a un favor suyo, incluso cuando Él mismo nos permite querer el bien» (Commentarii in Ephesios 1,2,8-9).

lunes, 13 de marzo de 2017

Justificados por la fe (Rm 5,1-2.5-8)

1 Justificados, por tanto, por la fe, estamos en paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, 2 por quien también tenemos acceso en virtud de la fe a esta gracia en la que permanecemos, y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de Dios.
5 Una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado.
6 Porque Cristo, cuando todavía nosotros éramos débiles, murió por los impíos en el tiempo establecido. 7 En realidad, es difícil encontrar alguien que muera por un hombre justo. Quizá alguien se atreva a morir por una persona buena. 8 Pero Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
La nueva vida que resulta de la justificación se realiza en la fe y en la esperanza (Rm 5,1-2), que tienen la garantía del amor de Dios (Rm 5,5). Así pues, fe, esperanza y caridad, «las tres virtudes teologales, que componen el armazón sobre el que se teje la auténtica existencia del hombre cristiano, de la mujer cristiana» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 205), se suceden actuando en nosotros, contribuyendo al crecimiento de la vida de la gracia.
El fruto de este crecimiento es la paz (Rm 5,1), que se hace, de ­algún modo casi inalterable, como anticipo, aunque imperfecto, de la vida eterna. Una paz, que no consiste en la apatía de quien no quiere tener problemas, sino en la firmeza, llena de esperanza, para sobreponerse a las contradicciones y mantenerse fiel. «Quien espera algo con gran fuerza está dispuesto a sufrir todas las dificultades y amarguras para conseguirlo. Así, un enfermo, si desea ardientemente la salud, toma de buena gana la medicina amarga que le sanará» (Sto. Tomás de Aquino, Super Romanos, ad loc.).
El amor del que se habla en el v. 5 es, a la vez, el amor con que Dios nos ama —que se manifiesta en el envío del Espíritu Santo—, y el amor que Dios pone en nuestras almas para que le podamos amar. El Concilio II de Orange, citando a San Agustín, se expresa así: «Amar a Dios es exclusivamente un don de Dios. El mismo que, sin ser amado, ama, nos concedió que le amásemos. Fuimos amados cuando todavía le éramos desagradables, para que se nos concediera algo con que agradarle. En efecto, el Espíritu del Padre y del Hijo, a quien amamos con el Padre y el Hijo, derrama la caridad en nuestros corazones» (De gratia, can. 25; cfr San Agustín, In Ioannis Evangelium 102,5).
Los vv. 6-8 enseñan que la medida del amor que Dios nos tiene se demuestra en la «reconciliación» que se operó mediante el sacrificio de la cruz, cuando Cristo, dando muerte en sí mismo a la enemistad, estableció la paz y nos reconcilió con Dios (cfr Ef 2,15-16). Si, cuando éramos pecadores, nos manifestó ese amor, cuánto más ahora, una vez reconciliados, podemos confiar en que nos salvará. La reconciliación en Cristo aparece, pues, con perfiles muy nítidos: no es que Dios estuviera enemistado con los hombres; éramos nosotros quienes estábamos enemistados con Dios por nuestros pecados; no era Dios el que debía cambiar de actitud, sino el hombre; sin embargo, ha sido Dios quien ha tomado la iniciativa por medio de la muerte de Cristo para que el hombre vuelva a la amistad con Él.

lunes, 26 de septiembre de 2016

La fuerza de la fe (Lc 17,5-10)

27º domingo del Tiempo ordinario – C. Evangelio
5 Los apóstoles le dijeron al Señor:
—Auméntanos la fe.
6 Respondió el Señor:
—Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a esta morera: arráncate y plántate en el mar, y os obedecería.
7 Si uno de vosotros tiene un siervo en la labranza o con el ganado y regresa del campo, ¿acaso le dice: «Entra enseguida y siéntate a la mesa?» 8 Por el contrario, ¿no le dirá más bien: «Prepárame la cena y dispónte a servirme mientras como y bebo, que después comerás y beberás tú?» 9 ¿Es que tiene que agradecerle al siervo el que haya hecho lo que se le había mandado? 10 Pues igual vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: «Somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer».
En los versículos inmediatamente anteriores (vv. 3-4), el Señor había invitado a la grandeza de corazón en el perdón de las ofensas. Los Apóstoles son conscientes de la dificultad de esas exigencias, por eso Cristo enseña que con fe en Dios no hay nada imposible (vv. 5-6).
Es claro que Jesús ni recomienda el trato abusivo del amo ni lo aprueba (vv. 7-10). Pero nos enseña que la virtud desplegada al cumplir sus mandatos despertará la admiración de los demás, y nos consolará interiormente. Pero entonces, en lugar de engreírnos, debemos considerar que cumplimos solamente el plan de Dios: «No te jactes por ser llamado hijo de Dios —reconoce la gracia, y no desconozcas tu naturaleza—, ni te engrías por haberle servido bien: es lo que tenías que hacer. El sol hace su oficio, la luna obedece y los ángeles cumplen su servicio. (...) No pretendamos ser alabados por nosotros mismos, no adelantemos el juicio de Dios (...), reservémoslo para su momento» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).

El justo vive de la fe (Ha 1,2-3; 2,2-4)

27º domingo del Tiempo ordinario – C. 1ª lectura
1,2 ¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio
sin que me escuches?
¿Gritaré a Ti: «¡Violencia!»,
sin que me salves?
3 ¿Por qué me haces ver la iniquidad,
y contemplar la fatiga?
Pues ante mí están la desolación y la violencia,
surgen contiendas y se promueven riñas.
2,2 El Señor me respondió diciendo:
«Escribe la visión,
grábala clara en tablillas,
para que pueda leerse de corrido.
3 Porque la visión aguarda su tiempo,
aspira a su fin, pero no defrauda;
si se demora, espérala,
pues de cierto llegará sin falta».
4 Se derrumbará el que no tiene alma recta,
pero el justo vivirá por su fidelidad.
En esta primera parte de este libro se concentran el mensaje y las circunstancias históricas de la obra. Parece un diálogo entre el Señor y el profeta.
Primero, lamento del profeta ante Dios enumera los desastres que sufre el pueblo: iniquidades, violencia, robo, incumplimiento de la Ley, injusticias, etc. (1,3-4). Sin embargo, lo que le parece más grave al profeta es que el Señor permanezca impasible, y no actúe (1,2). La fuerza de las palabras de Habacuc está probablemente en que no son un simple lamento sino una oración, porque la oración no debe ser artificial, sino vital: «Le digo a Dios simplemente lo que quiero decirle, sin componer fra­ses hermosas, y él siempre me entiende... Para mí, la oración es un impulso del corazón, una simple mirada lanzada hacia el cielo, un grito de gratitud y de amor, tanto en medio del sufrimiento como en medio de la alegría» (S. Teresa del Niño Jesús, Manuscritos autobiográficos, 25).
A continuación, Dios, como para darle la razón al profeta, contesta a sus preguntas. Lo primero que aclara el Señor es que cuanto dice se cumplirá: es posible que pase el tiempo, pero no su palabra (vv. 2-3). Y esto tiene sus consecuencias: esa espera será criba de fidelidad (v. 4).
Este último versículo —«Se derrumbará el que no tiene alma recta, pero el justo vivirá por su fidelidad»— es importante en la tradición bíblica, tanto judía como cristiana. Para algunos rabinos era el compendio de los 613 mandamien­tos de la Ley; para los comentaristas de Qumrán significaba que quien cumpliera la Ley se vería libre del juicio, y en el Nuevo Testamento se cita en varias ocasiones para significar la fuerza de la fe y la necesidad de la fortaleza.
Sin embargo, presenta dificultades en su vocabulario y una cierta ambigüedad que se refleja en las traducciones y en la actualización del texto en el Nuevo Testamento. La forma «se derrumbará» —que también se podría traducir «se vendrá abajo», «se volverá atrás»— es traducción del griego más que del texto hebreo, cuya forma significaría más bien «se engalla», «se hincha». La Carta a los Hebreos (10,38), cita este texto, desde la traducción griega, para exhortar a la perseverancia en la fe recibida: «Mi justo vivirá de fe, y, si se volviera atrás, mi alma no se complacerá en él». Aunque el autor de la Carta invierte el orden de Habacuc, el texto de He­breos profundiza en el mismo sentido expuesto por el profeta, actualizándolo en la vida de aquellos cristianos.
Del mismo modo, «fidelidad» traduce una expresión hebrea muy común (‘emunah) que significa estabilidad, fidelidad, fe. Se dice de Dios (Dt 32,4) y es también característica de los que le honran (2 Cro 19,9) y son justos a sus ojos (Pr 12,22). En Rm 1,17 y Ga 3,11, San Pablo cita la segunda parte del versículo de Habacuc —«el justo vivirá de la fe»— en sentido individual, para fundamentar la doctrina de la justificación por la fe sin necesidad de las obras de la Ley. Esta cita de San Pablo es la que ha dado enorme relevancia al texto del profeta en el ámbito cristiano.

La interpretación de San Jerónimo, contempla los dos horizontes del texto: el de los primeros destinatarios, y el del cristiano: «Si tu fe duda y piensas que no va a venir lo que prometo, tendrás la gran culpa de desagradar a mi alma. Pe­ro el justo que cree en mis palabras y no duda de las cosas que prometo, tendrá como premio la vida eterna (...). Manifiestamente, en estas palabras hay una profecía de la venida de Cristo. De donde la cuestión propuesta se resuelve: hasta que Él venga, la iniquidad dominará en el mundo y el juicio no llegará a su fin» (Commentarii in Abacuc 2,4). Pero el texto tiene forma de máxima, y por eso es de fácil actualización en la vida cristiana. Así, por ejemplo, como el Nuevo Testamento dice de San José que era justo (cfr Mt 1,19), se le puede aplicar el texto de Habacuc como señal de que la justicia comporta la fe: «No está la justicia en la mera sumisión a una regla: la rectitud debe nacer de dentro, debe ser honda, vital, porque el justo vive de la fe (Ha 2,4). Vivir de la fe: Esas palabras que fueron luego tantas veces tema de meditación para el apóstol Pablo, se ven realizadas con creces en San José. Su cumplimiento de la voluntad de Dios no es rutinario ni formalista, sino espontáneo y profundo. La ley que vivía todo judío practicante no fue para él un simple código ni una recopilación fría de preceptos, sino expresión de la voluntad de Dios vivo. Por eso supo reconocer la voz del Señor cuando se le manifestó inesperada, sorprendente» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 41).

lunes, 1 de agosto de 2016

La fe de nuestros padres (Hb 11,1-2.8-19)

19º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura
1 La fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven. 2 Por ella los antepasados han recibido un testimonio.
8 Por la fe, Abrahán obedeció al ser llamado para ir al lugar que iba a recibir en herencia, y salió sin saber adónde marchaba. 9 Por la fe, peregrinó por la tierra prometida como en tierra extraña, y habitó en tiendas, igual que harían Isaac y Jacob, coherederos de las mismas promesas; 10 porque esperaba la ciudad fundada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. 11 Por la fe, también Sara, que era estéril, recibió vigor para concebir, aun superada ya la edad oportuna, porque creyó que era digno de fe el que se lo había prometido. 12 De modo que de uno solo, y ya decrépito, nacieron hijos tan numerosos como las estrellas del cielo e incontables como las arenas de las playas del mar.
13 En la fe, murieron todos ellos, sin haber conseguido las promesas, sino viéndolas y saludándolas desde lejos, y reconociendo que eran peregrinos y forasteros en la tierra. 14 Los que hablaban así manifestaban que iban en busca de una patria. 15 Pues si hubieran añorado la tierra de la que habían salido, habrían tenido ocasión de volver a ella. 16 Pero aspiraban a una patria mejor, es decir, a la celestial. Por eso, Dios no se avergüenza de ser llamado Dios suyo, porque les ha preparado una ciudad.
17 Por la fe, Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac, y el que había recibido las promesas se dispuso a ofrecer a su único hijo 18 de quien se le había dicho: En Isaac tendrás descendencia. 19 Pensaba, en efecto, que Dios es poderoso incluso para resucitar de entre los muertos. Por eso lo recobró y fue como un símbolo.
La exhortación a la fe mencionada al final del capítulo anterior (Hb 10,39) da paso a un encendido elogio de la fe de los antepasados, por la que recibieron un «testimonio» (v. 2), es decir, reconocimiento divino. En primer lugar (v. 1) define la esencia de esta virtud: por medio de la fe el creyente adquiere una certeza firme respecto a las promesas divinas y una posesión anticipada de los bienes celes­tiales.

Entre todos los ejemplos de fe destaca el de Abrahán (vv. 8-19), el modelo por antonomasia, en el Antiguo Testamento, de fe en Dios (cfr 6,13ss.; Gn 12,1-4; Rm 4,1ss.; Ga 3,6-9). «Obedecer (“ob-audire”) en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obe­dien­cia, Abrahán es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 144).

lunes, 28 de marzo de 2016

A quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados (Jn 20,19-31)


Domingo 2º de Pascua – C. Evangelio
19 Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo:
—La paz esté con vosotros.
20 Y dicho esto les mostró las manos y el costado.
Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. 21 Les repitió:
—La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo.
22 Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo:
—Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.
24 Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25 Los otros discípulos le dijeron:
—¡Hemos visto al Señor!
Pero él les respondió:
—Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.
26 A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo:
—La paz esté con vosotros.
27 Después le dijo a Tomás:
—Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.
28 Respondió Tomás y le dijo:
—¡Señor mío y Dios mío!
29 Jesús contestó:
—Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído.
30 Muchos otros signos hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no han sido escritos en este libro. 31 Sin embargo, éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
La aparición de Jesús glorioso a los discípulos y la efusión del Espíritu Santo sobre ellos viene a equivaler, en el Evangelio de Juan, a la Pentecostés en el libro de los Hechos, de San Lucas. «Ya se había llevado a cabo el plan salvífico de Dios en la tierra; pero convenía que nosotros llegáramos a ser partícipes de la naturaleza divina del Verbo, esto es, que abandonásemos nuestra vida anterior para transformarla y conformarla a un nuevo estilo de vida y de santidad. Esto sólo podía llevarse a efecto con la comunicación del Espíritu Santo» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarium in Ioannem 10).
La misión que el Señor da a los Apóstoles (vv. 22-23), similar a la del final del Evangelio de Mateo (Mt 28,18ss.), manifiesta el origen divino de la misión de la Iglesia y su poder para perdonar los pecados. «El Señor, principalmente entonces, instituyó el sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: Recibid el Espíritu Santo... Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos los Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del Bautismo» (Conc. de Trento, De Paenitentia, cap. 1).
En la nueva aparición, ocho días más tarde (20,24-29), destaca la figura de Tomás. Así como María Magdalena era modelo de los que buscan a Jesús (20,1-11), Tomás llega a ser la figura de los que dudan de Él, tanto de su divinidad como de su Humanidad, pero que luego se convierten sin reservas. El Resucitado es el mismo que el crucificado. El Señor manifiesta nuevamente que la fe en Él ha de apoyarse en el testimonio de quienes le han visto. «¿Es que pensáis —comenta San Gregorio Magno— que aconteció por pura casualidad que estuviera ausente entonces aquel discípulo elegido, que al volver oyese relatar la aparición, y que al oír dudase, dudando palpase y palpando creyese? No fue por casualidad, sino por disposición de Dios. La divina clemencia actuó de modo admirable para que tocando el discípulo dubitativo las heridas de carne en su -Maestro, sanara en nosotros las heridas de la incredulidad (...). Así el discípulo, dudando y palpando, se convirtió en testigo de la verdadera resurrección» (Homiliae in Evangelia 26,7).
Los vv. 30-31 constituyen el primer epílogo o conclusión del evangelio. Exponen la finalidad que perseguía Juan al escribir su obra: que los hombres creamos que Jesús es el Mesías, el Cristo anunciado en el Antiguo Testamento por los profetas, y el Hijo de Dios, y que esa fe nos lleve a participar ya aquí de la vida eterna.