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domingo, 31 de diciembre de 2017

¡Abbá! Padre (Ga 4,4-7)

Santa María, Madre de Dios - 2ª lectura
4 Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, 5 para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. 6 Y, puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abbá, Padre!» 7 De manera que ya no eres siervo, sino hijo; y como eres hijo, también heredero por gracia de Dios.
En Cristo, Dios ofrece a todos los hombres la posibilidad de llegar a ser hijos suyos, y a todos envía el Espíritu de su Hijo. «Cualquier hombre que cree (...) ya no pertenece a la ascendencia de su padre carnal, sino a la simiente del Salvador, que se hizo precisamente Hijo del hombre, para que nosotros pudiésemos llegar a ser hijos de Dios» (S. León Magno, Sermo 6 in Nativitate 2).
Con la Encarnación en «la plenitud de los tiempos» (v. 4), la historia ha llegado a su momento culminante, ha quedado definitivamente orientada hacia Dios: «Cuando San Pablo habla del nacimiento del Hijo de Dios lo sitúa en “la plenitud de los tiempos”. En realidad el tiempo se ha cumplido por el hecho mismo de que Dios, con la Encarnación, se ha introducido en la historia del hombre. La eternidad ha entrado en el tiempo: ¿qué “cumplimiento” es mayor que este? ¿qué otro “cumplimiento” sería posible?» (Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, n. 9).
Las palabras «nacido de mujer» (v. 4) subrayan la verdadera Humanidad de Jesús y enseñan el papel de la Virgen María, la Nueva Eva, en la obra de la redención: «“Dios envió a su Hijo” (Ga 4,4), pero para “formarle un cuerpo” (cfr Hb 10,5) quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a “una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (Lc 1,26-27)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 488).
Los judíos no utilizaron el vocablo arameo «Abbá» (v. 6) —nombre familiar con que los niños pequeños se dirigían a sus padres— para dirigirse a Dios, tal vez por respeto a la Majestad divina. Jesucristo, de una manera novedosa, lo usó para dirigirse a Dios Padre, mostrando así su especial relación de Hijo y su confianza y entrega a la voluntad de su Padre (cfr Mc 14,36). San Pablo se hace eco de la tradición y enseña que es el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, quien permite reconocernos hijos de Dios (cfr Rm 8,16-17): el cristiano es así hijo en el Hijo por el Espíritu Santo. «Si tenemos relación asidua con el Espíritu Santo, nos haremos también nosotros espirituales, nos sentiremos hermanos de Cristo e hijos de Dios, a quien no dudaremos en invocar como a Padre que es nuestro» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 136).

lunes, 27 de junio de 2016

Que no me gloríe sino en la cruz de Jesús (Ga 6,14-18)

14º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura
14 ¡Que yo nunca me gloríe más que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo!
15 Porque ni la circuncisión ni la falta de circuncisión importan, sino la nueva criatura. 16 Para todos los que sigan esta norma, paz y misericordia, lo mismo que para el Israel de Dios.
17 En adelante, que nadie me importune, porque llevo en mi cuerpo las señales de Jesús.
18 Hermanos, que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu. Amén.
San Pablo era consciente que la predicación de Cristo crucificado constituía escándalo para los judíos y locura para los paganos (cfr 1 Co 1,23). Sin embargo, el misterio de la cruz era la esencia de la predicación apostólica (cfr Hch 2,22-24; 3,13-15; etc.), ya que en él está toda posibilidad de vida y salvación eterna. Los judaizantes se jactaban de llevar en su carne la circuncisión, señal de la Antigua Alianza. Pablo, en cambio, muestra que sólo hay una señal que sea motivo de gloria: la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, con la que selló la Nueva Alianza y cumplió la Redención. Ésa es la señal del cristiano. La cruz de Cristo, lejos de ser una locura, es la fuerza y la sabiduría de Dios.
En continuidad con las palabras de San Pablo, la tradición cristiana ha dejado escritas en honor a la cruz páginas de gran piedad. Así, por ejemplo, en una homilía pascual del siglo II, de autor desconocido, se dice: «Cuando me sobrecoge el temor de Dios, la Cruz es mi protección; cuando tropiezo, mi auxilio y mi apoyo; cuando combato, el premio; y cuando venzo, la corona. La Cruz es para mí una senda estrecha, un camino angosto: la escala de Jacob, por donde suben y bajan los ángeles, y en cuya cima se encuentra el Señor». San Anselmo, por su parte, comenta: «¡Oh Cruz, que has sido escogida y preparada para bienes tan inefables!, eres alabada y ensalzada no tanto por la inteligencia y la ­lengua de los hombres, ni aun de los ­ángeles, como por las obras que gracias a ti se rea­lizaron. ¡Oh Cruz, en quien y por quien me han venido la salvación y la vida, en quien y por quien me llega todo bien!, Dios no quiera que yo me glorie si no es en ti» (Meditationes et orationes 4). Y Santa Edith Stein escribe: «El alma fue creada para la unión con Dios mediante la Cruz, redimida en la Cruz, consumada y santificada en la Cruz, pa­ra quedar marcada con el sello de la Cruz por toda la eternidad» (Ciencia de la Cruz 337).
La expresión «nueva criatura» (v. 15) señala la transcendencia de la gracia divina sobre toda acción humana: si las cosas existen porque han sido creadas, el hombre vive en el orden sobrenatural porque ha sido «creado de nuevo»: «Hemos sido creados —comenta Santo Tomas de Aquino— y hemos recibido el ser natural por medio de Adán; pero aquella criatura ya había envejecido, se había corrompido, y por esto el Señor, al hacernos y al constituirnos en el estado de gracia, obró una especie de criatura nueva. (...). Así pues, por medio de la nueva criatura, es decir, por la fe en Cristo y por el amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones, somos renovados y nos unimos a Cristo» (Super Galatas, ad loc.).

Las «señales» del v. 17 evocan las marcas que en la antigüedad se hacían a los esclavos para señalar a qué familia pertenecían. San Pablo podría aludir a esa costumbre para declararse siervo del Señor, signado por las cicatrices y los sufrimientos de la proclamación del Evangelio, que en cualquier caso son más gloriosas que las de la circuncisión.

lunes, 20 de junio de 2016

La libertad cristiana (Ga 5,1.13-18)

13º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura
1 Para esta libertad Cristo nos ha liberado. Manteneos, por eso, firmes, y no os dejéis sujetar de nuevo bajo el yugo de la servidumbre. 13 Porque vosotros, hermanos, fuisteis llamados a la libertad. Pero que esta libertad no sea pretexto para la carne, sino servíos unos a otros por amor. 14 Pues toda la Ley se resume en este único precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 15 Y si os mordéis y os devoráis unos a otros, mirad que acabaréis por destruiros.
16 Y os digo: caminad en el Espíritu y no deis satisfacción a la concupiscencia de la carne. 17 Porque la carne tiene deseos contrarios al espíritu, y el espíritu tiene deseos contrarios a la carne, porque ambos se oponen entre sí, de modo que no podéis hacer lo que os gustaría.
18 Si os dejáis conducir por el Espíritu, no estáis sujetos a la Ley.
Para Pablo la libertad cristiana no significa libertinaje: la ley de Cristo confirma y profundiza el Decálogo (vv. 13-15). Cristo dio a los diez mandamientos nuevo vigor y mostró que la clave y ­resumen de todos ellos es el Amor: un amor a Dios, que lleva consigo necesariamente el amor al prójimo. «Puede también preguntarse —comenta San Agustín— por qué el Apóstol habla aquí sólo del amor al prójimo, con el cual dijo que se cumple la Ley (...), cuando en rea­lidad la caridad sólo es perfecta si se viven los dos preceptos del amor a Dios y al prójimo (...). Pero ¿quien puede amar al prójimo, es decir, a todo hombre, como a sí mismo, si no ama a Dios, ya que sólo con su precepto y su don puede cumplir el amor al prójimo? De ahí que, como ambos preceptos no se pueden guardar uno sin otro, basta nombrar uno de ellos» (Expositio in Galatas 45).

La libertad quiere decir que el hombre es capaz de caminar hacia Dios, su verdadero y último fin (vv. 16-26). Se es libre cuando se es conducido por el Espíritu de Dios. 

lunes, 13 de junio de 2016

Os habéis revestido de Cristo (Ga 3,26-29)

12º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura
26 En efecto, todos sois hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús. 27 Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo. 28 Ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús. 29 Si vosotros sois de Cristo, sois también descendencia de Abrahán, herederos según la promesa.

San Pablo acaba de decir en el párrafo anterior que la Ley fue dada por Dios como «pedagogo» —el criado que en tiempos de Pablo estaba para cuidar de los niños y llevarlos a la escuela— para guiar a los hombres a Cristo (vv. 23-25). Con la redención de Jesucristo (v. 26), el hombre alcanza su mayoría de edad y con ella se ve libre del pedagogo. Por la fe en Cristo y mediante el Bautismo se hace hijo de Dios y se reviste de Cristo (v. 27), «no de cualquier hermosura o de cualquier valor —glosa San Juan de Ávila—, sino del mismo Jesucristo, que es la suma de toda hermosura, de todo el valor y de toda la riqueza» (Lecciones sobre Gálatas, ad loc.). Desde ese momento desaparece toda diferencia entre los creyentes (v. 28), todos pasamos a ser descendencia de Abrahán y partícipes de las promesas divinas (v. 29): «No hay, pues, más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más que un color: el color de los hijos de Dios. Y no hay más que una lengua: ésa que habla al corazón y a la cabeza, sin ruido de palabras, pero dándonos a conocer a Dios y haciendo que nos amemos los unos a los otros» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 106).

lunes, 6 de junio de 2016

Cristo me amó y se entregó por mí (Ga 2,16.19-21)

11º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura
16 Sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por medio de la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la Ley, ya que por las obras de la Ley ningún hombre será justificado.
19 Porque yo por la Ley he muerto a la Ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy crucificado: 20 vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí. 21 No anulo la gracia de Dios; pues si la justicia viene por medio de la Ley, entonces Cristo murió por nada.
Es comprensible que los fieles de Jerusalén, crecidos en la religión israelita, siguieran las costumbres judías, pero San Pablo se da cuenta del peligro de fondo que entrañaba aferrarse a esas prácticas, y por eso proclama la novedad de la fe cristiana: sólo la adhesión a Cristo nos justifica ante Dios.
Frente a tales errores, el Apóstol resalta las consecuencias de la justificación: al adherirnos a Cristo por la fe, Él vive en nosotros, y así, con Él y como Él, vivimos para Dios (vv. 19-20). Como comenta San Agustín, «Cristo en el creyente se va formando por la fe en lo profundo de su ser, llamado a la libertad de la gracia, manso y humilde de corazón, que no se jacta del mérito de sus obras, porque de suyo no tienen valor (...). Y Cristo se forma en el que asimila la forma de Cristo, y asimila la forma de Cristo el que se une a Él con amor espiritual» (Expositio in Galatas 38). Como consecuencia, el cristiano «debe vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus, no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mi (...). Que pueda decirse que cada cristiano es no ya alter Christus, sino ipse Christus, ¡el mismo Cristo!» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, nn. 103 y 104).

Tan grande realidad es consecuencia del amor de Cristo que se entregó voluntariamente a la muerte por cada uno de nosotros (v. 20). Pensar en este amor servirá de estímulo y consuelo: «Sólo de Él, cada uno de nosotros puede decir con plena verdad, junto con San Pablo: Me amó y se entregó por mí (Ga 2,20). De ahí debe partir vuestra alegría más profunda, de ahí ha de venir también vuestra fuerza y vuestro sostén. Si vosotros, por desgracia, debéis encontrar amarguras, padecer sufrimientos, experimentar incomprensiones y hasta caer en pecado, que rápidamente vuestro pensamiento se dirija hacia Aquel que os ama siempre y que con su amor ilimitado, como de Dios, hace superar toda prueba, llena todos nuestros vacíos, perdona todos nuestros pecados y empuja con entusiasmo hacia un camino nuevamente seguro y alegre» (Juan Pablo II, Alocución 1-III-1980).

lunes, 30 de mayo de 2016

La vocación de Pablo (Ga 1, 11-19)

10º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura
11 Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio que yo os he anunciado no es algo humano; 12 pues yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. 13 Porque habéis oído de mi conducta anterior en el judaísmo: cómo perseguía con saña a la Iglesia de Dios y la combatía, 14 y aventajaba en el judaísmo a muchos contemporáneos de mi raza, por ser extremadamente celoso de las tradiciones de mis padres. 15 Pero cuando Dios, que me eligió desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien 16 revelar en mí a su Hijo para que le anunciara entre los gentiles, enseguida, sin pedir consejo a la carne ni a la sangre, 17 y sin subir a Jerusalén a ver a los apóstoles, mis predecesores, me retiré a Arabia, y de nuevo volví a Damasco.
18 Luego, tres años después, subí a Jerusalén para ver a Cefas, y permanecí a su lado quince días; 19 pero no vi a ningún otro de los apóstoles, excepto a Santiago, el hermano del Señor
La vocación de Pablo confirma la autenticidad de lo que enseña. Su Evangelio —que no se aparta del que proclaman los demás Apóstoles (cfr 2,2; 1 Co 15,3)— no viene de un hombre, sino de la revelación de Jesucristo (v. 12). Su vocación, como la de otros enviados por Dios (cfr Jr 1,5; Is 49,1-5; Lc 1,14), manifiesta la iniciativa divina y la ausencia de méritos personales. Cuando la voluntad de Dios se le manifestó a Pablo en el camino de Damasco (cfr Hch 9,3-6), su vida cambió radicalmente (vv. 13-17): de no producirse ese cambio —que había llenado de gozo a las comunidades cristianas de Judea (vv. 22-24) y del que eran testigos los gálatas—, de nada servirían las declaraciones sobre su vocación y misión.
Pablo nos informa que tras un tiempo de retiro en Arabia (probablemente en el reino de los nabateos, al sur de Damasco), volvió a la capital de Siria (v. 17), y que después marchó a Jerusalén (vv. 18-20; cfr Hch 9,26-30; 22,18) para ver a Cefas. Su estancia junto a Pedro muestra el reconocimiento por parte de Pablo de la misión preeminente de Simón Pedro: «Se dirige a él como a persona excelsa e importante. Y no dijo: “Mirar a Pedro”, sino “Visitar a Pedro”, como afirman los que exploran grandes y espléndidas ciudades» (S. Juan Crisóstomo, In Galatas 1,1,18). Con este espíritu, a lo largo de los siglos, también los cristianos han manifestado su amor a Pedro y a sus sucesores, acudiendo en peregrinación a Roma «para ver a Pedro» (v. 18).

Probablemente «Santiago, el hermano del Señor» (v. 19) es quien dirigió algún tiempo la comunidad cristiana de Jerusalén y a quien se le atribuye la carta que lleva su nombre (cfr St 1,1).

lunes, 21 de mayo de 2012

Los frutos del Espíritu (Ga 5,16-25)


Pentecostés – B. 2ª lectura
16 Y os digo: caminad en el Espíritu y no deis satisfacción a la concupiscencia de la carne. 17 Porque la carne tiene deseos contrarios al espíritu, y el espíritu tiene deseos contrarios a la carne, porque ambos se oponen entre sí, de modo que no podéis hacer lo que os gustaría.
18 Si os dejáis conducir por el Espíritu, no estáis sujetos a la Ley. 19 Ahora bien, están claras cuáles son las obras de la carne: la fornicación, la impureza, la lujuria, 20 la idolatría, la hechicería, las enemistades, los pleitos, los celos, las iras, las riñas, las discusiones, las divisiones, 21 las envidias, las embriagueces, las orgías y cosas semejantes. Sobre ellas os prevengo, como ya os he dicho, que los que hacen esas cosas no heredarán el Reino de Dios. 22 En cambio, los frutos del Espíritu son: la caridad, el gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fe, 23 la mansedumbre, la continencia. Contra estos frutos no hay ley.
24 Los que son de Jesucristo han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias. 25 Si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu.
La libertad quiere decir que el hombre es capaz de caminar hacia Dios, su verdadero y último fin. Se es libre cuando se es conducido por el Espíritu de Dios. Éste da fuerza al espíritu humano para superar las inclinaciones de la carne, denunciadas por la Ley (vv. 19-21), y para producir los frutos que están por encima de ella (vv. 22-23). De ahí que, cuando no se vive conforme al Espíritu, la persona se deja llevar por las apetencias de la carne. «Se dice que alguien vive según la carne cuando vive para sí mismo. En este caso, por “carne” se entiende todo el hombre. Ya que todo lo que proviene del desordenado amor a uno mismo se llama obra de la carne» (S. Agustín, De civitate Dei 14,2). Por eso, se incluyen entre las obras de la carne no sólo los pecados de impureza (v. 19) y las faltas de templanza (v. 21), sino también los pecados que van contra la religión y la caridad (v. 20). En cambio, cuando una persona deja actuar al Espíritu Santo su vida se transforma en una vida «según el Espíritu» (v. 25), en una vida sobrenatural que ya no es simplemente humana, sino divina. El alma se convierte entonces en un árbol bueno que se da a conocer por sus frutos. En la tradición cristiana, estas acciones que revelan la presencia del Paráclito y causan en el hombre un deleite espiritual, como primicias de la vida eterna, son llamadas frutos del Espíritu Santo (cfr Summa theologiae 1-2,70,1). «Los frutos enumerados por el Apóstol son aquellos que el Espíritu Santo causa y comunica a los hombres justos, aun durante esta vida, y están llenos de toda dulzura y gozo, pues son propios del Espíritu Santo, que “en la Trinidad es el amor del Padre y del Hijo y que llena de infinita dulzura a todas las criaturas” (S. Agustín, De Trinitate 5,9)» (León XIII, Divinum illud munus, n. 12). Tradicionalmente, la catequesis cristiana, al hilo de los vv. 22 y 23 según la Vulgata (que añade la paciencia, la fidelidad y la modestia), habla de doce frutos.