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miércoles, 6 de marzo de 2019

Las tentaciones de Jesús (Lc 4,1-13)


1º domingo de Cuaresma –C. Evangelio
1 Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, 2 donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada en estos días, y al final sintió hambre. 3 Entonces le dijo el diablo:
—Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.
4 Y Jesús le respondió:
—Escrito está:
No sólo de pan vivirá el hombre.
5 Después el diablo lo llevó a un lugar elevado y le mostró todos los reinos de la superficie de la tierra en un instante 6 y le dijo:
—Te daré todo este poder y su gloria, porque me han sido entregados y los doy a quien quiero. 7 Por tanto, si me adoras, todo será tuyo.
8 Y Jesús le respondió:
—Escrito está:
Adorarás al Señor tu Dios
y solamente a Él darás culto.
9 Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso sobre el pináculo del Templo 10 y le dijo:
—Si eres Hijo de Dios, arrójate de aquí abajo, porque escrito está:
Dará órdenes a sus ángeles sobre ti
para que te protejan
11 y te lleven en sus manos,
no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.
12 Y Jesús le respondió:
—Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios.
13 Y terminada toda tentación, el diablo se apartó de él hasta el momento oportuno.
En el inicio de su misión salvadora, el Señor ayuna (vv. 2-3) y sufre las tentaciones de Satanás. Los tres evangelios sinópticos recuerdan que el episodio tiene lugar en el «desierto» (v. 1). Con esa palabra (cfr 3,2) se designa probablemente la depresión que hay junto al Jordán, al norte del Mar Muerto. Sin embargo, también tiene un sentido teológico: en el desierto fueron tentados, y vencidos, Moisés e Israel; en el desierto es tentado Jesús, que vence donde otros cayeron: el diablo quiere apartar a Jesús de su misión, pero Jesús le vence. Ya que en el tercer evangelio la genealogía del Señor llega hasta Adán, la tradición cristiana vio en este relato una victoria de Jesús como antitipo de Adán; donde Adán fue vencido, Jesús venció, inaugurando así la nueva humanidad: «Es conveniente recordar cómo el primer Adán fue expulsado del paraíso al desierto, para que adviertas cómo el segundo Adán viene del desierto al paraíso. Ves cómo sus daños se reparan siguiendo sus encadenamientos y cómo los beneficios divinos se renuevan tomando sus propias trazas» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).
En la primera tentación (vv. 3-4), el evangelista narra cómo el diablo pone a prueba la filiación divina de Jesús que Dios Padre acaba de proclamar (cfr 3, 22); en la segunda (vv. 5-8), le ofrece el reinado de este mundo a cambio de un homenaje a Satán; en la tercera (vv. 9-12), situado en el pináculo del Templo de Jerusalén, el diablo le propone escapar de la muerte ostentosamente en virtud de ser Hijo de Dios. Esta narración es muy semejante a la de San Mateo aunque se diferencia en el orden de las tentaciones: la segunda de Mateo viene como la tercera en Lucas, y viceversa. Como el orden de San Mateo coincide con el de las tentaciones de Israel en el libro del Éxodo (cfr nota a Mt 4,1-11), y en el Evangelio de San Lucas, Jerusalén y, más en concreto, el Templo tienen gran relieve —allí concluyen el Evangelio de la infancia, y el evangelio entero—, se suele pensar que San Lucas ha acomodado aquí el orden para destacar la Ciudad Santa: en Jerusalén se consuma nuestra salvación, y también la victoria de Jesús sobre «toda» tentación (v. 13): «No diría la Sagrada Escritura que acabada toda tentación se retiró el diablo de Él, si en las tres no se hallase la materia de todos los pecados. Porque la causa de las tentaciones son las causas de las concupiscencias: el deleite de la carne, el afán de gloria y la ambición de poder» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 3,41,4 ad 4).
Jesús vence ahora al diablo, y el texto dice que éste esperó al «momento oportuno» (v. 13). Se refiere, sin duda, a la pasión y muerte del Señor. En el comienzo del relato de la pasión, San Lucas dice que «entró Satanás en Judas» (22,3), y a partir de ahí se desencadenan los acontecimientos (cfr nota a 22,1-6). Pero también entonces vencerá Jesús: con su aceptación filial del designio del Padre, liberará a los hombres de quien tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo (cfr Hb 2,14). A diferencia de Mateo y Marcos, San Lucas no recuerda que los ángeles sirvieron al Señor al acabar las tentaciones; en cambio, sí menciona el consuelo de un ángel en la agonía de Getsemaní (22,43): «El Maestro quiso ser tentado en todas las cosas en las cuales lo somos nosotros, como quiso morir porque nosotros morimos; como quiso resucitar, porque también habíamos de resucitar» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 90,2,1).
El pasaje nos enseña también que las armas para vencer las tentaciones son la oración, el ayuno, no dialogar con la tentación, tener en los labios las palabras de Dios en la Escritura y poner la confianza en el Señor.

lunes, 28 de enero de 2019

Ningún profeta es bien recibido en su tierra (Lc 4,21-30)

4º domingo del Tiempo ordinario – C. Evangelio
21 Y comenzó a decirles:
—Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.
22 Todos daban testimonio en favor de él y se maravillaban de las palabras de gracia que procedían de su boca, y decían:
—¿No es éste el hijo de José?
23 Entonces les dijo:
—Sin duda me aplicaréis aquel proverbio: «“Médico, cúrate a ti mismo”. Cuanto hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu tierra».
24 Y añadió:
—En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra. 25 Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías, cuando durante tres años y seis meses se cerró el cielo y hubo gran hambre por toda la tierra; 26 y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. 27 Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio.
28 Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira 29 y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. 30 Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.
Los habitantes de Nazaret que se maravillaban de Jesús (v. 22) inmediatamente se llenan de ira ante sus palabras (v. 28). En cierta manera, se cumplen ya las palabras de Simeón en el Templo (2,34): Jesús es causa de dolor y gozo. La falta de fe de los conciudadanos del Señor les lleva a pedir a Jesús un milagro que acredite su enseñanza. Al no hacerlo Jesús, es posible que sus paisanos le consideren un falso profeta y por eso intentan despeñarlo (v. 29; cfr Dt 13,2ss.). Así se pone de manifiesto la mezquindad de aquellos hombres que no han sabido ver la verdad que tienen en sí las palabras del Señor (v. 22). Por eso el episodio nos enseña a descubrir los caminos por los que podemos entender de verdad a Jesús: sólo podremos hacerlo en la humildad y en el desinterés.

lunes, 7 de enero de 2019

Bautismo de Jesús (Lc 3,15-16.21-22)


El Bautismo del Señor – C. Evangelio
15 Como el pueblo estaba expectante y todos se preguntaban en su interior si acaso Juan no sería el Cristo, 16 Juan salió al paso diciéndoles a todos:
—Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatarle la correa de las sandalias: él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego.
21 Se estaba bautizando todo el pueblo. Y cuando Jesús fue bautizado, mientras estaba en oración, se abrió el cielo 22 y bajó el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como una paloma. Y se oyó una voz que venía del cielo:
—Tú eres mi Hijo, el Amado, en ti me he complacido.
Los cuatro evangelios recogen la actividad del Bautista que precedió la vida pública de Cristo.
Juan recuerda que él no es el Mesías, pero que éste está al llegar y que vendrá con el poder de juez supremo, propio de Dios, y con una dignidad que no tiene parangón humano (vv. 15-16): «Aprended del mismo Juan un ejemplo de humildad. Le tienen por Mesías y niega serlo; no se le ocurre emplear el error ajeno en beneficio propio. (...) Comprendió dónde tenía su salvación; comprendió que no era más que una antorcha, y temió que el viento de la soberbia la pudiese apagar» (S. Agustín, Sermones 293,3).
El Bautismo de Jesús es narrado por los tres evangelios sinópticos. También se encuentran alusiones a él en el Evangelio de San Juan (Jn 1,29-34) y en los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,5; 10,38). En todos se presenta como el comienzo del ministerio, o mejor, como la preparación inmediata a su vida pública. Su significación es muy rica: es la manifestación (epifanía) de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios, y la aceptación y la inauguración de su misión de «Siervo doliente» (cfr nota a Mt 3,13-17). Para los hombres representa también el signo de la reconciliación del mundo con Dios (cfr nota a Mc 1,13-17). Este acontecimiento, la adoración de los Magos (Mt 2,11) y el primer milagro que hizo el Señor en las bodas de Caná (Jn 2,11) constituyen las tres primeras manifestaciones solemnes de la divinidad de Cristo; como tales se evocan en la liturgia de la solemnidad de la Epifanía: «Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: hoy, la estrella condujo a los Magos al pesebre; hoy, el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy, Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, para salvarnos. Aleluya» (Liturgia de las Horas, Antífona del Magnificat 2ª visperas).

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Jesús perdido en el Templo (Lc 2,41-52)


Domingo de la Sagrada Familia. C - Evangelio
41 Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. 42 Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. 43 Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo advirtiesen sus padres. 44 Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, 45 y al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. 46 Y al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. 47 Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas. 48 Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre:
—Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos.
49 Y él les dijo:
—¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?
50 Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.
51 Bajó con ellos, vino a Nazaret y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. 52 Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres.
Característico del Evangelio de la infancia es que apenas recoge obras o ­palabras de Jesús: aprendemos quién es Jesucristo de las acciones y palabras de los otros personajes de la narración. Este episodio viene a cambiar ese proceder. El ángel había proclamado la filiación divina de Jesús en el anuncio (1,35), poco después lo dirá también la voz del cielo en el Bautismo (3,22): en medio de los dos testimonios, Jesús mismo lo afirma ahora con sus palabras (v. 49): «El hallazgo de Jesús en el Templo es el único suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los años ocultos de Jesús. Jesús deja entrever en ello el misterio de su consagración total a una misión derivada de su filiación divina» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 534).
Los Ácimos y Pascua eran una de las tres fiestas en que los varones de Israel debían peregrinar al Templo de Jerusalén (Dt 16,16). La obligación no concernía a las mujeres y a los niños, aunque las familias piadosas solían llevarlos desde edad temprana. La pérdida de Jesús es explicable. Por entonces, Jerusalén solía triplicar su población en las fiestas de las peregrinaciones. Acostumbraban a ir en caravanas y en dos grupos, uno de hombres y otro de mujeres. Los niños podían ir indistintamente en cualquiera. Al hacer un alto en el camino, se reunían las familias: quizás entonces descubrieron que el Niño se había quedado en Jerusalén. El evangelista narra las circunstancias de ese viaje con sobriedad, porque quiere detenerse en el diálogo de Jesús con su Madre. En efecto, sus padres lo encuentran «escuchando y preguntando» a los doctores (v. 46), de tal manera que los presentes están «admirados de su sabiduría y de sus respuestas» (v. 47). Es un modo de preparar lo que se leerá a continuación: Jesús no es un niño cualquiera, ni siquiera un niño más sabio que los demás: es el Hijo de Dios. El diálogo de Jesús con su Madre sorprende por su aparente desapego, pero, para entenderlo, no hay que olvidar que la mentalidad semita es aficionada a los contrastes y a las antítesis. Jesús, como afirma San Ambrosio, «no les reprende porque le busquen como hijo, sino que les hace levantar los ojos de su espíritu para que vean lo que se debe a Aquel de quien es Hijo Eterno» (Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).
Lucas concluye los episodios de la infancia con un resumen de la vida de Jesús y María en esos años: tres cortas frases de una riqueza extraordinaria (vv. 51-52), y que son como un estribillo del Evangelio de la infancia (cfr 2,19.39-40).
Jesús «les estaba sujeto». En el episodio anterior, se mostraba a Jesús obediente a la voluntad del Padre (cfr 2,49); pero obedecer a Dios, para Jesús, es también obedecer a la voluntad de sus padres: «Cristo, a quien estaba sujeto el universo, se sujetó a los suyos» (S. Agustín, Sermones 51,19). Obedeciendo, a sus padres, Jesús «crecía» (v. 52). Si toda la vida de Cristo es Revelación del Padre, también «esos años ocultos del Señor no son algo sin significado, ni tampoco una simple preparación de los años que vendrían después: los de su vida pública. (...) Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor: (...) el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 20).
De María se dice que «guardaba todas estas cosas en el corazón» (v. 51). El término traducido por «cosas» también puede significar «palabras». De esa manera el evangelista enseña que en María no sólo se cumplió la palabra del Señor (1,38), sino que en Ella se anticipa lo que Jesucristo determina que es característica fundamental de la vida de sus discípulos: oír la palabra del Señor, guardarla y cumplirla (8,21; 11,28): «Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor; que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios. Porque si corporalmente no hay más que una Madre de Cristo, en cambio, por la fe, Cristo es el fruto de todos; pues toda alma recibe la Palabra de Dios, a condición de que, sin mancha y preservada de los vicios, guarde la castidad con una pureza intachable» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).

domingo, 31 de diciembre de 2017

Le pusieron por nombre Jesús (Lc 2,16-21)

Santa María, Madre de Dios - Evangelio
16 Los pastores vinieron presurosos y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre. 17 Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño. 18 Y todos los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho. 19 María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón.
20 Y los pastores regresaron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, según les fue dicho.
21 Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno.
Dice el evangelista que los pastores fueron deprisa (v. 16) a Belén, porque como recuerda San Ambrosio «nadie busca a Cristo perezosamente» (Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc). Ya antes se había dicho que tras la Anunciación, Nuestra Señora, había ido deprisa (1,39) a visitar a Santa Isabel. El alma que ha dado entrada a Dios en su corazón vive con alegría la visita del Señor, y esa alegría da alas a su corazón.
En el Antiguo Testamento la circuncisión era el rito por el que un varón entraba a formar parte del pueblo elegido. Dios la había ordenado a Abrahán como señal de la Alianza con él y sus descendientes (Gn 17,10-14). Incluía la operación sobre el cuerpo, unas bendiciones y la imposición del nombre. Como otras veces (cfr. Lc 2,22-24.41), José y María cumplieron sus obligaciones legales, como las demás familias israelitas. Con este acto se señala la inserción de Jesús en su pueblo. En el Concilio de Jerusalén, hacia el año 49, los Apóstoles declararon abolida la necesidad del antiguo rito, que es sustituido ahora por el Bautismo, por el que el cristiano queda incorporado a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios (cfr Hch 15,1-21; cfr también Catecismo de la Iglesia Católica, n. 527).

martes, 21 de marzo de 2017

Curación del ciego de nacimiento (Jn 9,1-41)

4º domingo de Cuaresma – A. Evangelio
1 Y al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. 2 Y le preguntaron sus discípulos:
—Rabbí, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?
3 Respondió Jesús:
—Ni pecó éste ni sus padres, sino que eso ha ocurrido para que las obras de Dios se manifiesten en él. 4 Es necesario que nosotros hagamos las obras del que me ha enviado mientras es de día, porque llega la noche cuando nadie puede trabajar. 5 Mientras estoy en el mundo soy luz del mundo.
6 Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, lo aplicó en sus ojos 7 y le dijo:
—Anda, lávate en la piscina de Siloé —que significa: «Enviado».
Entonces fue, se lavó y volvió con vista. 8 Los vecinos y los que le habían visto antes, cuando era mendigo, decían:
—¿No es éste el que estaba sentado y pedía limosna?
9 Unos decían:
—Sí, es él.
Otros en cambio:
—De ningún modo, sino que se le parece.
Él decía:
—Soy yo.
10 Y le preguntaban:
—¿Cómo se te abrieron los ojos?
11 Él respondió:
—Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: «Vete a Siloé y lávate». Así que fui, me lavé y comencé a ver.
12 Le dijeron:
—¿Dónde está ése?
Él respondió:
—No lo sé.
13 Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. 14 El día en que Jesús hizo el lodo y le abrió los ojos era sábado. 15 Y los fariseos empezaron otra vez a preguntarle cómo había comenzado a ver. Él les respondió:
—Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo.
16 Entonces algunos de los fariseos decían:
—Ese hombre no es de Dios, porque no guarda el sábado.
Pero otros decían:
—¿Cómo es que un hombre pecador puede hacer semejantes prodigios?
Y había división entre ellos. 17 Le dijeron, pues, otra vez al ciego:
—¿Tú qué dices de él, puesto que te ha abierto los ojos?
—Que es un profeta —respondió.
18 No creyeron los judíos que aquel hombre habiendo sido ciego hubiera llegado a ver, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista, 19 y les preguntaron:
—¿Es éste vuestro hijo que decís que nació ciego? ¿Entonces cómo es que ahora ve?
20 Respondieron sus padres:
—Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. 21 Lo que no sabemos es cómo es que ahora ve. Tampoco sabemos quién le abrió los ojos. Preguntádselo a él, que edad tiene. Él podrá decir de sí mismo.
22 Sus padres dijeron esto porque tenían miedo de los judíos, pues ya habían acordado que si alguien confesaba que él era el Cristo fuese expulsado de la sinagoga. 23 Por eso sus padres dijeron: «Edad tiene, preguntádselo a él».
24 Y llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron:
—Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.
25 Él les contestó:
—Yo no sé si es un pecador. Sólo sé una cosa: que yo era ciego y que ahora veo.
26 Entonces le dijeron:
—¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?
27 —Ya os lo dije y no lo escuchasteis —les respondió—. ¿Por qué lo queréis oír de nuevo? ¿Es que también vosotros queréis haceros discípulos suyos?
28 Ellos le insultaron y dijeron:
—Discípulo suyo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. 29 Sabemos que Dios habló a Moisés, pero ése no sabemos de dónde es.
30 Aquel hombre les respondió:
—Esto es precisamente lo asombroso: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto los ojos. 31 Sabemos que Dios no escucha a los pecadores. En cambio, si uno honra a Dios y hace su voluntad, a ése le escucha. 32 Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. 33 Si éste no fuera de Dios no hubiese podido hacer nada.
34 Ellos le replicaron:
—Has nacido en pecado y ¿nos vas a enseñar tú a nosotros?
Y le echaron fuera.
35 Oyó Jesús que le habían echado fuera, y cuando se encontró con él le dijo:
—¿Crees tú en el Hijo del Hombre?
36 —¿Y quién es, Señor, para que crea en él? —respondió.
37 Le dijo Jesús:
—Si lo has visto: el que está hablando contigo, ése es.
38 Y él exclamó:
—Creo, Señor —y se postró ante él.
39 Dijo Jesús:
—Yo he venido a este mundo para un juicio, para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos.
40 Algunos de los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron:
—¿Es que nosotros también somos ciegos?
41 Les dijo Jesús:
—Si fuerais ciegos no tendríais pecado, pero ahora decís: «Nosotros vemos»; por eso vuestro pecado permanece.
Este milagro demuestra que Jesús es la Luz del mundo (cfr Jn 8,12-20), ratificando la afirmación del prólogo: «Era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo» (Jn 1,9). Jesús no sólo da la luz a los ojos del ciego, sino que le ilumina interiormente llevándole a un acto de fe en su divinidad (Jn 9,38). A la vez, el relato deja patente el drama profundo de quienes se obcecan en su ceguera. Jesús se proclama la Luz del mundo porque su vida entre los hombres nos ha dado el sentido último del mundo, de la vida de cada hombre y de la humanidad entera. Sin Jesús toda la creación está a oscuras, no encuentra el sentido de su ser, ni sabe a dónde va. «El misterio del hombre sólo se esclarece realmente en el misterio del Verbo Encarnado (...). Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera de su Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 22). Jesús nos advierte —y esto lo dirá más claramente en 12,35-36— de la necesidad de dejarnos iluminar por esa luz que es Él mismo (cfr Jn 1,9-12).
En el diálogo inicial con sus discípulos (Jn 9,1-5), Jesús corrige las opiniones en boga que atribuían la enfermedad, y las desgracias en general, a los pecados personales o a las faltas de los padres. Al mismo tiempo muestra, mediante la curación del ciego, que Él ha venido a quitar el pecado del mundo, causa en último término de todas las desgracias que aquejan a la humanidad.
«Siloé» (Jn 9,6). La piscina de Siloé era un estanque construido dentro de las murallas de Jerusalén —al sur—, para recoger las aguas de la fuente de Guijón y abastecer la ciudad, a través de un canal excavado por el rey Ezequías en el siglo VIII a. C. (cfr 2 R 20,20; 2 Cro 32,30); los profetas consideraban estas aguas como una muestra del favor divino (cfr Is 8,6; 22,11). El evangelista se apoya en el sentido amplio de la etimología de Siloé —en hebreo, siloaj, «enviado», tal vez aludiendo al agua, que en hebreo es masculino—, para mostrar a Jesús como el «Enviado» del Padre. Con gestos y palabras que evocan el milagro de Naamán, el general sirio curado de su lepra por el profeta Eliseo (cfr 2 R 5,1ss.), Jesús exige la fe en Él. «¡Qué ejemplo de fe segura nos ofrece este ciego! (...) ¿Qué poder encerraba el agua, para que al humedecer los ojos fueran curados? Hubiera sido más apropiado un misterioso colirio, una preciosa medicina preparada en el laboratorio de un sabio alquimista. Pero aquel hombre cree; pone por obra el mandato de Dios, y vuelve con los ojos llenos de claridad» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 193).
En el episodio aparecen las diversas posturas que los hombres toman ante Jesús y sus milagros. Los de corazón sencillo, como el ciego, creen en Jesús como enviado, profeta (Jn 9,17; cfr 9,33) e Hijo de Dios (cfr Jn 9,38). Los que se encierran voluntariamente en sí mismos y pretenden no tener necesidad de salvación, como aquellos fariseos, se obstinan en no querer ver ni creer, incluso ante la evidencia de los hechos. Los fariseos, para no aceptar la divinidad de Jesús, rechazan la única interpretación correcta del milagro. El ciego, en cambio —como las almas abiertas, sin prejuicio a la verdad—, encuentra en el milagro un apoyo firme para confesar que Cristo obra con poder divino (Jn 9,33): «Ciertamente Cristo apoyó y confirmó su predicación con milagros para excitar y robustecer la fe de los oyentes, pero no para ejercer coacción sobre ellos» (Conc. Vaticano II, Dignitatis humanae, n. 11).
La Tradición de la Iglesia ha visto simbolizado en este milagro el sacramento del Bautismo, en el cual, por medio del agua, el alma queda limpia y recibe la luz de la fe. «Este ciego representa a la raza humana. (...) Si la ceguera es la infidelidad, la iluminación es la fe. (...) Lava sus ojos en el estanque cuyo nombre significa “el Enviado”: fue bautizado en Cristo» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 44,1-2).
El diálogo del recién curado con las autoridades judías manifiesta que quien acepta a Cristo cumple la voluntad de Dios. La expresión «dar gloria a Dios» (Jn 9,24) era una solemne declaración, a modo de juramento, con la que se exhortaba a decir la verdad.
La expulsión del ciego por confesar a Cristo (Jn 9,34) es también una exhortación a mantenerse fieles aun cuando ser cristiano lleve consigo ser rechazado por otros. El hecho milagroso es igualmente válido para todos, pero la contumacia de aquellos fariseos no se rinde ante la evidencia del hecho, ni siquiera después de las averiguaciones realizadas con los padres y el propio ciego (Jn 9,13-23). «El pecado de los fariseos no consistía en no ver en Cristo a Dios, sino en encerrarse voluntariamente en sí mismos; en no tolerar que Jesús, que es la luz, les abriera los ojos» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 71).
La actitud del que había sido ciego culmina en la confesión de la condición divina de Jesús (Jn 9,38). No parece casual este encuentro. Los fariseos han echado de la sinagoga al ciego curado; pero el Señor, además de acogerle, le ayuda a hacer un acto de fe en su divinidad. «Lavada finalmente la faz del corazón y purificada la conciencia, lo reconoce no sólo hijo de hombre, sino Hijo de Dios» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 44,15). Este diálogo nos recuerda el que Jesús había mantenido con la samaritana (cfr Jn 4,26).
Ante el contraste entre la fe del ciego y la obstinación de los fariseos, el Señor pronuncia la sentencia del v. 39. Él no ha sido enviado para condenar al mundo, sino para salvarlo (cfr Jn 3,17); pero su presencia entre nosotros comporta ya un juicio, porque cada hombre ha de tomar frente a Él una de estas dos actitudes: de aceptación o de rechazo. Cristo ha sido puesto para ruina de unos y salvación de otros (cfr Lc 2,34).
Las palabras de Jesús produjeron una fuerte impresión entre los fariseos, deseosos de encontrar en sus enseñanzas algún motivo de condena. Dándose cuenta de que se refería a ellos, le vuelven a preguntar (Jn 9,40). La respuesta del Señor es clara: ellos pueden ver pero no quieren; de ahí su culpabilidad. «¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos, y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandezas y gloria, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes, hechos ignorantes e indignos!» (S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual 39,7). Para los que se resisten a creer, Jesucristo será causa de perdición.

lunes, 13 de marzo de 2017

Jesús habla con la samaritana (Jn 4,5-42)

3º domingo de Cuaresma – A. Evangelio
5 Llegó entonces a una ciudad de Samaría, llamada Sicar, junto al campo que le dio Jacob a su hijo José. 6 Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del viaje, se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta.
7 Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo:
—Dame de beber 8 —sus discípulos se habían marchado a la ciudad a comprar alimentos.
9 Entonces le dijo la mujer samaritana:
—¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? —porque los judíos no se tratan con los samaritanos.
10 Jesús le respondió:
—Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva.
11 La mujer le dijo:
—Señor, no tienes nada con qué sacar agua, y el pozo es hondo, ¿de dónde vas a sacar el agua viva? 12 ¿O es que eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?
13 —Todo el que bebe de esta agua tendrá sed de nuevo —respondió Jesús—, 14 pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna.
15 —Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla —le dijo la mujer.
16 Él le contestó:
—Anda, llama a tu marido y vuelve aquí.
17 —No tengo marido —le respondió la mujer.
Jesús le contestó:
—Bien has dicho: «No tengo marido», 18 porque has tenido cinco y el que tienes ahora no es tu marido; en esto has dicho la verdad.
19 —Señor, veo que tú eres un profeta —le dijo la mujer—. 20 Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que el lugar donde se debe adorar está en Jerusalén.
21 Le respondió Jesús:
—Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación procede de los judíos. 23 Pero llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque así son los adoradores que el Padre busca. 24 Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorar en espíritu y en verdad.
25 —Sé que el Mesías, el llamado Cristo, va a venir —le dijo la mujer—. Cuando él venga nos anunciará todas las cosas.
26 Le respondió Jesús:
—Yo soy, el que habla contigo.
27 A continuación llegaron sus discípulos, y se sorprendieron de que estuviera hablando con una mujer. Pero ninguno le preguntó: «¿Qué buscas?», o «¿de qué hablas con ella?» 28 La mujer dejó su cántaro, fue a la ciudad y le dijo a la gente:
29 —Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será él el Cristo?
30 Salieron de la ciudad y fueron adonde él estaba.
31 Entretanto los discípulos le rogaban diciendo:
—Rabbí, come.
32 Pero él les dijo:
—Para comer yo tengo un alimento que vosotros no conocéis.
33 Decían los discípulos entre sí:
—¿Pero es que le ha traído alguien de comer?
34 Jesús les dijo:
—Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. 35 ¿No decís vosotros que faltan cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: levantad los ojos y mirad los campos que están dorados para la siega; 36 el segador recibe ya su jornal y recoge el fruto para la vida eterna, para que se gocen juntos el que siembra y el que siega. 37 Pues en esto es verdadero el refrán de que uno es el que siembra y otro el que siega. 38 Yo os envié a segar lo que vosotros no habéis trabajado; otros trabajaron y vosotros os habéis aprovechado de su esfuerzo.
39 Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». 40 Así que, cuando los samaritanos llegaron adonde él estaba, le pidieron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. 41 Entonces creyeron en él muchos más por su predicación. 42 Y le decían a la mujer:
—Ya no creemos por tu palabra; nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es en verdad el Salvador del mundo.
En Jerusalén había comenzado a aparecer la hostilidad de los fariseos contra Jesús (Jn 4,1-2). El Señor se retira al norte de Palestina, a Galilea (Jn 4,3), donde la influencia de los fariseos era menor. Con ello evita que le den muerte antes del tiempo señalado por Dios Padre. Con ese gesto nos enseña Jesús que la providencia divina no exime al creyente de ejercer la inteligencia y la voluntad, a imitación de Cristo, para descubrir con prudencia lo que Dios quiere de él.
Había dos caminos usuales para ir de Judea a Galilea. El más corto pasaba por la ciudad de Samaría. El otro, junto al Jordán, era más largo. Jesús recorre el de Samaría (Jn 4,4). Al aproximarse a esta ciudad, cerca de Sicar, la actual Askar, al pie del monte Ebal, tiene lugar el encuentro de Jesús con la mujer. Hay que tener en cuenta que los judíos sentían una gran aversión hacía los samaritanos (Jn 4,9.27). Éstos eran los judíos que habían quedado en el territorio de Israel después de la destrucción de Samaría en el 722 a.C. y que se habían mezclado con los colonos llevados a esa zona por los asirios. Los samaritanos siempre reivindicaron ser los verdaderos continuadores de la tradición patriarcal y mosaica, pero, ya en el siglo VI a.C., su condición religiosa era considerada por los otros judíos un burdo sincretismo (2 R 17,34-40). No obstante, el cisma propiamente dicho tuvo lugar en la época de Nehemías (siglo V a.C.) y se radicalizó cuando los samaritanos construyeron en el monte Garizim un templo en honor del Señor, Dios de Israel. Durante la épo­ca de la influencia siria (siglo II a.C.), según Flavio Josefo (Antiquitates Iudaicae 12,5,5), los samaritanos pidieron a Antíoco que dedicara su templo de Garizim al dios griego Zeus Xenios. El rey judío Juan Hircano lo destruyó y con ello dejó abierta una herida que ya no se iba a cerrar. Los samaritanos se con­sideraron a sí mismos los legítimos continuadores de la fe judía y mantuvieron tradiciones muy antiguas. Tenían el Pentateuco co­mo único libro sagrado.
Los evangelios, y en especial el de San Juan, narran a veces detalles que pueden parecer irrelevantes, pero no lo son. Jesús, como nosotros, se fatiga realmente (Jn 4,6), necesita reponer fuerzas, siente hambre y sed; pero aun en medio del cansancio no desaprovecha ocasión para hacer el bien a las almas. «Recoged los ojos del alma y revivid despacio la escena: Jesucristo, perfectus Deus, perfectus homo (Símbolo Atanasiano) está fatigado por el camino y por el trabajo apostólico. Como quizá os ha sucedido alguna vez a vosotros, que acabáis rendidos, porque no aguantáis más. Es conmovedor observar al Maestro agotado. Además, tiene hambre: los discípulos han ido al pueblo vecino para buscar algo de comer. Y tiene sed (...). Pero más que la fatiga del cuerpo, le consume la sed de almas. Por esto, al llegar la samaritana, aquella mujer pecadora, el corazón sacerdotal de Cristo se vuelca, diligente, para recuperar la oveja perdida: olvidando el cansancio, el hambre y la sed.
»Cuando nos cansemos —en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica—, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer! Te nos muestras como nosotros, en todo menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones, nuestras culpas. Porque no importan ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni las lágrimas... Cristo se cansó, pasó hambre, estuvo sediento, lloró. Lo que importa es la lucha —una contienda amable, porque el Señor permanece siempre a nuestro lado— para cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 176 y 201).
En el entrañable diálogo de Jesús con la samaritana (Jn 4,7-29), San Juan vuelve a presentar la doctrina de la gracia, el don que Dios da a los hombres por el Espíritu Santo tras la Encarnación de su Hijo. Como en el diálogo con Nicodemo (Jn 3,1-21), Jesús toma ocasión de expresiones usuales, dichas en sentido material e inmediato, para presentar realidades sobrenaturales. En esa significación más profunda está ya presente el núcleo de lo que será la doctrina de la Iglesia sobre los sacramentos. Igual que el agua es esencial para la vida humana, el agua que verdaderamente puede saciar la sed espiritual del hombre es la gracia de Cristo. «En efecto —comenta Juan Pablo II— según el Evangelio de Juan, el Espíritu Santo nos es dado con la nueva vida, como anuncia y promete Jesús el día grande de la fiesta de los Tabernáculos: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que cree en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva (Jn 7,37-38). Y el evangelista explica: Esto decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él (Jn 7,39). Es el mismo símil del agua usado por Jesús en su coloquio con la samaritana, cuando habla de una fuente de agua que brota para la vida eterna (4,14), y en el coloquio con Nicodemo, cuando anuncia la necesidad de un nuevo nacimiento de agua y de Espíritu para entrar en el reino de Dios (Jn 3,5)» (Dominum et Vivificantem, n. 1).
El episodio muestra también la universalidad de la salvación que trae Cristo. Su amor se extiende a todas las almas (Jn 4,9.31-38). Jesús pide de beber no sólo a causa de su sed física sino para mostrar que tenía sed de que los hombres descubrieran el amor de Dios: «Tenía sed... Pero al decir: “Dame de beber”, lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor... Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús está sediento. Entre los discípulos del mundo, sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus propios discípulos ¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito!» (Sta. Teresa de Lisieux, Historia de un alma 9).
Lo que sucede junto aquel pozo nos hace comprender también que la oración es como el lugar de nuestro encuentro con Cristo: «La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él (cfr S. Agustín, Quaest. 64,4)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2560).
Finalmente, el texto alude a los designios de Dios (Jn 4,20-26). Los samaritanos ignoraban gran parte del plan divino porque prescindían de toda revelación que no se hallase en la Ley de Moisés; los judíos, en cambio, estaban más cerca de la verdad sobre el Mesías al aceptar los libros de los Profetas y los Salmos. Pero unos y otros debían abrirse a la nueva Revelación de Jesucristo. Con la llegada del Mesías, a quien ambos pueblos esperaban, se inicia la nueva y definitiva Alianza, en la que Garizim, el monte donde adoraban los samaritanos, y Jerusalén, con su Templo, quedan superados: lo que agrada al Padre es que todos aceptemos al Mesías, su Hijo, el nuevo Templo de Dios (cfr Jn 2,21), y le rindamos un culto que brota del corazón del hombre (cfr 2 Tm 2,22) y que es suscitado por el mismo Espíritu de Dios (cfr Rm 8,15).
La transformación que la gracia opera en esa mujer es maravillosa (Jn 4,28-29). El pensamiento de la samaritana se centra ahora solamente en Jesús y, olvidándose del motivo que le había llevado al pozo, deja su cántaro y se dirige al pueblo, deseando comunicar su descubrimiento. «Los Apóstoles, cuando fueron llamados, dejaron las redes; ésta de­ja su cántaro y anuncia el Evangelio, y no llama solamente a uno, sino que remueve toda la ciudad» (S. Juan Crisóstomo, In Ioannem 33).
El episodio presenta todo un proceso de evangelización que se inicia con el entusiasmo de la samaritana (Jn 4,39-42). «Lo mismo sucede hoy a los que están fuera y no son cristianos: comienzan sus amigos cristianos por darles noticias de Cristo, como hizo aquella mujer, lo mismo que hace la Iglesia; luego vienen a Cristo, esto es, creen en Cristo por esta noticia y, finalmente, Jesús se queda con ellos dos días, y con esto creen mucho más y con más firmeza que Él es en verdad el Salvador del mundo» (S. Agustin, In Ioannis Evangelium 15,33).
A raíz de la conversión de la samaritana y del regreso de los discípulos aparece otro de los temas frecuentes en el cuarto evangelio: Jesús ha venido a cumplir la voluntad del Padre (Jn 4,34). Esa voluntad consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna, y pueda resucitar en el último día (cfr 6,39-40).

lunes, 12 de diciembre de 2016

Mirad, la virgen está encinta (Is 7,10-14)

Domingo 4º Adviento - Primera lectura. A
10 Y el Señor siguió hablando a Ajaz:
11 —Pídele al Señor, tu Dios, un signo, en el fondo del seol o en lo alto del cielo.
12 Pero Ajaz dijo:
—No lo pediré y no tentaré al Señor.
13 Entonces respondió:
—Escuchad, casa de David: «¿Os parece poco cansar a los hombres para que canséis también a mi Dios? 14 Pues bien, el propio Señor os da un signo. Mirad, la virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel.
Las palabras de la lectura se enmarcan en un encuentro entre Isaías y el rey Ajaz, en el que el monarca se debate en la duda de qué postura tomar ante las presiones que recibe para que su reino se incorpore a la coalición antiasiria formada por Israel (aquí también llamado ­Efraím) —cuya capital era Samaría— y por Siria —cuya capital era Damasco—. De Tabeel (o Tabeal) (v. 6) no se conoce más de lo que aquí se dice. Quizá fuera un alto funcionario, dispuesto a seguir la política aramea en el reino del Sur. El mensaje profético consiste en advertir a Judá que debe confiar en Dios prestando fe a su palabra, sin recurrir a alianzas políticas, ni con los sirio-efraimitas ni con Asiria. El párrafo termina lacónicamente con la amenaza de que si Ajaz y los suyos no creen, no subsistirán (vv. 7-9).
Aunque el rey Ajaz la había rechazado, el Señor le ofrece una señal de que no tiene por qué temer las amenazas de los reyes de Israel y Siria: una doncella está encinta y dará a luz un niño a quien llamará Enmanuel; en pocos años, antes de que el niño tenga uso de razón, los dos reinos a los que Ajaz teme habrán quedado desolados y vendrá una prosperidad a Judá como no la tenía desde antes de que comenzaran las amenazas del poderío asirio.
Las palabras del profeta, que en su contexto histórico y en su significación literal resultarían bastante claras para los protagonistas, tienen además la capacidad de enriquecerse con nuevos significados: es lo que ha sucedido con este texto en el desarrollo progresivo de la Revelación. En efecto, en el v. 14 hay tres elementos que, por separado y en su conjunto, pueden ser signo de la paz y de la salvación: la madre, el hijo y el nombre «Enmanuel». La madre es una doncella, es decir, una mujer joven que no ha tenido hijos antes. Podría referirse a la joven esposa de Ajaz o a una joven indeterminada. En todo caso, al presentar su embarazo en el marco de una señal que se da al rey, se indica que estamos ante un hecho novedoso. No es extraño, por eso, que los intérpretes posteriores, especialmente los que tradujeron el texto al griego hacia el siglo II a.C., para subrayar esa novedad asombrosa tradujeran la palabra hebrea «doncella» por la palabra griega «virgen». Después, los evangelistas San Mateo (Mt 1,23) y San Lucas (Lc 1,26-31) indicaron que la virginidad de María era la señal de que su Hijo es el Mesías, el verdadero Dios con nosotros, que trae la salvación.
El niño es el elemento más significativo. Si se trata del hijo de Ajaz, el futuro rey Ezequías, la profecía estaría mostrando que su nacimiento iba a ser señal de la protección divina, porque con él se aseguraría la sucesión dinástica. Si se refiere a un niño indeterminado, las palabras del profeta enseñarían que el nacimiento de este niño pondría de manifiesto la esperanza de que «Dios iba a estar con nosotros», y su edad de discernimiento (v. 16) indicaría la llegada de la paz; sería, por tanto, la señal de que «Dios está con nosotros». En el Nuevo Testamento, estas palabras se cumplen en su sentido más profundo: María es Virgen y es Madre, y su Hijo no es un símbolo de la protección de Dios sino la realidad del Dios verdadero que habita entre nosotros.
El nombre «Enmanuel» es expresión profética del carácter de revelación que tiene el nacimiento del niño, como eran reveladores los nombres de los hijos de Isaías: Sear-Yasub, que significa «un resto volverá» (7,3), y Maher-salal-jas-baz, que significa «pronto saqueo, rápido botín» (8,1-3). En el Nuevo Testamento, el nombre subraya la realidad gozosa de que Jesús es en verdad «Dios con nosotros».
La tradición cristiana ha contemplado el oráculo de Isaías con el mayor respeto y veneración: «Aprende del profeta mismo cómo ha podido suceder esto. ¿Según, quizá, la ley de la naturaleza? De ninguna manera, responde el profeta. He aquí que una virgen..., replica el profeta (...). ¡Oh evento admirable: una virgen llega a ser madre permaneciendo virgen! (...) Convenía, en efecto, que el que hacía su ingreso en la vida humana para la salvación de los hombres (...) tomase origen de una integridad absoluta y entregada a Él sin reserva alguna» (S. Gregorio de Nisa, In diem natalem Christi 1136). Por eso, exponiendo el sentir de la Iglesia, el Concilio Vaticano II puede expresarse así: «La Sagrada Escritura, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, y la venerable Tradición van mostrando de manera cada vez más clara la función de María en la historia de la salvación y, por así decirlo, la proponen a nuestra contemplación. Los libros del Antiguo Testamento describen la historia de la salvación en la que se va preparando, paso a paso, la venida de Cristo al mundo. Estos primeros documentos, tal como se leen en la Iglesia y se interpretan a la luz de la plena revelación ulterior, iluminan poco a poco con más claridad la figura de la mujer, Madre del Redentor. Bajo esta luz, ella aparece proféticamente en la promesa hecha a nuestros primeros padres acerca de la victoria sobre la serpiente (cfr Gn 3,15). Igualmente, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo que se llamará Emmanuel (Is 7,14; Mi 5,2-3; Mt 1,22-23). Ella misma sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de Él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación. Es el momento en que el Hijo de Dios tomó de María la naturaleza humana para librar al hombre del pecado por medio de los misterios vividos en su carne» (Lumen gentium, n. 55).
El hecho de que el oráculo fuera pronunciado en circunstancias históricas concretas no cierra, pues, su horizonte más trascendente, es decir, mesiánico, que se ha ido abriendo a la luz de la historia de la salvación, en la que se deben mirar los episodios en función del designio salvador de Dios y de su acontecimiento último, que es Jesucristo. Sólo desde esta perspectiva se está en condiciones de entender que la historia del Antiguo Testamento, en su conjunto y en muchas de sus etapas, constituye una profecía del Nuevo, una «preparación del Evangelio». Por esto, para la lectura cristiana, que dispone de alguna manera del conocimiento del «final», la interpretación mesiánica del oráculo del Enmanuel es perfectamente coherente con su sentido literal.
Las palabras del profeta, cumplidas en Cristo, han dado pie a numerosas y bellas interpretaciones espirituales: «Este Enmanuel, nacido de la Virgen, come manteca y miel, y pide de cada uno de nosotros manteca para comer (...). Nuestras obras dulces, nuestras palabras suaves y buenas, son la miel que come el Enmanuel nacido de la Virgen (...). Comiendo en verdad de nuestras buenas palabras, obras y razones, nos alimenta con sus alimentos espirituales, que son divinos y mejores. Y desde el momento que es una cosa dichosa acoger al Salvador, abiertas las puertas de nuestro corazón, preparamos para Él la “miel” y toda su cena, y así Él mismo nos conduce a la gran cena del Padre en el reino de los cielos, que está en Cristo Jesús» (Orígenes, Ho­miliae in Isaiam 2,2).

lunes, 6 de junio de 2016

Jesús y las mujeres (Lc 7,36–8,3)

11º domingo del Tiempo ordinario – C. Evangelio
36 Uno de los fariseos le rogaba que comiera con él; y entrando en casa del fariseo se recostó a la mesa. 37 Y entonces una mujer pecadora que había en la ciudad, al enterarse que estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro con perfume, 38 y por detrás se puso a sus pies llorando y comenzó a bañarle los pies con sus lágrimas, y los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume.
39 Al ver esto el fariseo que le había invitado, se decía: «Si éste fuera profeta, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca: que es una pecadora».
40 Jesús tomó la palabra y le dijo:
—Simón, tengo que decirte una cosa.
Y él contestó:
—Maestro, di.
41 —Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos ºdenarios y otro cincuenta. 42 Como ellos no tenían con qué pagar, se lo perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le amará más?
43 —Supongo que aquel a quien perdonó más —contestó Simón.
Entonces Jesús le dijo:
—Has juzgado con rectitud.
44 Y vuelto hacia la mujer, le dijo a Simón:
—¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella en cambio me ha bañado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. 45 No me diste el beso. Pero ella, desde que entré no ha dejado de besar mis pies. 46 No has ungido mi cabeza con aceite. Ella en cambio ha ungido mis pies con perfume. 47 Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Aquel a quien menos se perdona menos ama.
48 Entonces le dijo a ella:
—Tus pecados quedan perdonados.
49 Y los convidados comenzaron a decir entre sí:
—¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?
50 Él le dijo a la mujer:
—Tu fe te ha salvado; vete en paz.
8,1 Sucedió, después, que él pasaba por ciudades y aldeas predicando y anunciando el Evangelio del Reino de Dios. Le acompañaban los doce 2 y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; 3 y Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que le asistían con sus bienes.
La primera escena refleja muy bien la divina pedagogía del Señor y está entretejida en torno a varias ideas: la divinidad de Jesús, la relación entre el perdón y el amor, el valor y las manifestaciones de la fe, etc.
Comienza el relato con la presentación de los personajes principales —Jesús, Simón, la mujer— y de la situación: una comida en casa de Simón. Tal vez el fariseo ha invitado al Señor para probarle, pero, en todo caso, no lo ha hecho con cariño, pues ha omitido las normas de cortesía (vv. 44-46). Probablemente ha oído a la gente que, tras la resurrección del hijo de la viuda de Naín, tenían a Jesús por profeta (7,16). Sin embargo, ahora parece convencerse de que no lo es (v. 39). Ciertamente, llama a Jesús ­maestro (v. 40), pero enseguida Jesús le muestra que es más que eso, pues conoce lo oculto: los pensamientos de Simón y las circunstancias de la mujer. Si sólo Dios conoce los corazones, es evidente que el fariseo no se debe extrañar, como otros (v. 49), de que Jesús perdone los pecados, facultad reservada a Dios.
La actitud de la mujer le sirve al Señor para explicar las relaciones entre el perdón y el amor. En la frase final del diálogo con Simón (v. 47), Jesús ofrece la clave de todo el pasaje: el amor a Dios y el perdón de los pecados están en relación mutua; el perdón suscita el amor y el amor consigue el perdón. La historia de la mujer es el ejemplo y la de Simón el contraejemplo; pues si no ha manifestado el amor a Jesús (vv. 44-46) está muy lejos de obtener el perdón, y si no sabe que necesita del perdón, está muy lejos de tener amor.
Al final, como en la escena del paralítico de Cafarnaún (vv. 48-50; cfr 5,20-24), el Señor perdona a la mujer sus pecados. Pero, para que la enseñanza sea completa, Jesús se dirige a ellla diciéndole que es su fe la que le ha salvado (v. 50). Es la fe la que salva, pero el amor la manifiesta: «El Señor amó no el ungüento, sino el cariño; agradeció la fe, alabó la humildad. Y tú también, si de­seas la gracia, aumenta tu amor; derrama sobre el cuerpo de Jesús tu fe en la Resurrección, el perfume de la Iglesia santa y el ungüento de la caridad fraterna» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).
En la escena final de este texto (8,1-3), el Señor acoge la dedicación y la asistencia de estas mujeres (cfr v. 3), que correspondían así a los beneficios re­cibidos (v. 2) y cooperaban en la tarea apostólica de la predicación del Reino de Dios (v. 1). Lucas recoge aquí este dato y da el nombre de tres de ellas: María Magdalena, el primer testigo de la resurrección (Jn 20,11-18; Mc 16,9); Juana, de posición acomodada y también testigo de la resurrección (24,10); y Susana, de la que no tenemos otra noticia que esta mención.

No sólo en este pasaje, sino en todo su relato —aquí y, después, en el libro de los Hechos—, San Lucas recogerá, más que los otros evangelistas, la presencia de las mujeres en la obra del Evangelio. De modo especial, el tercer evangelista recuerda el papel trascendental de María Santísima, pero es también quien evoca a Marta y María, cuando acogen al Señor en su casa (10,38-42), a las mujeres que se conmueven ante el sufrimiento de Cristo (23,27-31), a las que están con la Madre del Señor y el grupo de los Apóstoles (Hch 1,14), o a las que como Tabita (Hch 9,36) o Lidia (Hch 16,15) servían a sus hermanos en la fe, etc. En la Iglesia la mujer y el hombre gozan de igual dignidad. Dentro de esta dignidad común hay en la mujer, sin duda, características peculiares que se han de reflejar necesariamente en su papel dentro de la Iglesia: «Si no se recurre a la Madre de Dios no es posible comprender el misterio de la Iglesia, su realidad, su vitalidad esencial. Indirectamente hallamos aquí la referencia al paradigma bíblico de la “mujer”, como se delinea claramente ya en la descripción del “principio” (cfr Gn 3,15) y a lo largo del camino que va de la creación —pasando por el pecado— hasta la redención. De este modo se confirma la profunda unión entre lo que es humano y lo que constituye la economía divina de la salvación en la historia del hombre. La Biblia nos persuade del hecho de que no se puede lograr una auténtica hermenéutica del hombre, es decir, de lo que es “humano”, sin una adecuada referencia a lo que es “femenino”. Así sucede, de modo análogo, en la economía salvífica de Dios; si queremos comprenderla plenamente en relación con toda la historia del hombre no podemos dejar de lado, desde la óptica de nuestra fe, el misterio de la “mujer”: virgen-madre-esposa» (Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, n. 22).