5º domingo del Tiempo ordinario – B.
1ª lectura
1 ¿No es milicia la vida del hombre sobre la tierra,
y sus días
como los del jornalero?
2 Como esclavo que busca la sombra,
como
jornalero que espera el salario,
3 así he tenido yo que afrontar meses inútiles,
me ha tocado
pasar noches de dolor.
4 Al acostarme me pregunto: «¿Cuándo me levantaré?».
Al hacerse
de noche me lleno de pesares hasta el amanecer.
6 Mis días corrían como lanzadera
pero se han
parado por falta de hilo.
7 Recuerda que mi vida es como un soplo,
que mis ojos
no volverán a ver la dicha.
Consciente de que su caso particular no es una excepción de la
condición de hombre, Job aplica las afirmaciones generales (vv. 1-2) a su
situación concreta (7,3-10).
Las imágenes de la milicia y del asalariado son muy gráficas para
expresar las penalidades que sufre el hombre durante su vida entera. Reflejan
la enseñanza bíblica sobre la dramática situación en la que se encuentra el
mundo como consecuencia del pecado original y de los pecados personales. Esta
situación «hace de la vida del hombre un combate: “A través de toda la historia
del hombre se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que,
iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día, según dice
el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para
adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de
Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo” (GS 37,2)» (Catecismo de la Iglesia Católica,
n. 409). Nadie puede verse libre de este combate. Sin embargo, como muestra la
experiencia, no todos luchan de la misma forma. «La vida del hombre sobre la
tierra es milicia, y sus días transcurren con el peso del trabajo. Nadie escapa
a ese imperativo; tampoco los comodones que se resisten a enterarse: desertan
de las filas de Cristo, y se afanan en otras contiendas para satisfacer su
poltronería, su vanidad, sus ambiciones mezquinas; andan esclavos de sus
caprichos.
»Si la situación de lucha es connatural a la criatura humana,
procuremos cumplir nuestras obligaciones con tenacidad, rezando y trabajando
con buena voluntad, con rectitud de intención, con la mirada puesta en lo que
Dios quiere. Así se colmarán nuestras ansias de Amor, y progresaremos en la
marcha hacia la santidad, aunque al terminar la jornada comprobemos que todavía
nos queda por recorrer mucha distancia» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 217).
En la súplica que comienza con la solemne fórmula —«recuerda»— (v.7),
Job arguye que si su fin va a ser la muerte, no tiene sentido su dolor; se
muestra aún obsesionado con la muerte como meta y fin de las angustias de la
vida (cfr 3,11-19; 10,20-22; 14,1-22). Refleja una mentalidad que corresponde a
un momento en el que todavía no estaba clara de la doctrina de la resurrección
después de esta vida. Sin embargo, estas expresiones tampoco pueden entenderse
como negación de la vida futura; únicamente evidencian la ansiedad del protagonista
que, agobiado por el sufrimiento, desea que termine cuanto antes. «Estas
palabras fueron pronunciadas por Job para confirmar la fragilidad de la vida;
y, sobre todo, para enseñar que quien ha muerto ya no regresa a esta vida
corruptible ni vuelve a sus funciones ordinarias» (Dídimo el Ciego, In Iob, ad locum).