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lunes, 1 de abril de 2019

La mujer adúltera (Jn 8,1-11)


5º domingo de Cuaresma –C. Evangelio
1 Jesús marchó al Monte de los Olivos. 2 Muy de mañana volvió de nuevo al Templo, y todo el pueblo acudía a él; se sentó y se puso a enseñarles.
3 Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio y la pusieron en medio.
4 —Maestro —le dijeron—, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. 5 Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices? 6 —se lo decían tentándole, para tener de qué acusarle.
Pero Jesús, se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra.
7 Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
—El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero.
8 Y agachándose otra vez, siguió escribiendo en la tierra. 9 Al oírle, empezaron a marcharse uno tras otro, comenzando por los más viejos, y quedó Jesús solo, y la mujer, de pie, en medio. 10 Jesús se incorporó y le dijo:
—Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?
11 —Ninguno, Señor —respondió ella.
Le dijo Jesús:
—Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más.
Aunque este episodio falta en bastantes códices antiguos, la Tradición de la Iglesia lo considera inspirado y canónico. Su omisión podría haberse debido a que la misericordia de Jesús hacia esta mujer habría parecido a algunos espíritus demasiado rigoristas una ocasión de relajamiento en las exigencias morales. En todo caso, el episodio viene a confirmar cómo es el juicio de Jesús (8,15): siendo el Justo, no condena; en cambio aquéllos, siendo pecadores, dictan sentencia de muerte. «Conviene avisar que nunca de tal manera nos transportemos en mirar la divina misericordia, que no nos acordemos de la justicia; ni de tal manera miremos la justicia, que no nos acordemos de la misericordia; porque ni la esperanza carezca de temor, ni el temor de la esperanza» (Fray Luis de Granada, Vida de Jesús 13).
La respuesta de Jesús (v. 7) alude al modo de practicar la lapidación entre los judíos: los testigos del delito tenían que arrojar las primeras piedras, después seguía la comunidad, para, de algún modo, borrar colectivamente el oprobio que recaía sobre el pueblo (cfr Dt 17,7). La cuestión, planteada desde un punto de vista legal, es elevada por Jesús al plano moral —que sostiene y justifica el legal— interpelando a la conciencia de cada uno. No viola la Ley, dice San Agustín, y al mismo tiempo no quiere que se pierda lo que Él estaba buscando, porque había venido a salvar lo que estaba perdido: «Mirad qué respuesta tan llena de justicia, de mansedumbre y de verdad. ¡Oh verdadera contestación de la Sabiduría! Lo habéis oído: “Cúmplase la Ley, que sea apedreada la adúltera”. Pero, ¿cómo pueden cumplir la Ley y castigar a aquella mujer unos pecadores? Mírese cada uno a sí mismo, entre en su interior y póngase en presencia del tribunal de su corazón y de su conciencia, y se verá obligado a confesarse pecador. Sufra el castigo aquella pecadora, pero no por mano de pecadores; ejecútese la Ley, pero no por sus transgresores» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 33,5).

lunes, 14 de enero de 2019

Las bodas de Caná (Jn 2,1-11)


2º domingo del Tiempo ordinario – C. Evangelio
1 Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. 2 También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. 3 Y, como faltó vino, la madre de Jesús le dijo:
—No tienen vino.
4 Jesús le respondió:
—Mujer, ¿qué nos importa a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora.
5 Dijo su madre a los sirvientes:
—Haced lo que él os diga.
6 Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con capacidad de unas dos o tres ºmetretas. 7 Jesús les dijo:
—Llenad de agua las tinajas.
Y las llenaron hasta arriba. 8 Entonces les dijo:
—Sacadlas ahora y llevadlas al maestresala.
Así lo hicieron. 9 Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía —aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían— llamó al esposo 10 y le dijo:
—Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora.
11 Así, en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de los signos con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.
Caná de Galilea parece que debe identificarse con la actual Kef Kenna, situada a 7 km al noroeste de Nazaret. Entre los invitados se menciona en primer lugar a Santa María. No se cita a San José, cosa que no se puede atribuir a un olvido de San Juan: este silencio —y otros muchos en el evangelio— hace suponer que el Santo Patriarca había muerto ya.
Con el milagro de las bodas de Caná Jesús comienza la manifestación de su gloria y la inauguración de los tiempos mesiánicos. El milagro o, como dice literalmente el texto, el «signo» del agua convertida en vino anticipa la «hora» de la glorificación de Jesús (v. 4). El término lo utiliza Jesucristo alguna vez para designar el momento de su venida gloriosa (cfr 5,28), aunque generalmente se refiere al tiempo de su pasión, muerte y glorificación (cfr 7,30; 12,23; 13,1; 17,1). Juan subraya la abundancia del don concedido por el Señor (unos 300 litros de vino). Tal abundancia es señal de la llegada de los tiempos mesiánicos, y el vino, a su vez, simboliza los dones sobrenaturales que Cristo nos alcanza.
En el cuarto evangelio, la «madre de Jesús» —éste es el título que da San Juan a la Virgen— aparece solamente dos veces. Una en este episodio (v. 1), la otra en el Calvario (19,25). Con ello se pone de manifiesto el cometido de María Virgen en la Redención. En efecto, estos dos acontecimientos, Caná y el Calvario, se sitúan uno al comienzo y el otro al final de la vida pública, como para indicar que toda la obra de Jesús está acompañada por la presencia de María Santísima. María colabora en la obra de Jesús desde el comienzo hasta el fin, actuando como verdadera Madre y mostrando su especial solicitud hacia los hombres. En Caná intercede por aquellos esposos cuando todavía no ha llegado la «hora» de su Hijo; en el Calvario, cuando llega la «hora», ofrece al Padre la muerte redentora de su Hijo y acepta la misión que Jesús le confiere de ser Madre de todos los creyentes, representados por el discípulo amado.
En el pasaje de Caná aparece un nuevo significado de la maternidad de María: «Se manifiesta como nueva maternidad según el espíritu y no únicamente según la carne, o sea la solicitud de María por los hombres, el ir a su encuentro en toda la gama de sus necesidades. En Caná de Galilea se muestra sólo un aspecto concreto de la indigencia humana, aparentemente pequeño y de poca importancia (“no tienen vino”). Pero esto tiene un valor simbólico. El ir al encuentro de las necesidades del hombre significa, al mismo tiempo, su introducción en el radio de acción de la misión mesiánica y del poder salvífico de Cristo. Por consiguiente, se da una mediación: María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos. Se pone “en medio”, o sea, hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de que como tal puede —más bien “tiene el derecho de”— hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres. Su mediación, por lo tanto, tiene un carácter de intercesión: María “intercede” por los hombres. No sólo: como madre desea también que se manifieste el poder mesiánico del Hijo, es decir su poder salvífico encaminado a socorrer la desventura humana, a liberar al hombre del mal que bajo diversas formas y medidas pesa sobre su vida» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 21).
La frase «¿qué nos importa a ti y a mí?» (v. 4) corresponde a una manera proverbial de hablar en Oriente, que puede ser empleada con diversos matices. La respuesta de Jesús parece indicar que, si bien, en principio, no pertenecía al plan divino que Jesús interviniera con poder para resolver las dificultades surgidas en aquellas bodas, la petición de Santa María le mueve a atender esa necesidad. Por eso la piedad cristiana, con precisión teológica, ha llamado a Nuestra Señora «omnipotencia suplicante». «El corazón de María, que no puede menos de compadecer a los desgraciados (...), la impulsó a encargarse por sí misma del oficio de intercesora y pedir al Hijo el milagro, a pesar de que nadie se lo pidiera (...). Si esta buena Señora obró así sin que se lo pidieran, ¿qué hubiera sido si le rogaran?» (S. Alfonso Mª de Ligorio, Sermones abreviados 48,2,1).
La Iglesia concede gran importancia a la presencia de Jesús en estas bodas. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante éste será un signo eficaz de la presencia de Cristo (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1613). «Al comienzo de su misión —comenta Juan Pablo II— Jesús se encuentra en Caná de Galilea para participar en un banquete de bodas, junto con María y los primeros discípulos (cfr Jn. 2,1-11). Con ello trata de demostrar que la verdad de la familia está inscrita en la revelación de Dios y en la historia de la salvación» (Carta a las familias, n. 18).
A propósito de la inclusión en el Santo Rosario de los «misterios de luz», comenta Juan Pablo II: «La revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los “misterios de luz”» (Rosarium Virginis Mariae, n. 21).

lunes, 19 de noviembre de 2018

El Reino de Cristo, reino de verdad y vida (Jn 18,33-37)



Solemnidad de Jesucristo Rey del universo – B. Evangelio
33 Pilato entró de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
—¿Eres tú el Rey de los judíos?
34 Jesús contestó:
—¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?
35 —¿Acaso soy yo judío? —respondió Pilato—. Tu gente y los príncipes de los sacerdotes te han entregado a mí: ¿qué has hecho?
36 Jesús respondió:
—Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.
37 Pilato le dijo:
—¿O sea, que tú eres Rey?
Jesús contestó:
—Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz.
Ante el sumo pontífice la acusación contra Jesús había sido religiosa (ser Hijo de Dios, cfr Mt 26,57-68). Ahora ante Pilato es de carácter político. Con ella quieren comprometer la autoridad del Imperio romano: Jesús, al declararse Mesías y Rey de los judíos, aparecía un revolucionario que conspiraba contra el César. A Pila­to no le incumbe intervenir en cuestiones religiosas, pero, como la acusación que le presentan contra Jesús afecta al orden público y político, su interrogatorio comienza obviamente con la averiguación de la denuncia fundamental: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» (v. 33).
Jesús, al contestar con una nueva pregunta, no rehúye la respuesta, sino que quiere, como siempre, dejar en claro el carácter espiritual de su misión. Realmente la respuesta no era fácil. Desde la perspectiva de un gentil, un rey de los judíos era sencillamente un conspirador contra el Imperio; y, desde la perspectiva de los judíos nacionalistas, el Rey Mesías era el libertador político-religioso que les conseguiría la independencia. La verdad del mesianismo de Cristo transciende por completo ambas concepciones, y es lo que Jesús explica al procurador (v. 36), aun sabiendo la enorme dificultad que entraña entender la verdadera naturaleza del Reino de Cristo. «Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 180).
Éste es el sentido profundo de su realeza: su reino es «el reino de la Verdad y la Vida, el reino de la Santidad y la Gracia, el reino de la Justicia, el Amor y la Paz» (Misal Romano, Prefacio de la Misa de Cristo Rey). Cristo reina sobre aquellos que aceptan y viven la Verdad por Él revelada: el amor del Padre (3,16; 1 Jn 4,9).

lunes, 20 de agosto de 2018

Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6,60-69)

21º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
60 Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron:
—Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?
61 Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos estaban murmurando de esto, les dijo:
—¿Esto os escandaliza? 62 Pues, ¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? 63 El espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada: las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. 64 Sin embargo, hay algunos de vosotros que no creen.
En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a entregar.
65 Y añadía:
—Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí si no se lo ha concedido el Padre.
66 Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él.
67 Entonces Jesús les dijo a los doce:
—¿También vosotros queréis marcharos?
68 Le respondió Simón Pedro:
—Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; 69 nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios.
En estos versículos se pone de manifiesto la recepción de las palabras del Señor por parte de los discípulos. Al revelar el misterio eucarístico, Jesucristo exige de ellos la fe en sus palabras. Su revelación no debe ser recibida de modo carnal, es decir, atendiendo exclusivamente a lo que aprecian los sentidos, o partiendo de una visión de las cosas meramente natural, sino como revelación de Dios, que es «espíritu» y «vida» (v. 63). Como en otras ocasiones (cfr 1,51; 5,20), la referencia de Jesús a acontecimientos futuros, a la gloria de su resurrección, sirve para fortalecer la fe de los discípulos, y de todos los creyentes, cuando vean cumplidas sus palabras (v. 62): «Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis» (14,29).
La promesa de la Eucaristía, que había provocado en aquellos oyentes de Cafarnaún discusiones (6,52) y escándalo (v. 61), acaba produciendo el abandono de muchos que le habían seguido (v. 66). Jesús había expuesto una verdad maravillosa y salvífica, pero aquellos discípulos se cerraban a la gracia divina, no estaban dispuestos a aceptar algo que superaba su mentalidad estrecha. El misterio de la Eucaristía exige un especial acto de fe. Por eso, ya San Juan Crisóstomo aconsejaba: «Inclinémonos ante Dios; y no le contradigamos aun cuando lo que Él dice pueda parecer contrario a nuestra razón y a nuestra inteligencia (...). Observemos esta misma conducta respecto al misterio [eucarístico], no considerando solamente lo que cae bajo los sentidos, sino atendiendo a sus palabras. Porque su palabra no puede engañar» (In Matthaeum 82).
Pedro, en nombre de los Doce, expresa su fe en las palabras de Jesús porque le reconoce procedente de Dios, de manera semejante a como en Cesarea de Filipo (cfr Mt 16,13-20; Mc 8,27-30) había confesado que Jesús era el Mesías. La confesión de Pedro representa al mismo tiempo la comunión de fe de los que creen en Jesucristo, que encontrarán en la fe de Pedro y sus sucesores el criterio seguro de discernimiento sobre la verdad de lo que creen.

lunes, 13 de agosto de 2018

Quien come este pan vivirá eternamente (Jn 6,51-58)


20º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
51 Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
52 Los judíos se pusieron a discutir entre ellos:
—¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
53 Jesús les dijo:
—En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. 55 Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. 57 Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. 58 Éste es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente.
En esta segunda parte del discurso, Cristo revela el misterio de la Eucaristía. Sus palabras son de un realismo tan fuerte que excluyen cualquier interpretación en sentido figurado. Los oyentes entienden el sentido propio y directo de las palabras de Jesús (v. 52), pero no creen que tal afirmación pueda ser verdad. De haberlo entendido en sentido figurado o simbólico no les hubiera causado tan gran extrañeza ni se hubiera producido la discusión. De aquí también nace la fe de la Iglesia en que mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. «El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación” (DS 1642)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1376).
Tres veces (cfr vv. 31-32.49.58) compara Jesús el verdadero Pan de Vida, su propio Cuerpo, con el maná, con el que Dios había alimentado a los hebreos diariamente durante cuarenta años en el desierto. Así, hace una invitación a alimentar frecuentemente nuestra alma con el manjar de su Cuerpo: «De la comparación del Pan de los Ángeles con el pan y con el maná fácilmente podían los discípulos deducir que, así como el cuerpo se alimenta de pan diariamente, y cada día eran recreados los hebreos con el maná en el desierto, del mismo modo el alma cristiana podría diariamente comer y regalarse con el Pan del Cielo. A más de que casi todos los Santos Padres de la Iglesia enseñan que el “pan de cada día”, que se manda pedir en la oración dominical, no tanto se ha de entender del pan material, alimento del cuerpo, cuanto de la recepción diaria del Pan Eucarístico» (S. Pío X, Sacra Tridentina Synodus, 20-XII-1905).

martes, 7 de agosto de 2018

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo (Jn 6,41-51)

19º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
41 Los judíos, entonces, comenzaron a murmurar de él por haber dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo». 42 Y decían:
—¿No es éste Jesús, el hijo de José, de quien conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo es que ahora dice: «He bajado del cielo»?
43 Respondió Jesús y les dijo:
—No murmuréis entre vosotros. 44 Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado, y yo le resucitaré en el último día. 45 Está escrito en los Profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Todo el que ha escuchado al que viene del Padre, y ha aprendido, viene a mí. 46 No es que alguien haya visto al Padre, sino que aquel que procede de Dios, ése ha visto al Padre. 47 En verdad, en verdad os digo que el que cree tiene vida eterna.
48 »Yo soy el pan de vida. 49 Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. 50 Éste es el pan que baja del cielo, para que si alguien lo come no muera. 51 Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
En esta primera parte del discurso, Jesús se presenta como el Pan de Vida. Sus palabras se refieren: 1) a la fe en Él; la fe es «ir hacia Jesús» (vv. 35. 37.44.45) aceptando sus signos (milagros) y sus palabras; y 2) a la resurrección de los creyentes (vv. 39.40.44.47), que se inicia en esta vida por la fe y se cumplirá plenamente al final de los tiempos.
Al decir Jesús que «serán todos enseñados por Dios» (v. 45), evoca a Is 54,13 y Jr 31,31-34, donde ambos profetas se refieren a la futura Alianza que establecerá Dios con su pueblo cuando llegue el Mesías, con cuya sangre quedará sellada para siempre, y que Dios escribirá en sus corazones.
El v. 42 menciona a San José por segunda y última vez en el evangelio, dejando constancia de la opinión común, aunque equivocada, de los que conocían a Jesús y le consideraban hijo de José el artesano (cfr 1,45; Mt 13,55; Lc 3,23; 4,22). El Señor, concebido por obra del Espíritu Santo en el seno virginal de María, sólo tiene como Padre al mismo Dios (cfr 5,18). Sin embargo, San José hizo las veces de padre de Jesús en la tierra, según los planes divinos (cfr notas a Mt 1,1-25): «A José no sólo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe más que a otro alguno. ¿Cómo era padre? Tanto más profundamente padre cuanto más casta fue su paternidad. Algunos pensaban que era padre de Nuestro Señor Jesucristo de la misma forma que son padres los demás, que engendran según la carne, y no sólo reciben a sus hijos como fruto de su afecto espiritual. Por eso dice San Lucas: Se pensaba que era padre de Jesús. ¿Por qué dice sólo se pensaba? Porque el pensamiento y el juicio humanos se refieren a lo que suele suceder entre los hombres. Y el Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José le nació un hijo de la Virgen María, que era Hijo de Dios» (S. Agustín, Sermones 51,20).

lunes, 30 de julio de 2018

El Pan de vida (Jn 6,24-35)


18º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
24 Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún buscando a Jesús. 25 Y al encontrarle en la otra orilla del mar, le preguntaron:
—Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?
26 Jesús les respondió:
—En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis no por haber visto los signos, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado. 27 Obrad no por el alimento que se consume sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello.
28 Ellos le preguntaron:
—¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?
29 Jesús les respondió:
—Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado.
30 Le dijeron:
—¿Y qué signo haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? 31 Nuestros padres comieron en el desierto el maná, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo.
32 Les respondió Jesús:
—En verdad, en verdad os digo que Moisés no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del cielo. 33 Porque el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo.
34 —Señor, danos siempre de este pan —le dijeron ellos.
35 Jesús les respondió:
—Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed.
Este discurso de Jesús se abre con una introducción a modo de diálogo entre Él y los judíos, donde se revela cuáles son los bienes mesiánicos que Él trae. Los interlocutores creían que el maná —alimento que diariamente recogían los hebreos en su caminar por el desierto (cfr Ex 16,13ss.)— era símbolo de los bienes que traería el Mesías; por eso piden a Jesús que realice un portento semejante al del maná. Pero no po­dían ni siquiera sospechar que el maná sólo era figura del gran don mesiánico que Dios iba a comunicar a los hombres: su propio Hijo presente en el misterio de la Sagrada Eucaristía. En el diálogo, Jesús intenta conducirles a un acto de fe en Él, para después revelarles abiertamente el misterio de su presencia en la Eucaristía.
«A éste lo confirmó Dios Padre con su sello» (v. 27). Con esta frase alude el Señor a la condición por la que sólo Él, el Hijo del Hombre, puede dar a los hombres los dones mencionados: porque siendo Jesús Dios y hombre, su naturaleza humana es el instrumento por el que actúa la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Santo Tomás de Aquino comenta así esta frase: «Lo que el Hijo del Hombre dará, lo posee en cuanto supera a todos los demás hombres por su singular y eminente plenitud de gracia (...). Cuando un sello se imprime en la cera, ésta recibe toda la forma del sello. Así el Hijo recibió toda la forma del Padre. Y esto de dos modos: uno eterno (generación eterna), del cual no se habla aquí porque el sello y lo sellado son de distinta naturaleza. El otro, que es el que hay que entender aquí, es el misterio de la Encarnación, por el que Dios Padre imprimió en la naturaleza humana el Verbo, que es resplandor y sello de su sustancia, como dice Hebreos (1,3)» (Super Evangelium Ioannis, ad loc.).

lunes, 23 de julio de 2018

La multiplicación de los panes (Jn 6,1-15)


17º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
1 Después de esto partió Jesús a la otra orilla del mar de Galilea, el de Tiberíades. 2 Le seguía una gran muchedumbre porque veían los signos que hacía con los enfermos. 3 Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. 4 Pronto iba a ser la Pascua, la fiesta de los judíos.
5 Jesús, al levantar la mirada y ver que venía hacia él una gran muchedumbre, le dijo a Felipe:
—¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos? 6 —lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer.
7 Felipe le respondió:
—Doscientos denarios de pan no bastan ni para que cada uno coma un poco.
8 Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo:
9 —Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?
10 Jesús dijo:
—Mandad a la gente que se siente —había en aquel lugar hierba abundante.
Y se sentaron un total de unos cinco mil hombres. 11 Jesús tomó los panes y, después de dar gracias, los repartió a los que estaban sentados, e igualmente les dio cuantos peces quisieron.
12 Cuando quedaron saciados, les dijo a sus discípulos:
—Recoged los trozos que han sobrado para que no se pierda nada.
13 Y los recogieron, y llenaron doce cestos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.
14 Aquellos hombres, viendo el signo que Jesús había hecho, decían:
—Éste es verdaderamente el Profeta que viene al mundo.
15 Jesús, conociendo que estaban dispuestos a llevárselo para hacerle rey, se retiró otra vez al monte él solo.
En el Evangelio de Juan sólo se recogen siete milagros de Jesús. El autor sagrado elige aquellos que le van mejor a su propósito de mostrar algunas facetas del misterio de Cristo. El milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, unos días antes de la Pascua, prefigura la Pascua cristiana y el misterio de la Eucaristía y está puesto en relación directa con el discurso de Cafarnaún sobre el Pan de Vida (6,26-58), en el que Jesús promete darse Él mismo como alimento de nuestra alma. Tal relación queda sub­rayada por las palabras del v. 11, que son casi las mismas con las que los sinópticos y San Pablo narran el comienzo de la institución de la Eucaristía (cfr Mt 26,26; Mc 14,22; Lc 22,14 y 1 Co 11,23-24).
Jesús es sensible a las necesidades espirituales y materiales de los hombres (v. 5). Aquí le vemos tomando la iniciativa para satisfacer el hambre de aquella multitud que le sigue. Con los diálogos y el milagro que va a realizar, Jesús enseña también a sus discípulos a confiar en Él ante las dificultades que encontrarán en sus futuras tareas apostólicas, emprendiéndolas con los medios que tengan, aunque sean insuficientes, como en este caso lo eran los cinco panes y los dos peces (v. 9). Él aportará lo que falta. En la vida cristiana hay que poner al servicio del Dios lo que tengamos, aunque nos parezca muy poco. El Señor sabrá multiplicar la eficacia de esos medios tan insignificantes: «Él [Jesús] no contaba con una cantidad suficiente de bienes materiales, sino con su generosidad al ofrecer lo poco que poseían. (...) Lo que la razón humana no se atrevía a esperar, con Jesús se hizo realidad gracias al corazón generoso de un muchacho» (Juan Pablo II, Mensaje 8-IX-97).
La reacción ante el milagro (v. 14) muestra que los que se beneficiaron de aquel prodigio reconocieron a Jesús como el Profeta, el Mesías prometido en el Antiguo Testamento (cfr Dt 18,15), pero pensaron en un mesianismo terreno y nacionalista: quisieron hacerle rey porque consideraron que el Mesías había de traerles abundancia de bienes terrenos y librarlos de la dominación romana.
El Señor, que más adelante (6,26-27) explicará el verdadero sentido de la multiplicación de los panes y los peces, se limita a huir de aquel lugar, para evitar una proclamación popular ajena a su verdadera misión. En el diálogo con Pilato (cfr 18,36) explicará que su Reino «no es de este mundo». «Los Evangelios muestran claramente cómo para Jesús era una tentación lo que alterara su misión de Servidor de Yahwéh (cfr Mt 4,8; Lc 4,5). No acepta la posición de quienes mezclaban las cosas de Dios con actitudes meramente políticas (cfr Mt 22,21; Mc 12,17; Jn 18,36) (...). La perspectiva de su misión es mucho más profunda. Consiste en la salvación integral por un amor transformante, pacificador, de perdón y reconciliación. No cabe duda, por otra parte, que todo esto es muy exigente para la actitud del cristiano que quiere servir de verdad a los hermanos más pequeños, a los pobres, a los necesitados, a los marginados; en una palabra, a todos los que reflejan en sus vidas el rostro doliente del Señor (cfr Lumen gentium, n. 8)» (Juan Pablo II, Discurso al episcopado latinoamericano, 28-I-1979).

lunes, 14 de mayo de 2018

El Espíritu de la verdad (Jn 15, 26-27; 16, 12-15)

Pentecostés – B. Evangelio
15,26 Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. 27 También vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.
16,12 Todavía tengo que deciros muchas cosas, pero no podéis sobrellevarlas ahora. 13 Cuando venga Aquél, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oiga y os anunciará lo que va a venir. 14 Él me glorificará porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. 15 Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso dije: Recibe de lo mío y os lo anunciará.
Jesús habla del Paráclito tres veces en el Sermón de la Cena. En la primera (14,15ss.), afirma que será otro Consolador enviado por el Padre para que esté siempre con ellos; en la segunda (15,26), dice que el Padre enviará en su nombre el Espíritu de la verdad que les enseñará todo; en la tercera (16,1-15), anuncia que el fruto de su ascensión al Cielo será el envío del Espíritu Santo y la acción que el Espíritu Santo realizará ante el mundo y ante los discípulos. A los discípulos, el Espíritu Santo les llevará a la plena comprensión de la verdad revelada por Cristo.
En Jn 16,8-11, la palabra «mundo» designa a los que no han creído en Cristo y le han rechazado (cfr 14,30). A éstos el Espíritu Santo les acusará «de pecado, de justicia y de juicio» (v. 8): «de pecado» por su incredulidad; «de justicia» porque mostrará que Jesús era el Justo que jamás cometió pecado alguno (cfr 8,46; Hb 4,15), y por eso es glorificado junto al Padre; «de juicio» al hacer patente que el demonio, príncipe de este mundo, ha sido vencido mediante la muerte de Cristo, por la cual el hombre es rescatado del poder del Maligno y capacitado, por la gracia, para vencer sus asechanzas. «Crean los hombres en Cristo —comenta San Beda— para que no sean acusados del pecado de su infidelidad, por el que se priva de todos los bienes. Entren en el número de los fieles para que no sean acusados por la justicia de éstos, al no imitar a los que han sido justificados. Eviten el juicio futuro para no ser juzgados con el príncipe del mundo al que imitan después de haber sido juzgado» (In Ioannis Evangelium expositio, ad loc.).
En Jn 16,14-15 descubren algunos aspectos del misterio de la Santísima Trinidad. Enseñan la igualdad de las tres divinas personas al decir que todo lo que tiene el Padre es del Hijo, que todo lo que tiene el Hijo es del Padre, y que el Espíritu Santo posee también aquello que es común al Padre y al Hijo, es decir, la esencia divina.

lunes, 30 de abril de 2018

Que os améis los unos a los otros (Jn 15,9-17)

6º domingo de Pascua – B. Evangelio
9 Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. 10 Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 11 Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa. 12 Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. 13 Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. 14 Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. 15 Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer. 16 No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. 17 Esto os mando: que os améis los unos a los otros.
El auténtico amor a Jesucristo lleva consigo el esfuerzo por guardar los mandamientos divinos y, ante todo, el mandato del amor fraterno a la medida de la cruz de Cristo. La exigencia de estos mandamientos no es ya el temor, sino el amor: es la respuesta a Dios que nos ha amado primero, y nos ha mostrado su amor en la cruz de Jesús. La amistad de Cristo con el cristiano, que el Señor manifiesta de modo particular en este pasaje, le llevaba a decir a San Juan de la Cruz: «Llámale Amado para más moverle e inclinarle a su ruego, porque, cuando Dios es amado, con grande facilidad acude a las peticiones de su amante. (...) De donde entonces le puede el alma de verdad llamar Amado, cuando ella está entera con él, no teniendo su corazón asido a alguna cosa fuera de él; y así, de ordinario trae su pensamiento en él» (Cántico espiritual 1,13).

lunes, 16 de abril de 2018

El Buen Pastor (Jn 10,11-18)

4º domingo de Pascua – B. Evangelio
11 Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas. 12 El asalariado, el que no es pastor y al que no le pertenecen las ovejas, ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye —y el lobo las arrebata y las dispersa—, 13 porque es asalariado y no le importan las ovejas. 14 Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen. 15 Como el Padre me conoce a mí, así yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas. 16 Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor. 17 Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. 18 Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre.
San Juan muestra ahora cómo los hombres podemos llegar a la salvación por la fe en Cristo y por medio de su gracia. Jesús es la puerta por la que se entra en la vida eterna, el Buen Pastor que nos conduce y ha dado su vida por nosotros. Con las imágenes del pastor, las ovejas y el redil, se evoca un tema preferido de la predicación profética en el Antiguo Testamento: el pueblo elegido es el rebaño y el Señor su pastor (cfr Sal 23). Los profetas, especialmente Jeremías y Ezequiel (Jr 23,1-6; Ez 34,1-31), ante la infidelidad de los reyes y sacerdotes, a quienes también se aplicaba el nombre de pastores, prometen unos pastores nuevos. Más aún: Ezequiel señala que Dios iba a suscitar un Pastor único, semejante a David, que apacentaría sus ovejas, de modo que estuvieran seguras (Ez 34,23-31). Jesús se presenta como ese Buen Pastor que cuida de sus ovejas. Se cumplen, por tanto, en Él las antiguas profecías. El arte cristiano se inspiró muy pronto en esta figura entrañable del Buen Pastor y dejó así representado el amor de Cristo por cada uno de nosotros.
El Buen Pastor conoce a cada una de sus ovejas, las llama por su nombre (v. 14; cfr v. 3). En este cuidado solícito se entrevé una exhortación a los futuros pastores de la Iglesia, como más tarde explicará San Pedro: «Apacentad la grey de Dios que se os ha confiado, gobernando no a la fuerza, sino de buena gana según Dios; no por mezquino afán de lucro, sino de corazón» (1 P 5,2). «Recuerden [los presbíteros] que su ministerio sacerdotal (...) está ordenado —de manera particular— a la gran solicitud del Buen Pastor, que es la solicitud por la salvación de todo hombre. Todos debemos recordar esto: que a ninguno de nosotros es lícito merecer el nombre de mercenario, o sea, uno que no es pastor dueño de las ovejas, uno que ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, porque es asalariado y no le importan las ovejas. La solicitud de todo buen pastor es que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia, para que ninguno se pierda, sino que tengan la vida eterna. Esforcémonos para que esta solicitud penetre profundamente en nuestras almas: tratemos de vivirla. Sea ella la que caracterice nuestra personalidad, y esté en la base de nuestra identidad sacerdotal» (Juan Pablo II, Carta a todos los sacerdotes, n. 7).
Como sucede a menudo a lo largo del evangelio, aquí hay una referencia explícita a la eficacia redentora del sacrificio de Cristo (cfr vv. 15-17). Jesús da su vida incluso por las ovejas que no son del redil de Israel. Su misión es universal pues convoca a todos los hijos de Dios en la unidad de la Iglesia (v. 16).

lunes, 2 de abril de 2018

¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20,19-31)

2º domingo de Pascua – B. Evangelio
19 Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo:
—La paz esté con vosotros.
20 Y dicho esto les mostró las manos y el costado.
Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. 21 Les repitió:
—La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo.
22 Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo:
—Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.
24 Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25 Los otros discípulos le dijeron:
—¡Hemos visto al Señor!
Pero él les respondió:
—Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.
26 A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo:
—La paz esté con vosotros.
27 Después le dijo a Tomás:
—Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.
28 Respondió Tomás y le dijo:
—¡Señor mío y Dios mío!
29 Jesús contestó:
—Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído.
30 Muchos otros signos hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no han sido escritos en este libro. 31 Sin embargo, éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
La aparición de Jesús glorioso a los discípulos y la efusión del Espíritu Santo sobre ellos viene a equivaler, en el Evangelio de Juan, a la Pentecostés en el libro de los Hechos, de San Lucas. «Ya se había llevado a cabo el plan salvífico de Dios en la tierra; pero convenía que nosotros llegáramos a ser partícipes de la naturaleza divina del Verbo, esto es, que abandonásemos nuestra vida anterior para transformarla y conformarla a un nuevo estilo de vida y de santidad. Esto sólo podía llevarse a efecto con la comunicación del Espíritu Santo» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarium in Ioannem 10).
La misión que el Señor da a los Apóstoles (vv. 22-23), similar a la del final del Evangelio de Mateo (Mt 28,18ss.), manifiesta el origen divino de la misión de la Iglesia y su poder para perdonar los pecados. «El Señor, principalmente entonces, instituyó el sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: Recibid el Espíritu Santo... Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos los Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del Bautismo» (Conc. de Trento, De Paenitentia, cap. 1).
En la nueva aparición (Jn 20,24-29), ocho días más tarde, destaca la figura de Tomás. Así como María Magdalena era modelo de los que buscan a Jesús (20,1-11), Tomás llega a ser la figura de los que dudan de Él, tanto de su divinidad como de su Humanidad, pero que luego se convierten sin reservas. El Resucitado es el mismo que el crucificado. El Señor manifiesta nuevamente que la fe en Él ha de apoyarse en el testimonio de quienes le han visto. «¿Es que pensáis —comenta San Gregorio Magno— que aconteció por pura casualidad que estuviera ausente entonces aquel discípulo elegido, que al volver oyese relatar la aparición, y que al oír dudase, dudando palpase y palpando creyese? No fue por casualidad, sino por disposición de Dios. La divina clemencia actuó de modo admirable para que tocando el discípulo dubitativo las heridas de carne en su ­Maestro, sanara en nosotros las heridas de la incredulidad (...). Así el discípulo, dudando y palpando, se convirtió en testigo de la verdadera resurrección» (Homiliae in Evangelia 26,7).
Los vv. 30-31 constituyen el primer epílogo o conclusión del evangelio. Exponen la finalidad que perseguía Juan al escribir su obra: que los hombres creamos que Jesús es el Mesías, el Cristo anunciado en el Antiguo Testamento por los profetas, y el Hijo de Dios, y que esa fe nos lleve a participar ya aquí de la vida eterna.

jueves, 29 de marzo de 2018

Pasión de Jesucristo, según San Juan (Jn 18,1–19,42)

Viernes Santo – Evangelio
19,25 Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. 26 Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre:
—Mujer, aquí tienes a tu hijo.
27 Después le dice al discípulo:
—Aquí tienes a tu madre.
Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa.
28 Después de esto, como Jesús sabía que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo:
—Tengo sed.
29 Había por allí un vaso lleno de vinagre. Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. 30 Jesús, cuando probó el vinagre, dijo:
—Todo está consumado.
E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
El Evangelio de Juan presenta la pasión y muerte de Jesús como una glorificación. Con numerosos detalles destaca que en la pasión se realiza la suprema manifestación de Jesús como el Mesías Rey. Así, cuando dice «yo soy», los que van a prenderle retroceden y caen por tierra (18,5-8); ante Pilato se declara Rey (18,33-37; cfr 19,2-3.19-22) y, en todo momento, con actitud de serena majestad, manifiesta su pleno conocimiento y dominio de los acontecimientos (18,4; 19,28), en los que se cumple la voluntad del Padre (18,11; 19,30).
La pasión es, por otra parte, la hora en que culmina el odio de sus adversarios y del mundo hacia Jesús: la hora del poder de las tinieblas que alcanza incluso a sus discípulos, pues le abandonan o le niegan (18,25-27). Pero al pie de la cruz se da también la suprema confesión de fe en Él: la fe de la Santísima Virgen, a la que el Señor entrega como Madre de los hombres representados en el discípulo amado (19,25-27). Cristo es el nuevo Cordero Pascual, que con su muerte redentora quita el pecado del mundo (19,31-42; cfr 1,29.36). Junto con la sangre, del costado del Señor brota agua, símbolo del Bautismo y del Espíritu Santo prometido (cfr 7,37-39), es decir, brota la Iglesia.
18,1-12. Al otro lado del torrente Cedrón (v. 1) se encuentra lo que los sinópticos llaman Getsemaní. Es el primero de los cinco escenarios en los que acontecen los padecimientos de Jesús. Juan no recoge la oración del Señor en el huerto de los olivos, pero sí es el único que recuerda que los que van a prender a Jesús retroceden y caen en tierra ante sus palabras (vv. 4-6). El texto evoca el Salmo 56,10: «Retrocederán mis enemigos, el día en que yo invoque», y hace resplandecer la majestad de Cristo que se entrega voluntaria y libremente. «Si Él no lo hubiera permitido, nunca hubieran realizado su intento de apresarle, pero tampoco Él hubiera cumplido su misión. Ellos buscaban con odio al que querían matar; Jesús, en cambio, nos buscaba con amor queriendo morir» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 112,3).
Emociona contemplar a Jesús pendiente de la suerte de sus discípulos, cuando era Él quien corría peligro (v. 8). Había prometido que ninguno de los suyos se perdería, excepto Judas Iscariote (cfr 6,39; 17,12): aunque aquella promesa se refería más bien a preservarlos de la condenación eterna, el Señor se preocupa aquí también de la suerte inmediata de sus discípulos, que todavía no estaban preparados para afrontar el martirio.
Una vez más se manifiesta el temperamento impetuoso y la lealtad de Pedro que, con riesgo de su vida, defiende al Maestro (vv. 10-11). Pedro, sin embargo, no había entendido aún los planes salvíficos de Dios; sigue resistiéndose a la idea del sacrificio de Cristo, como ya lo había hecho en el momento del primer anuncio de la pasión (cfr Mt 16,21-22). Cristo no aceptó aquella defensa violenta (v. 11). Sus palabras aluden a la oración en el huerto (cfr Mt 26,39), en la que había aceptado libremente la voluntad del Padre, entregándose sin resistencia a llevar a cabo la Redención por la cruz. El pasaje nos enseña que hemos de acatar la voluntad de Dios con la docilidad y prontitud con que Jesús afronta la pasión.
18,13-27. El segundo escenario de la pasión es la casa de Anás. Jesús, que había «desatado» a Lázaro (11,44), es llevado atado. También Isaac fue «atado» antes de ser ofrecido en sacrificio (cfr Gn 22,9); y se dejó «atar» voluntariamente, prefigurando así la voluntariedad de Jesús para su sacrificio. En el interrogatorio (vv. 19-24), Jesús insiste en el carácter público y notorio de su predicación y de su conducta. Todo el pueblo ha podido escuchar sus palabras y contemplar sus milagros, de ahí que le hayan aclamado como Mesías. Los mismos pontífices habían vigilado su actividad en el Templo y en las sinagogas, pero, como no quieren ver, ni creer, atribuyen algo oculto y siniestro a los planes de Jesús.
Las negaciones de Pedro se narran con más brevedad que en los otros evangelios. No se habla aquí del arrepentimiento de Pedro, aunque se da por supuesto al mencionar el canto del gallo (v. 27): de la misma brevedad del relato se deduce que el suceso era muy conocido por los primeros cristianos. Después de la resurrección quedará patente el alcance del perdón de Jesús, que confirma a Pedro en su misión de guiar a toda la Iglesia (cfr 21,15-17). Aprendamos la lección: «En este torneo de amor no deben entristecernos las caídas, ni aun las caídas graves, si acudimos a Dios con dolor y buen propósito en el sacramento de la Penitencia. El cristiano no es un maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada. Jesucristo Nuestro Señor se conmueve tanto con la inocencia y la fidelidad de Juan y, después de la caída de Pedro, se enternece con su arrepentimiento. Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 75).
*18,28-19,16. El proceso ante Pilato tiene aquí mayor relieve y amplitud que en los sinópticos. Es el tercer escenario y como el centro de los cinco en los que se divide el relato de la pasión. El detalle con que se narra lo ocurrido en el pretorio destaca la majestad de Jesucristo como Rey mesiánico. Contrasta, a la vez, con el rechazo de los judíos.
El proceso se desarrolla en siete momentos, marcados por las salidas y entradas de Pilato en el pretorio. Primero (18,29-32), los judíos plantean de modo genérico la acusación: es un malhechor. Sigue en segundo lugar el diálogo de Pilato con Jesús (18,33-37), que culmina con la afirmación de Cristo: «Yo soy Rey». A continuación, tercer momento, Pilato intenta salvar al Señor (18,38-40), preguntando si quieren que suelte al «Rey de los judíos». El momento central, el cuarto, es la coronación de espinas, en la que los soldados saludan a Cristo en tono de burla como «Rey de los judíos» (19,1-3). Sigue como quinto momento la presentación del Señor como Ecce homo, coronado de espinas y con el manto de púrpura, y la acusación de los judíos de que Jesús se ha hecho Hijo de Dios (19,4-7). En sexto lugar, de nuevo Pilato, dentro del pretorio, dialoga con Jesús (19,8-12) e intenta averiguar algo más sobre su origen misterioso: ahora los judíos concentran su odio en una acusación directamente política: «El que se hace rey va contra el César» (19,12). Por último (19,13-16), Pilato señala a Jesús y dice: «Aquí está vuestro Rey» (19,14). La solemnidad del momento viene destacada por la indicación del lugar —el Litóstrotos—, del día —la Parasceve— y de la hora —hacia las doce del mediodía—. Los representantes de los judíos rechazan abiertamente a quien es el verdadero Rey anunciado por los profetas.
«Pretorio» (18,28.33; 19,9). Aquí debe entenderse como la residencia oficial del procurador o prefecto en Jerusalén. La residencia habitual de Pilato estaba en Cesarea Marítima, pero en las grandes solemnidades solía trasladarse a Jerusalén con un fuerte contingente de tropas para poder intervenir con eficacia si se producía algún motín. En Jerusalén, en los años de Cristo y siguientes, el procurador se alojaba en el Palacio de Herodes (en la parte occidental de la ciudad alta). Sin embargo, no se sabe con certeza si el «pretorio» que menciona San Juan hay que identificarlo con este palacio o con otro lugar de la ciudad.
18,28-40. Ante el sumo pontífice la acusación era religiosa (ser Hijo de Dios, cfr Mt 26,57-68). Ahora ante Pilato es de carácter político. Con ella quieren comprometer la autoridad del Imperio romano: Jesús, al declararse Mesías y Rey de los judíos, aparecía un revolucionario que conspiraba contra el César. A Pila­to no le incumbe intervenir en cuestiones religiosas, pero, como la acusación que le presentan contra Jesús afecta al orden público y político, su interrogatorio comienza obviamente con la averiguación de la denuncia fundamental: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» (v. 33).
Jesús, al contestar con una nueva pregunta, no rehúye la respuesta, sino que quiere, como siempre, dejar en claro el carácter espiritual de su misión. Realmente la respuesta no era fácil. Desde la perspectiva de un gentil, un rey de los judíos era sencillamente un conspirador contra el Imperio; y, desde la perspectiva de los judíos nacionalistas, el Rey Mesías era el libertador político-religioso que les conseguiría la independencia. La verdad del mesianismo de Cristo transciende por completo ambas concepciones, y es lo que Jesús explica al procurador (v. 36), aun sabiendo la enorme dificultad que entraña entender la verdadera naturaleza del Reino de Cristo. «Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 180). Éste es el sentido profundo de su realeza: su reino es «el reino de la Verdad y la Vida, el reino de la Santidad y la Gracia, el reino de la Justicia, el Amor y la Paz» (Misal Romano, Prefacio de la Misa de Cristo Rey). Cristo reina sobre aquellos que aceptan y viven la Verdad por Él revelada: el amor del Padre (3,16; 1 Jn 4,9).
19,1-3. Con este episodio, situado en el centro de la narración, se pone de relieve la realeza de Cristo sobre la que Pilato le acaba de interrogar, aunque aquellos soldados le aclamen como Rey de los judíos sólo de modo sarcástico. En Cristo revestido con las insignias reales se vislumbra, bajo aquella trágica parodia, la grandeza del Rey de Reyes, y se resalta que su Reino no es conforme a lo que los hombres piensan (18,36).
Los autores espirituales se han conmovido ante esta imagen de Cristo maltratado: «Mira cuál estaría aquel divino rostro: hinchado con los golpes, afeado con las salivas, rasguñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes reciente y fresca, y por otras fea y denegrecida. Y como el santo Cordero tenía las manos atadas, no podía con ellas limpiar los hilos de sangre que por los ojos corrían; y así estaban aquellas dos lumbreras del Cielo eclipsadas y casi ciegas y hechas un pedazo de carne. Finalmente, tal estaba su figura, que ya no parecía quien era, y aun apenas parecía hombre, sino un retablo de dolores pintado por mano de aquellos crueles pintores y de aquel mal presidente» (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo 24). La razón de tanto sufrimiento era la redención de nuestros pecados: «Los pecados, así los tuyos como los míos, como los de todo el mundo, fueron los verdugos que le ataron, y le azotaron, y le coronaron de espinas, y le pusieron en la Cruz. Por donde verás cuánta razón tienes aquí para sentir la grandeza y malicia de tus pecados» (ibidem 15).
19,4-16. Pilato reconoce la inocencia de Jesús. Éste no era un revolucionario político, como querían presentarle sus acusadores. Ya que el procurador no quería juzgar sobre asuntos religiosos (vv. 6-7; 18,31), las autoridades judías insisten en llevar la acusación al terreno político, aunque para ello deban traicionar su conciencia reconociendo al César como su verdadero rey (v. 15). Al oír Pilato que los judíos acusan a Jesús de haberse proclamado Hijo de Dios, aumenta su temor (v. 8). Las palabras de Pilato: «¿De dónde eres tú?» (v. 9), significan propiamente: «¿Quién eres tú?», de forma que pregunta a Jesús por el misterio de su Persona. Pero Jesús no le dio respuesta: «Aunque otras muchas veces Jesús respondió a quienes le interrogaban, las veces que, como en este caso, no quiso responder fue a causa de aquella semejanza con el cordero —como cordero ante sus trasquiladores... no abrió boca (Is 53,7)—, de tal forma que en su silencio no se tuviera como reo, sino como inocente» (S. Beda, In Ioannis Evangelium expositio, ad loc.).
La majestad de Cristo queda de nuevo subrayada por la respuesta de Jesús a Pilato sobre el origen divino de la autoridad (vv. 8-11). La enseñanza de Jesús lleva consigo que, consideradas las cosas en su verdad profunda, cuando en el lenguaje corriente (jurídico, político o social) se habla de la soberanía del rey o del pueblo, estos poderes no se pueden tomar como términos absolutos, sino relativos, subordinados a la soberanía absoluta de Dios: de ahí que ninguna ley humana pueda ser justa, y por tanto obligar en conciencia, si no está de acuerdo con la ley divina.
A pesar de que Pilato quiere liberar a Jesús (v. 12), el chantaje que urden las autoridades judías puede más que los sentimientos del procurador y éste transige con la condena. Es una tremenda llamada a no ceder en lo que no se puede ceder por el deseo de evitarse posibles dificultades.
«Litóstrotos» (v. 13). Literalmente significa «empedrado», «enlosado»; debía de ser, pues, una plaza o patio pavimentado con losas. El vocablo hebreo Gabbatá no es el equivalente exacto del griego Lithóstrotos, sino que significa «sitio elevado». Pero en la práctica designaba el mismo lugar. La localización de este «Litóstrotos» es incierta, por la duda, ya apuntada, acerca de dónde estaba el pretorio: (cfr nota a 18,28-19,26). Se llamaba «Parasceve» (v. 14) al día anterior al sábado y también al de la preparación de la Pascua. La hora sexta comienza al mediodía. Hacia esa hora se retiraba de las casas todo pan fermentado, se sustituía por el pan ácimo que se empleaba ya en la cena pascual (cfr Ex 12,15ss.) y se sacrificaba oficialmente en el Templo el cordero. San Juan hace notar que a esa hora condenaron a Jesús, y subraya así la coincidencia de la condena a muerte del Señor con el momento en que se inmolaba el cordero pascual (cfr 1,29). Esto hace suponer que Jesús y sus discípulos, siguiendo quizá un calendario que compartían algunos judíos, habían celebrado la cena de la Pascua, y por tanto la fiesta, un día antes de lo establecido por las autoridades judías de su tiempo. Los sinópticos, en cambio, pasan por alto ese detalle.
19,17-30. El nombre de Calvario o Calavera (v. 17) parece aludir a la forma de cráneo que tiene el lugar, una antigua cantera a las afueras de Jerusalén. Es el cuarto escenario del drama de la pasión. San Juan es el único de los evangelistas que dice claramente que Jesús llevó la cruz a cuestas. Los otros tres mencionan la ayuda de Simón de Cirene (Mt 27,32; Mc 15,21; Lc 23,26). Jesús camino del Calvario provoca a todo hombre a decidirse a favor o en contra de Él y de su cruz: «Marchaba, pues, Jesús hacia el lugar donde había de ser crucificado, llevando su cruz. Extraordinario espectáculo: (...) a los ojos de la impiedad, la burla de un rey que lleva por cetro el madero de su suplicio; a los ojos de la piedad, un rey que lleva la cruz para ser en ella clavado, cruz que había de brillar en la frente de los reyes; en ella había de ser despreciado a los ojos de los impíos, y en ella habían de gloriarse los corazones de los santos» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 117,3).
La escena de la crucifixión es como una recapitulación condensada de la vida y doctrina de Jesús. La túnica que los soldados no rasgan (v. 24) simboliza la unidad de la Iglesia, aquella unidad que Jesús había pedido al Padre en su oración sacerdotal (cfr 17,20-26). La presencia de la Santísima Virgen y del discípulo amado (vv. 25-27), junto con la sangre y el agua que brotan del costado de Cristo (v. 34), recuerdan las bodas de Caná (2,1-12), a la vez que simbolizan a la Iglesia y a los creyentes que se incorporan a ella por el Bautismo y la Eucaristía. La sed de Jesús (v. 28) trae a la memoria la escena del encuentro con la samaritana (cfr 4,7) y las palabras que había pronunciado durante la fiesta de los Tabernáculos (7,37), y muestra su deseo de salvar a todas las almas. Las palabras con las que entrega su espíritu (v. 30) manifiestan que Él muere realmente e insinúan también que entrega el Espíritu Santo, prometido en tantos momentos de su vida pública (cfr 14,26; 15,26; 16,7-14). Además, entrega también a su Madre como Madre de los discípulos, representados en el discípulo amado (vv. 25-27).
El «título» (v. 19) era el nombre técnico que en el derecho romano expresaba la causa de la condena. Solía inscribirse en una tablilla para conocimiento público y era resumen del acta oficial que se remitía a los archivos del tribunal del César. Por eso, cuando los pontífices judíos piden a Pilato que cambie las palabras de la inscripción (v. 21), el procurador se niega aduciendo que la sentencia ha sido ya dictada y ejecutada y, por tanto, no puede modificarse: ése es el sentido de las palabras: «Lo que he escrito, escrito está» (v. 22). Los cuatro evangelistas dan fe de este título, si bien sólo es Juan quien precisa que estaba escrito en varios idiomas. Proclama de esta manera la realeza universal de Cristo, ya que lo podían leer todos los que desde diversos países habían venido a celebrar la Pascua; así se confirman las palabras del Señor: «Yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo» (18,37).
Las palabras de Jesús a su Madre y al discípulo (vv. 25-27) revelan el amor filial de Jesús a la Santísima Virgen. Al declarar a María como Madre del discípulo amado, la introduce de un modo nuevo en la obra salvífica, que, en ese momento, queda culminada. Jesús establece así la maternidad espiritual de María. «La Santísima Virgen avanzó también en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (Jn 19,25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús, agonizante en la Cruz, como madre al discípulo» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 58).
Todos los cristianos, representados en el discípulo amado, somos hijos de María. «Entregándonos filialmente a María, el cristiano, como el Apóstol Juan, “acoge entre sus cosas propias” a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su “yo” humano y cristiano» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 45). «Juan, el discípulo amado de Jesús, recibe a María, la introduce en su casa, en su vida. Los autores espirituales han visto en esas palabras, que relata el Santo Evangelio, una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas. En cierto sentido, resulta casi superflua esa aclaración. María quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 140).
También el detalle de darle a beber vinagre (vv. 28-29) estaba predicho en el Antiguo Testamento: «Me daban hiel por comida, cuando tenía sed me escanciaban vinagre» (Sal 69,22). Esto no quiere decir que a Jesús le dieron vinagre para aumentar los tormentos; era costumbre ofrecer agua mezclada con vinagre a los crucificados para mitigar la sed. Además de la natural deshidratación que producía el suplicio de la cruz, se puede ver también en la sed de Jesús una manifestación de su deseo ardiente por cumplir la voluntad del Padre y salvar a todas las almas.
19,31-37. En la víspera de la Pascua se inmolaban oficialmente en el Templo los corderos pascuales a los que, según la Ley, no se podía romper ningún hueso (cfr Ex 12,46). La referencia a la Parasceve y el hecho de que no le quebraran las piernas (v. 33) subraya que Cristo es el verdadero Cordero Pascual que quita el pecado del mundo.
La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, de todos los sacramentos, y de la misma Iglesia. «Allí se abría la puerta de la vida, de donde manaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en la vida que es verdadera vida (...). Este segundo Adán se durmió en la cruz para que de allí le fuese formada una esposa que salió del costado del que dormía. ¡Oh muerte que da vida a los muertos! ¿Qué cosa más pura que esta sangre? ¿Qué herida más saludable que ésta?» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 120,2). Con otras palabras lo enseña el Concilio Vaticano II: «Su comienzo [de la Iglesia] y crecimiento están simbolizados en la sangre y en el agua que manaron del costado abierto de Cristo crucificado» (Lumen gentium, n. 3).
Termina el relato de la pasión (v. 37) con la cita de Za 12,10. Juan evoca con este texto profético la salvación realizada por Jesucristo que, clavado en la cruz, ha cumplido la promesa divina de redención.
19,38-42. El quinto escenario de la pasión es el sepulcro sin estrenar. El sacrificio del Señor comienza a producir sus frutos. Así, los que antes tuvieron miedo ahora se confiesan valientemente discípulos de Jesús, y cuidan de su Cuerpo muerto con extremada delicadeza y generosidad. Los Santos Padres han comentado con frecuencia el detalle del huerto en sentido místico. Suelen enseñar que Cristo, apresado en un huerto —el de los Olivos— y sepultado en un huerto —el del sepulcro—, nos ha redimido sobreabundantemente de aquel primer pecado cometido también en un huerto —el paraíso—. Del sepulcro nuevo comentan que, siendo el cuerpo de Jesús el único que fue depositado allí, no habría duda de que era Él quien había resucitado y no otro. Observa también San Agustín: «Así como en el seno de María Virgen ninguno fue concebido antes ni después de Él, así en este sepulcro nadie fue sepultado ni antes ni después de Él» (In Ioannis Evangelium 120,5).