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lunes, 12 de noviembre de 2018

El Hijo del Hombre viene sobre las nubes con gran poder y gloria (Mc 13,24-32)


33º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
24 Pero en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, 25 y las estrellas caerán del cielo, y las potestades de los cielos se conmoverán. 26 Entonces verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes con gran poder y gloria. 27 Y entonces enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos desde los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
28 Aprended de la higuera esta parábola: cuando sus ramas están ya tiernas y brotan las hojas, sabéis que está cerca el verano. 29 Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que es inminente, que está a las puertas. 30 En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla. 31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
32 Pero nadie sabe de ese día y de esa hora: ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre.
Tras el tiempo de la Iglesia militante, viene el tiempo del Hijo del Hombre triunfante. El destino del mundo se resume en el momento glorioso en el que Jesús viene a juzgar al mundo y salvar a sus elegidos (vv. 26-27). Los sufrimientos de los cristianos son el camino que conduce a la venida gloriosa del Hijo del Hombre.
En dos ocasiones, y referidas a dos momentos distintos, habló el Señor de su venida triunfal como Hijo del Hombre. En casa de Caifás, les dijo a los presentes: «Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes» (14,62); aquí, en cambio, habla de un momento más remoto y dice que al final de la historia, los que vivan entonces, «verán» al Hijo del Hombre (v. 26). Por tanto, parece que las palabras de Jesús señalan dos momentos distintos: en casa de Caifás anuncia su resurrección gloriosa, que es como una señal de su posterior venida triunfante. En ambos casos, la profecía del Señor evoca al Hijo del Hombre glorioso anunciado por el profeta Daniel (Dn 7,1-28): pueden sucederse los reinados opuestos al pueblo de los santos, pero al final se rendirán ante Él y le acatarán. Por otra parte, las señales que se mencionan en los versículos anteriores (vv. 24-25) recuerdan el juicio vindicativo de Dios sobre Babilonia y Edom (Is 13,10; 34,4); Dios está preparado para juzgar, para premiar y para castigar. La significación del pasaje la resumía San Agustín cuando comentaba la venida en majestad del Hijo del Hombre: «Veo que esto se puede entender de dos maneras. Puede venir sobre la Iglesia como sobre una nube, como ahora no cesa de venir, conforme a lo que dijo: Ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha de la virtud viniendo sobre las nubes del cielo. Pero entonces vendrá con gran poder y majestad porque en los santos aparecerán más su poder y su majestad divinas, porque les aumentó la fortaleza para que no sucumbieran en las persecuciones. Aunque puede entenderse también como que viene en su Cuerpo, en el que está sentado a la derecha del Padre, en el que murió y resucitó» (Epistolae 199,11,41).
Los versículos finales del discurso (vv. 18-37) resumen cuál debe ser la actitud de los discípulos del Señor (v. 37): estar en vela, vigilantes (vv. 33.35.37). Lo seguro es que el Señor vendrá. Con la imagen de la higuera (v. 28), el último árbol en dar hojas en el ciclo anual, enseña que es posible que tarde en llegar más de lo que piensan, pero su venida es segura, tan segura como el ciclo del árbol. Eso es lo que permite distinguir una frágil espera de una esperanza segura.
«Nadie sabe de ese día y de esa hora: ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre» (v. 32). La frase ha sido una de las crux interpretum de los estudiosos de los evangelios. En el contexto de las palabras de Jesús (vv. 30-33), tiene más lógica que aislada. Los escritos apocalípticos presentaban nuevas revelaciones sobre los acontecimientos de la generación presente y el eón o mundo futuro (v. 30). En esa línea argumental, Jesús les dice que no den fe a nuevas revelaciones (v. 32), sólo sus palabras tienen valor perenne (v. 31), y sus palabras son únicamente una: velad (v. 33). En estas condiciones, las palabras de Jesús pueden interpretarse, como hicieron algunos Padres, no como desconocimiento de Cristo acerca de ese momento, sino como conveniencia de no manifestarlo, y pueden interpretarse también como desconocimiento de Jesús en cuanto hombre: «Cuando los discípulos le preguntaron sobre el fin, ciertamente, conforme al cuerpo carnal, les respondió: Ni siquiera el Hijo, para dar a entender que, como hombre, tampoco lo sabía. Es propio del ser humano el ignorarlo. Pero en cuanto que Él era el Verbo, y Él mismo era el que había de venir, como juez y como esposo, por eso conoció cuándo y a qué hora había de venir. (...) Pero como se hizo hombre, tuvo hambre y sed y padeció como los hombres y del mismo modo que los hombres, en cuanto hombre no conocía, pero en cuanto Dios, en cuanto era el Verbo y la Sabiduría del Padre, no desconocía nada» (S. Atanasio, Contra Arianos 3,46).

lunes, 5 de noviembre de 2018

Cristo entró en el cielo para interceder por nosotros (Hb 9,24-28)

32º domingo del Tiempo ordinario – B. 2ª lectura
24 Porque Cristo no entró en un santuario hecho por mano de hombre —representación del verdadero—, sino en el mismo cielo, para interceder ahora ante Dios en favor nuestro. 25 No para ofrecerse muchas veces a sí mismo, como el sumo sacerdote que entra en el santuario todos los años con sangre ajena: 26 porque entonces hubiera debido padecer muchas veces desde la creación del mundo, y, en cambio, se ha manifestado ahora de una vez para siempre, en la plenitud de los tiempos, para destruir el pecado mediante el sacrificio de sí mismo. 27 Y así como está establecido que los hombres mueran una sola vez, y que después haya un juicio, 28 así también Cristo, que se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos, por segunda vez, sin relación ya con el pecado, se manifestará a los que le esperan para llevarlos a la salvación.
En la Antigua Ley tanto el sacrificio expiatorio como el ritual de una alianza exigían el derramamiento de sangre. El autor sagrado manifiesta que la mediación sacerdotal de Cristo es la única que puede lograr el perdón de los pecados y el acceso de los hombres a Dios, porque derramó su propia sangre para ratificar la Nueva Alianza (vv. 11-14), y así nos abrió con su cuerpo resucitado —el «Tabernáculo» (v. 11; cfr Jn 2,19-22)— las puertas del cielo. Enseña también que la muerte de Cristo es la última disposición de Dios: otorgar a los hombres la herencia del cielo (vv. 23-28).
En todo el pasaje se revela el poder redentor de la sangre de Cristo, ante la que nos debemos conmover, como se conmovieron los santos: «Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 7,4). «¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Em­pezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. (...) El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escon­dido y me alegro con la riqueza ha­llada» (S. Juan Crisóstomo, Catecheses ad illuminandos 3,16). Y Santa Catalina de Siena escribe: «Anégate en la sangre de Cristo crucificado; báñate en su sangre; sáciate con su sangre; embriágate con su sangre; vístete de su sangre; duélete de ti mismo en su sangre; alégrate en su sangre; crece y fortifícate en su sangre; pierde la debilidad y la ceguera en la sangre del Cordero inmaculado; y con su luz, corre como caballero viril, a buscar el honor de Dios, el bien de su santa Iglesia y la salud de las almas, en su sangre» (Cartas 333).
En el v. 24 se vuelve a insistir (cfr 7,25) cómo Cristo ejerce su sacerdocio desde el cielo «en favor nuestro»: «Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 667).
Los vv. 27-28 contemplan también tres ver­dades fundamentales de la fe cristiana acerca de los novísimos: 1) el decreto inmutable de la muerte, «una sola vez» (no hay reencarnación); 2) la existen­cia de un juicio que sigue inmediatamente a ella; 3) la segunda y gloriosa venida de Cristo. «La muerte es el fin de la pere­gri­nación terrena del hom­bre, del tiempo de gracia y de miseri­cordia, que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio di­vino y para decidir su último destino» (ibidem, n. 1013).
La expresión «sin relación ya con el pecado» (v. 28) quiere decir que en su segunda venida ya no tendrá que reparar el pecado ni sufrir por él como víctima.

lunes, 11 de junio de 2018

Nos empeñamos en agradar a Dios (2 Co 5,6-10)


11º domingo del Tiempo ordinario – B. 2ª lectura
6 Por eso, siempre estamos llenos de buen ánimo, aun sabiendo que mientras moramos en el cuerpo, estamos en destierro lejos del Señor, 7 pues caminamos en la fe y no en la visión. 8 Así pues, estamos llenos de buen ánimo y preferimos salirnos de este cuerpo y volver junto al Señor. 9 Por eso, tanto ahora en el cuerpo como fuera de él, nos empeñamos en agradarle. 10 Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba conforme a lo bueno o malo que hizo durante su vida mortal.
A la vez que la esperanza de bienes tan grandes hace a San Pablo desear con ansia vivir junto al Señor (5,8), no pierde de vista que ahora ha de esforzarse por agradar a Dios, pensando en su encuentro con Cristo (5,9-10). El pasaje nos habla de la existencia del juicio particular: «Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1022). La sentencia de premio o castigo depende de los merecimientos del alma durante su vida en la tierra, ya que con la muerte termina el tiempo y la posibilidad de merecer. Las palabras de San Pablo nos exhortan a esforzarnos en esta vida por ser gratos al Señor: «¿No brilla en tu alma el deseo de que tu Padre-Dios se ponga contento cuando te tenga que juzgar?» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 746).

lunes, 20 de noviembre de 2017

El Juicio Final (Mt 25,31-46)


Solemnidad de Cristo Rey – A. Evangelio
 31 Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria y acompañado de todos los ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria, 32 y serán reunidas ante él todas las gentes; y separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, 33 y pondrá las ovejas a su derecha, los cabritos en cambio a su izquierda. 34 Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: 35 porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; 36 estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme». 37 Entonces le responderán los justos: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber?; 38 ¿cuándo te vimos peregrino y te acogimos, o desnudo y te vestimos?, 39 o ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a verte?» 40 Y el Rey, en respuesta, les dirá: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis». 41 Entonces dirá a los que estén a la izquierda: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles: 42 porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; 43 era peregrino y no me acogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis». 44 Entonces le replicarán también ellos: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, peregrino o desnudo, enfermo o en la cárcel y no te asistimos?» 45 Entonces les responderá: «En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también dejasteis de hacerlo conmigo. 46 Y éstos irán al suplicio eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna».
Las tres parábolas precedentes (24,42-51; 25,1-13; 25,14-30) se siguen con el anuncio del juicio del Señor. Jesús presenta con toda su grandiosidad este Juicio Final, que hará entrar a todas las cosas en el orden de la justicia divina. La Tradición cristiana le da el nombre de Juicio Final, para distinguirlo del juicio particular al que cada uno deberá someterse inmediatamente después de la muerte: «Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 678).
Todas las facetas enumeradas en los vv. 35-46 —dar de comer, dar de beber, vestir, visitar— resultan ser obras de amor cristiano cuando al hacerlas a estos «pequeños» (v. 40) se ve en ellos al mismo Cristo. Es significativo el pasaje si lo comparamos con otro anterior donde el Señor prometió que cualquiera que diera de beber sólo un vaso de agua fresca a uno de «estos pequeños por ser discípulo» (10,42), no quedaría sin recompensa. Pero ahora no se menciona el discípulo; al servir a cualquier hombre se sirve a Cristo. De aquí la importancia de practicar las obras de misericordia —corporales y espirituales— recomendadas por la Iglesia y también la entidad que tiene el pecado de omisión: no hacer lo que se debe supone dejar a Cristo mismo despojado de tales servicios. Las dimensiones del amor de Dios se miden por las obras de servicio a los demás: «Acá solas estas dos que nos pide el Señor; amor de Su Majestad y del prójimo; es en lo que hemos de trabajar. Guardándolas con perfección, hacemos su voluntad (...) La más cierta señal que —a mi parecer— hay de si guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios no se puede saber (aunque hay indicios grandes para entender que le amamos), mas el amor del prójimo, sí. Y estad ciertas que mientras más en éste os viereis aprovechadas, más lo estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que Su Majestad nos tiene, que en pago del que tenemos a el prójimo, hará que crezca el que tenemos a Su Majestad por mil maneras; en esto yo no puedo dudar» (Sta. Teresa de Jesús, Moradas 5,3,7-8).
«Suplicio eterno» (v. 46). La existencia de un castigo eterno para los condenados y de un premio eterno para los elegidos es un dogma de fe definido solemnemente por el Magisterio de la Iglesia en el año 1215: «Jesucristo (...) ha de venir al fin del mundo, para juzgar a los vivos y a los muertos, y dar a cada uno según sus obras tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora tienen, para recibir según sus obras —buenas o malas—: aquéllos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna» (Conc. de Letrán IV, De fide catholica, cap. 1).

lunes, 13 de noviembre de 2017

Parábola de los talentos (Mt 25,14-30)

33º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
14 Porque es como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. 15 A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno sólo: a cada uno según su capacidad; y se marchó. 16 El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. 17 Del mismo modo, el que había recibido dos ganó otros dos. 18 Pero el que había recibido uno fue, hizo un agujero en la tierra y escondió el dinero de su señor. 19 Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos servidores e hizo cuentas con ellos. 20 Cuando se presentó el que había recibido los cinco talentos, entregó otros cinco diciendo: «Señor, cinco talentos me entregaste; mira, he ganado otros cinco talentos». 21 Le respondió su amo: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor». 22 Se presentó también el que había recibido los dos talentos y dijo: «Señor, dos talentos me entregaste; mira, he ganado otros dos talentos». 23 Le respondió su amo: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor». 24 Cuando llegó por fin el que había recibido un talento, dijo: «Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; 25 por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo». 26 Su amo le respondió: «Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado y que recojo donde no he esparcido; 27 por eso mismo debías haber dado tu dinero a los banqueros, y así, al venir yo, hubiera recibido lo mío con los intereses. 28 Por lo tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene los diez.
29 »Porque a todo el que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. 30 En cuanto al siervo inútil, arrojadlo a las tinieblas de afuera: allí habrá llanto y rechinar de dientes».
El talento no era propiamente una moneda, sino una unidad contable que equivalía aproximadamente a unos treinta y cuatro kilos de plata (cfr nota a 18,21-35). El Señor enseña en esta parábola la necesidad de corresponder a la gracia de manera esforzada durante toda la vida. Hemos de hacer rendir los dones naturales y las gracias sobrenaturales recibidas de Dios. Lo importante no es el número, sino la generosidad para corresponder: «Me parece muy oportuno fijarnos en la conducta del que aceptó un talento: se comporta de un modo que en mi tierra se llama cuquería. Piensa, discurre con aquel cerebro de poca altura y decide: fue e hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. ¿Qué ocupación escogerá después este hombre, si ha abandonado el instrumento de trabajo? Ha decidido irresponsablemente optar por la comodidad de devolver sólo lo que le entregaron. (...) ¡Qué tristeza no sacar partido, auténtico rendimiento de todas las facultades, pocas o muchas, que Dios concede al hombre para que se dedique a servir a las almas y a la sociedad. Cuando el cristiano mata su tiempo en la tierra, se coloca en peligro de matar su Cielo: cuando por egoísmo se retrae, se esconde, se despreocupa. El que ama a Dios, no sólo entrega lo que tiene, lo que es, al servicio de Cristo: se da él mismo. (...) ¿Tu vida para ti? Tu vida para Dios, para el bien de todos los hombres, por amor al Señor. ¡Desentierra ese talento! Hazlo productivo: y saborearás la alegría de que, en este negocio sobrenatural, no importa que el resultado no sea en la tierra una maravilla que los hombres puedan admirar. Lo esencial es entregar todo lo que somos y poseemos, procurar que el talento rinda, y empeñarnos continuamente en producir buen fruto» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 45-47).

lunes, 1 de agosto de 2016

El administrador fiel y prudente (Lc 12,32-48)

19º domingo del Tiempo ordinario – C. Evangelio
32 No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino. 33 Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no envejecen, un tesoro que no se agota en el cielo, donde el ladrón no llega ni la polilla corroe. 34 Porque donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.
35 Tened ceñidas vuestras cinturas y encendidas las lámparas, 36 y estad como quienes aguardan a su amo cuando vuelve de las nupcias, para abrirle al instante en cuanto venga y llame. 37 Dichosos aquellos siervos a los que al volver su amo los encuentre vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá. 38 Y si viniese en la segunda vigilia o en la tercera, y los encontrase así, dichosos ellos. 39 Sabed esto: si el dueño de la casa conociera a qué hora va a llegar el ladrón, no permitiría que se horadase su casa. 40 Vosotros estad también preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.
41 Y le preguntó Pedro:
—Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?
42 El Señor respondió:
—¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el amo pondrá al frente de la casa para dar la ración adecuada a la hora debida? 43 Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. 44 En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. 45 Pero si ese siervo dijera en sus adentros: «Mi amo tarda en venir», y comenzase a golpear a los criados y criadas, a comer, a beber y a emborracharse, 46 llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los que no son fieles. 47 El siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni actuó conforme a la voluntad de aquél, recibirá muchos azotes; 48 en cambio, el que sin saberlo hizo algo digno de castigo, recibirá pocos azotes. A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán.
La exhortación a estar vigilantes aparece con frecuencia en la predicación de Cristo (cfr Mt 24,42; 25,13; Mc 14,34) y en la de los Apóstoles. De una parte, porque el enemigo está siempre al acecho (cfr 1 P 5,8), y de otra, porque quien ama nunca duerme (cfr Ct 5,2). Manifestaciones concretas de esa vigilancia son el espíritu de oración (cfr 21,36; 1 P 4,7) y la fortaleza en la fe (cfr 1 Co 16,13).
Ahora Jesús, invita a la vigilancia mediante dos imágenes: la cintura ceñida y la lámpara encendida (v. 35). Las amplias vestiduras que usaban los judíos se ceñían a la cintura para realizar algunos trabajos, para viajar, etc., por lo que «tener las cinturas ceñidas» indica un gesto de disponibilidad y de rechazo a cualquier relajamiento (cfr Jr 1,17; Ef 6,14; 1 P 1,13). Del mismo modo, «tener las lámparas encendidas» indica la actitud propia de quien vigila o espera la venida de alguien. Después, el Señor acude a dos comparaciones (vv. 36-40) para señalar cómo debe ser la espera vigilante ante su venida segura: como el criado espera a su amo, o como el dueño espera al ladrón; ambos saben que el «otro» va a venir y que en ese encuentro se decide su futuro. En el marco de esas enseñanzas, nos quedamos deslumbrados ante el contenido del v. 37: no es fácil pensar en un señor de la época que sirva a sus criados porque le esperan cuando llega tarde, pero eso es lo que hace el Señor con sus siervos fieles: se ciñe la cintura y les sirve (cfr Jn 13,1-20).

Ante la pregunta de San Pedro (v. 41), Jesús introduce la cuestión de la responsabilidad de quienes ocupan algún cargo (vv. 42-48a) y, en general, de todos (v. 48b). El Señor lo explica especificando que no será igual la suerte del fiel (vv. 43-44) que la del cínico (vv. 45-46), ni la del débil (v. 47) será como la del ignorante (v. 48). «Una misma es la santidad que cultivan en cualquier clase de vida y de profesión los que son guiados por el espíritu de Dios y, obedeciendo a la voz del Padre, adorando a Dios y al Padre en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, para merecer la participación de su gloria. Según eso, cada uno según los propios dones y las gracias recibidas, debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que excita la esperanza y obra por la caridad. Es menester, en primer lugar, que los pastores del rebaño de Cristo cumplan con su deber ministerial, santamente y con entusiasmo, con humildad y fortaleza, según la imagen del Sumo y Eterno sacerdote, pastor y obispo de nuestras almas; cumplido así, su ministerio será para ellos un magnífico medio de santificación» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 41).