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lunes, 5 de febrero de 2018

Si quieres, puedes limpiarme (Mc 1,40-45)

File:ChristCleansing.jpg6º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
40 Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía:
—Si quieres, puedes limpiarme.
41 Y, compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo:
—Quiero, queda limpio. 
42 Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio. 43 Enseguida le conminó y le despidió. 44 Le dijo:
—Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés por tu curación, para que les sirva de testimonio. 45 Sin embargo, en cuanto se fue, comenzó a proclamar y a divulgar la noticia, hasta el punto de que ya no podía entrar abiertamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Pero acudían a él de todas partes.
En la lepra, enfermedad repugnante, se veía un castigo de Dios (cfr Lv 13,1ss.; Nm 12,1-15). El enfermo era declarado impuro por la Ley y por eso se le obligaba a vivir aislado para no transmitir la impureza a las personas y a las ¬cosas que tocaba (Nm 5,2; 12,14ss.). La desaparición de esta enfermedad se consideraba una de las bendiciones del momento de la llegada del Mesías (cfr Is 35,8; Mt 11,5; Lc 7,22).
En los gestos y palabras del leproso que pide su curación a Jesús se percibe su oración, llena de fe, y el entusiasmo tras haber sido sanado; en los gestos y palabras de Jesús, su misericordia y majestad al curarle: «Aquel hombre se arrodilla postrándose en tierra —lo que es señal de humildad y de vergüenza— para que cada uno se avergüence de las manchas de su vida. Pero la vergüenza no ha de impedir la confesión: el leproso mostró la llaga y pidió el remedio. Su confesión está llena de piedad y de fe. Si quieres, dice, puedes: esto es, reconoció que el poder curarse estaba en manos del Señor» (S. Beda, In Marci Evangelium, ad loc.).

La lepra (Lv 13,1-2.44-46)

6º domingo del Tiempo ordinario – B. 1ª lectura
1 Habló el Señor a Moisés y a Aarón diciendo:   
2 —Cuando uno tenga en la piel una hinchazón, o una erupción, o una mancha blanquecina, y se haya formado en la piel de su carne una llaga como de lepra, será llevado al sacerdote Aarón o a sus hijos, los sacerdotes. 44 Se trata de un leproso. Es impuro. El sacerdote le declarará definitivamente impuro. Tiene lepra en la cabeza.
45 El enfermo de lepra llevará los vestidos rasgados, el cabello desgreñado, cubierta la barba; y al pasar gritará: «¡impuro, impuro!» 46 Durante el tiempo en que esté enfermo de lepra es impuro. Habitará aislado fuera del campamento, pues es impuro.
Hay diversos síntomas que, según los conocimientos de aquel tiempo, eran indicios de tan terrible enfermedad. Aunque algunos de los datos resultan interesantes para la historia de la medicina, había de ordinario una confusión con otras enfermedades meramente cutáneas que nada tenían que ver con la lepra. De todas formas, el aspecto repugnante que ofrecían dichas enfermedades, era motivo suficiente para declarar impuro al enfermo.
Al ser una enfermedad contagiosa, era preciso evitar su propagación. La opinión generalizada la consideraba como castigo por un pecado cometido. En alguna ocasión así se dice que sucedió, como en el caso de María, leprosa por algún tiempo por haber murmurado contra su hermano Moisés (cfr Nm 12,1-10). También el Siervo paciente de Yahwéh es presentado como un leproso, herido por Dios a causa de nuestros pecados (cfr Is 53,4). En el caso de Job, también leproso, es acusado por sus amigos de un pecado oculto y terrible que pueda explicar el estado en que se encuentra.
La situación del leproso resultaba muy penosa. Debía vivir en poblados o campamentos lejos de la ciudad. Al trasladarse debía avisar su paso gritando su condición de hombre impuro; llevaba sus vestidos desgarrados y el pelo sin peinar. De esa forma se podía distinguir fácilmente. En los Evangelios aparecen a me¬nudo estos pobres enfermos, de los que Jesús se compadece con frecuencia y les limpia de tan terrible mal (cfr Mt 8,2-3; Lc 17,12-14), siendo la curación de los leprosos uno de los signos mesiánicos predichos en el Antiguo Testamento (Mt 11,5). También los apóstoles reciben del Señor el poder de curar a los leprosos (cfr Mt 10,8).