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martes, 22 de enero de 2019

Leían el libro de la Ley explicando el sentido (Ne 8,2-4a.5-6.8-10)


3º domingo del Tiempo ordinario – C. 1ª lectura
2El día uno del mes séptimo el sacerdote Esdras trajo la Ley ante toda la asamblea, hombres y mujeres, ante todos los que tenían uso de razón. 3Desde que hubo luz hasta el medio día la leyó al frente de la explanada que hay delante de la puerta de las Aguas, ante los hombres, las mujeres y todos los que tenían uso de razón. Todo el pueblo prestaba oído al libro de la Ley.
4a Esdras, el escriba, estaba de pie sobre un estrado de madera que habían preparado para la ocasión. 5Esdras, el escriba, abrió el libro a la vista de todo el pueblo, pues sobresalía por encima de todos, y cuando lo abrió todo el pueblo se puso en pie. 6Esdras bendijo al Señor, el gran Dios, y todo el pueblo respondió: «¡Amén, amén!», alzando sus manos. Después se inclinaron y se postraron ante el Señor rostro en tierra.
8Leían el libro de la Ley de Dios con claridad, explicando el sentido, para instruir con la lectura. 9Nehemías, que era el gobernador, el sacerdote Esdras, que leía, y los levitas, que instruían al pueblo, dijeron a todos:
—¡Hoy es un día santo para el Señor, vuestro Dios! No os lamentéis ni lloréis.
Pues todo el pueblo estaba llorando al escuchar las palabras de la Ley.
10Y les indicaron:
—Id, comed manjares sustanciosos, escanciad bebidas dulces, y compartidlos con los que no tienen nada preparado, porque hoy es un día santo para nuestro Señor. No estéis tristes, porque el gozo del Señor es vuestra fortaleza.
El texto de este capítulo forma parte de las «memorias de Esdras» aunque el autor sagrado lo ha situado dentro del relato de la reconstrucción de la ciudad. Resalta así la importancia de la Ley en la configuración de la nueva etapa de la historia del pueblo elegido, que para el autor sagrado comienza con la reconstrucción de su vida nacional y religiosa llevada a cabo por el sacerdote Esdras y el laico Nehemías. No se conoce con exactitud el año que sucedió lo que aquí se narra, ni el contenido exacto de la Ley que fue proclamada en esa ocasión. Posiblemente se trataría de una parte considerable de lo que actualmente constituye el Pentateuco.
La lectura y explicación de la Ley no tuvo lugar en el recinto del Templo; el pueblo se reunió alrededor del estrado preparado al efecto fuera del Santuario. Si desde el reinado de Salomón hasta la caída de Jerusalén en manos de Nabucodonosor la actividad religiosa se había centrado en el culto del Templo, a partir del destierro fue configurándose en torno a la Ley mediante la institución de la sinagoga. Los deportados, al no poder acudir a la Casa del Señor, se reu­nían en casas particulares o al aire libre para escuchar la lectura de textos legales y proféticos. La reunión solemne, celebrada en una explanada delante de las murallas, testimonia que en esta nueva etapa protagonizada por Esdras la Ley del Señor estaba pasando a ocupar un lugar preferente en la vida religiosa del pueblo, y que era ya más importante que la ofrenda de víctimas para el sacrificio.
Al escuchar la lectura de los mandamientos de la Ley, el pueblo llora porque no cumplen muchos de ellos y podría sobrevenirles un castigo de parte de Dios. Pero Esdras y los levitas les harán comprender que se trata de recomenzar a partir de ese día, considerado, por ello mismo, «santo». Era el día festivo del comienzo del año civil (cfr Lv 23,24-25; Nm 29,1-6).
La proclamación de la Ley aparece ligada a la celebración de la fiesta de las Tiendas. Esa celebración había sido ya mencionada, más brevemente, en Esd 3,4-6, pero ahora presenta la novedad, sin duda debido a la interpretación de Esdras, de que las tiendas se construyen con los ramos cortados en el monte (cfr Lv 23,39-43). De la fiesta de la Expiación, en cambio, que se celebraba el día diez de ese mes (cfr Lv 23,26-32) no se hace mención. Durante los siete días de la fiesta de las Tiendas Esdras sigue haciendo la lectura de la Ley tal como prescribía Dt 31,9-13 para cuando la fiesta caía en año sabático. En estas acciones de Esdras y de los levitas, maestros de la Ley, puede verse el inicio de lo que sería la «gran sinagoga», órgano oficial del judaísmo durante los siglos siguientes para interpretar la Ley y discernir cuáles eran los libros sagrados. La lectura de los libros de la Ley se convierte en lo sucesivo en el medio más importante de encuentro con Dios y escucha de su palabra.

lunes, 27 de agosto de 2018

¿Qué nación hay que tenga unas leyes tan justas como la que hoy os entrego? (Dt 4,1-2. 6-8)


22º domingo del Tiempo ordinario – B. 1ª lectura
1 Ahora, Israel, escucha las leyes y normas que yo os enseño a poner en práctica para que viváis y para que entrando en la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os da, toméis posesión de ella. 2 No añadáis nada a los mandamientos que os ordeno, ni tampoco omitáis nada de ellos, sino guardad los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os prescribo.
6 Observadlas y llevadlas a la práctica, pues serán vuestra sabiduría y vuestro discernimiento a los ojos de los pueblos que, al conocer todos estos mandatos, dirán: «En verdad esa gran nación es un pueblo sabio y juicioso». 7 Porque ¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos, como lo está el Señor, nuestro Dios, cuantas veces le invocamos? 8 Y ¿qué nación hay tan grande que tenga unas leyes y normas tan justas, como toda esta ley que hoy os entrego?
Después de recordar los principales sucesos del desierto a partir del Sinaí-Horeb, en los que se manifestó la especialísima providencia del Señor, se subraya la situación de privilegio de los hebreos al ser elegidos por Dios de entre todos los pueblos, y al poder acercarse a Él en un grado de intimidad desconocido para los gentiles.
El pasaje constituye un prólogo anticipado, en el que se exhorta al cumplimiento de la Ley, cuyo cuerpo central legislativo se dará más adelante (5,1-6,6; 12,1-28,68); tal vez fuera introducido en una revisión del libro.
El argumento principal para urgir al cumplimiento de la Ley es la presencia especial de Dios en medio de su pueblo (vv. 7-8). El tema que se desarrolla en esos versículos es típicamente sapiencial. Por lo demás, la misma vida de Israel, configurada por el cumplimiento de la Ley, será la más elocuente enseñanza para los demás pueblos. También en este tema hay una amplitud de horizontes, una latente mi­sión universal del pueblo elegido que proyecta su perspectiva hacia tiempos futuros y tendrá su cumplimiento en la futura expansión de la Iglesia entre los pueblos de la tierra.

lunes, 6 de febrero de 2017

Jesús, plenitud de la Ley (Mt 5,17-37)

6º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
17 No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. 18 En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. 19 Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos. 20 Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
21 Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. 22 Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno. 23 Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, 24 deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. 25 Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. 26 Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.
27 Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. 28 Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. 29 Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. 30 Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala lejos de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno.
31 Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, que le dé el libelo de repudio. 32 Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer —excepto en el caso de fornicación— la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
33 También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Señor. 34 Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; 35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. 36 Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. 37 Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno.
En la atmósfera de expectación mesiánica de los tiempos de Jesús comúnmente se atribuía al Mesías la función de intérprete definitivo de la Ley. San Mateo, al mismo tiempo que evoca el paralelismo con Moisés, muestra que Jesús desborda esa función de intérprete al situarse en el mismo nivel que Dios, por encima de la Ley. Jesús enseña el verdadero valor de la Ley que Dios había dado al pueblo hebreo a través de Moisés y la perfecciona aportando, con autoridad divina, su interpretación definitiva. Jesús añade a lo que «fue dicho» (por Dios), lo que Él ahora establece. No anula los preceptos de la Antigua Ley (cfr v. 18), sino que los interioriza, los lleva a la perfección de su contenido (cfr v. 17), proponiendo lo que ya estaba implícito en ellos, aunque los hombres no lo hubieran entendido en profundidad. Las palabras de Cristo en este discurso del monte son así, en una expresión ya célebre, «el modo perfecto de la vida cristiana» (S. Agustín, De Sermone Domini in monte 1,1,1).
Después de haber enseñado el valor de la Ley en términos generales (vv. 17-19), y de haber puntualizado que su verdadero cumplimiento va más allá de una observancia meramente formal (v. 20), el Señor lo ejemplifica con las «antítesis» (vv. 21-47). No es fácil descubrir un orden en ellas, aunque parecen remitir a cinco de los últimos mandamientos del decálogo: el quinto (vv. 21-26), el sexto (vv. 27-32), el octavo (vv. 33-37), el séptimo (vv. 38-42) y el décimo (vv. 42-47). Muchas son las maneras por las que el Señor lleva a la interiorización de los mandamientos: invitando a la magnanimidad (vv. 39-42), a la grandeza de alma (vv. 44-47), evitando todo tipo de subterfugios y de palabrerías (vv. 34-37), etc. Pero, sobre todo, Jesús personaliza la enseñanza: es cada uno quien se presentará ante Dios, y tendrá que rendir cuentas.
En el v. 22, Jesús indica tres faltas que podemos cometer contra la caridad en las que puede apreciarse una gradación. Comienza con la «ira», o irritación interna, y sigue con el insulto. Esta expresión —«insulte a su hermano»— literalmente habría que traducirla «llame raca al hermano». Raca es una palabra aramea difícil de traducir: equivale a lo que hoy podríamos entender por necio, estúpido o imbécil; entre los judíos significaba desprecio. Finalmente, «maldecir» a alguien, literalmente «llamarle renegado», supone la mayor ofensa; es como decirle que ha perdido todo el sentido moral y religioso. San Agustín, al comentar este pasaje (De Sermone Domini in monte 1,9,24), recuerda que de la misma manera que hay una gradación en el pecado la hay en el castigo. Pero el texto nos enseña también la importancia de los pecados internos contra la caridad —el rencor, el odio, etc.— que fácilmente desembocan en otros externos: la murmuración, la injuria, la calumnia, etc.
Nuestro Señor también lleva a plenitud el precepto de la Antigua Ley sobre el adulterio y el deseo de la mujer del prójimo (vv. 27-30). Condena la mirada pecaminosa. Por «ojo derecho» y «mano derecha» (vv. 29-30) se entiende lo que nos es más estimado. Este modo de hablar no significa que nos debamos mutilar físicamente sino luchar sin concesiones, estando dispuestos a sacrificar todo aquello que pueda ser ocasión clara de ofensa a Dios. Por eso, las palabras del Señor, tan gráficas, previenen principalmente acerca de una de las más frecuentes ocasiones: el cuidado que debemos tener con las miradas.
Mención especial merece la cuestión del divorcio (vv. 31-32). La Ley de Moisés (Dt 24,1-4) lo había tolerado por la dureza de corazón de los antepasados. Jesús restablece la originaria indisolubilidad del matrimonio tal como Dios lo había instituido (cfr 19,4-6; Gn 1,27; 2,24; Ef 5,31; 1 Co 7,10). La frase «excepto en el caso de fornicación» no es una excepción del principio de la indisolubilidad del matrimonio que Jesús acaba de restablecer. La mencionada cláusula se refiere, probablemente, a uniones admitidas como matrimonio entre algunos pueblos paganos, pero prohibidas, por incestuosas, en la Ley mosaica (cfr Lv 18) y en la tradición rabínica. Se trata, pues, de uniones inválidas desde su raíz por algún impedimento.