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lunes, 30 de abril de 2018

Que os améis los unos a los otros (Jn 15,9-17)

6º domingo de Pascua – B. Evangelio
9 Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. 10 Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 11 Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa. 12 Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. 13 Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. 14 Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. 15 Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer. 16 No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. 17 Esto os mando: que os améis los unos a los otros.
El auténtico amor a Jesucristo lleva consigo el esfuerzo por guardar los mandamientos divinos y, ante todo, el mandato del amor fraterno a la medida de la cruz de Cristo. La exigencia de estos mandamientos no es ya el temor, sino el amor: es la respuesta a Dios que nos ha amado primero, y nos ha mostrado su amor en la cruz de Jesús. La amistad de Cristo con el cristiano, que el Señor manifiesta de modo particular en este pasaje, le llevaba a decir a San Juan de la Cruz: «Llámale Amado para más moverle e inclinarle a su ruego, porque, cuando Dios es amado, con grande facilidad acude a las peticiones de su amante. (...) De donde entonces le puede el alma de verdad llamar Amado, cuando ella está entera con él, no teniendo su corazón asido a alguna cosa fuera de él; y así, de ordinario trae su pensamiento en él» (Cántico espiritual 1,13).

lunes, 6 de febrero de 2017

Jesús, plenitud de la Ley (Mt 5,17-37)

6º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
17 No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. 18 En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. 19 Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos. 20 Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
21 Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. 22 Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno. 23 Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, 24 deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. 25 Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. 26 Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.
27 Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. 28 Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. 29 Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. 30 Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala lejos de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno.
31 Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, que le dé el libelo de repudio. 32 Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer —excepto en el caso de fornicación— la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
33 También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Señor. 34 Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; 35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. 36 Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. 37 Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno.
En la atmósfera de expectación mesiánica de los tiempos de Jesús comúnmente se atribuía al Mesías la función de intérprete definitivo de la Ley. San Mateo, al mismo tiempo que evoca el paralelismo con Moisés, muestra que Jesús desborda esa función de intérprete al situarse en el mismo nivel que Dios, por encima de la Ley. Jesús enseña el verdadero valor de la Ley que Dios había dado al pueblo hebreo a través de Moisés y la perfecciona aportando, con autoridad divina, su interpretación definitiva. Jesús añade a lo que «fue dicho» (por Dios), lo que Él ahora establece. No anula los preceptos de la Antigua Ley (cfr v. 18), sino que los interioriza, los lleva a la perfección de su contenido (cfr v. 17), proponiendo lo que ya estaba implícito en ellos, aunque los hombres no lo hubieran entendido en profundidad. Las palabras de Cristo en este discurso del monte son así, en una expresión ya célebre, «el modo perfecto de la vida cristiana» (S. Agustín, De Sermone Domini in monte 1,1,1).
Después de haber enseñado el valor de la Ley en términos generales (vv. 17-19), y de haber puntualizado que su verdadero cumplimiento va más allá de una observancia meramente formal (v. 20), el Señor lo ejemplifica con las «antítesis» (vv. 21-47). No es fácil descubrir un orden en ellas, aunque parecen remitir a cinco de los últimos mandamientos del decálogo: el quinto (vv. 21-26), el sexto (vv. 27-32), el octavo (vv. 33-37), el séptimo (vv. 38-42) y el décimo (vv. 42-47). Muchas son las maneras por las que el Señor lleva a la interiorización de los mandamientos: invitando a la magnanimidad (vv. 39-42), a la grandeza de alma (vv. 44-47), evitando todo tipo de subterfugios y de palabrerías (vv. 34-37), etc. Pero, sobre todo, Jesús personaliza la enseñanza: es cada uno quien se presentará ante Dios, y tendrá que rendir cuentas.
En el v. 22, Jesús indica tres faltas que podemos cometer contra la caridad en las que puede apreciarse una gradación. Comienza con la «ira», o irritación interna, y sigue con el insulto. Esta expresión —«insulte a su hermano»— literalmente habría que traducirla «llame raca al hermano». Raca es una palabra aramea difícil de traducir: equivale a lo que hoy podríamos entender por necio, estúpido o imbécil; entre los judíos significaba desprecio. Finalmente, «maldecir» a alguien, literalmente «llamarle renegado», supone la mayor ofensa; es como decirle que ha perdido todo el sentido moral y religioso. San Agustín, al comentar este pasaje (De Sermone Domini in monte 1,9,24), recuerda que de la misma manera que hay una gradación en el pecado la hay en el castigo. Pero el texto nos enseña también la importancia de los pecados internos contra la caridad —el rencor, el odio, etc.— que fácilmente desembocan en otros externos: la murmuración, la injuria, la calumnia, etc.
Nuestro Señor también lleva a plenitud el precepto de la Antigua Ley sobre el adulterio y el deseo de la mujer del prójimo (vv. 27-30). Condena la mirada pecaminosa. Por «ojo derecho» y «mano derecha» (vv. 29-30) se entiende lo que nos es más estimado. Este modo de hablar no significa que nos debamos mutilar físicamente sino luchar sin concesiones, estando dispuestos a sacrificar todo aquello que pueda ser ocasión clara de ofensa a Dios. Por eso, las palabras del Señor, tan gráficas, previenen principalmente acerca de una de las más frecuentes ocasiones: el cuidado que debemos tener con las miradas.
Mención especial merece la cuestión del divorcio (vv. 31-32). La Ley de Moisés (Dt 24,1-4) lo había tolerado por la dureza de corazón de los antepasados. Jesús restablece la originaria indisolubilidad del matrimonio tal como Dios lo había instituido (cfr 19,4-6; Gn 1,27; 2,24; Ef 5,31; 1 Co 7,10). La frase «excepto en el caso de fornicación» no es una excepción del principio de la indisolubilidad del matrimonio que Jesús acaba de restablecer. La mencionada cláusula se refiere, probablemente, a uniones admitidas como matrimonio entre algunos pueblos paganos, pero prohibidas, por incestuosas, en la Ley mosaica (cfr Lv 18) y en la tradición rabínica. Se trata, pues, de uniones inválidas desde su raíz por algún impedimento.

Si guardas los mandamientos, ellos te guardarán (Si 15,16-21)

6º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
16 Si quieres cumplir los mandatos, ellos te protegerán;
si tienes fe en Él, también vivirás.
17 Él ha puesto ante ti fuego y agua;
adonde quieras extenderás tu mano.
18 Ante los hombres están la vida y la muerte,
el bien y el mal;
a cada uno se le dará lo que le plazca.
19 Grande es la sabiduría del Señor;
es el más fuerte en poder y lo ve todo.
20 Sus ojos miran a aquellos que le temen,
y conoce cualquier acción humana.
21 Él no ha mandado a nadie que sea impío,
y a nadie ha dado licencia para pecar.
El maestro de Israel se detiene ahora en unas sentencias en torno a la libertad y la responsabilidad de los hombres. Dios dio al hombre la libertad (Si 14,14) y también los mandamientos para facilitarle el acertar en sus decisiones (v. 15). La Ley de Dios no coarta la libertad humana, pues no limita su capacidad de elección, sino que enseña a utilizar con provecho el libre albedrío. Los mandamientos del Señor protegen la verdadera libertad (v. 16). Por eso, Juan Pablo II puntualiza: «La verdadera autonomía moral del hombre no significa en absoluto el rechazo, sino la aceptación de la ley moral, del mandato de Dios (...). La libertad del hombre y la ley de Dios se encuentran y están llamadas a compenetrarse entre sí, en el sentido de la libre obediencia del hombre a Dios y de la gratuita benevolencia de Dios al hombre» (Veritatis splendor, n. 41).
Aunque en ocasiones la seducción del pecado pueda dificultar la toma de decisiones, siempre queda en manos del hombre la decisión de optar por el bien o por el mal. «Las tentaciones se pueden vencer y los pecados se pueden evitar porque junto con los mandamientos el Señor nos da la posibilidad de observarlos: “Sus ojos están sobre los que le temen, él conoce todas las obras del hombre. A nadie ha mandado ser impío, a nadie ha dado licencia de pecar” (Si 15,19-20). La observancia de la ley de Dios, en determinadas situaciones, puede ser difícil, muy difícil: sin embargo jamás es imposible. Ésta es una enseñanza constante de la tradición de la Iglesia, expresada así por el Concilio de Trento: “Nadie puede considerarse desligado de la observancia de los mandamientos, por muy justificado que esté; nadie puede apoyarse en aquel dicho temerario y condenado por los Padres: que los mandamientos de Dios son imposibles de cumplir por el hombre justificado. ‘Porque Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas’ y te ayuda para que puedas. ‘Sus mandamientos no son pesados’ (1 Jn 5,3), ‘su yugo es suave y su carga ligera’ (Mt 11,30)”» (Veritatis splendor, n. 102).

lunes, 4 de julio de 2016

Es asequible cumplir la ley de Dios (Dt 30,10-14)



15º domingo del Tiempo ordinario – C. 1ª lectura
Moisés habló al pueblo diciendo:
10 Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus mandamientos y sus leyes, escritos en el libro de esta ley, y conviértete al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma.
11 El presente mandamiento que hoy te ordeno no es imposible para ti, ni inalcanzable. 12 No está en los cielos para decir: «¿Quién podrá ascender por nosotros a los cielos a traerlo y hacérnoslo oír, para que lo pongamos por obra?». 13 Tampoco está allende los mares para decir: «¿Quién podrá cruzar por nosotros el mar a traerlo y hacérnoslo oír, para que lo pongamos por obra?». 14 No. El mandamiento está muy cerca de ti: está en tu boca y en tu corazón, para que lo pongas por obra.
El texto habla de la situación privilegiada de Israel por tener la Ley. El autor sagrado lo expresa de manera bellísima y admirable, a través de dos hermosas metáforas, compuestas con un cierto ritmo poético. También en la Epístola a los Romanos (10,6-8), San Pablo utiliza este pasaje aplicándolo no ya al conocimiento de la Ley, sino al conocimiento de «la palabra de la fe» que predican los Apóstoles: ésta es ahora —como antes la Ley— la que pone de manifiesto los preceptos y los mandamientos de Dios, y —también como la Ley— debe estar constantemente en la boca y el corazón. Teodoreto de Ciro —comentando el texto griego de los LXX, que añade en el v. 14 «y en tus manos»— dice: «Se significa por la boca la meditación de las palabras divinas; por el corazón, a su vez, la prontitud del ánimo; por las manos la ejecución de los mandamientos» (Quaestiones in Octateuchum 38).
El pueblo cristiano, que posee la Nueva Ley y la Nueva Alianza, está en circunstancias aún mejores que el antiguo pueblo, puesto que ha recibido además la gracia de Cristo. Por esto, el Concilio de Trento enseña que «Dios no manda cosas imposibles, sino que al mandar avisa que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas, y ayuda para que puedas» (De iustificatione 11). En la Antigua Ley, aunque no se disponía de la gracia ganada por Cristo, la Providencia divina ayudaba a los israelitas a cumplir sus exigencias en previsión de esa gracia.

lunes, 18 de abril de 2016

El mandamiento nuevo (Jn 13,31-33a.34-35)

Domingo 5º de Pascua – C. Evangelio
31 Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:
—Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él. 32 Si Dios es glorificado en él, también Dios le glorificará a él en sí mismo; y pronto le glorificará.
33a Hijos, todavía estoy un poco con vosotros. 34 Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. 35 En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros.
Los preceptos del Señor se resumen en uno solo: el Mandamiento Nuevo del amor (vv. 34-35). El precepto de la caridad compendia toda la ley de la Iglesia y es signo distintivo del cristiano: «Todos pueden signarse con la señal de la cruz de Cristo; todos pueden responder amén; todos pueden cantar aleluya; todos pueden hacerse bautizar, entrar en las iglesias, construir los muros de las basílicas. Pero los hijos de Dios no se distinguen de los hijos del diablo sino por la caridad. Los que practican la caridad son nacidos de Dios; los que no la practican no son nacidos de Dios. ¡Señal importante, diferencia esencial! Ten lo que quieras, si te falta esto sólo, todo lo demás no sirve para nada; y si te falta todo y no tienes más que esto, ¡has cumplido la ley!» (S. Agustín, In Epistolam Ioannis ad Parthos 5,7). Las palabras «como yo os he amado» dan al precepto un sentido y un contenido nuevos: la medida del amor cristiano no está en el corazón del hombre, sino en el corazón de Cristo (cfr Mt 5,43-48).