Mostrando entradas con la etiqueta María. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta María. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de junio de 2018

Pondré enemistad entre ti y la mujer (Gn 3,9-15)


10º domingo del Tiempo ordinario – B. 1ª lectura
9 El Señor Dios llamó al hombre y le dijo:
—¿Dónde estás?
10 Éste contestó:
—Oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque estaba desnudo; por eso me oculté.
11 Dios le preguntó:
—¿Quién te ha indicado que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te prohibí comer?
12 El hombre contestó:
—La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí.
13 Entonces el Señor Dios dijo a la mujer:
—¿Qué es lo que has hecho?
La mujer respondió:
—La serpiente me engañó y comí.
14 El Señor Dios dijo a la serpiente:
—Por haber hecho eso, maldita seas
entre todos los animales
y todas las bestias del campo.
Te arrastrarás sobre el vientre,
y polvo comerás todos los días de tu vida.
15 Pondré enemistad entre ti y la mujer,
entre tu linaje y el suyo;
él te herirá en la cabeza,
mientras tú le herirás en el talón.
El texto que escuchamos en la primera lectura de la Santa Misa se enmarca en el relato del primer pecado. «El relato de la caída (Gn 3) utiliza un lenguaje hecho de imágenes, pero afirma un acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre. La Revelación nos da la certeza de fe de que toda la historia humana está marcada por el pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 390).
La Biblia nos enseña aquí el origen del mal, de todos los males que padece la humanidad, y especialmente de la muerte. El mal no viene de Dios, que creó al hombre para que viviese feliz y en amistad con Él, sino del pecado, es decir, del hecho de que el hombre quebrantó el mandamiento divino, destruyendo así la felicidad para la que fue creado y la armonía con Dios, consigo mismo, y con la creación. «El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su Creador (cfr Gn 3,1-11), y, abusando de su libertad desobedeció el mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre (cfr Rm 5,19). En adelante todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad» (ibidem, n. 397).
En la descripción de ese pecado de origen y de sus consecuencias el autor sagrado se sirve del lenguaje simbólico —así el jardín, el árbol, la serpiente— para expresar una gran verdad de orden histórico y religioso: que el hombre al comienzo de su andadura en la tierra desobedeció a Dios, y que ésa es la causa de que exista el mal. Se descubre, al mismo tiempo, el proceso y las consecuencias de todo pecado, en el que «los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una tentación sutil, que se ampara en la dignidad de la inteligencia, que nuestro Padre Dios ha dado al hombre para que lo conozca y lo ame libremente. Arrastrada por esa tentación, la inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el “seréis como dioses” (Gn 3,15) y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 6).
A partir del versículo 7 se van viendo los efectos del pecado de origen. El hombre y la mujer han conocido el mal y lo proyectan, antes que nada, a lo que les es más propio e inmediato: sus propios cuerpos. Se ha roto la armonía interior descrita en Gn 2,25, y surge la concupiscencia. Se rompe al mismo tiempo la amistad con Dios, y el hombre rehúye su presencia para no ser visto en su desnuda realidad. ¡Como si su Creador no le conociese! Se rompe también la armonía entre el hombre y la mujer: él echa la culpa a ella, y ella a la serpiente. Pero los tres han tenido su parte de responsabilidad, por lo que a los tres se les va a anunciar el castigo.
«La armonía en la que se encontraban, establecida gracias a la justicia original, queda destruida; el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra (cfr Gn 3,7); la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones (cfr Gn 3,11-13); sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio (cfr Gn 3,16). La armonía con la creación se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil (cfr Gn 3,17.19). A causa del hombre la creación es sometida a la “servidumbre de la corrupción” (Rm 8,21). Por fin la consecuencia explícitamente anunciada para el caso de desobediencia (cfr Gn 2,17), se realizará: el hombre “volverá al polvo del que fue tomado” (Gn 3,19). La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad (cfr Rm 5,12)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 400).
El castigo que Dios impone a la serpiente (vv. 14-15) incluye el enfrentamiento permanente entre la mujer y el diablo, entre la humanidad y el mal, con la promesa de la victoria por parte del hombre. Por eso se ha llamado a este pasaje el «Protoevangelio»: porque es el primer anuncio que recibe la humanidad de la buena noticia del Mesías redentor. Es obvio que herir en la cabeza es producir una herida mortal, mientras que la herida en el talón es curable.
Como enseña el Concilio Vaticano II, «Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo (cfr Jn 1,3), da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas (cfr Rm 1,19-20), y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó además personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio. Después de su caída alentó en ellos la esperanza de la salvación (cfr Gn 3,15) con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos cuantos buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras (cfr Rm 2,6-7)» (Dei Verbum, n. 3).
La victoria contra el diablo la llevará a cabo un descendiente de la mujer, el Mesías. La Iglesia siempre ha entendido estos versículos en sentido mesiánico, referidos a Jesucristo; y ha visto en la mujer, madre del Salvador prometido, a la Virgen María como nueva Eva. «Estos primeros documentos, tal como son leídos en la Iglesia y son entendidos a la luz de una ulterior y más plena revelación, cada vez con mayor claridad iluminan la figura de la mujer Madre del Redentor; ella misma, bajo esta luz, es insinuada proféticamente en la promesa de victoria sobre la serpiente, dada a nuestros primeros Padres, caídos en pecado (cfr Gn 3,15). (...) Por eso no pocos padres antiguos, en su predicación, gustosamente afirman: “El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe” (S. Ireneo, Adversus haereses 3,22,4); y, comparándola con Eva, llaman a María “Madre de los vivientes” (S. Epifanio, Adversus haereses Panarium 78,18), y afirman con mayor frecuencia: “la muerte vino por Eva, por María la vida” (S. Jerónimo, Epistula 22,21; etc.)» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, nn. 55-56).
En efecto, la mujer va a tener un papel importantísimo en esa victoria sobre el diablo, hasta el punto de que ya San Jerónimo, en su traducción de la Biblia al latín, la Vulgata, interpreta: «ella (la mujer) te pisará la cabeza». Esa mujer es la Santísima Virgen, nueva Eva y madre del Redentor, que participa de forma anticipada y preeminente en la victoria de su Hijo. En ella nunca hizo mella el pecado y la Iglesia la proclama como la Inmaculada Concepción.
Si Dios no impidió que el primer hombre pecara fue, según explica Santo Tomás, porque «Dios, en efecto, permite que los males se hagan para sacar de ellos un mayor bien. De ahí las palabras de San Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Y el canto del Exultet: “¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!”» (Summa theologiae 3,1,3 ad 3; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 412).

lunes, 12 de diciembre de 2016

Concepción virginal de Jesús (Mt 1,18-24)

Domingo 4º Adviento - Evangelio. A
18 La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.
19 José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. 20 Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:
—José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. 21 Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
22 Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:
23 Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo,
a quien pondrán por nombre Emmanuel,
que significa Dios-con-nosotros.
24 Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa.
Jesús, sin ser hijo de José según la carne, es, sin embargo, el Mesías descendiente de David. En la genealogía ya se había indicado, pero ahora el evangelio explica cómo fue posible: es obra de Dios, pues Él es quien tiene la iniciativa llamando a José para ser esposo de María y padre del Niño. San José acepta con obediencia y, por designio divino, ejerce una verdadera paternidad sobre Jesús, imponiéndole el nombre y cuidando del Niño y de la Virgen. Así lo explica San Juan Crisóstomo: «No pienses que por ser la concepción de Cristo obra del Espíritu Santo, eres tú ajeno al servicio de esta divina economía. Porque si es cierto que ninguna parte tienes en la generación y la Virgen permanece intacta, sin embargo, todo lo que pertenece al oficio de padre sin atentar a la dignidad de la virginidad, todo te lo entrego a ti: ponerle nombre al hijo. Tú, en efecto, se lo pondrás. Porque, si bien no lo has engendrado tú, tú harás con él las veces de padre. De ahí que, empezando por la imposición del nombre, yo te uno íntimamente con el que va a nacer» (In Matthaeum 4,12).
«María, su madre, estaba desposada con José» (v. 18). Los desposorios —qid­dûshîn, literalmente: «santificaciones», «consagraciones»— eran un compromiso de unión matrimonial, con los efectos jurídicos y morales del verdadero matrimonio (cfr Dt 20,7); de hecho, el adulterio de la desposada debía castigarse con la lapidación (cfr Dt 22,23-24). Al cabo de un año, o más, se celebraba el matrimonio —nissûîn— con la conducción de la esposa a la casa del esposo. El texto, con las indicaciones del v. 19, nos enseña hasta qué punto José era justo, con una justicia que iba más allá de la letra de los preceptos (cfr 5,20), pues su actitud equivalía a dejar a María libre de los compromisos de desposada. No es extraño que muchos autores —Orígenes, San Efrén, San Basilio, San Jerónimo, Santo Tomás de Aquino, etc.— interpretaran su gesto no como sospecha sino como señal de su intuición de una acción de Dios en María: «José se juzgaba indigno y pecador, y pensaba que no debía convivir con una mujer que le asombraba por la grandeza de su admirable dignidad. Él veía con temblor que Ella llevaba el signo cierto de la gestación de la divina presencia, y, como no podía penetrar en el misterio, determinó dejarla. (...) Se maravilló de la novedad del milagro y de la profundidad de misterio» (S. Bernardo, Laudes Mariae, Sermo 2,14).
«José, hijo de David...» (v. 20). Según la tradición judía, imponer el nombre a un niño significaba reconocerlo como hijo. Es Dios quien le ordena esto, y el evangelio describe así la vocación de José: «María es la humilde sierva del Señor, preparada desde la eternidad para la misión de ser Madre de Dios; José es aquel que Dios ha elegido para ser “el coordinador del nacimiento del Señor” (Orígenes, Homilia XIII in Lucam 7), aquél que tiene el encargo de proveer a la inserción “ordenada” del Hijo de Dios en el mundo, en el respeto de las disposiciones divinas y de las leyes humanas. Toda la vida, tanto “privada” como “escondida” de Jesús ha sido confiada a su custodia» (Juan Pablo II, Redemptoris Custos, n. 8).
El Niño debe llamarse Jesús —Yehoshu‘a, «el Señor salva»—, «porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (v. 21). En el contexto del Antiguo Testamento, salvar al pueblo significaba liberarlo de los enemigos; tras el destierro, como se lee en el libro de Isaías, se entendía también como la restauración de Israel como Reino de Dios, una vez que sus pecados hubieran sido expiados. Como el ángel, también Jesús, en la Última Cena (26,28), afirma que por su obra se perdonan los pecados: «Jesús es el nombre propio del que es Dios y hombre, el cual significa Salvador, y no le fue impuesto casualmente ni por disposición humana, sino por consejo y mandato de Dios» (Catechismus Romanus 1,3,5). Todos los nombres profetizados en el Antiguo Testamento para el Hijo de Dios se pueden referir a éste, porque «mientras los demás se referían a algún aspecto de la salvación que se nos había de dar, éste compendia en sí mismo la realidad y la causa de la salvación de todos los hombres» (ibidem 1,3,6).
«Todo esto ha ocurrido...» (v. 22). Con la cita de cumplimiento del oráculo de Isaías, el evangelista vuelve a reafirmar la virginidad de Santa María y la divinidad de Jesús. El prodigio más asombroso se ha realizado gracias a la fe rendida de dos criaturas admirables, María y José: «Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. (...) Que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino» (Sta. Teresa de Jesús, Vida 6,7-8).
«Emmanuel» (v. 23). Cristo es verdaderamente Dios-con-nosotros no sólo por su misión divina sino porque es Dios hecho hombre (cfr Jn 1,14). No quiere decir que Jesucristo haya de ser normalmente llamado Emmanuel: este nombre se refiere más directamente a su misterio de Verbo Encarnado.

Mirad, la virgen está encinta (Is 7,10-14)

Domingo 4º Adviento - Primera lectura. A
10 Y el Señor siguió hablando a Ajaz:
11 —Pídele al Señor, tu Dios, un signo, en el fondo del seol o en lo alto del cielo.
12 Pero Ajaz dijo:
—No lo pediré y no tentaré al Señor.
13 Entonces respondió:
—Escuchad, casa de David: «¿Os parece poco cansar a los hombres para que canséis también a mi Dios? 14 Pues bien, el propio Señor os da un signo. Mirad, la virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel.
Las palabras de la lectura se enmarcan en un encuentro entre Isaías y el rey Ajaz, en el que el monarca se debate en la duda de qué postura tomar ante las presiones que recibe para que su reino se incorpore a la coalición antiasiria formada por Israel (aquí también llamado ­Efraím) —cuya capital era Samaría— y por Siria —cuya capital era Damasco—. De Tabeel (o Tabeal) (v. 6) no se conoce más de lo que aquí se dice. Quizá fuera un alto funcionario, dispuesto a seguir la política aramea en el reino del Sur. El mensaje profético consiste en advertir a Judá que debe confiar en Dios prestando fe a su palabra, sin recurrir a alianzas políticas, ni con los sirio-efraimitas ni con Asiria. El párrafo termina lacónicamente con la amenaza de que si Ajaz y los suyos no creen, no subsistirán (vv. 7-9).
Aunque el rey Ajaz la había rechazado, el Señor le ofrece una señal de que no tiene por qué temer las amenazas de los reyes de Israel y Siria: una doncella está encinta y dará a luz un niño a quien llamará Enmanuel; en pocos años, antes de que el niño tenga uso de razón, los dos reinos a los que Ajaz teme habrán quedado desolados y vendrá una prosperidad a Judá como no la tenía desde antes de que comenzaran las amenazas del poderío asirio.
Las palabras del profeta, que en su contexto histórico y en su significación literal resultarían bastante claras para los protagonistas, tienen además la capacidad de enriquecerse con nuevos significados: es lo que ha sucedido con este texto en el desarrollo progresivo de la Revelación. En efecto, en el v. 14 hay tres elementos que, por separado y en su conjunto, pueden ser signo de la paz y de la salvación: la madre, el hijo y el nombre «Enmanuel». La madre es una doncella, es decir, una mujer joven que no ha tenido hijos antes. Podría referirse a la joven esposa de Ajaz o a una joven indeterminada. En todo caso, al presentar su embarazo en el marco de una señal que se da al rey, se indica que estamos ante un hecho novedoso. No es extraño, por eso, que los intérpretes posteriores, especialmente los que tradujeron el texto al griego hacia el siglo II a.C., para subrayar esa novedad asombrosa tradujeran la palabra hebrea «doncella» por la palabra griega «virgen». Después, los evangelistas San Mateo (Mt 1,23) y San Lucas (Lc 1,26-31) indicaron que la virginidad de María era la señal de que su Hijo es el Mesías, el verdadero Dios con nosotros, que trae la salvación.
El niño es el elemento más significativo. Si se trata del hijo de Ajaz, el futuro rey Ezequías, la profecía estaría mostrando que su nacimiento iba a ser señal de la protección divina, porque con él se aseguraría la sucesión dinástica. Si se refiere a un niño indeterminado, las palabras del profeta enseñarían que el nacimiento de este niño pondría de manifiesto la esperanza de que «Dios iba a estar con nosotros», y su edad de discernimiento (v. 16) indicaría la llegada de la paz; sería, por tanto, la señal de que «Dios está con nosotros». En el Nuevo Testamento, estas palabras se cumplen en su sentido más profundo: María es Virgen y es Madre, y su Hijo no es un símbolo de la protección de Dios sino la realidad del Dios verdadero que habita entre nosotros.
El nombre «Enmanuel» es expresión profética del carácter de revelación que tiene el nacimiento del niño, como eran reveladores los nombres de los hijos de Isaías: Sear-Yasub, que significa «un resto volverá» (7,3), y Maher-salal-jas-baz, que significa «pronto saqueo, rápido botín» (8,1-3). En el Nuevo Testamento, el nombre subraya la realidad gozosa de que Jesús es en verdad «Dios con nosotros».
La tradición cristiana ha contemplado el oráculo de Isaías con el mayor respeto y veneración: «Aprende del profeta mismo cómo ha podido suceder esto. ¿Según, quizá, la ley de la naturaleza? De ninguna manera, responde el profeta. He aquí que una virgen..., replica el profeta (...). ¡Oh evento admirable: una virgen llega a ser madre permaneciendo virgen! (...) Convenía, en efecto, que el que hacía su ingreso en la vida humana para la salvación de los hombres (...) tomase origen de una integridad absoluta y entregada a Él sin reserva alguna» (S. Gregorio de Nisa, In diem natalem Christi 1136). Por eso, exponiendo el sentir de la Iglesia, el Concilio Vaticano II puede expresarse así: «La Sagrada Escritura, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, y la venerable Tradición van mostrando de manera cada vez más clara la función de María en la historia de la salvación y, por así decirlo, la proponen a nuestra contemplación. Los libros del Antiguo Testamento describen la historia de la salvación en la que se va preparando, paso a paso, la venida de Cristo al mundo. Estos primeros documentos, tal como se leen en la Iglesia y se interpretan a la luz de la plena revelación ulterior, iluminan poco a poco con más claridad la figura de la mujer, Madre del Redentor. Bajo esta luz, ella aparece proféticamente en la promesa hecha a nuestros primeros padres acerca de la victoria sobre la serpiente (cfr Gn 3,15). Igualmente, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo que se llamará Emmanuel (Is 7,14; Mi 5,2-3; Mt 1,22-23). Ella misma sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de Él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación. Es el momento en que el Hijo de Dios tomó de María la naturaleza humana para librar al hombre del pecado por medio de los misterios vividos en su carne» (Lumen gentium, n. 55).
El hecho de que el oráculo fuera pronunciado en circunstancias históricas concretas no cierra, pues, su horizonte más trascendente, es decir, mesiánico, que se ha ido abriendo a la luz de la historia de la salvación, en la que se deben mirar los episodios en función del designio salvador de Dios y de su acontecimiento último, que es Jesucristo. Sólo desde esta perspectiva se está en condiciones de entender que la historia del Antiguo Testamento, en su conjunto y en muchas de sus etapas, constituye una profecía del Nuevo, una «preparación del Evangelio». Por esto, para la lectura cristiana, que dispone de alguna manera del conocimiento del «final», la interpretación mesiánica del oráculo del Enmanuel es perfectamente coherente con su sentido literal.
Las palabras del profeta, cumplidas en Cristo, han dado pie a numerosas y bellas interpretaciones espirituales: «Este Enmanuel, nacido de la Virgen, come manteca y miel, y pide de cada uno de nosotros manteca para comer (...). Nuestras obras dulces, nuestras palabras suaves y buenas, son la miel que come el Enmanuel nacido de la Virgen (...). Comiendo en verdad de nuestras buenas palabras, obras y razones, nos alimenta con sus alimentos espirituales, que son divinos y mejores. Y desde el momento que es una cosa dichosa acoger al Salvador, abiertas las puertas de nuestro corazón, preparamos para Él la “miel” y toda su cena, y así Él mismo nos conduce a la gran cena del Padre en el reino de los cielos, que está en Cristo Jesús» (Orígenes, Ho­miliae in Isaiam 2,2).