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lunes, 22 de octubre de 2018

Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec (Hb 5,1-6)

30º domingo del Tiempo ordinario – B. 2ª lectura
1 Porque todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; 2 y puede compadecerse de los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está rodeado de debilidad, 3 y a causa de ella debe ofrecer expiación por los pecados, tanto por los del pueblo como por los suyos. 4 Y nadie se atribuye este honor, sino el que es llamado por Dios, como Aarón.
5 De igual modo, Cristo no se apropió la gloria de ser Sumo Sacerdote, sino que se la otorgó el que le dijo:
Tú eres mi hijo,
yo te he engendrado hoy.
6 Asimismo, en otro lugar, dice también:
Tú eres sacerdote para siempre,
según el orden de Melquisedec.
Cristo es Sumo Sacerdote, el Sumo Sacerdote que puede realmente liberarnos del pecado. Más aún, Cristo es el único Sacerdote per­fecto, siendo los demás sacerdotes —los de las religiones naturales, los de la religión hebraica—, tan sólo prefigu­racio­nes de Cristo. Jesucristo es verda­dero sacerdote, porque fue escogido por Dios (vv. 5-6; cfr Ex 6,20; 7,1-2; 28,1-5; etc.), como lo fue Aarón, pero no según el «orden» del sacerdocio levítico, al que perteneció Aarón, sino según un orden superior a éste, el orden de Mel­quisedec (cfr 5,11-14; 7,1-28). «Orden» se entiende aquí en el sentido que entre los romanos se daba a un determinado rango en el ejército o a las corporaciones o cuerpos constituidos civilmente. Esta palabra se empleaba sobre todo para referirse al cuerpo de los que gobernaban. Este uso ha pasado a la Iglesia, en la expresión «Sacramento del Orden».
Las palabras del v. 1 consti­tuyen una definición, breve y exacta, de lo que es todo sacerdote. «El oficio propio del sacerdote es el de ser mediador entre Dios y el pueblo, en cuanto que, por un lado, entrega al pueblo las cosas divinas, de donde le viene el nombre de “sacerdote”, esto es, “el que da las cosas sagradas”; (...) y, por otro, ofrece a Dios las oraciones del pueblo, e igualmente satisface a Dios por los pecados de ese mismo pueblo» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 3,22,1).

domingo, 11 de marzo de 2018

Jesucristo, sumo sacerdote (Hb 5,7-9)

5º domingo de Cuaresma – B. 2ª lectura
7 Él, en los días de su vida en la tierra, ofreció con gran clamor y lágrimas oraciones y súplicas al que podía salvarle de la muerte, y fue escuchado por su piedad filial, 8 y, aun siendo Hijo, aprendió por los padecimientos la obediencia. 9 Y, llegado a la perfección, se ha hecho causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, 10 ya que fue proclamado por Dios Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec.
Cristo es Sumo Sacerdote, el Sumo Sacerdote que puede realmente liberarnos del pecado. Más aún, Cristo es el único Sacerdote per­fecto, siendo los demás sacerdotes —los de las religiones naturales, los de la religión hebraica—, tan sólo prefigu­racio­nes de Cristo.
Jesucristo es verda­dero sacerdote, porque fue escogido por Dios (vv. 5-6; cfr Ex 6,20; 7,1-2; 28,1-5; etc.), como lo fue Aarón, pero no según el «orden» del sacerdocio levítico, al que perteneció Aarón, sino según un orden superior a éste, el orden de Mel­quisedec (cfr 5,11-14; 7,1-28). «Orden» se entiende aquí en el sentido que entre los romanos se daba a un determinado rango en el ejército o a las corporaciones o cuerpos constituidos civilmente. Esta palabra se empleaba sobre todo para referirse al cuerpo de los que gobernaban. Este uso ha pasado a la Iglesia, en la expresión «Sacramento del Orden».
Cristo ejerció su sacerdocio especialmente en la Pasión (vv. 7-9). Como Sumo Sacerdote, intercedió por los hombres con su oración —se utilizan expresiones que recuerdan la agonía del Señor en Getsemaní (cfr Mt 26,39 y par.)— y se ofreció a Sí mismo en sacrificio redentor al morir en la cruz en perfecta obediencia a la voluntad del Padre. Por eso no hay contradicción entre el haber sido escuchado (v. 7) y haber sufrido (v. 8), porque Jesús no pidió a Dios Padre que le librara de la muerte sino que se hiciera su voluntad (cfr Mc 14,36). Esa obediencia fue tan grata al Padre que Jesús con su muerte hizo que fuera vencida la muerte, ha «llegado a la perfección», y es fuente de salvación eterna (v. 9).
El Catecismo de la Iglesia Católica, comentando la séptima petición del Padrenuestro, cita el v. 8 y añade: «¡Con cuánta más razón la deberemos experimentar nosotros [la obediencia], criaturas y pecadores, que hemos llegado a ser hijos de adopción en él! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo. Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al Padre (cfr Jn 8,29)» (n. 2825).

lunes, 23 de mayo de 2016

Ofreció pan y vino (Gn 14,18-20)

Corpus Christi – C. 1ª lectura
18 Melquisedec, rey de Salem, que era sacerdote del Dios Altísimo, ofreció pan y vino, 19 y le bendijo diciendo:
—Bendito sea Abrán por parte del Dios Altísimo,
creador de cielo y tierra;
20 y bendito sea el Dios Altísimo
que puso a tus enemigos en tus manos.
Y Abrán le dio el diezmo de todo.
Como un pequeño inciso al terminar el relato de la victoria de Abrahán sobre los reyes del norte, se recoge esta escueta tradición, que muestra la relación de Abrahán con Jerusalén y su rey. En el contexto de la historia patriarcal, este episodio refleja el reconocimiento por parte de los pueblos (Salem, Sodoma) de la bendición que les llega por medio de Abrahán (cfr 12,3). En el caso concreto de Salem, se deja entrever también que allí se adoraba al verdadero Dios, creador del cielo y de la tierra, con el nombre de El-Elyón, o Dios Altísimo, y que es reconocido por Abrahán como el mismo Señor, «creador de cielo y tierra» (cfr 14,22). El pan y el vino son ofrecidos entre las primicias de la tierra como sacrificios en señal de reconocimiento al Creador. En nombre de El-Elyón Abrahán recibe la bendición de Melquisedec, apareciendo así Jerusalén como el lugar donde «El Señor imparte su bendición» (Sal 134,3). Es también significativo que Abrahán entregue al rey de Jerusalén el diezmo de todo, como reconociendo su derecho a recibirlo.
Tanto la ciudad de Salem, como la figura de Melquisedec, adquirieron en la tradición judía un sentido peculiar. A Salem se la identifica con Jerusalén o Sión, donde está presente el Señor: «su tienda está en Salem, su morada en Sión» canta el Sal 76,3. A Melquisedec se le atribuye un carácter sacerdotal anterior y más excelso que el de la familia de Aarón, cuando se canta al Rey Mesías «Tu eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec» (Sal 110,4). En el Nuevo Testamento, la misteriosa figura sacerdotal de Melquisedec es presentada como tipo del sacerdocio de Cristo, ya que éste, sin pertenecer a la familia de Aarón, es realmente sacerdote eterno: «En efecto, Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, salió al encuentro de Abrahán que volvía de la victoria sobre los reyes y le bendijo; y Abrahán le dio el diezmo de todo. Su nombre significa, en primer lugar, rey de justicia y además, rey de Salem, es decir, rey de paz: Al no tener ni padre, ni madre, ni genealogía, ni comienzo de días ni fin de vida, es asemejado al Hijo de Dios y permanece sacerdote para siempre» (Hb 7,1-3).

La liturgia cristiana, a la luz de todo lo anterior, ha visto prefigurada la Eucaristía en el pan y el vino presentados por Melquisedec (cfr Misal Romano, Plegaria Eucarística I): éste es contemplado por la Tradición como figura de los sacerdotes de la nueva ley.