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lunes, 17 de diciembre de 2018

El Mesías nacerá en Belén (Mi 5,1-4a)


4º domingo de Adviento – C. 1ª lectura
1 Pero tú, Belén Efrata,
aunque tan pequeña entre los clanes de Judá,
de ti me saldrá
el que ha de ser dominador en Israel;
sus orígenes son muy antiguos,
de días remotos.
2 Por eso Él los entregará hasta el tiempo
en que dé a luz la que ha de dar a luz.
Entonces, el resto de sus hermanos
volverá junto a los hijos de Israel.
3 Él estará firme, y apacentará con la fuerza del Señor,
con la majestad del Nombre del Señor, su Dios;
y ellos podrán reposar,
porque él será grande
hasta los confines de la tierra.
4a Él mismo será la Paz.
El horizonte, entenebrecido por unos momentos en los versículos precedentes (4,9-14), vuelve a abrirse alegre con el anuncio de un «dominador», o gobernante en Israel, que ha de nacer, «salir», de Belén, una ciudad de la región de «Efrata» (Gn 35,16). Con frecuencia se distingue la región de su ciudad más importante (1 S 17,12), pero en algunos textos ambas se identifican (Gn 35,19).
En el estilo típico de los oráculos de salvación abundan los contrastes: el rey anunciado tendrá comienzos humildes, puesto que nacerá en una ciudad pequeña («tan pequeña» podría también traducirse como «la más pequeña», v. 1), pero serán comienzos honrosos, puesto que Belén es la cuna de David y, por tanto, el lugar que confirmaba la pertenencia al linaje davídico; será de origen muy antiguo, pero para percibir su presencia habrá que esperar a que «dé a luz la que tiene que dar a luz» (v. 2); se limitará a reunir a sus hermanos, pero su acción benéfica alcanzará los confines de la tierra (v. 3). Todos estos datos no pueden referirse al monarca contemporáneo al profeta, sino al futuro rey-Mesías. El texto contiene muchos elementos rela­cionados con los pasajes mesiánicos de ­Isaías (7,14; 9,5-6; 11,1-4) y también con los que anuncian un futuro descendiente de David (2 S 7,12-16; Sal 89,4).
La tradición judía vio en el texto de Miqueas un vaticinio mesiánico, como ha quedado reflejado en varios pasajes del Talmud (Pesajim 51,1 y Nedarim 39,2). El Nuevo Testamento contiene algunas alusiones claras, como la recogida en el Evangelio de San Juan, que muestra la opinión que tenían los contemporáneos de Jesús sobre la procedencia del Mesías: «¿Acaso el Cristo viene de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Cristo viene de la descendencia de David y de Belén, la aldea de donde era David?» (Jn 7,40-42); pero sobre todo en el primer evangelio se aplica este texto directamente a Jesús, nacido en Belén (Mt 2,4-6): el evangelista modifica sutilmente la calificación de la ciudad de David (dice «ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá», en lugar de «eres la menor...» del texto de Miqueas), con la intención de ensalzar más la figura de Jesús-Mesías.
Siguiendo esta interpretación del Evangelio de San Mateo, la tradición cristiana ha visto en el pasaje de Miqueas el anuncio del nacimiento de Jesús en Belén. Son abundantes las explicaciones de los Santos Padres que intentaban convencer a los judíos de que Jesús es el verdadero Mesías esperado. Así lo mostraba Tertuliano: «Puesto que los hijos de Israel afirman que nosotros erramos al recibir a Cristo, que ya vino, mostrémosles desde las mismas Escrituras que el Cristo anunciado ya ha venido (...). Era necesario que Él naciese en Belén de Judá pues así está escrito en el profeta: Y tú, Belén, no eres la más pequeña...» (Adversus iudaeos, 13). San Ireneo, por su parte, escribía: «A su vez, el profeta Miqueas dice también el lugar donde el Cristo debía nacer, a saber, en Belén de Judá, cuando se expresa así: Y tú, Belén de Judá, tú no eres insignificante entre los jefes de Judá, porque de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo Israel. Pero Belén es también el país de David, de suerte que Él es de la descendencia de David, no sólo por la Virgen que lo ha dado a luz, sino también en cuanto que nació en Belén» (Demonstratio praedicationis apostolicae 63). 

domingo, 24 de diciembre de 2017

Hoy nos ha nacido un Salvador (Lc 2,1-14)

Navidad. Misa de Medianoche. Evangelio
1 En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. 2 Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. 3 Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. 4 José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, 5 para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. 6 Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, 7 y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento.
8 Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. 9 De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. 10 El ángel les dijo:
—No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: 11 hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; 12 y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.
13 De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo:
14  «Gloria a Dios en las alturas
y paz en la tierra
a los hombres en los que Él se complace».

El evangelio narra escuetamente el nacimiento de Jesús. No obstante, no deja de subrayar dos detalles: el lugar del nacimiento, Belén, y la pobreza y desamparo materiales que lo acompañaron. Ambos son también lección de Dios que se sirve de los sucesos de la historia humana para que se cumplan sus designios, y que hace de sus gestos enseñanza: «¿Hay algo que pueda declarar más inequívocamente su misericordia, que el hecho de haber aceptado la misma miseria? ¿Puede haber algo más rebosante de piedad que el que la Palabra de Dios se haya hecho tan poca cosa por nosotros? (...) Que deduzcan de aquí los hombres lo grande que es el cuidado que Dios ­tiene de ellos; que se enteren de lo que Dios piensa y siente por ellos» (S. Bernardo, In Epiphania Domini, Sermo 1,2).
«Se promulgó un edicto de César» (v. 1). Por los documentos extrabíblicos sólo conocemos un empadronamiento general en la época de Quirino (v. 2) el año 6 d.C., es decir, unos diez o doce años después del nacimiento del Señor (cfr Cronología de la vida de Jesús, pp. 45-46). Pero es posible que hubiera otros censos generales y hubo ciertamente censos locales. Tal vez la familia de Jesús fue a Belén con motivo de uno de estos censos y Lucas no dispuso de datos para ser más preciso (cfr nota a Hch 5,34-42). En todo caso, el propósito del evange­lista es claro: quiso situar en la historia universal el nacimiento de Jesús, y, al no disponer de una era común como nosotros, habla de Quirino (v. 2), gobernador de Siria, de la cual dependía Judá, y del edicto de César Augusto (v. 1), que reinó desde el 27 a.C. al 14 d.C. En esta alusión se sugiere también una paradoja: César se presentó en su tiempo como el salvador de la humanidad y, con el propósito de perpetuar su memoria, ­favoreció de tal manera las artes, que su época ha llegado a llamarse «el siglo de Augusto». Sin embargo, el verdadero salvador, como dice el ángel enseguida (2,11), es Jesús, y su nacimiento es el que instaura la nueva era en la que contamos los años y los siglos. Éste es el sentido que ya supo ver la primitiva exé­gesis cristiana: «Registrado con todos, podía santificar a todos; inscrito en el censo con toda la tierra, a la tierra ofrecía la comunión consigo; y después de esta declaración inscribía a todos los hombres de la tierra en el libro de los vivos, de modo que cuantos hubieran creído en Él, fueran luego registrados en el cielo con los Santos de Aquel a quien se debe la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Orígenes, Homilia X in Lucam 6).
«Dio a luz a su hijo primogénito» (v. 7). La Biblia —como otros documentos del antiguo Oriente— suele llamar «primogénito» al primer varón que nace, sea o no seguido de otros hermanos: «Puesto que la ley sobre los primogénitos incluye también al que no siguen otros hermanos, resulta que el nombre de primogénito se refiere a cualquiera que abre el seno materno y antes del cual no ha nacido ninguno, no sólo a aquél al que le sigue un hermano después» (S. Jerónimo, Adversus Helvidium 19). La Iglesia enseñó la verdad de fe de la virginidad perpetua de María (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 499) y algunos Padres la ampliaron también a San José: «Tú dices que María no permanecía virgen, yo digo más: que también el mismo José fue virgen por María para que el hijo virginal fuera engendrado en un matrimonio virginal. (...) Si él era para María, considerada por la gente como su esposa, más un protector que un cónyuge, entonces no queda sino concluir que quien fue considerado digno de ser llamado padre del Señor, haya vivido virginalmente con María (S. Jerónimo, Adversus Helvidium 19).
«Porque no había lugar para ellos en el aposento» (v. 7). La palabra griega que utiliza San Lucas —katályma— designa la habitación espaciosa de las casas, que podía servir de salón o cuarto de huéspedes: en el Nuevo Testamento se usa sólo otras dos veces para nombrar la sala donde el Señor celebró la Última Cena (22,11; Mc 14,14). Es posible, por tanto, que el evangelista quiera señalar con sus palabras que el lugar no era oportuno y que la Sagrada Familia quería preservar la intimidad del acontecimiento. Pero, además, en la pobreza del establo conocemos «la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza» (2 Co 8,9): «Atiende (...) a la pobreza de aquel que fue puesto en un pesebre y envuelto en pañales. ¡Oh admirable humildad, oh pasmosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es reclinado en un pesebre. (...) Considera la humildad, al menos la dichosa pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que sufrió por la redención del género humano» (Sta. Clara de Asís, Carta a Inés de Praga). Esta humildad no sólo es ejemplo para los hombres, sino don de Dios que se abaja haciéndose cercano a nosotros. «Dios se humilla para que podamos acercarnos a Él, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad. Grandeza de un Niño que es Dios: su Padre es el Dios que ha hecho los cielos y la tierra, y Él está ahí, en un pesebre, quia non erat eis locus in diversorio (Lc 2,7), porque no había otro sitio en la tierra para el dueño de todo lo creado» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 18).
Las palabras de los ángeles a los pastores indican el significado del nacimiento de Jesús. Él no es un niño cualquiera, sino el Salvador, el Mesías, el Señor (v. 11). La divinidad de Jesús Niño no es manifiesta. Por eso, debía ser enseñada por medio de ángeles: «Necesita ser manifestado lo que de suyo es oculto, no lo que es patente. El cuerpo del recién nacido era manifiesto; pero su divinidad estaba oculta, y por tanto era conveniente que se manifestara aquel nacimiento por medio de los ángeles, que son ministros de Dios; por eso apareció el ángel rodeado de claridad, para que quedase patente que el recién nacido era “el esplendor de la gloria del Padre” (Hb 1,3)» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 3,36,5 ad 1). Las palabras de los ángeles indican también que la llegada del Salvador al mundo trae consigo los dones más excelentes: el reconocimiento de la gloria de Dios y la paz para los hombres (v. 14). De ahí el sentido profundo de la adoración de los pastores: la salvación que Cristo traía ­estaba destinada a hombres de toda raza y situación, y por eso eligió manifestarse a personas de distinta condición. «Los pastores eran israelitas; los magos, gentiles; aquéllos vinieron de cerca; éstos, de lejos, pero unos y otros coincidieron en la piedra angular» (S. Agustín, Sermones 202,1).

Ha aparecido la gracia de Dios a todos los hombres (Tt 2,11-14)

Navidad. Misa de Medianoche. 2ª lectura
11 Pues se ha manifestado la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres, 12 educándonos para que renunciemos a la impiedad y a las concupiscencias mundanas, y vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, 13 aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, 14 que se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien.
La acción de la gracia divina manifestada en la Encarnación tiene eficacia redentora: es portadora de salvación, además de fuente de santificación, al educar para un comportamiento moral recto. Las obligaciones descritas manifiestan un estilo de vida cristiana (v. 12) fundado en la esperanza (v. 13). Es Cristo quien con su obra redentora ha logrado que podamos tener tal vida y esperanza.
En la Eucaristía, alimento del alma, recibimos la gracia para vivir así y la celebramos «expectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi (“mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo”: MR, Embolismo después del Padre Nuestro; cfr Tt 2, 13), pidiendo entrar “en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro” (MR, Plegaria Eucarística 3,128: oración por los difuntos)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1404).
El v. 14 es bello resumen de la doctrina de la Redención. Se señalan cuatro elementos esenciales: donación que Cristo hizo de Sí mismo; redención de toda iniquidad; purificación; y apropiación del pueblo. La entrega de Cristo es una alusión al sacrificio voluntario de la cruz (cfr Ga 1,9; 2,20; Ef 5,2; 1 Tm 2,6), mediante el cual nos ha librado de la esclavitud del pecado; el sacrificio de Cristo es la causa de la libertad de los hijos de Dios, de modo análogo a como la acción de Dios operó la liberación del pueblo de Israel en el éxodo, constituyéndolo en pueblo de su propiedad (cfr Ex 19,4-6). Con la nueva Alianza de su sangre, Jesucristo hace de la Iglesia su pueblo elegido, llamado a incorporar a todas las naciones: «Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia, así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne, también es designado como Iglesia de Cristo, porque fue Él quien la adquirió con su sangre, la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 9).

Un hijo se nos ha dado (Is 9,1-3.5-6)

Navidad. Misa de Medianoche. 1ª lectura
1 El pueblo que caminaba en tinieblas
vio una gran luz,
a los que habitaban en tierra de sombras de muerte,
les ha brillado una luz.
2 Multiplicaste el gozo,
aumentaste la alegría.
Se alegran en tu presencia
con la alegría de la siega,
como se gozan al repartirse el botín.
3 Porque el yugo que los cargaba,
la vara de su hombro,
el cetro que los oprimía,
los quebraste como el día de Madián.
5 Porque un niño nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado.
Sobre sus hombros está el imperio,
y lleva por nombre:
Consejero maravilloso, Dios fuerte,
Padre sempiterno, Príncipe de la paz.
6 El imperio será engrandecido,
y la paz no tendrá fin
sobre el trono de David
y sobre su reino,
para sostenerlo y consolidarlo
con el derecho y la justicia,
desde ahora y para siempre.
El celo del Señor de los ejércitos lo hará.

A partir de Is 8,23 comienza a hacerse presente, aún entre sombras, la figura del rey Ezequías, que a diferencia de su padre Ajaz, fue un rey piadoso que confió totalmente en el Señor. Después de que Galilea fuera devastada por Teglatpalasar III de Asiria, con la consiguiente deportación del pueblo que vivía allí (cfr 8,21-22), el rey Ezequías de Judá reconquistaría esa zona, que recobraría su proverbial esplendor durante un cierto tiempo. Estos sucesos abrieron de nuevo paso a la esperanza.
Es posible que este oráculo tenga relación con la profecía del Enmanuel (7,1-17), y que el niño con prerrogativas mesiánicas que ha nacido (cfr 9,5-6) sea aquel niño del que profetizó Isaías que habría de nacer (cfr 7,14). En este sentido este es considerado el segundo oráculo del ciclo del Enmanuel. Ese «niño» que ha nacido, el hijo que se nos ha dado, es un don de Dios (9,5), porque significa la presencia de Dios entre los suyos. El texto hebreo le atribuye cuatro cualidades que parecen sumar las de los más grandes hombres que forjaron la historia de Israel: la sabiduría de Salomón (cfr 1 R 3) («Consejero maravilloso»), el valor de David (cfr 1 S 17) («Dios fuerte»), las dotes de gobierno de Moisés en cuanto libertador, guía y padre del pueblo (cfr Dt 34,10-12) («Padre sempiterno») y las virtudes de los antiguos patriarcas, que llevaron a ca­bo alianzas de paz (cfr Gn 21,22-24; 26,15-6; 23,6) («Príncipe de la paz»). En la antigua Vulgata latina se traducían por seis («Admirabilis, Consiliarius, Deus, Fortis, Pater futuri saeculi, Princeps pacis»), que son las que pasaron al uso litúrgico. La Neovulgata ha vuelto al texto hebreo. En todo caso se trata de títulos que los pueblos semitas aplicaban al monarca reinante, pero que, en su conjunto, trascienden a Ezequías y a cualquier otro rey de Judá. Por eso, la tradición cristiana ha visto que tales cualidades se cumplen sólo en Jesús. San Bernardo, por ejemplo, comenta así la razón de ser de cada uno de esos nombres: «Es Admirable en su nacimiento, Consejero en su predicación, Dios en sus obras, Fuerte en la Pasión, Padre perpetuo en la resurrección, y Príncipe de la paz en la bienaventuranza eterna» (Sermones de diversis 53,1).
Así como esos nombres se han aplicado a Jesús, la reconquista efímera de Galilea por Ezequías ha sido vista sólo como anuncio de la definitiva salvación realizada por Jesucristo. En los Evangelios resuenan expresiones de este oráculo en diversos pasajes en los que se habla de Jesús. Cuando Lucas narra la Anunciación a María (Lc 1,31-33) alude a que el hijo que concebirá y dará a luz recibirá «el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin» (Lc 1,32b-33; cfr 9,6). Y en el relato de la manifestación del nacimiento a los pastores de Belén se les anuncia que «os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Mesías, el Señor...» (Lc 2,11-12; cfr 9,5). San Mateo ve en el comienzo del ministerio de Jesús en Galilea (Mt 4,12-17) el cumplimiento de este oráculo de Isaías (cfr 8,23-9,1): las tierras que en tiempo del profeta se encontraban devastadas y a las que los asirios habían llevado gentes extranjeras para colonizarlas, han sido las primeras en recibir la luz de la salvación del Mesías.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Hoy nos ha nacido un Salvador (Lc 2,1-14)

Navidad. Misa de Medianoche. Evangelio
1 En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. 2 Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. 3 Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. 4 José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, 5 para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. 6 Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, 7 y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento.
8 Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. 9 De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. 10 El ángel les dijo:
—No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: 11 hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; 12 y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.
13 De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo:
14  «Gloria a Dios en las alturas
y paz en la tierra
a los hombres en los que Él se complace».
El evangelio narra escuetamente el nacimiento de Jesús. No obstante, no deja de subrayar dos detalles: el lugar del nacimiento, Belén, y la pobreza y desamparo materiales que lo acompañaron. Ambos son también lección de Dios que se sirve de los sucesos de la historia humana para que se cumplan sus designios, y que hace de sus gestos enseñanza: «¿Hay algo que pueda declarar más inequívocamente su misericordia, que el hecho de haber aceptado la misma miseria? ¿Puede haber algo más rebosante de piedad que el que la Palabra de Dios se haya hecho tan poca cosa por nosotros? (...) Que deduzcan de aquí los hombres lo grande que es el cuidado que Dios ­tiene de ellos; que se enteren de lo que Dios piensa y siente por ellos» (S. Bernardo, In Epiphania Domini, Sermo 1,2).
«Se promulgó un edicto de César» (v. 1). Por los documentos extrabíblicos sólo conocemos un empadronamiento general en la época de Quirino (v. 2) el año 6 d.C., es decir, unos diez o doce años después del nacimiento del Señor (cfr Cronología de la vida de Jesús, pp. 45-46). Pero es posible que hubiera otros censos generales y hubo ciertamente censos locales. Tal vez la familia de Jesús fue a Belén con motivo de uno de estos censos y Lucas no dispuso de datos para ser más preciso (cfr nota a Hch 5,34-42). En todo caso, el propósito del evange­lista es claro: quiso situar en la historia universal el nacimiento de Jesús, y, al no disponer de una era común como nosotros, habla de Quirino (v. 2), gobernador de Siria, de la cual dependía Judá, y del edicto de César Augusto (v. 1), que reinó desde el 27 a.C. al 14 d.C. En esta alusión se sugiere también una paradoja: César se presentó en su tiempo como el salvador de la humanidad y, con el propósito de perpetuar su memoria, ­favoreció de tal manera las artes, que su época ha llegado a llamarse «el siglo de Augusto». Sin embargo, el verdadero salvador, como dice el ángel enseguida (2,11), es Jesús, y su nacimiento es el que instaura la nueva era en la que contamos los años y los siglos. Éste es el sentido que ya supo ver la primitiva exé­gesis cristiana: «Registrado con todos, podía santificar a todos; inscrito en el censo con toda la tierra, a la tierra ofrecía la comunión consigo; y después de esta declaración inscribía a todos los hombres de la tierra en el libro de los vivos, de modo que cuantos hubieran creído en Él, fueran luego registrados en el cielo con los Santos de Aquel a quien se debe la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Orígenes, Homilia X in Lucam 6).
«Dio a luz a su hijo primogénito» (v. 7). La Biblia —como otros documentos del antiguo Oriente— suele llamar «primogénito» al primer varón que nace, sea o no seguido de otros hermanos: «Puesto que la ley sobre los primogénitos incluye también al que no siguen otros hermanos, resulta que el nombre de primogénito se refiere a cualquiera que abre el seno materno y antes del cual no ha nacido ninguno, no sólo a aquél al que le sigue un hermano después» (S. Jerónimo, Adversus Helvidium 19). La Iglesia enseñó la verdad de fe de la virginidad perpetua de María (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 499) y algunos Padres la ampliaron también a San José: «Tú dices que María no permanecía virgen, yo digo más: que también el mismo José fue virgen por María para que el hijo virginal fuera engendrado en un matrimonio virginal. (...) Si él era para María, considerada por la gente como su esposa, más un protector que un cónyuge, entonces no queda sino concluir que quien fue considerado digno de ser llamado padre del Señor, haya vivido virginalmente con María (S. Jerónimo, Adversus Helvidium 19).
«Porque no había lugar para ellos en el aposento» (v. 7). La palabra griega que utiliza San Lucas —katályma— designa la habitación espaciosa de las casas, que podía servir de salón o cuarto de huéspedes: en el Nuevo Testamento se usa sólo otras dos veces para nombrar la sala donde el Señor celebró la Última Cena (22,11; Mc 14,14). Es posible, por tanto, que el evangelista quiera señalar con sus palabras que el lugar no era oportuno y que la Sagrada Familia quería preservar la intimidad del acontecimiento. Pero, además, en la pobreza del establo conocemos «la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza» (2 Co 8,9): «Atiende (...) a la pobreza de aquel que fue puesto en un pesebre y envuelto en pañales. ¡Oh admirable humildad, oh pasmosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es reclinado en un pesebre. (...) Considera la humildad, al menos la dichosa pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que sufrió por la redención del género humano» (Sta. Clara de Asís, Carta a Inés de Praga). Esta humildad no sólo es ejemplo para los hombres, sino don de Dios que se abaja haciéndose cercano a nosotros. «Dios se humilla para que podamos acercarnos a Él, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad. Grandeza de un Niño que es Dios: su Padre es el Dios que ha hecho los cielos y la tierra, y Él está ahí, en un pesebre, quia non erat eis locus in diversorio (Lc 2,7), porque no había otro sitio en la tierra para el dueño de todo lo creado» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 18).
Las palabras de los ángeles a los pastores indican el significado del nacimiento de Jesús. Él no es un niño cualquiera, sino el Salvador, el Mesías, el Señor (v. 11). La divinidad de Jesús Niño no es manifiesta. Por eso, debía ser enseñada por medio de ángeles: «Necesita ser manifestado lo que de suyo es oculto, no lo que es patente. El cuerpo del recién nacido era manifiesto; pero su divinidad estaba oculta, y por tanto era conveniente que se manifestara aquel nacimiento por medio de los ángeles, que son ministros de Dios; por eso apareció el ángel rodeado de claridad, para que quedase patente que el recién nacido era “el esplendor de la gloria del Padre” (Hb 1,3)» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 3,36,5 ad 1). Las palabras de los ángeles indican también que la llegada del Salvador al mundo trae consigo los dones más excelentes: el reconocimiento de la gloria de Dios y la paz para los hombres (v. 14). De ahí el sentido profundo de la adoración de los pastores: la salvación que Cristo traía ­estaba destinada a hombres de toda raza y situación, y por eso eligió manifestarse a personas de distinta condición. «Los pastores eran israelitas; los magos, gentiles; aquéllos vinieron de cerca; éstos, de lejos, pero unos y otros coincidieron en la piedra angular» (S. Agustín, Sermones 202,1).

Ha aparecido la gracia de Dios a todos los hombres (Tt 2,11-14)

Navidad. Misa de Medianoche. 2ª lectura
11 Pues se ha manifestado la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres, 12 educándonos para que renunciemos a la impiedad y a las concupiscencias mundanas, y vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, 13 aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, 14 que se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien.
La acción de la gracia divina manifestada en la Encarnación tiene eficacia redentora: es portadora de salvación, además de fuente de santificación, al educar para un comportamiento moral recto. Las obligaciones descritas manifiestan un estilo de vida cristiana (v. 12) fundado en la esperanza (v. 13). Es Cristo quien con su obra redentora ha logrado que podamos tener tal vida y esperanza.
En la Eucaristía, alimento del alma, recibimos la gracia para vivir así y la celebramos «expectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi (“mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo”: MR, Embolismo después del Padre Nuestro; cfr Tt 2, 13), pidiendo entrar “en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro” (MR, Plegaria Eucarística 3,128: oración por los difuntos)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1404).
El v. 14 es bello resumen de la doctrina de la Redención. Se señalan cuatro elementos esenciales: donación que Cristo hizo de Sí mismo; redención de toda iniquidad; purificación; y apropiación del pueblo. La entrega de Cristo es una alusión al sacrificio voluntario de la cruz (cfr Ga 1,9; 2,20; Ef 5,2; 1 Tm 2,6), mediante el cual nos ha librado de la esclavitud del pecado; el sacrificio de Cristo es la causa de la libertad de los hijos de Dios, de modo análogo a como la acción de Dios operó la liberación del pueblo de Israel en el éxodo, constituyéndolo en pueblo de su propiedad (cfr Ex 19,4-6). Con la nueva Alianza de su sangre, Jesucristo hace de la Iglesia su pueblo elegido, llamado a incorporar a todas las naciones: «Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia, así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne, también es designado como Iglesia de Cristo, porque fue Él quien la adquirió con su sangre, la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 9).

Un hijo se nos ha dado (Is 9,1-3.5-6)

Navidad. Misa de Medianoche. 1ª lectura
1 El pueblo que caminaba en tinieblas
vio una gran luz,
a los que habitaban en tierra de sombras de muerte,
les ha brillado una luz.
2 Multiplicaste el gozo,
aumentaste la alegría.
Se alegran en tu presencia
con la alegría de la siega,
como se gozan al repartirse el botín.
3 Porque el yugo que los cargaba,
la vara de su hombro,
el cetro que los oprimía,
los quebraste como el día de Madián.
5 Porque un niño nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado.
Sobre sus hombros está el imperio,
y lleva por nombre:
Consejero maravilloso, Dios fuerte,
Padre sempiterno, Príncipe de la paz.
6 El imperio será engrandecido,
y la paz no tendrá fin
sobre el trono de David
y sobre su reino,
para sostenerlo y consolidarlo
con el derecho y la justicia,
desde ahora y para siempre.
El celo del Señor de los ejércitos lo hará.
A partir de Is 8,23 comienza a hacerse presente, aún entre sombras, la figura del rey Ezequías, que a diferencia de su padre Ajaz, fue un rey piadoso que confió totalmente en el Señor. Después de que Galilea fuera devastada por Teglatpalasar III de Asiria, con la consiguiente deportación del pueblo que vivía allí (cfr 8,21-22), el rey Ezequías de Judá reconquistaría esa zona, que recobraría su proverbial esplendor durante un cierto tiempo. Estos sucesos abrieron de nuevo paso a la esperanza.
Es posible que este oráculo tenga relación con la profecía del Enmanuel (7,1-17), y que el niño con prerrogativas mesiánicas que ha nacido (cfr 9,5-6) sea aquel niño del que profetizó Isaías que habría de nacer (cfr 7,14). En este sentido este es considerado el segundo oráculo del ciclo del Enmanuel. Ese «niño» que ha nacido, el hijo que se nos ha dado, es un don de Dios (9,5), porque significa la presencia de Dios entre los suyos. El texto hebreo le atribuye cuatro cualidades que parecen sumar las de los más grandes hombres que forjaron la historia de Israel: la sabiduría de Salomón (cfr 1 R 3) («Consejero maravilloso»), el valor de David (cfr 1 S 17) («Dios fuerte»), las dotes de gobierno de Moisés en cuanto libertador, guía y padre del pueblo (cfr Dt 34,10-12) («Padre sempiterno») y las virtudes de los antiguos patriarcas, que llevaron a ca­bo alianzas de paz (cfr Gn 21,22-24; 26,15-6; 23,6) («Príncipe de la paz»). En la antigua Vulgata latina se traducían por seis («Admirabilis, Consiliarius, Deus, Fortis, Pater futuri saeculi, Princeps pacis»), que son las que pasaron al uso litúrgico. La Neovulgata ha vuelto al texto hebreo. En todo caso se trata de títulos que los pueblos semitas aplicaban al monarca reinante, pero que, en su conjunto, trascienden a Ezequías y a cualquier otro rey de Judá. Por eso, la tradición cristiana ha visto que tales cualidades se cumplen sólo en Jesús. San Bernardo, por ejemplo, comenta así la razón de ser de cada uno de esos nombres: «Es Admirable en su nacimiento, Consejero en su predicación, Dios en sus obras, Fuerte en la Pasión, Padre perpetuo en la resurrección, y Príncipe de la paz en la bienaventuranza eterna» (Sermones de diversis 53,1).
Así como esos nombres se han aplicado a Jesús, la reconquista efímera de Galilea por Ezequías ha sido vista sólo como anuncio de la definitiva salvación realizada por Jesucristo. En los Evangelios resuenan expresiones de este oráculo en diversos pasajes en los que se habla de Jesús. Cuando Lucas narra la Anunciación a María (Lc 1,31-33) alude a que el hijo que concebirá y dará a luz recibirá «el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin» (Lc 1,32b-33; cfr 9,6). Y en el relato de la manifestación del nacimiento a los pastores de Belén se les anuncia que «os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Mesías, el Señor...» (Lc 2,11-12; cfr 9,5). San Mateo ve en el comienzo del ministerio de Jesús en Galilea (Mt 4,12-17) el cumplimiento de este oráculo de Isaías (cfr 8,23-9,1): las tierras que en tiempo del profeta se encontraban devastadas y a las que los asirios habían llevado gentes extranjeras para colonizarlas, han sido las primeras en recibir la luz de la salvación del Mesías.