Domingo de la Sagrada Familia. C - Evangelio
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Sus padres iban
todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. 42 Y cuando
tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. 43 Pasados
aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo
advirtiesen sus padres. 44 Suponiendo que iba en la caravana,
hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, 45 y
al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. 46 Y al cabo
de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles
y preguntándoles. 47 Cuantos le oían quedaban admirados de su
sabiduría y de sus respuestas. 48 Al verlo se maravillaron, y le
dijo su madre:
—Hijo,
¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos.
49
Y él les dijo:
—¿Por
qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi
Padre?
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Pero ellos no
comprendieron lo que les dijo.
51
Bajó con ellos,
vino a Nazaret y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su
corazón. 52 Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante
de Dios y de los hombres.
Característico del Evangelio de la infancia es que apenas
recoge obras o palabras de Jesús: aprendemos quién es Jesucristo de las
acciones y palabras de los otros personajes de la narración. Este
episodio viene a cambiar ese proceder. El ángel había proclamado la filiación
divina de Jesús en el anuncio (1,35), poco después lo dirá también la voz del
cielo en el Bautismo (3,22): en medio de los dos testimonios, Jesús mismo lo
afirma ahora con sus palabras (v. 49): «El
hallazgo de Jesús en el Templo es el único suceso que rompe el silencio de
los Evangelios sobre los años ocultos de Jesús. Jesús deja entrever en ello el
misterio de su consagración total a una misión derivada de su filiación divina»
(Catecismo de la Iglesia Católica,
n. 534).
Los Ácimos y Pascua
eran una de las tres fiestas en que los varones de Israel debían peregrinar al
Templo de Jerusalén (Dt 16,16). La obligación no concernía a las mujeres y a
los niños, aunque las familias piadosas solían llevarlos desde edad temprana.
La pérdida de Jesús es explicable. Por entonces, Jerusalén solía triplicar su
población en las fiestas de las peregrinaciones. Acostumbraban a ir en
caravanas y en dos grupos, uno de hombres y otro de mujeres. Los niños podían
ir indistintamente en cualquiera. Al hacer un alto en el camino, se reunían las
familias: quizás entonces descubrieron que el Niño se había quedado en
Jerusalén. El evangelista narra las circunstancias de ese viaje con sobriedad,
porque quiere detenerse en el diálogo de Jesús con su Madre. En efecto, sus
padres lo encuentran «escuchando y preguntando» a los doctores (v. 46), de tal
manera que los presentes están «admirados de su sabiduría y de sus respuestas»
(v. 47). Es un modo de preparar lo que se leerá a continuación: Jesús no es un
niño cualquiera, ni siquiera un niño más sabio que los demás: es el Hijo de
Dios. El diálogo de Jesús con su Madre sorprende por su aparente desapego,
pero, para entenderlo, no hay que olvidar que la mentalidad semita es
aficionada a los contrastes y a las antítesis. Jesús, como afirma San Ambrosio,
«no les reprende porque le busquen como hijo, sino que les hace levantar los
ojos de su espíritu para que vean lo que se debe a Aquel de quien es Hijo
Eterno» (Expositio Evangelii secundum
Lucam, ad loc.).
Lucas concluye los
episodios de la infancia con un resumen de la vida de Jesús y María en esos
años: tres cortas frases de una riqueza extraordinaria (vv. 51-52), y que son
como un estribillo del Evangelio de la
infancia (cfr 2,19.39-40).
Jesús «les estaba
sujeto». En el episodio anterior, se mostraba a Jesús obediente a la voluntad
del Padre (cfr 2,49); pero obedecer a Dios, para Jesús, es también obedecer a
la voluntad de sus padres: «Cristo, a quien estaba sujeto el universo, se
sujetó a los suyos» (S. Agustín, Sermones
51,19). Obedeciendo, a sus padres, Jesús «crecía» (v. 52). Si toda la vida de
Cristo es Revelación del Padre, también «esos años ocultos del Señor no son
algo sin significado, ni tampoco una simple preparación de los años que
vendrían después: los de su vida pública. (...) Dios desea que los cristianos
tomen ejemplo de toda la vida del Señor: (...) el Señor quiere que muchas almas
encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo» (S. Josemaría
Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 20).
De María se dice
que «guardaba todas estas cosas en el corazón» (v. 51). El término traducido
por «cosas» también puede significar «palabras». De esa manera el evangelista
enseña que en María no sólo se cumplió la palabra del Señor (1,38), sino que en
Ella se anticipa lo que Jesucristo determina que es característica fundamental
de la vida de sus discípulos: oír la palabra del Señor, guardarla y cumplirla
(8,21; 11,28): «Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor;
que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios. Porque si
corporalmente no hay más que una Madre de Cristo, en cambio, por la fe, Cristo
es el fruto de todos; pues toda alma recibe la Palabra de Dios, a condición de
que, sin mancha y preservada de los vicios, guarde la castidad con una pureza
intachable» (S. Ambrosio, Expositio
Evangelii secundum Lucam, ad loc.).