3º domingo de Adviento – B. 1ª lectura
1 El Espíritu del Señor
Dios está sobre mí,
porque el Señor me ha ungido.
Me ha enviado para llevar la buena
nueva a los pobres,
a vendar los corazones rotos,
anunciar la redención a los cautivos,
y a los prisioneros la libertad;
2a
para anunciar el año de gracia del Señor.
10
Con gran contento gozo en el Señor,
y mi alma se alegra en mi Dios,
porque me ha vestido con ropaje de
salvación,
me ha envuelto con manto de justicia,
como novio que se ciñe la diadema,
como novia que se adorna con sus
joyas.
11
Como la tierra echa sus brotes,
como el huerto hace germinar sus
semillas,
así, el Señor Dios hace germinar la
justicia
y la alabanza ante todas las naciones.
Con estilo denso y conciso este oráculo presenta al mensajero
escatológico hablando en un soliloquio. Es otro de los textos claves del libro
de Isaías. No es difícil encontrar puntos de contacto con los cantos del
siervo, en especial con el segundo (49,1-6). La efusión del Espíritu del Señor
va unida a la unción, como en el caso del rey (cfr 11,2) y del siervo del Señor
(42,1). Pero este mensajero es más que un rey, más que un profeta y más que el
grupo de los que habiten la ciudad santa de los últimos tiempos. Su misión se
reduce a una doble función como mensajero y como consolador. Como mensajero, a
semejanza del legado real en tiempos de guerra, trae buenas noticias: anuncia
la redención a los cautivos y la libertad a los prisioneros (cfr Jr 34,8.17).
Su mensaje equivale a anunciar un nuevo orden de cosas donde no será necesaria
la represión y reinará la concordia y el bienestar. El «año de gracia del
Señor» (v. 2) es parecido al año jubilar (cfr Lv 25,8-19) o al año sabático
(cfr Ex 21,2-11; Jr 34,14; Ez 46,17), en cuanto que es un día señalado por el
Señor y distinto de los demás; pero propiamente indica el momento en que Dios
se muestra especialmente benévolo y concede la salvación definitiva (cfr 49,8).
Se denomina también «día de venganza», en cuanto que en ese día esencialmente
cargado de bondad los impíos recibirán también su merecido.
Como consolador, venda los corazones rotos por la enfermedad o la
desgracia, alienta a los que lloran y restaura a los que hacen duelo en Sión.
Cuando quien consuela es el Señor o un mensajero suyo (cfr 40,1) se espera que
vuelva a restablecer a su pueblo en el puesto y dignidad del principio, a
renovar la Alianza
quebrantada y a restaurar las instituciones desaparecidas, es decir, a
establecer una situación nueva de plenitud de bienes.
La tradición judía en tiempos de Jesús reflejada en el targum o traducción aramea entiende que
el heraldo aquí descrito debía ser un profeta (por ello antepone al oráculo la
entradilla de: «Así dice el profeta»). De este modo cuando Jesús lee el texto
en la sinagoga de Nazaret señala que ha llegado el momento de su cumplimiento y
que Él es el profeta del que habla Isaías: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21).
Enseña así que Él es el Mesías, constituido «Cristo» (Ungido) por el Espíritu
Santo (cfr Is 11,2), también como el profeta que anuncia la salvación. A partir
de ahí, la doctrina cristiana ha contemplado a Jesús como el Mensajero último
enviado por el Espíritu Santo: «El profeta presenta al Mesías como aquél que
viene por el Espíritu Santo, como aquél que posee la plenitud de este Espíritu
en sí y, al mismo tiempo, para los demás, para Israel, para todas las naciones
y para toda la humanidad. La plenitud del Espíritu de Dios está acompañada de
múltiples dones, los de la salvación, destinados de modo particular a los
pobres y a los que sufren, a todos los que abren su corazón a estos dones, a
veces mediante las dolorosas experiencias de su propia existencia, pero ante
todo con aquella disponibilidad interior que viene de la fe. Esto intuía el
anciano Simeón, “hombre justo y piadoso” ya que “estaba en él el Espíritu
Santo”, en el momento de la presentación de Jesús en el Templo, cuando
descubría en él la “salvación preparada a la vista de todos los pueblos” a
costa del gran sufrimiento, la
Cruz, que habría de abrazar acompañado por su Madre. Esto
intuía todavía mejor la
Virgen María, que “había concebido del Espíritu Santo”,
cuando meditaba en su corazón los “misterios” del Mesías al que estaba asociada»
(Dominum et Vivificantem, n. 16).
Después de este importantísimo oráculo sobre el nuevo mensajero (vv.
1-3), el profeta canta las maravillas de la ciudad santa de Jerusalén, que, una
vez restaurada después del destierro es un lugar donde se goza de una alegría comparable
a la de los novios en sus desposorios, o a la del labriego que contempla una
cosecha fecunda (vv. 10-11).
La novedad de los acontecimientos y detalles de la ciudad mira hacia
horizontes definitivos, hacia la escatología, es decir, hacia la intervención
definitiva y salvadora del Señor. En este contexto, las realidades nuevas
significan realidades últimas y decisivas, y por tanto que han llegado a su
plenitud. Ya que en el Nuevo Testamento la Iglesia es llamada construcción de Dios (1 Co
3,9), edificada sobre el fundamento de los Apóstoles (1 Co 3,11), la tradición
cristiana ha visto en la
Jerusalén renovada y exaltada una figura de la Iglesia que camina en este
mundo y se manifestará en el momento final (cfr Catecismo de la
Iglesia Católica, nn. 756-757).