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lunes, 24 de septiembre de 2018

Ricos: vuestra riqueza está podrida (St 5,1-6)

26º domingo del Tiempo ordinario – B. 2ª lectura
1 Atended ahora los ricos: llorad a gritos por las desgracias que os van a sobrevenir. 2 Vuestra riqueza está podrida, y vuestros vestidos consumidos por la polilla; 3 vuestro oro y vuestra plata están enmohecidos, y su moho servirá de testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como si fuera fuego. Habéis atesorado para los últimos días. 4 Mirad: el salario que habéis defraudado a los obreros que segaron vuestros campos, está clamando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. 5 Habéis vivido lujosamente en la tierra, entregados a los placeres, y habéis cebado vuestros corazones para el día de la matanza. 6 Habéis condenado y habéis dado muerte al justo, sin que él os ofreciera resistencia.
Santiago, con un tono que recuerda a los profetas (cfr p. ej. Is 3,13-26; Am 6,1 ss.; Mi 2,1 ss.), reprueba a los ricos su soberbia, vanidad y avaricia, su entrega a los placeres, al tiempo que les advierte la proximidad del Juicio de Dios. La descripción de la vida de esos ricos trae a la memoria la parábola del rico Epulón (cfr Lc 16,19ss.). Ha sido una constante doctrina de la Iglesia el deber de eliminar las injustas desigualdades entre los hombres, recriminadas con frecuencia en la Sagrada Escritura. Quienes poseen bienes materiales en abundancia han de utilizarlos en servicio de los demás hombres. A este respecto, la Iglesia enseña que «tienen la obligación moral de no mantener capitales improductivos y, en las inversiones, mirar ante todo el bien común (...). El derecho a la propiedad privada no es concebible sin unos deberes con miras al bien común. Está subordinado al principio superior del destino universal de los bienes» (Cong. Doctrina de la Fe, Libertatis conscientia, n. 87).
«Habéis atesorado para los últimos días» (v. 3). Se refiere al día del juicio, lo mismo que «el día de la matanza» del v. 5 (cfr p. ej. Is 34,6; Jr 12,3; 25,34).
El fraude del salario (v. 4) estaba ya condenado en el Antiguo Testamento (cfr p. ej. Lv 19,13; Dt 24,14-15; Ml 3,5). Es uno de los pecados que «claman al cielo», porque están como exigiendo con urgencia un castigo ejemplar; lo mismo afirma la Escritura del homicidio (Gn 4,10), la sodomía (Gn 18,20-21) y la opresión de las viudas y huérfanos (Ex 22,21-23).
San Beda entiende que «el justo» (v. 6) es Jesús (cfr In Epistolam Iacobi, ad loc.), que es el justo por excelencia (cfr p. ej. Hch 3,14; 7,52). Se enseña así que en los más necesitados ha de verse al propio Jesucristo (cfr Mt 25, 31-45).

lunes, 3 de septiembre de 2018

Dios escogió a los pobres del mundo (St 2,1-5)

23º domingo del Tiempo ordinario – B. 2ª lectura
1 Hermanos míos, no intentéis conciliar la fe en nuestro Señor Jesucristo, glorioso, con la acepción de personas. 2 Supongamos que entra en vuestra asamblea un hombre con anillo de oro y vestido espléndido, y entra también un pobre mal vestido. 3 Y os fijáis en el que lleva el vestido espléndido y le decís: «Tú, siéntate aquí, en buen sitio»; y, en cambio, al pobre le decís: «Tú, quédate ahí», o «siéntate en el suelo, a mis pies». 4 ¿No estáis haciendo entonces distinciones entre vosotros y juzgando con criterios perversos?
5 Escuchad, hermanos míos queridísimos: ¿acaso no escogió Dios a los pobres según el mundo, para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que le aman?
Entre los cristianos a quienes se dirige la carta parecía darse un abuso: la acepción o discriminación de personas por razón de su nivel social (vv. 1-4). Se trataba de una manifiesta incongruencia entre la fe y la conducta. La Ley de Moisés (Dt 1,17; Lv 19,15; Is 5,23; etc.) condenaba la discriminación de personas (vv. 8-11), opuesta también al Evangelio (vv. 5-7), ya que Jesucristo corrigió las interpretaciones restringidas de esa Ley. Se señala que ese modo de comportarse será severamente castigado por Dios en el juicio (vv. 12-13).
La carta recuerda la predilección de la Iglesia por los pobres (v. 5; cfr Mt 5,3; Lc 6,20) e invita a luchar decididamente por la justicia: «Las desigualdades inicuas y las opresiones de todo tipo que afectan hoy a millones de hombres y mujeres están en abierta contradicción con el Evangelio de Cristo y no pueden dejar tranquila la conciencia de ningún cristiano» (Cong. Doctrina de la Fe, Libertatis con­scientia, n. 57). El fundamento se encuentra en la Sagrada Escritura: el amor al prójimo resume la Ley y los mandamientos. Jesucristo llevó este precepto a la plenitud (cfr Mt 22,39-40) y formuló el «mandamiento nuevo» (cfr Jn 13,34). Además, tanto en la Antigua Ley (vv. 10-11) como en la Nueva, «transgredir un mandamiento es quebrantar todos los otros. No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios su Creador. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, que son sus creaturas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2069). Y, como comenta San Agustín, «quien guardare toda la ley, si peca contra un mandamiento, se hace reo de todos, ya que obra contra la caridad, de la que pende la ley entera. Se hace, pues, reo de todos los preceptos cuando peca contra aquella de la que derivan todos» (Epistolae 167, 5,16).

lunes, 11 de diciembre de 2017

El Espíritu del Señor está sobre mí (Is 61,1-2a.10-11)

3º domingo de Adviento – B. 1ª lectura
1 El Espíritu del Señor Dios está sobre mí,
porque el Señor me ha ungido.
Me ha enviado para llevar la buena nueva a los pobres,
a vendar los corazones rotos,
anunciar la redención a los cautivos,
y a los prisioneros la libertad;
2a para anunciar el año de gracia del Señor.
10 Con gran contento gozo en el Señor,
y mi alma se alegra en mi Dios,
porque me ha vestido con ropaje de salvación,
me ha envuelto con manto de justicia,
como novio que se ciñe la diadema,
como novia que se adorna con sus joyas.
11 Como la tierra echa sus brotes,
como el huerto hace germinar sus semillas,
así, el Señor Dios hace germinar la justicia
y la alabanza ante todas las naciones.
Con estilo denso y conciso este oráculo presenta al mensajero escatológico hablando en un soliloquio. Es otro de los textos claves del libro de Isaías. No es difícil encontrar puntos de contacto con los cantos del siervo, en especial con el segundo (49,1-6). La efusión del Espíritu del Señor va unida a la unción, como en el caso del rey (cfr 11,2) y del siervo del Señor (42,1). Pero este mensajero es más que un rey, más que un profeta y más que el grupo de los que habiten la ciudad santa de los últimos tiempos. Su misión se reduce a una doble función como mensajero y como consolador. Como mensajero, a semejanza del legado real en tiempos de guerra, trae buenas noticias: anuncia la redención a los cautivos y la libertad a los prisioneros (cfr Jr 34,8.17). Su mensaje equivale a anunciar un nuevo orden de cosas donde no será necesaria la represión y reinará la concordia y el bienestar. El «año de gracia del Señor» (v. 2) es parecido al año jubilar (cfr Lv 25,8-19) o al año sabático (cfr Ex 21,2-11; Jr 34,14; Ez 46,17), en cuanto que es un día señalado por el Señor y distinto de los demás; pero propiamente indica el momento en que Dios se muestra especialmente benévolo y concede la salvación definitiva (cfr 49,8). Se denomina también «día de venganza», en cuanto que en ese día esencialmente cargado de bondad los impíos recibirán también su merecido.
Como consolador, venda los corazones rotos por la enfermedad o la desgracia, alienta a los que lloran y restaura a los que hacen duelo en Sión. Cuando quien consuela es el Señor o un mensajero suyo (cfr 40,1) se espera que vuelva a restablecer a su pueblo en el puesto y dignidad del principio, a renovar la Alianza quebrantada y a restaurar las instituciones desaparecidas, es decir, a establecer una situación nueva de plenitud de bienes.
La tradición judía en tiempos de Jesús reflejada en el targum o traducción aramea entiende que el heraldo aquí descrito debía ser un profeta (por ello antepone al oráculo la entradilla de: «Así dice el profeta»). De este modo cuando Jesús lee el texto en la sinagoga de Nazaret señala que ha llegado el momento de su cumplimiento y que Él es el profeta del que habla Isaías: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21). Enseña así que Él es el Mesías, constituido «Cristo» (Ungido) por el Espíritu Santo (cfr Is 11,2), también como el profeta que anuncia la salvación. A partir de ahí, la doctrina cristiana ha contemplado a Jesús como el Mensajero último enviado por el Espíritu Santo: «El profeta presenta al Mesías como aquél que viene por el Espíritu Santo, como aquél que posee la plenitud de este Espíritu en sí y, al mismo tiempo, para los demás, para Israel, para todas las naciones y para toda la humanidad. La plenitud del Espíritu de Dios está acompañada de múltiples dones, los de la salvación, destinados de modo particular a los pobres y a los que sufren, a todos los que abren su corazón a estos dones, a veces mediante las dolorosas experiencias de su propia existencia, pero ante todo con aquella disponibilidad interior que viene de la fe. Esto intuía el anciano Simeón, “hombre justo y piadoso” ya que “estaba en él el Espíritu Santo”, en el momento de la presentación de Jesús en el Templo, cuando descubría en él la “salvación preparada a la vista de todos los pueblos” a costa del gran sufrimiento, la Cruz, que habría de abrazar acompañado por su Madre. Esto intuía todavía mejor la Virgen María, que “había concebido del Espíritu Santo”, cuando meditaba en su corazón los “misterios” del Mesías al que estaba asociada» (Dominum et Vivificantem, n. 16).
Después de este importantísimo oráculo sobre el nuevo mensajero (vv. 1-3), el profeta canta las maravillas de la ciudad santa de Jerusalén, que, una vez restaurada después del destierro es un lugar donde se goza de una alegría comparable a la de los novios en sus desposorios, o a la del labriego que contempla una cosecha fecunda (vv. 10-11).
La novedad de los acontecimientos y detalles de la ciudad mira hacia horizontes definitivos, hacia la escatología, es decir, hacia la intervención definitiva y salvadora del Señor. En este contexto, las realidades nuevas significan realidades últimas y decisivas, y por tanto que han llegado a su plenitud. Ya que en el Nuevo Testamento la Iglesia es llamada construcción de Dios (1 Co 3,9), edificada sobre el fundamento de los Apóstoles (1 Co 3,11), la tradición cristiana ha visto en la Jerusalén renovada y exaltada una figura de la Iglesia que camina en este mundo y se manifestará en el momento final (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 756-757).

lunes, 23 de enero de 2017

Dios eligió la flaqueza del mundo (1 Co 1,26-31)

4º domingo del Tiempo ordinario – A . 2ª lectura
26 Considerad, si no, hermanos, vuestra vocación; porque no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; 27 sino que Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios, y Dios eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; 28 escogió Dios a lo vil, a lo despreciable del mundo, a lo que no es nada, para destruir lo que es, 29 de manera que ningún mortal pueda gloriarse ante Dios. 30 De Él os viene que estéis en Cristo Jesús, a quien Dios hizo para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención, 31 para que, como está escrito: El que se gloría, que se gloríe en el Señor.
Como en el caso de los Apóstoles —«No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15,16)— también es el Señor quien elige, quien da la vocación a cada cristiano (vv. 26-29). Dios es quien ha escogido a esos fieles de Corinto sin fijarse en criterios de sabiduría humana, de poder, o de nobleza: «Dios no hace acepción de personas, como nos repite insistentemente la Escritura. No se fija, para invitar a un alma a una vida de plena coherencia con la fe, en méritos de fortuna, en nobleza de familia, en altos grados de ciencia. La vocación precede a todos los méritos (...). La vocación es lo primero, Dios nos ama antes de que sepamos dirigirnos a Él, y pone en nosotros el amor con el que podemos corresponderle» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 33).
De los vv. 27-28 no hay que suponer, sin embargo, que no había entre los primeros cristianos personas cultas, sabias, poderosas, importantes humanamente hablando. Los Hechos de los Apóstoles nos hablan, por ejemplo, de un ministro etío­pe, del centurión Cornelio, de Apolo, de Dionisio Areopagita, etc. «Parecería que no es de Dios la excelencia mundana —comenta Santo Tomas—, si Dios no la utilizara para su honor. Y por eso, aunque al principio fuesen ciertamente pocos, después Dios escogió a muchos humanamente destacados para el ministerio de la predicación. De ahí que en la Glosa se diga “si no hubiera precedido fielmente el pescador, no hubiera seguido humildemente el orador”. También pertenece a la gloria de Dios el que por medio de gente despreciable haya atraído a Sí a los sublimes del mundo» (Super 1 Corinthios, ad loc.).
Cristo es la «sabiduría» de Dios (v. 30) y su conocimiento es la verdadera y más importante ciencia. Es para nosotros «justicia», porque con los méritos obtenidos por su encarnación, muerte y resurrección, nos ha hecho verdaderamente justos a los ojos de Dios. Es también «santificación», la fuente de toda santidad, que consiste precisamente en la identificación con Él. Por Cristo, hecho para nosotros «redención», hemos sido redimidos de la esclavitud del pecado. «¡Qué bonito es el orden que el Apóstol pone en su lenguaje! Dios nos ha hecho sabios sacán­donos del error; después, justos y santos comunicándonos su espíritu» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Corinthios, 5, ad loc.).
Cada cristiano, por su parte, debe intentar que quienes le rodean «deseen de verdad conocer a Jesucristo, y éste crucificado (cfr 1 Co 2,2); y que se persuadan ciertamente, y crean con afecto íntimo de corazón y piadosamente, que no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del Cielo por el cual debamos salvarnos (cfr Hch 4,12), puesto que Él mismo es la víctima de propiciación por nuestros pecados (cfr 1 Jn 2,2)» (Catechismus Romanus, Intr. 10).